Las obleas de Fabián: distinción charra

Fabián Martín, el de las obleas de Cipérez, es otro icono de los empresarios salmantinos surgidos de la nada. Un ejemplo de quien ha sabido triunfar y alzarse a la senda de la prosperidad para superar los enrevesados caminos de la crisis, de la dureza y las zancadillas que surgen en el camino hasta ver su nombre en la lista de los triunfadores. En el teso del éxito y del florecimiento económico que ha sido capaz de crear alguien como él, fiel a su terruño, a su pueblo y a sus costumbres sencillas aliadas al espíritu emprendedor que le han hecho volar tan alto. Y convertirse en un símbolo de esta tierra tras abrir fronteras gracias a las delicias salidas de su fábrica de Cipérez.

Fabián ha logrado que su querido pueblo esté presente en medio mundo por la calidad de sus obleas, una referencia que observan con orgullo los salmantinos al descubrirlas en cualquier rincón de Barcelona, de Málaga, de La Coruña, de París, de Nueva York… Al igual que ocurre con el jamón de Guijuelo, las lentejas de La Armuña, las rosquillas de Ledesma… o cualquiera de los manjares gastronómicos de la charrería.

Hoy, las obleas de Cipérez son toda una referencia sin perder los orígenes propios de ese dulce típico de nuestra tierra, que Fabián fabrica de manera artesanal, con los mismos ingredientes de siempre. Al igual que el tío Teodoro, de Boadilla, quien logró tanto reconocimiento que numerosas personalidades paraban en ese pequeño pueblo para comprarlas. Uno de ellos el torero Antonio Bienvenida, quien en sus viajes a la Salamanca ganadera aprovechaba para comer en el Restaurante Vegallana y adquirir las nombradas obleas de Boadilla. También en los conventos, el lugar que vio nacer este dulce al tener su origen en las hostias de la comunión y de ahí pasó al consumo doméstico. Hoy, todavía en muchos centros religiosos las siguen fabricando, ejemplo de ello son las monjas del Zarzoso, convento situado en las faldas de la sierra, entre Tamames y El Cabaco. O en varios más de la capital, a los que acude la gente para pedir los exquisitos ‘mocos’, denominación de la parte sobrante de la oblea que queda fuera del molde y se quema en el fuego, regalada en la mayoría de los conventos, eso sí por la voluntad.

Pero a las obleas quien le ha sabido darle auge, actualizarlas y ponerlas de moda es Fabián Martín, un hombre necesario en el mundo rural y protagonista de una bella historia. Primero fue emigrante en Alemania y de allí, con las maletas cargadas de ilusión, regresó al pueblo para invertir en la cría de porcino y, tras una maña época en el sector, de nuevo convivir con los fantasmas de la ruina. Entonces, harto de pensar dónde estaría su prosperidad para sacar adelante a sus hijos, revolvió entre los recuerdos del viejo negocio familiar de las obleas que tanto fama dio a sus antepasados. Y de nuevo, con sus manos trabajadoras, tomó los moldes para hacer obleas, ya sin parar, actualizándose a los tiempos hasta conseguir que se convirtiera en dulce de los más exigentes paladares. Fue el triunfo de un hombre que faenaba de sol a sol y abierto a las últimas propuestas para crear una industria modelo en el Campo Charro.

Junto al reconocimiento por sus obleas, Fabián alzó su compromiso social y, durante varias legislaturas, fue el alcalde de Cipérez que transformó esa población para convertirla en un foco de riqueza que atrae cada día un montón de gente a sus industrias. Y es que gracias a personajes de la talla de Fabián Martín se abre las fronteras del progreso. Al igual que supo abrirlas para que medio mundo se enamorase de la exquisitez de sus obleas.

 

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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