De Pocinho a Regua

Regresar a las vecinas tierras portuguesas para embelesarse de su paisaje y paisanaje siempre es un acontecimiento, sobre todo porque en el país siempre descubres nuevas maravillas que se abren ante los ojos del viajero.

Como ocurre, al disfrutar, en plan dominguero, de una excursión en tren por la comarca de las Beiras y la zona de Tras Ós Montes, donde el viaje desde Pocinho hasta Régua (que es la continuación de nuestra entrañable línea de salmantina del ‘Tren del Duero’), en un trayecto que va paralelo al Douro, es uno de los lujos más cercanos de los salmantinos, pero que sin embargo muy pocos conocen.

En la estación de Pocinho (pueblecito situado muy cerca de Vila Foz de Coa), a primeras horas de la mañana apenas hay movimiento de viajeros, tan solo una decena de personas suben a un legendario convoy que allí comienza un recorrido que finaliza tres horas y media más tarde en Oporto, al abrazo del Atlántico. Régua tiene una estación con la hermosura decimonónica y rodeada de encantos que llaman la atención del viajero, como los azulejos que reflejan escenas de la vendimia, así como material rodante antiguo que exponen para hurgar entre los nostálgicos.

Al lado de los andenes se levantan dos grandes silos de cemento que se alzan a los cielos, mientras que a un extremo del edificio principal está instalada la cantina, donde un hombre grandote, que resulta ser el factor de la estación y la lleva en renta, sirve cafés, cerveza ‘Sagres’ y refrescos a los viajeros. Es un hombre amable que comparte tertulia con dos amigos, ya jubilados, que también son ferroviarios.

Después del hoy e inevitablemente van al pasado para meditar con seriedad, en medio de la crisis y les invade la nostalgia. Entonces, la mayoría de ellos, aún creen que fue un espejismo el progreso que transformó al país en los últimos 20 años, cuando las siniestras carreteras de antaño se han convertido en vías rápidas; el viejo parque automovilístico, con aquellos coches del año de ‘maricastaño’ ha dado paso a las mejores marcas; mientras, los pueblos han cambiado completamente para dar paso a una modernidad que no hace mucho tiempo, ni hartándose a soñar hubieran esperado. Y eso que con la grave crisis que les asola han tenido que pedir un rescate económico a la CEE.

Es un placer hablar con estos portugueses entrados en años, los mismos que se refieren a España (el país ‘irmao’) con afecto. Son hombres que lucen mostacho y recuerdan con tanta familiaridad a los ídolos de su juventud que, con solo decir su nombre, se entienden a la perfección, como Amalia (Rodrigues, la reina del fado), Eusebio (la ‘pantera negra’, genial futbolista), Manolo (dos Santos, el torero más grande que parió Portugal) o Joaquim (Agostinho, ciclista que fue ídolo del pueblo y encontró una muerte tan trágica como absurda).

Pero lo mejor de la excursión llega cuando el jefe de estación toca el silbato que ordena la marcha del convoy. Entonces comienza el verdadero espectáculo, gracias a un paisaje para soñar, en el que se suceden las ‘quintas’, con los bancales llenos de vides que producen el exquisito vino de Oporto; mientras, a través de le ventanilla se disfruta del magnífico Duero, en el que es fácil encontrarse con catamaranes cargados de turistas que hacen cruceros por el río. Además, cada ‘quinta’ tiene su propio embarcadero, donde hay estacionados yates de recreo, junto a barcos que se utilizan para la pesca, el otro gran negocio del río. Luego, al llegar a Régua, cuando finaliza la excursión, el viajero, alucina con esa ciudad y con su puerto, en la que varias mujeres, ataviadas con mandil blanco y cestas de mimbre, venden caramelos caseros, en una estampa pintoresca y clásica de Portugal.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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