Una década sin mili

Cobra actualidad estos días el debate sobre la supresión de la mili una década después de ser una realidad. De nuevo los dos grupos políticos han encontrado abono para lanzar sus dardos envenenados sobre la histórica ley. Han transcurrido diez años y recuerdo que para el periódico que trabajaba entonces cubrí la licencia de los últimos soldados que fueron forzosos a la mili. Se dio el caso que el acontecimiento se celebró en la Base Aérea de Matacán. Días antes se licenciaron los de Tierra y Marina y por esas fechas lo hacían los del Ejército del Aire, teniendo el aeródromo salmantino el honor de despedir a los últimos.

Fue un reportaje humano, anecdótico y con su carga de añoranza, que debió tener interés porque a los pocos días me llamaron de la revista ‘Aeronáutica y Astronomía’, que es el órgano oficial del Ejército del Aire, para ver si se podían publicar ese mismo reportaje, aunque dándole otra forma, como es evidente. Encantado le dije que sí, pero más contento me puse cuando al cabo de mes y medio me abonaron el trabajo tan generosamente que, esa misma noche, celebramos el final de la mili a lo grande y por nuestra cuenta. Al menos, en mi caso, había algo que celebrar, tras embolsarme unas buenas pesetas a costa del Ejército del Aire. De ese Ejército del Aire tan querido para mí y de tan agradables recuerdos desde que tuve la suerte y el honor de formar parte de él. Un orgullo del que presumiré hasta mi último suspiro (del que Dios quiera que esté aún muy lejano).

Estos días, con el décimo aniversario, ha vuelto a fluir el recuerdo de la mili, sobre todo para quienes tuvimos el privilegio de dedicar un año magnífico de nuestra vida a la Patria, a España, cuyo nombre muchos se avergüenzan en pronunciar y del que yo siempre me siento tan orgulloso. Reconozco que en mi caso me lo pasé muy bien, resultó una época inolvidable y cuando nos juntamos los conmilitones nos pasamos horas recordando las anécdotas de esos meses.

Recuerdo que el principio no quería ir de ninguna manera, busqué hasta alguna prórroga e incluso alegué un montón de taras que me impidiera perder ese tiempo tan precioso. Pero no hubo tu tía, ni con la vista, entonces tenía una leve miopía (muy distante a la actual, que de seguir sí pronto ingreso en la ONCE) y yo trataba de hacerla más grave en los reconocimientos médicos, haciéndome el ciego, hasta que un capitán médico, harto ya, me echó de la consulta declarándome apto para la mili y diciendo que era un cuentista. No hubo manera de escaquearme y entré en sorteo, lo que era una auténtica putada porque ya escribía de toros

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en los periódicos y estar un año ausente, pensaba, me dejaría de la cuneta de la incipiente carrera profesional iniciada pocos años antes. Y todo se agravó cuando la dichosa bolita quiso que me tocase, nada menos, que al quinto coño, con perdón, que es como se denomina a la mili en Canarias, el peor destino detrás de Ceuta y Melilla. Y encima al Ejército del Aire, para ser más exactos, con lo que pensé quemar el último cartucho y alegué que me mareaba en los aviones (algo que desconocía, porque entonces no había volado).

Pero, mira por cuanto, nada más llegar a la Base Aérea de Gando en Las Palmas todo cambió. De momento aquel año, por marzo, en la Península hacía un frío polar y en Canarias el clima era un delicia (con playa en la misma Base, en la que dejaban bañar al finalizar la instrucción). Luego la dureza no era tal y conocí a mandos que siguen siendo amigos míos (uno de ellos hoy general de división), junto a muchos compañeros de recuerdo inolvidable. Aprendí a convivir con chicos de otras tierras (aunque casi todos eran canarios), a tener sentido de la responsabilidad, a madrugar, a ser solidario con el débil y a ser más compañero con todos. En mi caso fue una experiencia altamente enriquecedora de la que me siento orgulloso. Y nunca la oculto.

Por muchas razones pienso que la mili nunca deberían haberla suprimido. Era una escuela de hombres, cuyo camino ideal era haberla modernizado. Como por ejemplo dejarla reducida a un mes y poder seguir siendo la mejor aula de la vida para aprender tantos valores, hoy perdidos

Pero la suprimieron y allá ellos, aunque con esa medida, al menos en mi caso, tuve algo para celebrar. Aunque fuera por la generosidad con la que cobré un reportaje dedicado a ese momento histórico.

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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