Tránsito (Viuda de Florentino Díaz Flores)

(Entrevista publicada el 27 de enero de 2007)

Su esposo, Florentino Díaz Flores, fue una leyenda. Un apoderado de época, donde a su lado siempre estuvo, como fiel sombra, su esposa, Tránsito González, nuestra protagonista, una mujer que también observa desde su privilegiada barrera una importante página en la Fiesta.

A sus casi 83 años mantiene todas las virtudes que atesoró, lo que hace de ella el perfecto ejemplo de que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, cuyas sendas discurrieron en el escenario de la Tauromaquia.

¿Le gustaban los toros antes de conocer a su marido?

Entonces apenas conocía la Fiesta, aunque sí recuerdo que en Zamora, había mucho el ambiente de toros.

¿Cuándo va por primera vez a una plaza?

En el verano de 1945, el día que fue nuestra pedida en la plaza de Zamora. Era una novillada que toreaba Pedrucho de Canarias, quien después marchó para Venezuela y acabó siendo muy amigo de Flores. Luego, tras la boda mi vida ya estuvo inmersa en los toros hasta hoy.

¿Dónde conoció a Flores?

En el café Novelty en Ferias de 1944.

¿Qué hacía usted en Salamanca siendo de Zamora?

Al fútbol.

¿Al fútbol?

Sí, al fútbol. Fue un día que jugaba el Zamora contra el Salamanca en El Calvario y vine junto a unos amigos en el tren. Era la primera vez que venía a Salamanca y al entrar en ese café, Florentino le dijo a Almería, su mozo de espadas, que era un andaluz muy gracioso: «Mira qué cara de gitana tiene esa mujer, con ella me casaba yo mañana». Total, que el mozo de espadas le dijo: «Pues al toro, niño, al toro». Y así empezamos.

¡Y se casó con un torero!

Sí, pero lo dejó enseguida, pues yo no quería que él torease en pueblos y mientras la corrida, tener que andar yo rifando caramelos, como hacía la mujer de Zamorano.

Ya casada con Flores su vida gira en torno al toreo, ¿no?

Sí, pero hubo que luchar mucho. Al principio vivíamos en Zamora, pero pronto nos vinimos a Salamanca, donde pusimos una frutería y después una tienda llamada Saldos Flores. Mientras, Flores, en temporada daba festejos en muchos pueblos, como Peñaranda o Alba, junto a otros en diferentes provincias.

Después llegó la época de apoderamiento de toreros, ¿no?

Sí, el primero fue Victorino Posada, que entonces trabajaba en el bar ‘El Corzo’, que era propiedad de Alfonso Coquilla. Victoriano Posada era un torero de grandes condiciones, que luego se casó con la hija de un ministro de Ecuador.

Y con quien mantienen una gran vinculación, ¿verdad?

Como de familia. Cuando viene a Salamanca en septiembre nos vemos y en la plaza de toros estamos al lado.

¿En su barrera del 6?

Sí, tenemos esa barrera desde hace 58 años, él está justo detrás.

Luego, después de apoderar a otros toreros, llegó El Viti, con él empezó otra vida, ¿no?

Sí, pero hubo que luchar mucho en los inicios y después sufrir la incertidumbre de una grave lesión en el brazo. Se curó y fue hacia arriba; claro que la época del Viti fue muy importante en todos los aspectos.

¿Qué momentos guarda con más nostalgia?

Muchos, muchísimos. Fíjate, ahora recuerdo el día de la alternativa, que fue el día 13 de mayo de 1961, que encima era martes y el número del toro, que se llamaba ‘Guapito’ era el 13.

¡Si llega a ser supersticioso!

No, está claro que no lo era.

¿La vio en directo, en la plaza?

No, ésa fue la única que vez que me quedé en Salamanca, además la televisaban, que era casi cuando empezaba Televisión Española. Aquel día, cuando llegó la hora me marché de la tienda al Novelty, que tenía televisión y estaba lleno. Allí presencié yo la alternativa de Santiago.

¿Fue un día muy especial?

Te puedes imaginar, pues se cumplían un montón de objetivos y aquel triunfo era el fruto de tanta lucha. Cuando lo sacaron a hombros fue muy emocionante.

¿A partir de ahí arranca la carrera del Viti como figura?

Sí, se puede decir que sí, aunque antes, de novillero tuvo ya mucho cartel en Madrid y salió varias tardes a hombros.

¿Después, lo vio mucho?

Sí, en todas las plazas de España.

¿Y de América?

También fui un año. Volé desde Madrid hasta Caracas, donde me esperaban en el aeropuerto mi marido y Santiago. Después fuimos a Lima, más tarde a Bogotá, a continuación a México. Fueron 30 días muy bonitos los que pasé en América.

¿Le gustó aquella tierra?

Claro que sí. Fíjate que cuando paseaba por Lima me recordó muchas veces a Salamanca, es una ciudad muy bonita y con sus calles muy semejantes a las nuestras.

¿En lo taurino, qué fue lo que más le llamó la atención?

La Plaza de México, que es enorme y mirabas hacia arriba y nunca se acababan los tendidos. Además, no veas cuando salen los toreros a hacer el paseíllo el gesto de exclamación de todo el público, eso llega al alma. Aquella corrida la presencié al lado de Frasquito, que era de Toledo y de novillero, tras una actuación en La Maestranza, revolucionó el toreo y a todo el mundo le parecía que Manolete había resucitado, pero su estrella se apagó enseguida y marchó a México, donde tenía un restaurante muy bueno, al que acudían los taurinos.

¿Recuerda el cartel de esa corrida en La México?

Sí, Santiago toreó con Fermín Rivera y con Alfredo Leal. Fermín Rivera estaba casado con una bilbaína, que era hermana del torero Martín Agüero, aquel que mataba tan bien.

Las temporadas de América no eran como las actuales, ¿verdad?

Sí, no tenían nada que ver. Fíjate que se marchaban nada más acabar la Feria del Pilar, de Zaragoza y no regresaban hasta las vísperas de Fallas. Se tiraban casi cinco meses en América. Ahora, con tantos avances van, torean y se vuelven.

(En la casa que tiene doña Tránsito en la calle Alfonso de Castro hay numerosos recuerdos de América, como platos, figuras y otros elementos decorativos).

 

Aparte de lo que ha significado El Viti, ¿ha sido su ídolo taurino?

Sí, ha sido el que más me ha gustado. Pero también me encantó Pepe Luis Vázquez, Antonio Ordóñez, Manolo Vázquez y en tiempos más recientes, nuestro paisano Julio Robles, que fue un torero muy completo y de mucha calidad.

¿Y Curro Romero?

No, nunca fui currista. Lo tuve que ver por lo menos 40 veces, para presenciar de una tarde buena.

¿Y su paisano Andrés Vázquez?

Sí, pues tuvo mucho mérito, al matar siempre las corridas duras. Además mataba muy bien y como hubiera cuajado un toro, no se le iba el triunfo por no matarlo.

De los toreros actuales, ¿por cuáles sale corriendo?

Por Morante de la Puebla, cuando está bien y quiere. También una vez, aquí en Salamanca, vi torear magistralmente a Julito Aparicio.

Me ha hablado de toreros, de aficionados, de América, de anécdotas, Pero ¿cuál es su ganadería preferida?

Ahora mismo en Salamanca, los hermanos Fraile. Luego, me da mucha pena ver cómo ha caído la ganadería de Atanasio, con lo que fue. También es muy buena la de los hijos de Ignacio Pérez-Tabernero.

Usted es una de las personas que más conoce la carrera del Viti y seguramente la que más sepa de él, pero, ¿cuál fue la tarde donde mejor vio a Santiago?

Muchas, pero especialmente una en El Pilar, de Zaragoza. Fue el año que tomó la alternativa y toreó un toro de Antonio Pérez de manera sensacional. Era un toro castaño, cornalón y estuvo sensacional, lo que aprovechó Flores para hacer una propaganda muy impactante.

¿Y alguna distinta?

En Madrid, un año en San Isidro frente a toros de Paco Galache, que fueron muy flojos y se caían continuamente. Entonces, la gente no dejaba de protestar y la plaza se llenó de almohadillas. En ese momento, Santiago, con su particular gesto salió al tercio y con las manos pidió calma y después mandó a los peones quitar las almohadillas. Estaba seguro de su éxito y triunfó a lo grande, al final lo sacaron a hombros por la puerta grande y Antonio Díaz-Cañabate tituló su crónica de ‘ABC’: ‘El Viti torea hasta los toros de Guisando’.

¿Algún éxito más?

¡Tantos y tantos! Otro, un día de Corpus, en Toledo, donde le cortó las orejas a un toro condenado a banderillas negras. ¡Cómo estuvo también ese día!

Entre tanto dechado de virtudes, ¿cuál fue la más importante que atesoró El Viti?

Que en la plaza nunca tuvo prisa, dejó las cosas llegar a su momento.

¿Y siempre su marido al lado?

Sí, pero fíjate cómo eran antes las cosas que estuvieron juntos 18 años y únicamente tuvieron contrato los tres primeros. Había una confianza total entre los dos.

Entonces, la figura del apoderado eran tan distinta, ¿verdad?

Claro, una de las cosas buenas del toreo, es que el ganadero era ganadero; el torero, torero; el empresario, empresario… y así todo.

¡Igualito que ahora con los monopolios!

Era mucho más de verdad antes. Ahora, el empresario tiene plaza, toreros, ganaderías. No ves también el caso de Victorino Martín, que cuando vende una corrida exige que toree Luis Bolívar, el colombiano al que apodera.

¡Qué apoderados más buenos había entonces!

Sí, estaba Camará, González Vera, aunque éste llevaba plazas, mi Flores, Gago… todo independientes.

¿Dígame una virtud que debe tener un buen apoderado?

Primero conocer y querer a la persona. Luego defender al torero, su cotización, los toros que torea, el cartel. Además de estar pendiente de todo lo que sucede en la plaza, de tal forma que con una mirada entre ambos no hagan falta las palabras.

¿Y sobre todas?

La honradez y la honestidad, pues ésas son la bases de la confianza, de la amistad, la tranquilidad. Y Flores fue un hombre íntegro, honrado, buena persona y por eso, lo quería todo el mundo tanto.

Tendrá muchas anécdotas junto a su marido, en lo referente a la hora de defender el interés de su torero. ¿Nos puede contar alguna?

Hay muchas, por ejemplo en el año 1964, en la Feria de San Isidro, Antonio Ordóñez estaba contratado en un millón de pesetas y Camino, Puerta… en trescientas mil pesetas. Entonces, Ordóñez causó baja por una cornada y Livinio Stuick, con toda la preocupación quedó a comer con Flores para ofrecerle el puesto de Ordóñez. Yo estuve en la comida y a la hora de hablar de números le pidió el mismo dinero que cobraba Ordóñez. Livinio Stuick le dijo que era una barbaridad y no se lo podía dar de ninguna manera, aunque al final después de muchos tiras y aflojas aceptó. Fíjate, por entonces, todo lo que se podía comprar con ese dineral…

En San Isidro de 1968, El Viti tampoco fue contratado porque no le dieron el dinero que pidió, ¿cómo fue aquel episodio?

Sí, lo recuerdo perfectamente. Flores pidió un dinero y la empresa lo rechazó. Entonces no alcanzaron un acuerdo y Santiago quedó fuera de San Isidro, que era el torero de más cartel. Esa circunstancia la aprovecharon los Dominguín, que eran empresarios de Vista Alegre y muy amigos nuestros para contratar a Santiago y ofrecerle el dinero que le rechazó la empresa de Madrid. Entonces hicieron lo que se llamó ‘San Isidro paralelo’, donde también contrataron a otros matadores que quedaron excluidos de San Isidro. Aquello fue un éxito total y las dos tardes se puso el ‘no hay billetes’.

¿Y que pasó más?

Que Florentino aprovechó para hacer una publicidad muy importante, donde decía que cómo era posible que en Las Ventas con más de 20.000 espectadores y en pleno San Isidro no le quisieron pagar ese dinero y sin embargo, en Vista Alegre, con 9.000 sí se lo pagaron.

Su casa está toda llena de recuerdos de Florentino, como cuadros, placas y un montón de referencias. Parece que sigue aquí.

Está la casa igual que la dejó y así va a seguir, con los cuadros de los pintores amigos, como Saavedra, Palacios, también los que le regaló Victoriano Posada y otro de Perelétegui, por nuestras bodas de oro, junto a otras muchas cosas suyas.

¿Perelétegui era muy amigo de ustedes?

Sí, mi marido lo quería mucho. No veas la pena me dio de su muerte. Era muy buena persona y un gran crítico, al que estuvimos muy vinculados.

¿Cómo fueron los últimos años de Florentino?

Muy felices, rodeado del cariño de su familia, de muchos amigos y ya te digo disfrutando con momentos muy felices, como los acontecimientos familiares. También, el homenaje que le hicieron en el Gran Hotel lo hizo muy feliz, porque fue muy entrañable y vino mucha gente que él quería tanto.

Cuando su marido vivía pasaban los inviernos en Benidorm, ¿ya no acude usted?

No, pues date cuenta que nuestro piso está en una planta 21. Y si pasa algo y llamo al vecino habla en inglés, el otro, en alemán. Y prefiero estar aquí, en Salamanca, al lado de los míos.

¿Y qué hace?

Pues procuro estar distraída, haciendo algo. Por ejemplo, llevo directamente los negocios que tenía mi marido. Como los locales que tenemos en alquiler, algo que me viene muy bien estar entretenida y con la cabeza puesta en esas cosas.

¡A su edad!

Sí, es una terapia magnífica. Si me siento en el sillón y me dejó llevar estoy expuesta a depresiones o cosas poco buenas para los años que tengo.

Ahora que la Fiesta está sumida en un debate político, ¿cómo ve su futuro?

A la Fiesta la veo un poco alicaída, además en las plazas se ve poca juventud y sí mucha gente mayor. No se ha renovado la afición y eso no es bueno.

¿Cuál es su público preferido?

El sevillano, con esa plaza tan bonita y los silencios que llegan tan dentro.

¿Y el que menos le gusta?

El de Madrid. En cuanto sale el toro ya lo están protestando, sin esperar para ver si tiene un calambre y se le pasa. Recuerdo una vez que a El Viti le cambiaron el tercio de varas y él mismo, por su cuenta, mandó al picador que se diera la vuelta y darle otro puyazo. Ese día, Diego Puerta, como director de lidia intentó que el caballo fuera para el patio, pero Santiago, al ver a su compañero, con su voz seca dijo: «Diegoooo» y éste claro, lo dejó.

Doña Tránsito, muchas gracias por todo y que Dios la guarde muchos años.

Y tú que lo veas.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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