130 años del Tren del Duero

Me emociona vivir la jornada de hoy, 8 de diciembre, celebración de la fiesta de la Inmaculada y coincidente con el 130 aniversario de nuestro entrañable y querido Tren del Duero. 130 años desde la faraónica inauguración cuando dos locomotoras (una portuguesa y otra española) se ‘besaron’ en el Puente Internacional. A la vez que me llena de melancolía celebrar la efeméride con la línea aún clausurada por culpa de unos políticos que no tuvieron sensibilidad para defender su grandeza.

En este aniversario volveremos a reivindicar la recuperación de un tren que nunca se debió perder. Son 130 años los que quedan detrás y también la leyenda de quienes laboraron en la que fue la joya y orgullo de nuestros ferrocarriles, aunque hoy vive la fecha redonda con su raíles oxidados. Oxidados desde la plomiza mañana de San Silvestre de 1984, cuando la estación de La Fuente de San Esteban dominada por la expectación de los acontecimientos históricos que se vivían cuando estaba a punto de partir el último tren con destino a la villa lusitana de Barca D’Alba. Fue un día de emociones reflejado momentos más tarde, cuando el señor Mata, el jefe de estación daba con su pitido la salida al último servicio comercial del tren del Duero y atrás quedaban 97 años de actividad de la línea. Como también la leyenda de centenares de personajes que escribieron el voluminosa libro de su existencia reflejadas en un montón de episodios que se iban al pozo del abandono. Esos recuerdos quedaban patentes en el rostro de los presentes, quienes formaban grupos integrados por viejos ferroviarios, curiosos y añorantes del trayecto que esperaban para presenciar la partida del tren con una lanza clavada en el alma de sus sentimientos.

Hoy, en la celebración, surgen un montón de ‘voces’ activas para reivindicar su reapertura con un grupo de gentes voluntarias de espíritu carrilano que  luchan y trabajan para recuperar la vía. Todos con la ilusión de volver a escuchar el traqueteo del tren por las riberas del Yeltes, del Camaces y los campos del Abadengo hasta superar la estación de La Fregeneda, para adentrarse en la magia de los túneles y los puentes metálicos que la convirtieron en la obra ferroviaria más impactante de Europa.

Ha transcurrido mucho tiempo cargado de llamadas que nunca encontraron respuesta para que esos raíles recuperen el brillo perdido y el oeste charro, el particular ‘far west’ de Castilla, vuelva a ser dueño del tesoro más hermoso de Castilla. Del orgullo de los ferrocarriles, si es que llega ese ansiado día en el que la línea se abra para que por ella circule el tren turístico al lado de una zona paradisiaca que acude al encuentro del Duero.

Ahora, con el número redondo que trae el 130 aniversario de mañana, después de que la línea entrase en el túnel del olvido, la esperanza no se pierde, mientras se barrunta la llegada de las primeras claras que traigan su reapertura para que el pitido del tren vuelva a marcar el rumbo de esas tierras. Entonces, cuando llegue ese esperado día, el sol volverá a brillar como en las grandes solemnidades en una jornada de connotaciones semejantes a las vividas aquella mañana cuando la locomotora portuguesa y la española se ‘besaron’ en el Internacional como símbolo de inaugurar la línea. Todo con el sueño puesto en que llegue el final de una larga pesadilla que comenzó cuando los raíles brillaron por última vez al paso de un tren y la espectacular línea entró en el largo túnel del olvido.

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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