Juan Leal, ¡un torerazo!

Este texto no es la crónica de un festejo, es solo el resultado de una conmoción taurina vivida ayer en el festival celebrado en la villa de Lumbrales, al oeste de la provincia charra. Lumbrales celebra sus fiestas agosteñas bajo la bandera de su enorme afición taurina programando festivales que acoge su plaza portátil instalada en el ágora principal. Son festivales que han acogido a lo largo de su historia a destacados toreros y que en varias ocasiones tuvo como estrella a Julio Robles, quien como es descendiente del vecino pueblo de Ahigal de los Aceiteros y contaba con una legión de aficionados en toda la comarca del Abadengo (de la que es Lumbrales la capital) solía reservar una fecha para descolgar el traje corto y hacer el paseíllo ante sus amigos. Al igual que ocurría con anterioridad con Antonio de Jesús en la época novilleril cuando enamoró por sus magníficas condiciones.

Con su legado llegó ayer, lunes, un matador francés completamente desconocido para la mayoría de los presentes llamado Juan Leal que es apoderado por Maurice Berho, el gran fotógrafo y taurino francés. Un matador de toros nuevo, rubio y de aspecto risueño apenas conocido porque el cruel sistema que rige la Fiesta no da sitio a los nuevos y que se hizo el amo de la tarde desde el mismo paseíllo y ya no se habló más en toda la jornada que de él. De la gran convulsión que formó y, al finalizar, era un primor ver a los aficionados paladeando las dos faenas por las calles de la localidad. Rescatando momentos de lo que fue un acontecimiento tan grande que entre los presentes será recordado con el paso del tiempo.

Porque hubo un torero que ofreció una dimensión enorme, con recursos y capacidad para sorprender y tanto para emocionar, dotado de una extraordinaria variedad tanto de capa como con la muleta -sus naturales fueron una delicia- para poner varias veces a la gente en pie y los gritos de ¡torero-torero! fueron coreados varias veces por toda la plaza para gloria del arte del toreo. Luego, para redondear, a los dos los mató de sendas estocadas marcando los tiempos y ofreciendo un recital de cómo debe hacerse la suerte suprema. Y todo con torería y mucha naturalidad en la que ha sido una grata sorpresa con mayúsculas.

Cierto es que se trató de un festival de erales y a sus manos fueron dos extraordinarios novillos de Miranda de Pericalvo -el primero premiado justamente con la vuelta-, pero esos festejos también sirven para calibrar a los toreros y ver su punto. Y todo ello con el añadido que en el palco había un presidente que siempre hace gala de la seriedad y el rigor como es Juan Iglesias, quien durante varios años prestigió la plaza de Zamora.

Lo de menos fue que cortase dos rabos, que a fin de cuentas como decía Curro Romero eso no son más que despojos. Porque lo grande es que fue una tarde con tintes de acontecimiento y con la felicidad de ver cómo a la caída de la tarde todo Lumbrales toreaba de salón y hasta los mejores aficionados y profesionales eran partícipes de aquel descubrimiento llegado de la mano de un francés llamado Juan Leal a quien ya no le perderemos la pista desde que una tarde de agosto en Lumbrales enamorase con la emoción de su toreo y la naturalidad de la que hizo gala.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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