La vinculación charra de Antoñete

El mundo del llora la muerte del maestro Antoñete reflejado en esa espontánea manifestación de duelo que lo despide hoy en su plaza en Las Ventas y, posteriormente, al filo de la hora más torera, las cinco de la tarde, recibirá tierra en el cementerio de La Almudena de su Madrid natal. La capital lo honró para  siempre y donde dormirá el sueño eterno cerca de los grandes toreros madrileños. Cerca de Vicente Pastor, de Marcial Lalanda, de Luis Miguel Dominguin, del Yiyo.

Hoy quedan un montón de recuerdos y de leyendas del torero muerto. De un hombre bohemio y vividor enamorado de la Fiesta. Del hijo de un monosabio rojo que vivió la postguerra con las privaciones de los vencidos. De un hombre que marcó su vida por el toro, impregnado de nicotina y con tanta facilidad para acariciar el cielo como coquetear con el infierno. Siempre sin patrones escritos, ni ninguna continuidad. Era él, Antoñete, fiel a sus ideas rojas, a sus aires libertinos, a la bohemia que lo alzó en un símbolo de la movida madrileña, coincidiendo con su mágica reaparición en la década de los 80. Entonces, cuando ya su cara estaba poblada de arrugas, las ojeras destacaban y siempre su inconfudible mechón de la torería, a las nuevas generaciones nos acercó a las plazas para descubrir cómo fue la eterna grandeza de la Tauromaquia. Y enamorarnos ya para siempre de este personaje, distinto y siempre torero.

De un personaje que le encantaba Salamanca y en esa tierra pasó épocas fantásticas en los años que toda la torería andante se venía al Campo Charro. De él quedan muchos recuerdos protagonizados en las casas ganaderías de esta tierra hace medio siglo, como las de Manuel Cobaleda, Antonio Pérez, Sánchez Rico o más tarde la de Alfonso Navalón, a cuya finca acudió en distintas ocasiones, ya en su dorada reaparición. Sin embargo fue en Campo Cerrado, en casa de Atanasio Fernández donde escribió importantes páginas de su vida tras acudir en numerosas ocasiones y pudo disfrutar semanas enteras durante el invierno. Allí nació una íntima amistad con el viejo Atanasio y extendida a su hijos Natividad, Pilar y Bernabé, junto a su yerno Gabriel Aguirre, abriéndole las puertas de esa casa para compartir infinidad de momentos con Paco Camino, otro ilustre torero, también muy vinculado a esa ganadería de Atanasio. Por entonces casi siempre lo acompañaba Checa, un antiguo banderillero y, en ocasiones, Luis Para ‘Parrita’, en esas fechas matador y después excepcional peón de brega. Entonces, Antoñete tentaba por la mañana y al acabar, junto a Checa y Parrita, frecuentaba el cercano  restaurante El Cruce -de La Fuente de San Esteban-, para paladear un plato de longaniza frita, un manjar que le encantaba junto a una botella de tinto ‘Diamante’.

Sin embargo, a pesar de tanta vinculación con el Campo Charro y de contar con tantos amigos en esta tierra, la plaza de La Glorieta no fue la suya. Fue una cruz para su carrera, todo dentro de una vida donde Salamanca fue muy importante (hasta en el amor con el apasionado romance que mantuvo con Charo López). Y en la que hace treinta años, a raíz de su reaparición, conoció a un hombre que acabó siendo íntimo amigo y quien le ayudó a fundar su ganadería. Se trata del Niño de la Capea, quien le regaló aquel semental de nombre ‘Romeriito’, a quien el viejo maestro del mechón le contaba todas sus confidencias.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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