‘Fado entre encinas’ camino de convertirse en best seller

Fado entre encinas sigue cosechando éxitos y va camino de convertirse en un best seller. Desde el lanzamiento de la obra, el pasado mes de octubre ha recibido unas excelentes críticas literarias de todos y cada uno de los lectores. Recién cumplidos los 55 años del suceso -eje central de esta obra- que hermanó para siempre al Campo Charro con Portugal, Fado entre encinas agota otra edición y prepara una nueva. Hay veces que el destino, al igual que el corazón, tiene razones que la razón no entiende.
 
 
Desde Glorieta Digital queremos celebrar el éxito de Fado entre encinas. Dada la situación sanitaria del país, continuamos su promoción al ser una obra ideal para leer estos días en la soledad del hogar. Animaos, que a nadie deja indiferente.
 
Podréis recibir en vuestro domicilio, dedicada por el autor, al precio de 19.50€ -gastos de envío incluidos- (en territorio nacional) enviando un email al correo: fadoentreencinas@hotmail.com
O un WhatsApp al: 676 659152
 
 
MUCHAS GRACIAS, AMIGOS LECTORES.

Paquito García Cervantes, ¡aquel peón de confianza de Julio Robles

Las inesperadas llamadas de esos amigos a quienes has perdido la pista son siempre un acontecimiento. Esta mañana de invierno ha llamado Paquito García Cervantes, el excelente banderillero alicantino que durante 17 temporadas brilló en la cuadrilla de Julio Robles como peón de confianza. Y la emoción se hizo presente porque volvió a surgir el más puro y apasionado roblismo, con el que uno creció. Porque a la hora de hablar de Julio Robles, el nombre de Paquito García Cervantes es santo y seña de una larga época con el torero charro. Desde aquí me descubro otra vez ante este personaje que escribió sus mejores páginas toreras como peón del maestro, alcanzado máximos honores entre los hombres de plata y cuya relación con Julio Robles, fue más allá de torero y banderillero, sellando un trato familiar entre ambos.

Paquito García Cervantes ayuda a poner el capote de paseo a Julio Robles, junto a su compañero Chicorro (a la derecha).

¡Cuántos recuerdos afloraron! Qué delicia de conversación con Paquito García Cervantes, a quien uno conoció de niño y, desde entonces, empezó a admirarlo gracias a la magnífica brega y las grandes condiciones en el tercio de banderillas que atesoraba este torero, tan completo y tan capaz. El mismo que durante casi dos décadas fue la fiel sombra de Robles, tras llegar a su cuadrilla en 1973, en el comienzo de la segunda temporada de  matador de toros y permaneciendo hasta 1987, cuando Robles ya estaba llevaba varios años sentado en la mesa de las figuras. Cuando ya tenía que esperar la llamada de los empresarios para exigir.

En 1988 con sorpresa general y causas que ahora no vienen al caso, Paquito García Cervantes, emprendió otro camino para enrolarse en las filas de Nimeño II. Marchó después de una etapa tan fructífera para vivir otros horizontes, pero jamás perdió el afecto, amistad y admiración que guardaba a su querido Julio Robles, un hermano para él. Porque cuando llegaba el triunfo, desde la distancia se alegraba y si coincidían en la plaza seguía jaleando sus faenas. Después, tras la tragedia de Beziers siempre estuvo pendiente y fueron numerosas las ocasiones que cogió su coche y atravesó España, desde su Alicante para venia a echar unas horas con Julio en su casa de la finca La Glorieta. Y  hablar de tantos años juntos mientras el diestro crecía hasta ser un torero de época.

Y es que, Paquito García Cervantes marcó historia en esa cuadrilla que, hasta un año, llegó a ser plenamente alicantina, en la época que estuvo integrada por Pablo Sáez Chicorro, Antonio García Rondeño y el propio Paquito García Cervantes. Tiempos donde a caballo marcaban escuela José Luis Cáneva El Rubio de Salamanca (quien cuando colgó el castoreño por jubilación, su lugar fue ocupado por Aurelio García, otro grandioso torero a cabello) y Victoriano García El Legionario.

Fue una gran alegría volver a hablar con Paquito García Cervantes, porque afloró todo el sentimiento hacía el gran Julio Robles en el mismo momento que se cumplían 20 años de su muerte. Y además volvió a florecer ese roblismo con el que uno creció y vivió apasionadamente la carrera del gran Julio Robles.

¡Larga vida a Paquito García Cervantes, quien fue la fiel sombra de Julio Robles!

20 años no son nada (en recuerdo a Julio Robles)

Veinte años no es nada decía el genio de Carlos Gardel en el tango Volver, el icónico tango que es a la música casi lo que Julio Robles fue al toreo. Veinte años quedan atrás desde aquella tarde, cuando justo a la torera hora de las cinco, nos dejó Julio y desde entonces quedamos huérfanos de tan grandioso personaje. Dos décadas de quien fue un símbolo de la Tauromaquia, aunque bien es cierto que Robles tuvo dos muertes. La primera, la artística, cuando Timador, el cayetanomuñoz que lo volteó sobre las arenas de Beziers aquel 13 de agosto de 1990 y su cogida sucumbió en los pilares de la Fiesta como un terremoto. Porque era el adiós de aquel torero tan artista, tan capaz, tan variado, tan completo, el que supo dominar todas las embestidas y alzó su nombre a la categoría de maestro (Robles lo fue de verdad, no esta nefasta moda actual de llamar maestro a todo el que viste de luces). Después la siguiente muerte, la definitiva, llegó el catorce de enero de 2001, recién estrenado el nuevo siglo y ya desde entonces, el grandioso torero salmantino ocupa un lugar en el Olimpo de admiración. Y de añoranza.

Con El Viti y El Niño de la Capea, edad del oro del toreo charro 

Escribo esta crónica dejándome llevar por la emoción y sin rememorar ningún hecho concreto, solamente el sentimental, porque Julio fue un toreo de letras, nunca de números y odiaba las estadísticas. Me dejo llevar hasta asentarme en la rama de veinte años atrás y los recuerdos con Julio Robles permanecen inalterables, como si el tiempo no se hubiera dado tanta prisa en deshojar calendarios. Desde entonces, todos los días rememoro alguna faena, vivencia, anécdota de él, se improvisa alguna tertulia con profesionales o aficionados alrededor de la figura de Julio. ¡De Julio Robles! De su enorme página artística, de su capote que dibujaba verónicas de oro y su muleta donde surgió la profundidad del más puro natural. De aquella rivalidad que tuvo con El Niño de la Capea y hasta los seguidores de uno u otro se pegaban por defender los intereses de su admirado. Porque en aquellos años en Salamanca había que medir muy bien con quien se hablaba de toros y donde para que la sangre dialéctica no llegase al Tormes. De los quites con Ortega Cano, cuando Las Ventas se caía por la emoción y los olés se escuchaban hasta más allá de Carabanchel, en la de la otra orilla del Manzanares.

Perfección de una natural en Sevilla. Así solamente torean los elegidos

En Beziers se nos fue el torero y uno quedó como barco desarbolado, o como un naufrago a merced de las corrientes. Con Julio siempre presente la vida siguió, aunque estaba en la memoria de tantos viajes y corridas en Salamanca, Valladolid, Madrid, Gijón, Plasencia, Palencia, Zamora, Ávila, Badajoz… en los mejores años de nuestra vida, cuando se derrochaba juventud. Era la época de aquel Julio que llegaba al patio y, antes de que los hombres de cuadrilla le vistieran con el capote de paseo no dejaba de hacer asparabanes con un personal juego de hombros y cuello. Era el símbolo de la motivación y responsabilidad ante un nuevo reto, porque si además, en esos momentos tenía hinchadas las yugulares, era la señal inequívoca que se iba a comer el mundo. Y se lo comió con una interpretación cada vez más aplomada, más sosegada y templada, lejos de las prisas imperantes en los años que luchaba para ser figura.

Después de su muerte artística dejó un hombre con más poso y temple que regaló cariño y amistad a quien se acercó a él. Aquel Julio que era feliz rodeado de su gente, con sus aficiones de siempre y en la paz de ese Campo Charro del que acabó siendo otro símbolo. Y donde su nombre, el igual que en todo el mundo taurino, está en ese pedestal reservado únicamente a los más grandes. Porque en Volver cantaba el genio de Carlos Gardel que veinte años no es nada y ahora, esta noche de lunes, escucho emocionado esa hermosa canción que es a la música lo mismo que Robles a los ruedos.

Rodeado de amigos, la mayoría de ellos ganaderos en su finca La Glorieta

¡Lo llamaban el salvaferias!

Hoy hurga en mi recuerdo aquel cartel de los banderilleros que hace tres décadas era imprescindible en todas las ferias. El integrado por Esplá, Mendes, El Soro y, en muchas ocasiones, el simpático Morenito de Maracay –que fue mucho más que su par al quiebro-. Aquellas tardes de ferias con el ‘no hay billetes’ y la enorme expectación que despertaban, aunque los puristas, en una mayoría, desertaban y cedían sus entradas bajo la excusa de ‘bajan mucho con la muleta’, algo que el tiempo acabó de borrar para darle el verdadero sitio de figura que gozaron estos grandes toreros.

Aquel cartel que nació, ocasionalmente, unos años antes con Paquirri, Paco Alcalde y Ángel Teruel, cuando de verdad tuvo pujanza fue en la década de los 80, al engrandecerlo los Esplá, Mendes, El Soro y Morenito de Maracay, que entraba en muchas ocasiones por alguno de los citados, viendo los empresarios un filón del que carecían las corridas del postín. Los protagonistas llenaron las plazas durante una década, ganaron mucho dinero y mantuvieron máxima expectación –a pesar de los puristas-. Incluso, de vez en cuando, en las ocasiones que salían del clásico cartel para torear con las llamadas figuras, daban el do de pecho y también triunfaban en los carteles de lujo. Ahí están los grandes éxitos de Mendes en la época. Los de Esplá en tantas plazas o incluso El Soro, a quien en su Valencia natal nadie le hacía sombra. Recuerdo que una de esas tardes brindó un toro al maestro Antonio Ordóñez, que presenciaba la corrida desde un burladero del callejón. Ese día al finalizar el festejo y, mientras El Soro era llevado en volandas, alguien quiso ‘comerle la oreja’ al maestro tratando de ningunear al protagonista del brindis, a lo que el rondeño respondió, “a ver quién es capaz de dar esa docena de naturales que ha dado el de la huerta”. Desde entonces El Soro y Ordóñez fueron muy amigos.

Hoy, recién iniciado el 2021, cuando la Fiesta vive embarrada por su nefasta gestión del sistema empresarial y en el dique de la espera por culpa de este cruel Covid, que bueno sería aportar ideas. Una de ellos es volver a buscar una terna de banderilleros para regresar a la ferias y regalar pasión y emoción bajo el tercio e banderillas.  Son ideas y podían funcionar perfectamente como aquel inolvidable ‘salvaferias’ de Esplá, Mendes, El Soro o Morenito de Maracay. Porque aquello si que tuvo glamour y grandeza.

Adiós al año escrito con renglones torcidos

 Agoniza 2020, el año traidor que nos robó tanta vida e ilusiones. El que mató sueños y nubló proyectos. El que nos tiñó de luto por tantos amigos como dijeron adiós. Se va el año maldito, el innombrable, el que dejó herrado de dolor y llanto nuestro corazón. El que provocó tanto desgarro.

 

Se va el 2020, el año que el inmenso busque de la Fiesta debió atracar ante la zozobra hasta paralizar prácticamente toda su actividad dejando en quiebra a un montón de profesionales y, lo peor, el futuro lleno de interrogantes. Se va y quedará escrita su historia con renglones torcidos, cogiendo a todo con sorpresa y el paso cambiado.

Se va y nadie lo llorará. Se tratará de olvidar, aunque el daño y el dolor quedarán presentes, como cicatrices que siempre brillan a los soles y los fríos, abriéndose las puertas a un 2021 que ya está escrito como la esperanza, aunque inevitablemente tampoco se sepa qué ocurrirá para frenar esta lacra que ha cambiado el mundo.

La lacra que ha hecho pensar en nuevas perspectivas, cambiar modelos de trabajo y de gestión, buscar nuevos horizontes para que la rueda de la vida no deje de correr. Mientras, todos los sectores han debido reinventarse, casi siempre desde la marcha. Todos han echado el paso adelante. Todos menos el mundo de la Tauromaquia, dormido en sus laureles, encerrado entre las cuatro paredes de esa grandeza en la que habitan parte de sus protagonistas y sin ser capaz de reaccionar para buscar soluciones en el año que no se colgaron carteles de ferias. Las plazas permanecieron cerradas y con ellos el mundo ganadero inmerso en una gravísima situación económica al carecer de ingresos, lo mismo que toreros, banderilleros, picadores, mozos de espadas y todo el sector que se mueve alrededor de la Fiesta (sastrerías, transportistas, veterinarios, veedores, imprenta…).

Desde que la pandemia llegó la Fiesta se ha estancado, sin buscar soluciones cuando ha tenido una verdadera oportunidad de regenerarse y de buscar su nueva perspectiva, además de forma de negocio del futuro, pues no olvidemos que vive enquilosada en otras épocas. La ruina ha llegado al campo y como gremio no ha sido capaz de exigir con la importancia que tiene ese sector; al igual que los toreros, quienes tardaron meses en hacerse oír y al final fueron callados como una propina más parecida al aguinaldo. Todo ocurría mientras debieron escuchar un montón de improperios desde el Gobierno de Madrid, desde los ministros Ábalos o Uribes, junto a la totalidad de Podemos en su afán –y lo dicen a las claras- de acabar con la Tauromaquia. Se aguantó el chaparrón y todos callados, desde la prensa tan servil y más dedicada a labores propagandísticas que de denunciar tantos atropellos. Encima se intentó hacer algo y se hizo esa chapuza de la ‘Gira de reconstrucción’ y no hizo más resquebrajar la estructura de la Fiesta. Porque se hizo sin pensar en un futuro y siempre para los mismos, aunque de ella lo más agradable fue la explosión del sevillano Juan Ortega, que debe ser unas de las referencias de los próximos años y a raíz de una magnífica faena en la Feria de Linares se convirtió en la sensación del año (quienes lo conocíamos eran conscientes que en cualquier momento iba a dar el golpe en la mesa).

El resto fue todo simple, en algunas ocasiones incluso con corridas vergonzosamente mochas y anunciados los de siempre ¡cómo será para que un torero con más de 30 años de alternativa siga liderando el escalafón!

José María Garzón, a quien quisieron ‘zancadillear’ su compañeros

Lo peor es que el mundo del toro sigue encorsetado, encerrado en sí, con inmenso misterio en su organización, sin recibir frescura y con un empresariado nefasto. Nefasto y falto de lucidez, de creatividad, de saber abrir mercados y de generar ilusión. Un empresariado donde los grandes casas han permanecido en silencio, escondidas y ofreciendo la lección más triste que recuerda la Tauromaquia, donde solamente se hicieron fuertes para denunciar a José María Garzón, que en el 2020 ha sido el empresario con ganas de hacer cosas y además bien. Pues eso, tener ganas y hacerlo bien, como ha hecho Garzón, sirvió para que ANOET (que lidera el vendehúmos de Simón Casas), en una actitud mafiosa le intentase segar la hierba de debajo de sus pies.

Y otra cosa, de esta ya hemos escrito mucho y lo seguiremos haciendo. Pero si no hay emoción en el toro bravo que apaguen la luz. Torear no es dar pases bonitos, es parar, templar y mandar con el sello personal a un toro bravo y que con sus embestidas emocione al tendido, pidiendo un valiente que sepa crear arte, porque ahí surge la grandeza del toreo y en los aficionados hierve la sangre.

Mientras no se siga ese camino la Fiesta seguirá desintegrándose y llegará, más pronto que tarde su desaparición. Porque es vergonzoso que hayan tenido una gran oportunidad de regenerar y no haya propiciado más que nuevas grietas después de que los taurinos lo hayan escrito con renglones torcidos.

 

 

Cuando Iñaquito coreó ¡Viti-Viti-Viti!

Pocas aficiones regalan tanta pasión como la de Quito. A su feria en honor del Jesús del Gran Poder acudían encantados los toreros para disfrutar del ciclo que acogía el gigantesco coso de Iñaquito -que casi lamen los aviones con su panza en las maniobras de aterrizaje y despegue del cercano aeropuerto-. La magnífica ciudad de Quito, inmensa, cosmopolita, acogedora… hasta el año 2011 abría de par en par con un abrazo de hospitalidad a la gran familia taurina que, cada año, en los últimos días de noviembre se instalaba en esa ciudad única, la que en un mismo día ve discurrir las cuatro estaciones. Quito era grandeza alrededor de una feria de tronío, a la que las nuevas políticas de orden social-comunista derivadas del odio a España, guillotinaron en ese mencionado 2011. Y desde entonces, la añoranza se adueña de quienes disfrutaron de esos días en las corridas que debían celebrarse al mediodía bajo un intenso sol previo a las intensas tormentas de la tarde.

Dos toreros de Salamanca allá fueron aupados al pedestal de la máxima admiración; uno Santiago Martín ‘El Viti’, que toreó 21 tardes en Iñaquito con el triunfo de aliado; 19 veces. 19 veces lo hizo El Niño de la Capea, quien también gozó del culto entre esa afición. Muchas menos ocasiones toreó Julio Robles y la mayoría en sus primeros años de matador, dejando escrito su nombre en el olímpo de los triunfadores en 1979, al cortar cuatro orejas y ganar el trofeo el triunfador y el de la mejor faena.

Quito y El Viti siempre fue un binomio durante la trayectoria profesional del maestro de Vitigudino. Allí alcanzó su último gran éxito en la Feria de 1978 (además en año antes incluso en una misma corrida fue torero y ganadero, al lidiarse sus reses). En su postrera edición ferial fue anunciado con una corrida de Torrestrella (cartel compartido con Gabriel de la Casa –que indultó un toro- y Palomo Linares) y la segunda, con tres orejas en su esportón, de Salvador Gavira, de nuevo con Palomo Linares en un cartel que cerró el ecuatoriano Fabián Mena. Pues bien, ese 1979 Quito tuvo un nombre, el de SANTIAGO MARTÍN ‘EL VITI’, que enraizó para siempre en el corazón de Quito, mientras que la gente literalmente se pegaba para poder estar en la plaza y admirar a aquel coloso que al año siguiente iba a decir adiós y ya se vislumbraba su retiro profesional.

Aquel año, era tal la pasión que en la primera corrida, el público pidió con mucha fuerza las orejas, negándose el presidente a conceder el premio. El Viti dio la vuelta al ruedo entre clamores y tras finalizar regresó al callejón, mientras al público entusiasmado no dejaba de gritar ¡Viti-Viti-Viti…! Ya en el ruedo el segundo toro, cuya lidia y muerte correspondía a Palomo Linares, durante todo el primer tercio, la entusiasta afición quiteña seguía emocionada recordando la gran faena del maestro de Vitigudino, sin cesar los gritos de ¡Viti-Viti-Viti! a su persona, alargados durante parte del trasteo de muleta del torero de Linares -quien también gozó del culto en esa afición-.

En Quito se guardan los mejores recuerdos de Santiago Martín ‘El Viti’, de su señorío, de su saber estar en la plaza, de su personalidad o de su temple colosal que tuvo en su muleta. Porque El Viti dejó escrito su nombre en Quito con letras de oro.

 

 

El ‘fichaje’ de don Joaquín Moeckel,

Al letrado sevillano don Joaquín Moeckel le pueden las ansias de notoriedad. Ahora acaba de anunciar a bombo y platillo que ha fichado por Roca Rey. Al leer la noticia pensé estar en el día de Los Santos Inocentes; pero no, aún faltaban casi tres semanas para la llegada de esa fecha. También al leer fichaje deduje que dada su afición taurina e ir a los callejones (paralela a desmedida afición a salir en los medios) podría dedicarse a menesteres más propios en el toreo. Porque ese término de fichaje (heredado de la jerga futbolística), en la jerga taurina se utiliza cuando un apoderado anuncia que se hará cargo de un torero; si un matador contrata a un subalterno o picador. Jamás que un torero, por más figura que sea, tenga que extender su cuadrilla con un abogado. Porque cada torero ha tenido siempre su abogado para solucionar los pleitos o problemas que se le presenten y nunca antes se había anunciado algo así, porque eso forma parte de la discreción de cada cual.

Duele que con la que está cayendo y los duros momentos que atraviesa la Tauromaquia haya personajes que aprovechan cualquier coyuntura para servirse de ella y estar a cualquier precio en la pomada. No es nada nuevo en el letrado sevillano, porque la discreción debía estar de vacaciones el día de su nacimiento. No olvidemos su inmenso ridículo cuando quiso limpiar la escultura dedicada a Curro Romero ubicada en los alrededores de La Real Maestranza, pretendiendo hacerse el héroe (y claro con las fotos a la prensa, que para él tan amigo del autobombo es el principal fin) y no fue más que un ridículo espantoso el tratar de limpiar con productos contraproducentes para la patina de bronce (https://www.glorietadigital.es/2015/12/06/el-senor-moeckel-juega-a-restaurador/).

O su polémica de hace unos años en Salamanca tras los hechos sucedidos ocurridos al arrojarse a un toro de Morante un conocido antitaurino. Entonces, tras un montón de desórdenes, el letrado realizó unas declaraciones atacando a la Policía salmantina, que había protagonizado una brillantísima labor en medio del desorden, hechos que recogimos en su día y se pueden leer a través de este enlace https://www.glorietadigital.es/2015/12/06/el-senor-moeckel-juega-a-restaurador/

Ahora el último ejemplo de su afán por figurar y hacerse notar es anunciar su fichaje por Roca Rey, al igual que semanas atrás pregonó que se hacía cargo de la reivindicación de los hermanos Rivera Ordóñez en el escabroso asunto de la herencia de su padre, el malogrado Paquirri. Ahí también se paseó por los platós televisivos, en vez de tener la discreción necesaria en un asunto tan espinoso. Pero ya se sabe que a Joaquín Moeckel salir en los medios en su prioridad, aunque sea a costa de una Tauromaquia herida y donde ahora hay que apoyar.

En fín no sé qué pensará un hombre tan sensato, tan profesional y de una forma de actuar tan cabal como el actual apoderado de Roca Rey, el maestro vallisoletano Roberto Domínguez de este narcisismo del abogado al anunciar su fichaje. Y qué sitió ocupará en la furgoneta, porque de la manera de anunciar el fichaje será la sombra de la estrella peruana. Porque de Joaquín Moeckel con tal de figurar es capaz de cualquier cosa,; vamos que cualquier día nos sorprende saliendo  al ruedo para pasear las orejas del torero en tarde triunfo. Cualquier cosa.

 

Paco Gil, prestigioso empresario y artífice del ‘milagro Santander’

Durante las dos últimas décadas, Paco Gil estuvo alejado de la pomada taurina. De la gestión de plazas y apoderamientos. Sin embargo, en la época anterior, había protagonizado una exitosa carrera en los mundos del empresariado y del apoderamiento, que alternó con la gestión de los diferentes hoteles de los que fue propietario, junto a otros negocios.

Hijo del prestigioso arquitecto Francisco Gil, que dejó el legado en un montón de magníficas obras en la ciudad (un ejemplo de ello es la torre de la Avenida de Portugal, que fue el primer rascacielos de Salamanca), pronto se aficionó a los toros y desde muy joven fue habitual en las plazas de Las Ventas y La Glorieta. Su pasión se incrementa a raíz de emparentar con Florentino Díaz Flores, entonces apoderado de Santiago Martín El Viti, al matrimoniar con Kety, su hija mayor.

Poco más tarde, un día de 1968 decide apoderar a Paco Pallarés, con el que está varios años. En esa etapa conoce a Julio Robles, el hijo del secretario judicial de La Fuente de San Esteban, al que Pallarés enseña los caminos del toreo y ha ayudado en sus primeras novilladas. Entonces, Paco Gil, pasa a apoderarlo en 1969 y organiza su lanzamiento, primero en festejos económicos y a partir de mayo de 1970, ya con los del castoreño, en una carrera ascendente y que va a más, bordando la labor el apoderado y cuando no hay ferias siempre tiene una nueva novillada programada en la plaza portátil adquirida para ese menester y que bautizó como La Salmantina. Robles toma la alternativa en 1972, ya en novillero figura y esa temporada asombra con su arte en numerosas plazas. Sin embargo una cornada grave en Valladolid y otra, varios meses después, en Valencia merman su progresión durante unos años.

A partir de 1974 finaliza el contrato con Julio Robles y se lanza al mundo del empresariado, logrando ser gestor de numerosas plazas y su sociedad es durante, varias campañas, la que mayor número de festejos organiza. Se hace cargo de las ferias de la categoría de Alicante, Albacete, Alcalá de Henares, Colmenar Viejo…. También durante un tiempo apodera a Dámaso González, en otra brillante etapa del maestro manchego y ficha al rejoneador Manuel Vidrié, a quien coloca en lo más alto de cotización. En esas etapas también pasan por sus manos más toreros, ejemplo del murciano Manolo Cascales (hijo) o el vallisoletano Jorge Manrique.

Más adelante, un buen día de enero de 1981, recibe el ofrecimiento de Juan Hormaechea (también fallecido recientemente), para invitarlo a revitalizar la feria taurina en Santander para llenar el vacío dejado por el viejo Chofre de San Sebastián. En esos tiempos se pretendía derribar la plaza de Cuatro Caminos con la finalidad de construir viviendas sobre su solar y Hormaechea, un gran alcalde, frena esa aberración y pone el futuro taurino de Santander en manos de Paco Gil, en una jugada primorosa. El empresario, inteligente y listo, da la vuelta y donde hasta entonces se programa una corrida con escaso aforo de público se convierte primero en cuatro días de toros y a los pocos años ya en una semana completa, en una magnífica inversión que en menos de un lustro ya tiene números azules y se conoce, para la historia taurina, como el milagro Santander. Gil hace una magnífica labor en Santander que tiene un gran beneficio para hoteles, restaurantes, comercio… convirtiendo a la semanuca de Santiago en una de las mejores ferias de España. Precisamente, para el llamado milagro Santander juega un papel fundamente la presencia de su antiguo pupilo Julio Robles en los carteles. Porque Robles cae de pie en Santander, todas las tardes triunfa, goza de enorme carisma popular y es el torero más querido en tierras cántabras. Coincidiendo con ese esplendor de Santander apodera a su pariente José Ignacio Sánchez, a quien lanza en la época que el torero charro enamora con su primorosa mano izquierda.

Tras finalizar su vinculación en Santander, su canto del cisne taurino fue la organización de la corrida celebrada en la Plaza Mayor de Salamanca con motivo de la Feria Mundial Ganadera de 1992, dentro de los actos del V Centenario del Descubrimiento de América.

Además, el nombre de Paco Gil no puede quedar en el tintero sin recordar su hoteles, el Gran Hotel y Monterrey, ambos de Salamanca, o el Colón, de Béjar. Compró el Gran Hotel en la década de los 70 cuando el emblemático establecimiento vivía tiempos decadentes y gracias a su buen hacer se convirtió en uno de los mejores hoteles de España, donde se hospedaban todos los rostro populares que llegaban a la ciudad. Además, en la feria de septiembre, el Gran Hotel (con su Piano Bar y el restaurante Feudal) fue lugar de parada y fonda de los mejores aficionados de España, Gracia, Portugal y América, convirtiéndolo en todo un emblema.

Ahora que, Paco Gil, nos ha dejado en este Día de la Inmaculada vaya este recuerdo para quien fue tan gran empresario y un hombre siempre claro, alejado de taurineos y parafernalias. También como persona inteligente y triunfadora no le faltaron enemigos. Pero él supo ir a los suyo y fue una persona de quien siempre recibimos exquisito trato cuando llamamos a su puerta para requerir alguna entrevista o reportajes, además de ser testigos directos de aquel milagro Santander que tan necesario sería ahora para levantar la alicaída Tauromaquia.

Con nuestro respeto y gratitud. DEP.

 

El Campo Charro, más allá de un sentimiento

Sentir el Campo Charro es impregnarse de un paraíso de la naturaleza. Con sus llanuras y encinares que abren paso a las aguas del Yeltes y el Huebra, ríos que lo personalizan y son otro sello de su identidad. Es pasear en la soledad entre de sus caminos, que ahílan pueblos y valles hasta asentarse a la caída de la tarde para disfrutar del crepúsculo que trae el espectáculo de las dos luces, justo en el momento que el sol se esconde en la Lusitania, para seguir iluminando las américas.

El Campo Charro con sus pequeños pueblos, salteados y cercanos, vecinos y solitarios, clava las raíces de su historia en el fondo de los siglos. Con su identidad propia, sin que hubiera valeroso osado en arrebatarla a unas gentes de espíritu noble y carácter apaciguado, pero que arrebujan la frente si alguien los avasalla para defender la grandeza de su historia. Y de ello tienen el ejemplo de Julián Sánchez, aquel vaquero de Peramato, pedanía de Muñoz, a quien apodaron El Charro y fue el terror de las tropas napoleónicas durante la francesada.

Desde cualquiera de sus rincones nadie se cansa de ver sus horizontes y por medio llanuras diseccionadas con la autovía, un camino de modernidad o el ferrocarril, que corren paralelos tantas veces. Aunque más nostálgico y entrañable es el viejo camino de hierro del Tren del Duero, la vía de Barca, suspirando por volver a escuchar el sonido del tren rompiendo el silencio entre los encinares, lejanas ya las estampas de los pastores alzando la cayá para saludar a los viajeros; o los carboneros, con la cara ennegrecida, mirando de reojo el paso del tren.

Precioso puente metálica que salva el río Yeltes, cerca de Villares, en el Tren del Duero.

Es el Campo Charro del Yeltes que llega de regar Puebla, Aldehuela, Alba, dándole a todos apellido, para seguir por Castraz, Sepúlveda –con su joya de ermita templaria-, Pedraza y continuar por El Collado, en fincas donde tantos toros bravos beben de las aguas del río; de aquí, a Retortillo y soñar en su preciosa plaza del torreón y el juego del pelota, con una charrada del tío Frejón, leyenda de los folcloristas, mago de la gaita y el tamboril. Yeltes adelante se alcanza el balneario de Retortillo, un paraíso de la salud que muestra toda la belleza del Campo Charro, con los viejos encinares llenos de vida, sus sendas para perderse, con los molinos milenarios en un río encajonado que de ahí sigue a Villares. Y después, ¡Villavieja!, bajo el mando de su Virgen de Caballeros, guardiana en su cofre del mejor legado de las tradicionales de la tierra con ese baile del cordón que refleja el sentimiento y espiritualidad de la charrería.

El baile del Cordón, en Villavieja de Yeltes, un tesoro de la charrería.

O la ribera del Huebra, nacido en las faldas del pico Cervero y da nombre a una noble y generosa comarca, La Huebra, que baña amplios parajes con pueblos como La Sagrada, cuna natal del gran atleta Álvaro de Arriba, ilusión de esta tierra que siempre alienta sus zancadas en busca del triunfo y en cuya iglesia se guarda un monumento tan desconocido como es el sepulcro plateresco de doña María Ordóñez de Villaquirán, esposa del contador mayor de Castilla; muy cerca, una parte del palacio del conde de Las Amayuelas, lugar de veraneo de Antonio Maura, quien fuera hasta en cinco ocasiones presidente del Consejo de Ministros. Más abajo, dejando atrás Buenabarba se alcanza San Muñoz. Para pastos y labor, San Muñoz, con una monumental iglesia alzada en lo alto del pueblo y un torreón precioso, que parece sacado de un lienzo de un Sorolla.

Ermita templaria situada muy cerca de la finca Pedraza de Yeltes, un tesoro abandonado.

Ese Huebra, edén de pescadores. Es el Huebra cangrejero y tenquero o de esas exquisitas sardas que nunca han desaparecido de sus caozos y, en esos pueblos, tiene auténticos maestros para su pesca, más que en ninguno en Pelarrodríguez, en Pelayo, al que bordea y desde allí enseguida alcanza los baños de Buenamadre con la fuente calda de la poza que invita a sumergirse en sus templadas aguas cualquier día del año. Gracias a esas aguas tan finas, Buenamadre fue lugar de retiro y descanso del obispo de Salamanca, que allí tenía su palacio y muy cerca pasa el regato Tumbafrailes, tan bravo en las tormentas que en una crecida arrastró a los miembros de una congregación religiosa que acudían a visitar el prelado. Río adelante se alcanza, a través de Rollanejo, El Cubo de don Sancho, con una señorial fortaleza y pronto entre ondulaciones del terreno, junto a algún roquedal Ituero, donde ahora ha vuelto a resurgir un viñedo que produce exquisitos caldos y Pozos de Hinojo, en plena Mesopotamia del Yeltes y el Huebra antes de la junta de ambos, muy cerca del puente del Yecla. En ese Pozos, lugar histórico donde pastaba la ganadería de Manuel Francisco Garzón, con sus toros de sangre Contreras, la leyenda de Santiago Martín El Viti, el mas grande de nuestros toreros y símbolo de la charrería, comenzó su andadura torera. Y cerca ha quedado Cipérez, pueblo de emprendedores que tiene a Fabián Martín, antiguo emigrante, ejemplo de quienes luchan contra la llamada España vaciada.

Y al otro lado, La Fuente de San Esteban, tierra cerealista, de infinitos cielos roturados por la estela blanca de aviones que van o vienen por esos mundos, cruce de caminos para soñar con toreros grandes, añorando a Paco Pallares, Juan José, Julio Robles… e ilusionados con Alejandro Marcos, esperanza de futuro con su toreo clásico. La Fuente, con su espiritu acogedor, invita los domingos a pasear por sus plazas para disfrutar de un mercadillo semanal, ya con más de cinco siglos de historia tras la dispensa aprobada por Isabel la Católica para las villas de Medina del Campo y La Fuente de San Esteban.

El mercado dominical de La Fuente de San Esteban, un atractivo para toda la comarca.

Cerca Boada, señera en un privilegiado teso que es un mirador de toda la llanada charra. Desde la villa de Tamames, capital de La  Huebra apegada a la fama que tuvieron sus pucheros y la generosidad de sus gentes, frontera entre las llanuras y las primeras estimaciones serranas; muy cerca, las tierras rojas de Cabrillas y Sepulcro Hilario, con el viejo prestigio de sus tejares; de Sancti Spíritus, con su polígono que mira a un mañana esperanzador; de Martín de Yeltes, con su solera ganadera, al que aún muchos aún denominan Martín del Río, con su arraigada solera ganadera y el símbolo de la finca Campo Cerrado, en tiempos la que más toros bravos criaba de España; al otro lado Aldehuela de la Boveda, Robliza de Cojos, cercano a un rincón tan fértil que llaman la Armuña chica y a tiro de piedra, Matilla de los Caños, con la fama de su leñadores, quienes antes de abrir un nuevo día empiezan su trabajo. Es el Campo Charro puro, el que venera al Cristo de Cabrera, que reina entre las encinas; tan cerca del precioso santuario la Virgen del Cueto, la virgen más charra -junto a la Nuestra Señora de los Remedios, en Buenamadre-, con los fondos rotos por la silueta de La Peña de Francia.

El precioso santuario del Cueto, donde se venera a la virgen del mismo nombre

Y si el hambre pide al caminante que haga un alto en el camino no hay mejor lugar para disfrutar una gastronomía tan variada. Porque el hambre se mata con unas  tencas, en Aldehuela de Yeltes; un gallo cocinado en Castraz, o en Muñoz; un tostón cuchirito, en Cabrillas o Diosleguarde; un cocido, en Tamames; bacalao y carnes rojas, en La Fuente de San Esteban; un solomillo, en Boadilla; ternera, en Aldehuela de la Bóveda; un plato de jamón, en Vecinos; exquisitos embutidos, en Martín de Yeltes; hornazo, en Sancti Spíritus o en Sando de Santa María, regado con tinto de Ituero de Huebra, acompañado del exquisito pan que se cuece en las tahonas que aún se conservan y de postre unas obleas, de Cipérez.

Es el Campo Charro, con sus llanuras y encinares, un paraíso de la naturaleza, entre la soledad de sus caminos que ahílan los pueblos.

                                                                                                                                                              (Continuará)

El toro bravo, un símbolo y estampa del Campo Charro.

El poderoso capote de Manolo Romero

Manolo Romero es otro torero que acaba de hacer el paseíllo celestial. Allí, desde el momento de abrirle San Pedro las puertas de la gloria, habrá sacado su capote para bregar con su largura, poderío y temple al toro de San Marcos. Porque con él se va otro torero hecho en esa tierra charra, en la que dejó sus raíces y donde se ganó un nombre prestigio entre la torería.

Nacido en la localidad sevillana de Utrera, el 20 de noviembre de 1932, llega a Salamanca a finales de los años 40 perseguido por sueños de grandeza torera, en los tiempos que tantos muchachos ávidos de gloria taurina se asientan a la vera del Tormes. En la misma época que él también llega otra paisano suyo, aunque este nacido en Alcalá de Guadaira, llamado Antonio del Castillo, con quien hace tanta amistad que ambos llegan a residir juntos en la misma pensión. Poco después, Antonio del Castillo  fallece tras ser herido de gravedad en la plaza de Masueco de la Ribera.

Son tiempos difíciles, de hambruna y de dureza, de cartillas de racionamiento en una España que aún vive enlutada por el dolor de la Guerra Civil. Entonces el torero es el camino  más corto para redimirse de la necesidad y, como las oportunidades escaseaban, Manolo Romero se tira de espontáneo a un toro de los Hermanos Pacheco en Madrid. Nada detiene su vocación y, ya en 1951, se anuncia en numerosos festejos celebrados por la provincia de Salamanca y otras limítrofes, encontrando las primeras facilidades gracias al señor -Primitivo Lafuente, un antiguo banderillero aragonés a quien coge la Guerra en Salamanca, curándose de una cornada y en esa capital ya se instala para siempre-. Manolo Romero muestra afición y ganas, además de buen gusto, viendo frenados sus avances por varias cornadas seguidas que frenan su irrupción, viéndose obligado a volver a las capeas, compartiendo muchas de ellas con Andrés Vázquez, en los tiempos que es llamado El Nono.

No tardando mucho hace buenas migas con los hermanos César y Curro Girón, recién llegados a España, donde residen en la finca El Rual, que tienen los hermanos Pacheco cerca de Ciudad Rodrigo y entrena a su lado, sirviéndole de gran ayuda. Pero no acaba de triunfar con espada y muleta, casi siempre frenado por las cornadas.

Poco después, en 1955 decide hacerse banderillero y se enrola en la cuadrilla de Santiago Martín ‘El Viti’, entonces prometedor novillero de Salamanca, con quien permanece hasta la tarde de Ceret que sufre tan gravísima lesión en un brazo. Mientras El Viti se recupera, Manolo Romero torea a las órdenes Manolo Carra y enseguida, gracias a su bien oficio y capacidad capotera, es fichado por Curro Romero, con quien cumple dos campañas. Posteriormente torea con Efraín Girón, con el medinense Manolo Blázquez y a continuación varias temporadas con el portugués Amadeo dos Anjos, también en alguna ocasión con Dámaso Gómez. Y seguidamente está varios años con Miguel Maŕquez, al que siguen Frascuelo y Andrés Vázquez, su antiguo compañero de las capeas que ha alcanzado la meta de ser figura.

Años más tarde, ya entrada la década de los 70 deja atrás Salamanca, la tierra donde se casó y tuvo a sus hijos, para instalarse en Madrid. Allí, su nombre se hace habitual en los carteles domingueros de Las Ventas, donde toreó un buen número de tardes, además de hacerlo con otros muchos toreros que siempre lo llamaban gracias al poder de su capote, entre ellos Ortega Cano, antes de romper a torero de postín; en la segunda etapa de Paco Alcalde, y otros más, entre ellos los salmantinos Sánchez Bejarano y Juan José, con quien toreó varias veces en Madrid y otras plazas.

Desde que se retiró siempre mantuvo su afición a los toros siendo frecuente verlo en la plaza de Madrid y otras cercanas a la capital, siempre hecho un pincel, donde gozaba del respeto y consideración de todos los profesionales. Hace cerca de década y media, un nieto suyo acartelado como Díaz Romero intentó seguir sus pasos en la Escuela de Tauromaquia de Salamanca. Entonces,  cuando toreaba, Manolo Romero, siempre con su porte de torero, regresaba a esta tierra charra que lo adoptó con la felicidad de ver cómo su nombre continuaba en los carteles. Y allá donde estaba recibía el saludo y abrazo de los profesionales y antiguos compañeros suyos. Porque todos admiraron a este Manolo Romero que tuvo un capote largo, poderoso y templado, con el que seguro que va brega al toro de San Marcos.