El andén de espera

Pasa el tiempo, atrás quedan meses y años perdidos donde se va mojando en el agua del olvido político la poca pólvora que queda para celebrar la reapertura del Tren del Duero, esa joya que los políticos charros están empeñados en tirar la particular papelera de la desidia. En la del abandono, después de prometer tantas veces su utilidad turística y ser incapaces de dar el paso adelante y recuperar para el turismo una comarca dominada por el fantasma de la desertización.

La línea del Duero es única, con un trazado deslumbrante, que discurre en medio de una belleza que no tiene comparación con otra alguna y que, incomprensiblemente, no se acaba de dar el paso adelante para aprovechar su trazado con un tren turístico que iba a ser la envidia de todo el país.

Porque el día que fuera realidad se iba a convertir en uno de los referentes más importantes de la Comunidad en materia de ocio y recreo gracias al tesoro que encierra en un tramo que en los poco más de 70 kilómetros que discurre muestra lo mejor de esta provincia; desde las besanas cerealistas que existen en su arranque por La Fuente y llegan a Boada, hasta la dehesa por la zona de Villares hasta alcanzar Lumbrales, pasando por ese pueblo tan charro y cuna de tradiciones de la tierra como es Villavieja de Yeltes. Para adentrarse posteriormente al encuentro de es magia que llega después de dejar atrás Hinojosa y ganar el hermoso puente del río Froya, ya en un paisaje magnífico de Valdenoguera, en lado mismo de la estación de La Fregeneda.

Desde ese punto cierren los ojos, sueñen con el paisaje más hermoso, con la obra más impresionante jamás construida en esta provincia y eso que se imaginan está aquí tan cerca. Al lado. En el tramo que llega a Barca d’Alba en esos 17 kilómetros que constituyen el paraíso de las construcciones ferroviarias, el mismo que coquetea con la querida tierra portuguesa hasta que, después, al alcanzar Vega Terrón llega la pasión y el disfrute de un lugar único, en el que se puede admirar desde un crucero que llega de Oporto cargado de turistas hasta aficionados que vuelan por el río en sus motonáuticas. También a gente que se baña en la playa que construyeron en el Águeda poco antes del verter el Duero. O descansar a la sombra de un naranjo y relajarse, en ese rincón donde Guerra Junqueiro, el magnífico poeta portugués inspiró su genial obra. Porque Guerra Junqueiro residió en Barca y cantó ese rincón que también cautivó a Miguel de Unamuno en las ocasiones que acudió a visitar a su oetáneo y colega. Precisamente, Unamuno siempre acudía en tren a Barca y en su obra cantó la belleza de esos paisajes que observaba ensimismado desde su vagón y de ellos dijo:

¿Qué tendrá…?

¿Qué tendrá esta tierra…?

Yo no se; pero, cuanto más voy a él, más deseo volver”.

Pero desde Unamuno hasta el maldito día de su cierre hay mucha historia que no puede quedar enterrada bajo la losa del olvido. Como tampoco debe perderse un tesoro al que hay que exigir un tren turístico para que le quite el óxido de sus raíles y rompa la losa del olvido.

Mientras, el recuerdo de la línea ronda y el columnista recuerda un dicho de la zona que explica las viejas rivalidades de los pueblos.

En Boada, me dan una cornada.

De Villares, ni los andares.

En Olmedo, no me quedó.

En Bogajo, no me bajo.

En Villavieja, me quitan la pelleja.

De Lumbrales, ni los aires.

¿Hinojosa? eso es otra cosa.

Y en La Fregeneda, como la seda.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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