Aquel otoño de 1989

Amarilleaban los árboles en el esplendor del otoño de 1989, inmerso en las delicias que trae esta estación, cuando Manolo Chopera apuraba su brillante gestión en Las Ventas con la programación de una interesante Feria de Otoño que completó el aforo del coso todas las tardes y a la postre sería un ciclo para hurgar en el recuerdo de lo inolvidable.

Porque otro de los grandes logros de Manolo Chopera al frente del coso madrileño fue cuidar los carteles e imagen de estos días que eran, junto a Zaragoza, el último escaparate de la temporada. La feria de octubre en Madrid que tantas alegría dio a los aficionados y en la que se vibró con grandes faenas que han quedado escritos en la historia de La Monumental. Ocurrió hace más de un cuarto de siglo y parece que fue ayer. Recuerdo todos y cada uno de los detalles de esa feria como si hubieran ocurrido hoy mismo. Desde la novillada inaugural hasta la corrida del lunes, con la memorable despedida de Ruiz Miguel, ambas retransmitidas por TVE, a las del sábado y el domingo vividas en directo y en ambas enamorándome del toreo grande que trajeron Curro Vázquez y Julio Robles.

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Ya empezaron a tañer las campanas del triunfo en la novillada que abrió el abono gracias a un Fernando Cámara que vivió el dulce sabor de la puerta grande al desorejar a un lote de Manuel Álvarez. Buenos augurios para un ciclo que continuaba al día siguiente con la leyenda de los Victorinos y un atractiva terna encabezada por Curro Vázquez (que de esa manera quería conmemorar sus veinte años de matador de toros, junto a Morenito de Maracay (que sustituía a Nimeño II, caído de máxima gravedad semanas atrás por un toros de Miura en Arles) y Tomás Campuzano. Curro, ’el Curro de Madrid’ en tarde acontecimiento hizo del toreo una maravilla en un trasteo histórico a un toro al que desorejó y de quien el maestro Joaquín Vidal dijo lo siguiente en las páginas de El País:

Hasta lo de la espada, Curro Vázquez toreó al cuarto Victorino como sólo puede hacerlo un diestro que tiene convertido en ministerio su oficio. Instrumentó un surtido de trincherillas de calidad excelsa y desarrolló su obra con asombrosa armonía, manteniendo en perfecto equilibrio arte y hondura, desde los hermosísimos ayudados iniciales, hasta el cascabeleo del kikirikí final.

Con la resaca del gran triunfo del que llamaban ‘el rubio de Linares’, el domingo se anuncian toros santacolomeños de Joaquín Buendía. Sí de ese encaste que las figuras de hoy reniegan y dan la espalda, olvidándose la histórica página de esa sangre en la Fiesta y la infinidad de triunfos conseguidos. Se anunciaban Robles, consolidado como uno de los principales toreros de esos días; Juan Mora, con tanto cartel y la exquisitez de su interpretación y Cepeda, con su capote del oro.

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De aquel primero de octubre quedan vivas en las retinas todo el desarrollo de una corrida en la que acabó triunfando Julio Robles, quien salió en hombros tras ofrecer una actuación marcada por el sentido de la lidia, la inteligencia y su acostumbrada clase. Fue aquella temporada que triunfó en las más grandes ferias (junto a la mayoría de las menores), como Sevilla, Pamplona y ahora la adornaba con la salida por la puerta grande de Madrid convertido en una de las grandes figuras de entonces y solamente interrumpido por ese percance que llegó diez meses más tarde que truncó su carrera.

La grandiosa feria, en la que tantas cosas acabaron en el toreo tuvo el eco final en la despedida de Ruiz Miguel, quien se encerró con toros de Miura, Buendía, Victorino, Sayalero, Puerto de San Lorenzo y Aldeanueva para cuajar una tarde redonda con salida final a hombros y el reconocimiento unánime a una maestro que se iba. Como también cerraba su etapa en Madrid el gran Manolo Chopera para dar paso a la llegada de los hermanos Lozano. Pero eso es otra historia.

Por esos estos días he pensado tanto en aquella histórica feria. Sobre todo porque veintiocho años atrás uno vibró con el último gran triunfo del inolvidable Julio Robles en Madrid. Fue en la mágica Feria de Otoño de 1989.

 

 

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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