El Mingo y Montoliu

Reapareció El Niño de la Capea en 1991 y fichó para su cuadrilla al jovencísimo Domingo Siro ‘El Mingo’, quien también era de su mismo barrio de Chamberí, donde se crío bajo la admiración al maestro. El Mingo había formado parte de la escuela ‘La Capea’ que tenía en la vecina villa de Tejares el señor Paco Prado –y de ahí pasó a la creada entonces por la Diputación- siempre con el Niño de la Capea en los horizontes de su ilusión. Toreó bastantes novilladas por la provincia y alrededores, hasta el momento de debutar con picadores y, desde entonces, con las dificultades existentes en una época de muchos ponedores llegó el tapón de las escasas oportunidades. Por esa razón optó por hacerse banderillero y, como hombre de plata, disfrutar de un reconocimiento y color al toreo que no encontró de matador. La prueba de ellos es lo eficaz y completo peón que se ha hecho, tanto con la capa como con los palos, sin que su baja estatura le haya quitado brillo.

Con un buen bagaje y muy joven vio cómo su admirado El Niño de la Capea lo llamó para formar parte de su cuadrilla en su reaparición, toda una lotería al tocar la gloria con las manos y estar en todas las ferias con un figurón del toreo. Allí vivió la dureza del tremendo cornalón sufrido por El Niño de la Capea en su segunda corrida, por un ‘cebadagago’ en plena Feria de Abril, que tanto le afectó a lo largo de esa temporada.

A las órdenes de su paisano, El Mingo no pasó inadvertido y allí se hizo con un sitio, conociendo mucho más la profesión para lograr un respetado nombre. También fue protagonista del más difícil momento para un torero, el de ver morir a un compañero en la plaza. Y al Mingo le tocó en la tarde del dos mayo de 1992, cuando ‘Cubatisto’ , un ‘atanasio’ cornalón y de mucha presencia corneó mortalmente a Manolo Montoliu, la máxima figura de los hombres de plata, al poner un par de banderillas. Montoliu, tras caer desmadejado y ya sin vida al suelo fue recogido por su compañeros, siendo El Mingo el primero que llegó a él.

El Mingo recogiendo a Manolo Montoliu tras el percance que acabó con su vida.

Aquella muerta, televisada en directo, causó un hondo pesar en el toreo. Sin embargo la vida siguió y el peón charro completó la última época del Niño de la Capea en activo y después estuvo enrolado con otros muchos toreros, sin faltarle jamás buenas colocaciones. Uno de ellos es Antonio Ferrera, quien el pasado jueves enamoró con su torería a Salamanca en la histórica faena a ‘Liricoso’, un toro que fue superior en la muleta. Con Ferrera venía El Mingo en labores de lidiador, siendo el otro lidiador el valenciano José Manuel Montoliu, hijo torero del inolvidable Manolo Montoliu, con muy buena compenetración entre ambos toda la tarde. Y en ese momento mi recuerdo voló a aquel día de la Feria de Abril de 1992 y también al propio destino, donde veintiséis años después los nombres de Montoliu y El Mingo volvían a unirse. Ahora con el hijo del malogrado banderillero, al formar parte de la misma cuadrilla, después de haber coincidido también tantas veces en las plazas. Y es que, con sus pros y sus contras, la vida y el toreo siguen uniendo a las gentes y fortificando los lazos de amistad y respeto. Y en definitiva engrandeciéndola.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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