Pedrés, un maestro con mayúsculas

Ahora, cuando la Feria de San Isidro llega a su final me apetece escribir de un viejo maestro. De Pedro Martínez ‘Pedrés’, el manchego a quien guardo máximo respeto por la caballerosidad de la que hace gala quien fue un torero grande y con el qué disfruté de tertulias para enmarcar en su casa ganadera de Los Labraos, por tierras charras rayanas con Portugal. Vaya este brindis bajo el escenario de las tardes de toros en Madrid, las mismas a las que dio tanta gloria

Pedro Martínez ‘Pedrés’, maestro de verdad -ganado por su torería y valor- y fuente de sabiduría de los toros y de la vida, le encanta desenvolver los pasos de su camino para recordar su vida artística. De la que protagonizó durante las pasadas décadas de los 50 y 60 cuando, con dos idas y venidas incluidas, se alzó al pedestal de la Fiesta en esa época de excelentes toreros, logrando que su nombre brillase con luz propia.

Pedrés, dependiente de comercio en sus años jóvenes, siguió la estela de otros mozos de la época para cambiar el sino de su vida a través del camino del toro al descubrir el éxito social y económico de los toreros. Esa razón impulsó a aquel chaval albaceteño a sumergirse en la magia de ese mundo, entonces influido por el eco de la reciente muerte de Manolete, del poder de Domingo Ortega,  de la torería de Pepe Luis, del poderío de Luis Miguel, del capote de Manolo Escudero, del valor espartano de Chicuelo II. 

Asimila la lecciones y no pasa desapercibido en los ambientes taurinos, por lo que pasa a formar impactante pareja con Montero (e ocasiones con añadido del también manchego Chicuelo II) propiciando tal eclosión que hasta se fletan trenes especiales para ir a verlos torear. El extraordinario ambiente novilleril que protagoniza pronto da otro paso tras el debut en Madrid en 1952, saldado con un triunfo grande. A partir de ese instante se le empareja con otro novillero que tiene enamorada a Las Ventas. Con el salmantino Emilio Ortuño ‘Jumillano’, que hace vibrar a Madrid jueves y domingos.

A final de esa temporada, Pedrés, toma la alternativa y durante tres años se mantiene arriba sumando infinidad de triunfos en todas las plazas de España, Francia y América. Es esa época viaja con frecuencia al campo de Salamanca y allí hace amistad con dos grandes ganaderos de esa tierra, Atanasio Fernández José Matías Bernardos, el célebre Raboso. Por entonces compra la finca Los Labraos, cercana a la frontera de Portugal y de Martihernando -propiedad de Atanasio Fernández-.

En tal breve espacio de tiempo, el maestro consolida su nombre en los ruedos y a final de 1955 decide retirarse. Reaparece en 1960 por dos temporadas y tras otra de descanso, en 1963 decide regresar a los ruedos. Es su reaparición soñada al torear 69 corridas –muchas de ellas con El Cordobés, del que es padrino de alternativa- y consigue el hito de triunfar en Sevilla con una corrida de Urquijo y salir por la Puerta del Príncipe. Sin olvidar un legítimo éxito en el San Fermín de 1964 al desorejar un cornalón toro el Conde de la Corte. Aquella última vuelta fue el el broche de oro a una gran carrera que puso fin en Hellín rodeado de los aficionados de su tierra, siempre orgullosos de Pedrés.

881909_1                         Junto al Cordobés, tan vinculado a él en su última etapa en activo.

Desde entonces se adentró en el siempre difícil mundo de los negocios para lograr  triunfar a lo grande. Hoy, al cargo de florecientes negocios de gasolineras en distintos puntos del país, también cría toros en su finca salmantina de Los Labraos, sin olvidar que en alguna época hizo sus pinitos como empresario taurino y también ayudó siempre a quien se acercó a él. Desde su paisano Dámaso González, tan unido a él; a Julio Robles, que un día le pido que lo apoderase y Pedrés se lo recomendó a sus amigos, los Camará, quienes se hicieron cargo de él y de su mano llagaron los grandes éxito de Julio en Valencia; a gente como El Soro o más jóvenes, entre los que Javier Castaño y su hermano Damián han sido una debilidad del maestro; junto a otros muchos que en Los Labraos encontraron confianza y consejo sabio del viejo maestro de Albacete.

Allí, con la simiente adquirida a Pepe Raboso, disfruta de una afición ganadera que le ha dado tantas alegrías. Y junto a la ganadería están a su lado los recuerdos de una vida ganados con el arte, el valor y también su sangre. La de un gran torero albaceteño que destacó en una importantísima época y ahora, siempre abrazado a su señorío y rodeado de su querida familia, es una leyenda vida de la Fiesta.

La leyenda de un hombre que invirtió parte de los dineros logrados con su arte en los ruedos en tierras de Salamanca -fincas, gasolineras, supermercados, locales…- y, desde entonces, sus decenas de empleados lo admiran y quieren -eso es por si solo una definición del afecto que se supo ganar-. Porque además de ser el jefe ideal es amigo y protector de ellos. Y todo gracias a ese manchego que durante años vivió en Ciudad Rodrigo ganándose el respeto y confianza de sus vecinos, al igual que también el resto de los ganaderos y profesionales de Salamanca.

PD: A pesar de que el maestro Pedro Martínez ‘Pedrés’ dio tanto a la provincia charra, donde vivió muchos años, ayudó y dio trabajo a quien se lo pidió, sin olvidar los importantes negocios que promovió, en esa provincia jamás tuvo el reconocimiento que se merecía -solamente el Bolsín Taurino le tributó un homenaje hace años-. Cierto es que se tanta de un hombre sobrio y ajeno a las algarabías, pero independientemente de eso es digno merecedor de una consideración por sembrar tanto por Salamanca, siempre con alzando con orgullo a los vientos la bandera taurina.

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El maestro Pedrés es admirado allá donde está.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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