Fidel San Justo, la sabiduría de un veedor

Llegó a Salamanca hace ya muchos años, en los tiempos que era dueño del cielo y de la tierra, sin otra intención que la de ser torero. En su Cantabria natal apenas tenía opciones de desarrollar su carrera y la tierra salmantina le abría numerosas puertas en esos inicios llenos de ilusión. Entonces se plantó a la vera del Tormes para trazar los pilares de su vida torera y protagonizar una digna trayectoria con el nombre artístico de Curro González. Para hablar de su carrera, pero sobre todo de su profesión de veedor, labor donde es toda una referencia quedamos a charlar en la soleada mañana del miércoles en una cafetería de la plaza de San Justo. Allí, a la hora en punto se presenta con sus andares toreros, la tez ennegrecida de los fríos del invierno y sus canas que delatan la sabiduría. Pero, sobre todo, de la parsimonia de quien sabe lo que quiere, mientras toma tranquilamente su café con leche.

Fidel, con su mirada vivaracha y su pelo cano bien atusado, apura su café antes de comenzar la entrevista. Después analiza las preguntas y las contesta de manera despaciosa. Delata que le gustan las cosas muy bien hechas.

Fidel, ¿cuándo deja de torear?

En 1982. Ese año toreé mi última corrida en Santoña (Santander). Después he toreado en festivales, pero para matar el gusanillo. Ya estaba a otra cosa.

¿A partir de entonces empieza su carrera como veedor?

Sí, fue al poco tiempo de cortarme la coleta. Entonces Justo Benítez, que es un gran amigo mío y comenzaba a organizar espectáculos taurinos, me llama para que le comprara los erales y novillos para sus festejos, y así comencé.

¿Y en las empresas del primer circuito?

A continuación, porque enseguida me contrata Justo Ojeda para las plazas de Zaragoza y Huesca, y eso fue un poco la carta de presentación.

¿Siempre ha trabajado en exclusividad para las empresas?

No, también he embarcado las corridas de muchos toreros. Son los casos de Roberto Domínguez, Joselito, Ortega Cano, César Rincón, Enrique Ponce, José Tomás…

¿Y para qué empresas ha reseñado toros?

Para muchas. Por ejemplo, trabajé mucho para Paco Gil durante la época que llevaba tantas plazas. También para Balañá y la Casa Matilla, permaneciendo con ellos un total de 8 años. Después estuve con la empresa de Madrid, primero con los Lozano y después con José Antonio Chopera. A José Antonio, además le he visto los toros para otras de sus plazas.

No tiene para aburrirse.

No, afortunadamente, no. Hay que trabajar, que la vida está difícil.

¿Su radio de acción hasta qué puntos de la geografía nacional llega?

Toda Salamanca. Después viajo mucho por Extremadura y La Mancha. Hago todo Badajoz, Cáceres, Madrid, Toledo y Ciudad Real.

Se hartará de hacer kilómetros, ¿no?

Sí, más o menos hago entre 80.000 y 100.000 al año.

No está mal. ¿Quiénes han sido las figuras de su gremio?

Hay gente muy buena, pero por encima de todos los demás hay dos, que son Pablo Lozano y Teodoro Matilla, quienes han sido dos magos del campo y siempre intenté aprender de ellos.

¿En qué época comienza a ver los toros en el campo y a reseñar las corridas?

Siempre en octubre. Para los toros que se van a lidiar en las plazas de primera, por esas fechas empiezo a ir al campo, una vez que la empresa me dice qué ganaderías tiene comprometidas. Después, continuamente hay que ir a verlas y hacerles un seguimiento para estar pendientes de ellas, por si algún toro se queda bajo de hechuras, o por encima y hay que sustituirlo por otro. Porque los toros en un año cambian muchísimo. Pero como te dije ya desde octubre hasta que llega el embarque hay que estar pendiente cada poco tiempo de la corrida. Y no descuidarla.

¿Y en temporada?

Pues ya cuando llega la temporada hay que estar presente en el embarque y ver que están los toros que has reseñado, que no tienen ninguna anomalía y todo discurre según los ha ido viendo. Luego, en la plaza cuando se lidia, si no puedo ir a ver la corrida, porque tengo que estar embarcando, estoy pendiente de ver el resultado, de cómo han salido los toros, si alguno los han rechazado.

Si le rechazan alguno en el reconocimiento previo, ¿qué sucede?

Directamente quieres que te trague la tierra, porque el veedor también se confunde y es el responsable en esos momentos.

¿Qué conocimientos debe tener un buen veedor?

Sobre todo tener muchísima afición. Después conocer muy bien el toro, como también sus encastes. Saber el tipo y la morfología. Pero aun así en esta profesión siempre se está aprendiendo y cada día te sorprendes con algo nuevo que desconocías. Aquí nunca acabas de aprender, siempre te sale algo nuevo y cada día te llevas nuevas sorpresas para darte cuenta que te queda mucho por aprender

¿Qué es lo más bonito del oficio?

Estar cerca del campo en contacto con el toro.

¿Cuántas corridas reseña al año?

Muchas. Durante un montón de años he superado el centenar.

En tantos años de actividad tendrá muchísimas anécdotas, ¿no?

Un montón, pero no me canso de repetir que en este oficio aprendes todos los días y si no, el mejor reflejo es el caso que te voy a contar.

Adelante, cuéntelo.

En cierta ocasión embarcamos una corrida de Dionisio Rodríguez, el de Villavieja, para la Feria de Bilbao y había un toro que yo no lo quería echar de ninguna manera, porque era tan bastote y feo de hechuras que no me ofrecía ninguna confianza. Entonces surge un problema al lastimarse otro toro, que era algo que sucedía mucho en esa ganadería y no queda más remedio que lidiar ese toro. Yo estaba que me quería meter debajo de una mesa por el mal augurio que me daba, porque no lo quería cerca de ninguna manera. Luego, ¿sabes qué ocurrió?

No, ¿qué?

Dio un juego extraordinario y hasta lo premiaron con la vuelta al ruedo, lo toreó José Ortega Cano, que estuvo fenomenal con él y le cortó las dos orejas.

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Dando un giro a la entrevista. En su día me contó el carismático empresario Marcial Villasante una pintoresca anécdota de la aventura de Canarias relacionada con usted. Fue cuando la aventura tocaba a su fin y poco antes de regresar se cortó con una punta. ¿La recuerda?

Claro, hombre, ¡qué tiempos! Nos fuimos a Tenerife con la ruina para tratar de levantar cabeza y vinimos con una peor. La anécdota que te refieres se trata de que yo fui el último en regresar de la expedición para traerme los caballos. Entonces el día antes de embarcar me gasté el poco dinero que me quedaba en cosas y regalos aprovechando que allí es todo tan barato. Por ejemplo, en Canarias, en aquel entonces, el cartón de Winston costaba 12 pesetas, mientras que aquí 80, por lo que compré un montón. Además, los aparatos de radio y esas cosas tenían un precio bajísimo, gastándome en ello lo que quedaba. El día que regresábamos recuerdo que estaba embarcando a los caballos y colocándolos en jaulas en el interior del barco cuando no sé cómo me clavé una punta oxidada que me atravesó el pie. Faltaban únicamente unas horas para zarpar y como el barco tardaba tres días en alcanzar la Península, totalmente desesperado, pensé que si se hacía el viaje cuando llegase a Sevilla me debían cortar la pierna, porque se me habría gangrenado.

¿Y se quedó en Tenerife?

No. Cogí el tabaco y todo lo que había comprado y busqué un taxi. Le explique al taxista lo que me sucedía y le propuse que se quedase con mis cosas y me ayudase. Lo aceptó y fuimos a una farmacia a comprar la vacuna antitetánica, pero con lo que tenía en ‘especias’ no me llegaba, por lo que el hombre debió sacar dinero para pagar tanto la vacuna como al practicante que llamaron para que me la pusiera. Aquel taxista se portó fenomenal y aunque se quedó con todas la cosas que traía, los gastos fueron muchos más. Si no es por él a estas horas estoy con una pata de palo. ¡Menuda ruina nos trajimos de Canarias!

¿Qué opina de la crisis económica y cómo ha afectado a la Fiesta?

La cosa está fea, peor de lo que parece y no se acaba de ver una salida clara. Son tiempos difíciles porque no podemos olvidar que los toros son un artículo de lujo y con lo que vale tu entrada y la de tu mujer te vas al supermercado y llenas dos veces el carro de la compra. Hay que ser claros en ese aspecto. Después quien vaya a presenciar una corrida de toros lo va a hacer con el cartel redondo y bien rematado. Por eso los abonos de las ferias tienen que redondearse. De todas formas esta temporada va a ser muy importante y la que ‘cante’ el futuro inmediato del toreo.

Bueno, a usted que es una figura de su gremio no le preocupará, porque trabajo no le falta, ¿no?

Sí, me preocupa muchísimo. Principalmente porque como ciudadano no me gusta ver que las listas del paro suben, ni que se cierran fábricas, ni ver que el país va para abajo. A mí me encanta mi trabajo y no tengo día ni noche para él. Además tengo que buscar una seguridad para mi familia, que es lo que más quiero del mundo. Mi hijas me han salido grandes estudiantes y yo luché para que tuvieran estudios y una formación que a mí no me pudieron dar mis padres. Pero también me gusta que mi país vaya para arriba, Porque si las cosas funcionan, todos ganamos.

Referente a las plazas, sobre todo a los concursos, se nota que los empresarios están reacios a hacerse cargo de explotaciones. ¿Es también fruto de la crisis?

Sí, claro y eso es algo que va a cambiar en poco tiempo. Un empresario dentro de nada no va a pujar por una plaza. Sobre todo porque después, si las cosas no salen, lo normal es que se dé un porrazo tan grande que vaya directo a la ruina. Eso va a cambiar.

¿En qué rumbo?

Muchas plazas no tienen otra opción que la búsqueda de la gestión directa y contratar la figura de una gerente. Se van a seguir los mismos pasos que han sido un éxito total en lugares. Un ejemplo de ello es Santander.

Si señor, una feria ejemplar.

Pues claro, en Santander, el Ayuntamiento apostó fuerte por los toros y ahora tienen una de las mejores ferias de España, con llenos diarios y la gente como loca para tener una entrada. Ese modelo lo van a tener que copiar en todos los sitios y en él va a estar parte de la salvación definitiva de la Fiesta.
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Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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