Gonzalo Caballero, ¡un torero!

Decía el genial Charles Chaplin que la vida es maravillosa si no se le tiene miedo. Si se mira adelante para solventar las barreras que surgen en los pasos de su camino y poder ver la luz de la meta con los deberes hechos. La vida es para quien se levanta cada mañana dispuesto a triunfar y sabe sujetar las velas durante la tormenta para no quedar a la deriva y perderse entre las aguas de la confusión. La misma que te pone a prueba cada día, te arranca lágrimas y dolor, pero no queda otra que levantarse para volver a caminar con más rabia íntima para comerse el mundo.

Los toreros son parte de esa vida donde cada nuevo día es un folio en blanco para escribir tratando de evitar borrones y tachaduras, mostrando su verdad y grandeza ante un público que te encumbra o te apea de la gloria. Por eso cuando un chaval pierde los mejores años, la flor de la juventud, en la búsqueda de la gloria que llega vestido de luces merece todo el respeto y la consideración. Cuando lo hace sabiendo jugar con dignidad las cartas que tiene en la mano para vencer esa partida a quien ha ‘cantado las cuarenta’. Porque ser torero es cosa de héroes que merecen todo el respeto y la admiración regalando su vida en un arte tan puro. En el único carpetovetónico que ha sabido ser admirado por quien se acercó a conocerlo y ya nunca más se separó de él.

Vaya esta columna de recuerdo a la memoria de Ricardo, padre del joven torero Gonzalo Caballero, fallecido días pasados tras dejar perpetuada su memoria con la bondad y el señorío que identificó su sino en este mundo, junto a esa raza de ganador que supo heredar Gonzalo para convertirse en un gran torero. El que ya nos entusiasmo desde su época novilleril con su amor propio para triunfar, junto a un valor espartano y esas ganas de comerse el mundo. Gracias a Gonzalo recordé la definición que tenían los viejos toreros al referirse al concepto de novillero viéndolo una tarde de San Isidro de 2015 en Madrid. Ese día, frente a reses del Parralejo, literalmente ‘se dejó matar’ y hasta se tiró a estoquear a su segundo sin muleta para buscar esa puerta grande que acarició. Desde ese instante, Gonzalo, se ganó el respeto unánime y dejó la tarjeta de presentación de un torero grande. Fueron la misma baza que volvió a dejar sobre el tapete en el pasado San Isidro al volver a emocionarnos con su raza y amor propio tras acabar con un complicado toro del Ventorrillo con el pitón izquierdo ‘taladrado’ tras sufrir una certera cornada en los primeros compases de la faena. Y ahí, con un torniquete y la sangre de un valiente que teñía de roja su taleguilla, llegaron los olés para ganarse definitivamente los respetos unánimes mientras marchaba a la enfermería y Madrid, puesto en pie, le tributaba una de las ovaciones más emocionantes que he visto en esa plaza.

Y ahora que a la vera de Manzanares afinan las cuerdas para que San Isidro suene con las mejores sinfonías llega la gran cita taurina del año en el sagrado templo de Las Ventas. La que espera a Gonzalo Caballero en su año más especial, porque volverá a Madrid para hacer realidad su sueño de salir de la puerta grande y en ese momento de felicidad perder la mirada en los cielos para decir: “Lo conseguí”. Seguramente será una promesa íntima a la figura de su padre, Ricardo, quien se llevó el bastón de sentimientos y consejos sobre el que se apoyaba Gonzalo. Se fue luchando y dando ejemplo, la lección y el camino que siempre enseñó a los suyos. Se fue después de haber visto a Gonzalo luchar para ser torero grande y tener ya tan cerca el objetivo. Se fue sintiendo el toreo y respirando los aires de la emoción después de que hace pocas semanas recibiera en su casa de Algete la visita del maestro y señor Juan Mora, uno de sus ídolos, quien disfrutó de su amenidad durante una tarde hablando de toros cuando Ricardo ya era divisaba la bandera ajedrezada del final en la carrera de su vida. Y lo hizo sin perder jamás la integridad que marcó los pasos de su existencia, mientras Gonzalo miraba con orgullo a su padre y escuchaba sin perder detalle las palabras cargadas de sabiduría del maestro de Plasencia.

Mi recuerdo a Ricardo, quien desde allí arriba será feliz con los triunfos de Gonzalo. Y a Gonzalo, quien en cada momento de su existencia hace gala de su apellido artístico y tantas veces nos ha emocionado con la fuerza de su ambición para ser un torero grande y este San Isidro será suyo.

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Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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