En la marcha de Juanero

De Juanero (sin ánimo de acritud y escrito con todo el respeto) siempre quedará el recuerdo entrañable hacia uno de los hombres más queridos que hubo en La Fuente de San Esteban durante la segunda mitad del siglo XX. Un personaje con mayúsculas, el mismo que hoy está en el recuerdo de todos por su marcha a pasear delante de los ángeles de la eternidad esperando que alguno le silbe para entonces comenzar su particular espectáculo.

Era Juan, –Juanero para todos–, un hombre que nació para ser siempre libre e identificado con varias generaciones a los que corría siempre tratando de apuntar con las piedras que guardaba en el bolsillo. Porque en cuanto alguien silbaba, lo llamaba Juanero o Juambimbas, o incluso con el nombre de los famosos de la respectiva época (Gento, Tarzán, Carrasco, Cordobés…) ya iniciaba su repertorio y carreras en busca de quien, a su entender, melló su honor. Contrarios y rivales a los que pocas veces cazaba y eso que en sus buenos tiempo corría más que Mariano Haro, que entonces era el atleta más significativo.

Juanero tenía como enemigos a las pandillas de muchachos. Contra quienes no había bandera blanca en una guerra declarada de la que se defendía a base de pedradas; mientras que la chavalería lo hacía corriendo y escapando de aquel hombre que era otro objeto de diversión. Después cuando los muchachos se hicieron hombres siempre mantenían un recuerdo hermoso y nostálgico de Juanero, a quien saludaban con afecto e invitaban en los bares. O le compraban cupones cuando ingresó en la Once.

La mayor pena de Juan fue cuando pavimentaron las calles y desaparecieron las piedras. Entonces, nada más salir de casa, lo primero que hacía era marchar a las afueras del pueblo para cargar su chaqueta (a la que debieron reforzar los bolsos) de piedras, que era su método de defensa. Porque siempre llevaba la defensa para lo que pudiera ocurrir, de tal manera que si veía una pandilla y observaba que no le decían nada, él mismo se acercaba y empezaba a caminar provocadoramente cerca de ellos con sus andares jorobados y las manos enlazadas hacía atrás, mientras miraba de lado con cara de malhumor.

Así fue su vida, formando una estampa más de La Fuente, la más llamativa y que sorprendía a los forasteros. Como ocurrió recién entrada la Democracia y llegó Salvador Sánchez Terán, entonces ministro, para inaugurar algunas obras. A Juan, al amigo Juanero (e insisto que lo escribo desde el cariño), como estaba cerca del lugar fue provocado y empezó con sus alocadas carreras en medio de insultos y blasfemias, por lo que el ministro se asustó tanto que se metió corriendo para el coche oficial pensando que le boicoteaban el acto, hasta que le explicaron de qué se trataba y se sintió tan tranquilo que al poco rato ya eran amigos. Y menudo de feliz iba Juan, con sus andares jorobados y las manos entrelazadas para atrás, nada menos que al lado de Sánchez Terán.

Así fue su vida hasta que hace cerca de 15 años fue ingresado en un centro asistido de Ciudad Rodrigo. Desde entonces se le recuerda en los veranos cuando lo llevaban los sobrinos a pasar unos días a La Fuente y él siempre acudía al bar de Jorreto. Allí todo el mundo iba a saludarlo y a invitarlo a un vino, a una faria. Porque era un hombre muy querido que marcó una larga época siendo un monumento más del pueblo. Un hombre que acaba de emprender camino de la eternidad para esperar que algún ángel le silbe inocentemente o lo llame Juanero.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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