Una década sin Perelétegui

El mes de noviembre de 2006 fue especialmente doloroso y triste para la Salamanca taurina. En un escaso margen de días nos dejaba el gran crítico Carlos Manuel Perelétegui, el torero Paco Pallarés -la elegancia en los ruedos- y don Patricio San José, gran aficionado y que vivió feliz los últimos años de su vida disfrutando con su nieto Javier Valverde, convirtido en  torero de ferias.

Esta década, que ha dado tanto de sí, siempre ha tenido muy presente la figura de Carlos Manuel Perelétegui, grande de la crítica, excelente escritor y caballero durante las veinticuatro horas del día. Pero sobre todo alguien que acabaría siendo un gran amigo y modelo a seguir.

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Recuerdo de manera entrañable las mañanas de hace más de ¡40 años! la llegada del cartero para leer en El Adelanto, entonces con el llamado formato ‘sabana’, las crónicas de toros firmadas por Perelétegui, las mismas que literalmente ‘desollaba’. Ha llovido y nada se parece la vida de aquellos días a la actual, menos aún la Fiesta de nuestra tierra, entonces pujante con El Viti –ya leyenda- rematando su gran obra, con El Niño de la Capea figura por méritos propios gracias a su afán y constancia, mientras que Julio Robles nos regalaba hermosas faenas en tiempos de “el día que Robles quiera”, hasta que al final llegó ese deseado día para calentarnos apasionadamente con la llamas de su toreo. Con las llamas de su arte.

Desde entonces, aprendiendo cada mañana de Perelétegui, el toreo entró en vena. A la vez despertó la curiosidad por saber quién eran los personajes que salían en sus crónicas; desde los modestos banderillero Jerte, Toreri… a picadores o mozos de espadas. Sin olvidar a muchos más toreros con los que uno se familiarizó gracias a su pluma, como Víctor Manuel Martín, Flores Blázquez, Luis Miguel Mozo… o los jóvenes novilleros de esa época marcada por los ‘Salamanca’, Pallín, Sánchez Marcos…

Uno estaba aún lejos de comenzar a escribir de toros, pero la admiración por ese hombre ya estaba presente, hasta que un día alguien en una plaza me dijo: “Mira allí está Perelétegui”. Y allí estaba sentado aquel hombretón, con la seriedad en su rostro y sus inseparables gafas de sol. Desde entonces ya fueron muchas las ocasiones que lo observaba, con esa personalidad que reflejaba en sus deliciosas crónicas, con exquisita literatura y un enorme conocimiento del toreo. Y de la Fiesta en si con toda su pureza y verdad, guardando toda su riqueza, alejado de las modas y menos aún del triunfalismo imperante en estos días.

Pasado el tiempo y ya comenzando uno el peregrinar en las letras taurinas, un buen día estreché por primera vez la mano de Perelétegui. Fue una tarde de agosto de 1990 que había toros en Peñaranda y uno de los espadas era David Luguillano, recién alternativado y que brindó un toro a Perelétegui –era muy seguidor del torero de Valladolid-, al que cuajó de manera fenomenal. De esa corrida quedó el recuerdo de conocer a Carlos Manuel con sus casi dos metros de humanidad, tras estrechar por primera vez su mano, algo que su fue haciendo habitual cada vez que coincidía en una plaza, casi siempre a la entrada, porque al finalizar –o momentos antes- los críticos salimos de allí corriendo espoleados por las exigencias del cierre.

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             Recuerdo con emoción la amistad que me tributó alguien de quien tanto aprendí.

Aquel Perelétegui que admiraba por sus elegantes crónicas taurinas, pronto me ganó ya para siempre como persona. Sabía de toros más que nadie, pero a la vez su señorío dejaba una huella profunda y su seriedad. Odiaba taurinear y los chismorreos estaban en las antípodas de su vida, al igual que repartir abrazos por los patios de cuadrilla. Porque jamás se rodeó de toreros más que si la ocasión lo requería para una reportaje o entrevista; aunque con el roce es lógico que cultivase amistades, aunque ya de retirados, como fueron sus admirados Victoriano Posada, Paco Pallarés o Víctor Manuel Martín, entrañables todas. Pero lo que si tenía era el respeto de todos, desde Fernando Domínguez, El Viti, Andrés Vázquez, Juan José, El Niño de la Capea, Julio Robles…

Años después, con la llegada 1994 y ver la luz el diario Tribuna de Salamanca, Perelétegui forma parte de su redacción taurina y ahí nace ya una amistad entrañable, creciendo en el tiempo, hasta el prematuro final de su días. Ya fueron infinidad de charlas, de cafés, de viajes para ver festejos por la provincia e incluso a Las Ventas de Madrid, como la ocasión de una novillada primaveral que toreaba Juan Diego y, junto a su hijo Carlos –el excelente fotógrafo-, fuimos caminando desde la Plaza Mayor hasta Las Ventas, con una escala en el Café Gijón. ¡Aquel día ha quedado enmarcado entre los más entrañables! Y otro sinfín de ellos hasta aquel aciago día de noviembre de 2006 cuando emprendió el camino de la eternidad embargados por la emoción de su adiós.

Hoy, diez años después, al igual que hice tantas veces vuelvo a recordar a aquel caballero que hablaba con pasión del capote de Fernando Domínguez y de Victoriano de la Serna; de los lances de Gitanillo de Triana; de la pinturería de Pepín Martín Vázquez, del magisterio de su Antonio Ordóñez… O de la magia de Rafael de Paula, el artista que más veces le quitó el sueño. ¡Ay Rafael! Con esos lances que paraban los relojes imantados por su personalidad gitana.

Y es que Carlos Manuel Perelétegui, siempre con su humildad y señorío, fue un genio de la crítica taurina y un hombre que nunca olvidaremos, porque se ganó estar en el altar de los mejores.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

5 comentarios en “Una década sin Perelétegui

  1. Recuerdo cuando en sus escritos siempre reclamaba que por qué los empresarios de Salamanca no ponian en las ferias a Chanito y luego cuando lo pusieron alternando con El Cordobés y Miguelin le hicieron una encerrona al tener que matar un toro mastodonte sobrero. Dijo que le pesaba el haberlo pedido tantas veces y luego le hacían esa faena
    Esta escrito en el Adelanto

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