Alejandro Mora, con argumentos para soñar

La dinastía torera Mora, la misma que fundase en tierras extremeñas de Plasencia, hace ya más de siete décadas, aquel sabio del toreo llamado José Gutiérrez ‘Mirabeleño’, crece en un nuevo eslabón con la llegada al mundo de las novilladas picadas de Alejandro Mora para seguir regando de grandeza ese nombre sagrado. El mismo que tiene en uno de sus componentes –el maestro Juan- alzado al pedestal de la leyenda.

Alejandro, rubiales y de planta espigada que atesora el don del mejor toreo, acaba de debutar con los del castoreño en la plaza francesa de Garlin y, como no podía ser menos, lo ha hecho a lo grande. No a lo grande por el número de orejas –que fueron tres-; lo hizo por su empaque, su torería, la innata elegancia y siempre sabiendo pisar los terrenos que separan la grandeza de la normalidad. El olé del oooooleeee. Ha sido el debut y acaba de llamar a la puerta de las importantes citas novilleriles de la temporada donde está su sitio, gracias a una frescura que será la ilusión de nuevos aficionados.

No ha sido fácil llegar a un debut que, en condiciones normales del mundo del toro, debió producirse hace un par de años, pero las circunstancias lo impidieron y ha llegado cuando debía, porque las cosas ocurren siempre por algo. Y ha sido en el mejor momento para dejar la grandeza de su interpretación, con sus elegantes maneras que le deben abrir paso en el arte del toreo.

Uno ha visto a Alejandro crecer y nacer para el toreo. Lo recuerdo hace varios años, bajo el escenario de una tarde primaveral, que acudimos a un tentadero a Herreros de Salvatierra, la finca propiedad de los hermanos Cambronell en las mismas faldas de la salmantina sierra de la Dueña. Ese día, el maestro Juan Mora era el invitado y se hartó a torear con la delicia de esas becerras de incansables embestidas, pasándoselo divinamente, tanto que al finalizar con la primera le dijo a su sobrino Alejandro, que lo acompañaba y aún era colegial, si quería torear. El chico aceptó y bajo el consejo de su tío dio sus primeros muletazos y desde entonces ya no tuvo otra idea que ser torero. Era la primera vez que se ponía delante, aunque siendo muy niño ya había recibido clases de toreo de salón de su abuelo Pepe ‘Mirabeleño’-

Al año siguiente llega a la escuela de Salamanca y ahí comienza a esponjarse, aunque realmente la base fue la influencia familiar heredada de su abuelo Pepe ‘El Mirabeleño’, un personaje de leyenda. Aquel Mirabeleño que organizó corridas en toda España, incluidas las ínsulas, ayudó a otro montón de toreros y disfrutó del orgullo de ver como su hijo Juanjo –Juan Mora en los carteles- se hacía figura. Ese Juan Mora que es el último lujo del toreo.

Hoy, el rubiales Alejandro Mora, ya ha debutado con caballos para entrar con el mejor pie en el nuevo escalafón. Y desde hoy, en los carteles menores, ya hay un nuevo nombre a tener en cuenta que llega avalado por el empaque y la torería.

————–FICHA DEL FESTEJO————

Cuatro novillos de El Tajo, uno de La Reina (3º) y un sobrero de Roland Durand (5º). Bien presentados aunque desiguales de hechuras. Destacaron por su juego superior 1º y 6º, siendo bueno el 3º. Ángel Jiménez, dos orejas y palmas tras aviso; Dorian Canton, palmas y dos orejas; y Alejandro Mora, oreja y dos orejas tras aviso.

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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