El pregón de Isidro, el del Madrid

La villa de Guijuelo quedó admirada la otra noche con el magnífico pregón, cargado de sentimientos de Isidro Díaz. Del brillante futbolista que se alineaba como Isidro y en las pasadas décadas de los 70 y los 80 se convirtió en un ‘todo terreno’ del Real Madrid de los García. De ‘San Isidro, el salvador’, como lo bautizó José María García después de marcarle un gol antológico al Spartak de Moscú en una de esas mágicas noches europeas que hicieron grande al Real Madrid.

Isidro ha vuelto a Guijuelo, el pueblo en el que se hizo mozo antes de hacer realidad sus sueños en el equipo blanco, al que llegó cuando todavía lo presidía don Santiago Bernabéu y en el que ahora continúa al cargo de las preocupaciones de los chavales que llegan de la cantera. A esa cantera a la que él arribó un día desde el Salmantino (¡qué ojo tuvieron los técnicos de la UDS!) para convertirse en el máximo goleador de todas las categorías nacionales antes de formar parte del primer equipo.

Un gran tipo éste Isidro quien desde Guijuelo y en los partidos que disputaba en el campo de las eras de Campillo voló para acabar siendo un jugador emblemático del mejor club del mundo. Pero sobre todo un hombre íntegro al que le quedó marcado su corazón con el alma de ferroviario, el empleo que desempeñó su padre y por el que llegó a Guijuelo, cuando ni echándose a soñar pudo imaginar que, con el tiempo, acabaría pregonando las fiestas de agosto

Era otra época y antes de vivir en Guijuelo, su padre estaba destinado en la estación de Olmedo y Cerralbo, con residencia en la vecina villa de Fuenteliante, el lugar en el que vivía la familia y que lo marcó mucho antes de que el éxito se aliase con su vida. De entonces le quedó grabada la estela de humo blanco del viejo tren de madera que llegaba de Barca D’Alba. Un tren semejante al que cantó Antonio Machado (Yo/ para todo viaje, siempre sobre la madera/de mi vagón de tercera).

De los días azules de la infancia conserva un montón de recuerdos en esa zona del Abadengo, como cuando daba las primeras patadas a un balón y la gente comentaba que era más rápido que una liebre, sin que ningún avezado mozo frenara su ímpetu. Esas zancadas del hijo del ferroviario a algún empedernido madridista le recordaban las de Gento, porque eran impropias de un niño, quizás presintiendo que aquel pequeño también llegaría a ser un grande del Madrid.

Con anterioridad a que en el campo de Campillo admirasen su calidad, en Fuenteliente, el futuro pregonero, cultivó sus virtudes deportivas. Como cuando acudía, de una carrera, a la estación a llevarle la comida a su padre, quien estaba de servicio, lo que aprovechaba el futuro jugador del Madrid para contemplar la cansina marcha del tren de Barca D’Alva, que forma parte de las telarañas del recuerdo.

Aquel tren, ceremonioso, como el de los versos de Machado (El tren camina y camina/y la máquina resuella/y tose con tos ferina. ¡Vamos en una centella!) quedó grabado en su alma, que son las imágenes que nunca se borran en los archivos del recuerdo. Como cuando acudían a Barca a comprar café y para que no lo decomisara la Guardia Civil lo pasaban en la máquina, oculto entre las briquetas, con las que atizaban la caldera de las locomotoras de vapor.

Hoy cuando todo es añoranza y Guijuelo se ha vuelto a rendir a su humanidad, en Fuenteliante queda viva la historia de la familia ferroviaria que tenía un muchacho rubio que corría como las liebres y al cabo del tiempo dejaría huella como pundonoroso futbolista. Atrás quedan también un montón de vivencias infantiles, como cuando aprendió a montar a caballo en la jaca de un vecino. O las tardes de tentaderos en Hernandinos para ver a El Viti o a Pedrés, junto a otros en un arte del que todavía, cuando surge la oportunidad, se lanza al ruedo para deleitar a sus viejos compañeros del Madrid, como su compadre Chendo, para ver quién torea mejor. Todo gracias a las lecciones que aprendió cuando se curtía para la vida en Fuenteliante. O, más tarde, de los toreros que veía en Guijuelo cuando llegaban las fiestas de agosto

Por tantas cosas la otra noche Guijuelo vibró de nuevo con él y la mejor señal es que al finalizar su pregón volvieron a aplaudirlo como cuando le marcó el gol antológico al Spartak de Moscú y quedó bautizado como ‘San Isidro, el salvador’.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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