Un tesoro abandonado del Campo Charro

La ermita templaria de Sepúlveda de Yeltes (finca bañada por el río que le da nombre y situada entre Martín de Yeltes y Castraz) es uno de los muchos tesoros desconocidos del Campo Charro. Desvencijado por el paso del tiempo y el abandono que ha dejado al descubierto el rico valor que atesora, junto a la historia que guardan las paredes de este edificio del que según documentos existentes, fue construido en las medianías del siglo XII por la Orden de los Templarios bajo el reinado de Alfonso VI, quien puso bajo la custodia de la Orden del Temple las tierras del Yeltes y Gavilanes.

Denominada como la ermita de la Virgen de La Vega y, en la antigüedad, conocida entre las gentes de la zona como la ermita del Dolmen actualmente su estado es de ruina y con grave peligro de derrumbe. Lo pudimos comprobar en la fría mañana del día de Navidad, bajo un cielo encapotado y amenazante de lluvia. Situada en una rica ribera, a la izquierda del camino que comunica los antiguos puentes del Castillejo –el peligroso lugar que salva la vieja Nacional 620 del río Yeltes- con la finca Sepúlveda de Yeltes, famosa por la cría de toros bravos, al filo de un kilómetro aparece, ruinosa aunque sin perder sus aires señoriales. Una portera es el lugar apropiado para dejar el coche y una vez pisando el suelo observar los prados de al lado donde ahora pasta ganado de carne. Desde allí en escasos minutos se alcanza el exterior de la ermita y enseguida nos llaman la atención sus muros de mampostería cubiertos de cal. Una puerta de madera carcomida de doble hoja bajo un pequeño campanario, con la oquedad vacía, separa el interior del mundo real. Con facilidad accedemos al desenredar el alambre que une las puertas y, plenos de admiración, comenzamos la inspección ocular del recinto. El primer lugar al que se accede es una pequeña nave rectangular con tres hornacinas a la casa lado y comunicada con la nave central, una maravilla de de planta octogonal cerrada en el techo en forma de cúpula cuyo centro ahora es un inmenso orificio que deja ver los oscuros cielos de la mañana navideña. Un poquito más adelante impresiona una capillita rematada por una hermosa cúpula donde se aprecian las pinturas de varios murales.

Tras la rapidez de la primera inspección ya nos detenemos con más calma y llaman la atención varias sepulturas, todas con el nombre de los finados ya borrado por el paso del tiempo. Solamente en la lápida de una de ellas, la más nueva, se puede leer que bajo ella yace Antonio Sánchez Martín, fallecido en 1913. A priori podría tratarse de un antepasado de los actuales dueños de los distintos cuartos que está divida la finca de Sepúlveda –todos ellos familiares-, quien la adquirió tras una de las desamortizaciones del siglo XIX.

Observando las tumbas se deduce también que una vez dejado de ser lugar de culto, tras la Desamortización de Mendizábal (o quizás la posterior de Madoz) pasó a ser el cementerio de las gentes de la finca. De una finca llamada Sepúlveda, que al igual que su vecina Pedraza, fueron repobladas por gentes venidas de las villas segovianas de ese nombre en los tiempos de Alfonso VI.

Habrá que investigar más sobre esta maravilla de la ermita de la Virgen de La Vega, un tesoro perdido en medio del Campo Charro que bien merece una visita para impresionarse además de la historia de la Orden Templaria. Un lugar que por fuera puede pasar inadvertido, pero es una maravilla con su gruesos muros de mampostería cargados de historia.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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