Álvaro de la Calle merece dignidad

Se apagaban los ecos el domingo y aún clareaba el crepúsculo casi a las veintitrés horas gracias a una luna llena que era un primor cuando recibo la llamada de un aficionado de Palma que acaba de presenciaar la corrida celebrada en Muro para referirse a la completísima actuación del salmantino Álvaro de la Calle en el que puede ser uno de los últimos festejos taurinos que acoja la isla bermellona. Si es que antes no llega alguna mente lúcida para frenar tantos atropellos de los enemigos de España a la libertad.

Álvaro de la Calle, torero maduro y abandonado por las empresas, ha cuajado una tarde memorable para poner el sello de su reivindicación mucho tiempo después de que su nombre no apareciera como ‘titular’ en un cartel –si lo ha hecho en infinidad de ocasiones de sobresaliente-. Y ahí está de triunfador de una corrida a la que llegó en silencio para marcharse en hombros con todas las bendiciones y la sorpresa generalizada de quienes no lo conocía y no dejaban de preguntar por él. Por quien fue capaz de protagonizar tanto entusiasmo sobre el albero.

Álvaro, que es un chaval educado y vive lejos siempre de fanfarronadas, nunca abandonó su sueño y vivió con el lema de estar preparado para aprovechar el momento y que no te sorprendiera. De hecho las veces que tuvo oportunidad lo hizo con categoría para solventar la situación. Sin embargo al día siguiente era volver a empezar de nuevo, porque injustamente no acababan de echarle cuentas. De hecho la última vez que toreó en Madrid completó una interesante actuación y sin embargo nunca más volvió; ni tampoco a Salamanca en la que estuvo tan brillante con una corrida de Miura que mató con mucho oficio y dignidad. Lo mismo que le pasó en otros lugares, en los que ni fue respetado y tantas veces tuvo que tragar las bilis de la injusticia.

Con su nombre borrado, las grandes empresas únicamente se acordaban de él para ir de sobresaliente en corrida de un único torero o en manos a mano. Y a ellas se aferró porque tenía una casa que mantener en la que siempre le esperaba su pequeña hija, que es la ilusión de su vida. De sobresaliente estuvo hace dos años a Gijón a un mano a mano entre Ferrera y Castaño frente a una corrida de La Quinta y le tocó matar un toro porque los dos matadores del cartel habían sido cogidos y a ambos los estaban operando en la enfermería. Y frente a ese toro Álvaro, sabedor de que era su momento, dio una enorme dimensión de capacidad y también de torería dejando abierta a puerta de la esperanza, porque se había reivindicado en una feria ganándose de sobra una oportunidad para el siguiente ciclo. Sin embargo, fiel a su destino, la empresa también se acordó de él, pero de nuevo en labores de sobresaliente. Y es que en la hermética Fiesta de ahora ya no sabe ver y lanzar a estos toreros con veteranía y poso que tanto podrían aportar. Incluso ser incapaces de confiar en alguien que ha roto una tarde de sobresaliente. Porque el actual ‘sistema’ desconoce una historia en la que, incluso, uno de los más grandes de siempre, el toledano Domingo Ortega, salió disparado tras un quite que hizo una tarde, anunciado de sobresaliente, en una mano a mano celebrado en Aranjuez entre Manolo Bienvenida y Marcial Lalanda.

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Sin embargo a Álvaro de la Calle nunca acabaron de dale el sitio que merecido de varias corridas continuadas y de regresar a Madrid para tener un margen de confianza que han dado a otros muchos toreros. Lo merece, prueba de ello es que ayer estuvo a un alto nivel junto a dos toreros de ferias. Porque aunque fuera la mallorquina de Muro no podemos olvidar que la historia del toreo tiene páginas escrita por toreros que salieron del bache o se reencontraron tras una faena en una plaza menor. Le ocurrió a Ortega Cano que llegó desahuciado a Zarautz –pocas semanas después de fracasar en Las Ventas con aquel ‘Velador’ de Victorino que fue indultado- y reencontrarse con un toro de Clairac que lo sacó del pozo para dar nuevas alas a su carrera que le posibilitaron volver poco después a Las Ventas en una corrida celebrada en la canícula de agosto y lograr una oreja que le dio alas para acabar lanzándolo a las ferias.

Álvaro merece que le den una oportunidad. Lo merece este muchacho que es hijo de Vicente de la Calle, un luchador de todos los caminos del toro para quien no había reloj. Chófer de José Antonio y Javier Chopera en tiempos de aquella sociedad familiar conocida por los Choperitas; también chófer del Niño de la Capea, en la pasada década de los 70 en noches interminables cruzando España de norte a sur; mozo de espadas de varios toreros y de vivir una terrible pesadilla la madrugada que José Falcón murió en sus brazos en Barcelona tras sufrir horas antes la cornada mortal de ‘Cuchareto’. De un hombre que ha hecho de todo en la Fiesta y que ojalá pudiera ver la realidad de ver a su hijo en una situación justa. Porque Álvaro merece una atención que se ha ganado con creces en el ruedo gracias a su brillantez.

La que lo ha devuelto a la pomada en la noche clara de este domingo de luna llena.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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