Cuando El Viti toreó en Boada

Santiago Martín ‘El Viti’ acabó la temporada de 1968 escribiendo con letras de oro la enorme página histórica que dejó en la Tauromaquia. Su última corrida fue una concurso celebrada en Salamanca, el seis de octubre,  donde alternó con José Luis Barrero y Víctor Manuel Martín, cortando cuatro orejas y dos rabos. Sus anteriores compromisos, celebrados en Córdoba, Guadalajara, dos en la feria de Valladolid, otra en la de Salamanca y Zamora, las había saldado con destacados triunfos, en medio de un año tan importante de su carrera. Tras el postrero éxito en esa corrida especial celebrada en La Glorieta colgó en el ropero los ternos de luces y antes de viajar a América, que ese año no lo haría hasta finales de diciembre para torear en Cali, disfrutó de jornadas de campo, de tentaderos -muchos de ellos con vacas de retienta-, de atender su finca y otras actividades propias, además de aprovechar para cumplir con algún compromiso en festivales.

Uno de ello se celebró en el pueblo de Boada y fue por la causa más curiosa que uno pueda imaginar, a beneficio de su cura párroco, don Joaquín Herrero Corral, para que pudiese tener una nueva dentadura, pues la natural se había caído, podrida por el abuso del azúcar. El Viti, como no podía ser menos, fue el gran atractivo de ese festival organizado por Rafael Yagüe, inolvidable personaje que fue novillero en su juventud y después mantuvo viva la pasión por la Fiesta. Yagüe, que era simpatiquísimo y muy querido por las gentes de la Fiesta, estaba casado con una hija del ganadero Amador Angoso, uno de los dueños de la finca Villoria de Buenamadre -que aunque se ‘apellide’ de Buenamadre, pertenece administrativamente al Cubo de don Sancho y sentimentalmente a Boada, por cercanía geográfica y, por tanto, de donde son parroquianos-. Amador Angoso fue ganadero de postín y dueño de una divisa que tras la separación familiar, en 1930, con su hermano Manuel, este acabaría vendiéndo a la familia vallisoletana de los Molero, pero su parte se mantuvo y aún hoy sus descendientes siguen con ella, aunque ya con otra sangre.

Rafael Yagüe, por razón de su matrimonio, frecuentaba la finca Villoria, donde además poseía una punta de ganado, fruto de la herencia de su esposa y a él le servía para satisfacer sus sueños. Además, como era un excelente relaciones públicas y hombre de magnífico trato, pronto se hizo amigo de don Joaquín, el sacerdote, un hombre bajito, de aspecto abotijado, semejante al cervantino Sancho y ataviado con vieja sotana preconciliar. Don Joaquín, que hizo una destacada obra social y gracias a sus gestiones el pueblo de Boada pudo ser definitivamente dueño de la finca La Zarza, que se parceló y de ella vivió mucha gente, era un hombre dicharachero y que frecuentaba el bar, donde gustaba ser invitado a una copa de coñac, mientras fumaba sin parar cigarros de la marca Celtas Cortos. Entonces, Rafael Yagüe, sabedor de las necesidades de don Joaquín y también para reconocer sus virtudes decidió que era el momento de hacer algo en su honor. Y entonces nada mejor que organizar un festival taurino que convertiría a Boada el centro de todos los caminos para los aficionados a la Fiesta.

Don Joaquín, en el centro de la fila superior, junto a un grupo de chavales de Boada a finales de la década de los sesenta.

De esa manera, Rafael Yagüe contrató, nada más y nada menos, que a la figura de Santiago Martín ‘El Viti’, algo que fue un acontecimiento en esa localidad, junto a Paco Pallarés, de la vecina villa de La Fuente de San Esteban y torero muy querido en la comarca, que unos años antes había protagonizado una impactante irrupción novilleril. Los dos diestros estoquearían reses del organizador, anunciadas en el cartel con el nombre de Yagüe Angoso. El resto de espadas sería un conjunto de conocidos ganaderos que a la vez eran aficionados prácticos y estaba integrado por el propio Rafael Yagüe, por Luis Garcigrande –a tenor de muchos el mejor aficionado práctico de su época-, por Alfonso Navalón –entonces en su momento de mayor prestigio periodístico-, por José González Villegas, por Javier Sánchez-Arjona, por Juan Carlos Martín Aparicio y por último Antonio Gallardo.

A la hora prevista los nueve intervinientes hicieron el paseíllo en una abarrotada plaza portátil instalada en las eras y resultando ser un festejo saldado con el éxito de los actuantes, junto a la felicidad de todo un pueblo por ver torear allí a la figura de Santiago Martín ‘El Viti’. Fue una tarde redonda, de las que quedan vivas en los recuerdos y donde se alcanzó el principal objetivo, cumplir para que tuviera una dignidad aquel cura llamado don Joaquín Herrero y que tanto hizo por Boada en su larga etapa apostólica en esa localidad, logro conseguido gracias a la solidaridad del mundo de los toros. Desde entonces, cada tarde que televisaban alguna corrida desde mucho antes del inicio, don Joaquín marchaba al bar del señor Ambrosio Madruga  -‘Café y vino de Madruga’, que era el gancho y estaba escrito sobre la puerta en letras negras- y más si toreaba su admirado Santiago Martín ‘El Viti’. Entonces, con su inseparable cigarro de Celtas Corto y la copa de coñac siempre a mano, lo jaleaba con olés y celebraba sus triunfos, quedándose por momentos pensativo para recordar en sus adentros esa tarde del Pilar de 1968 cuando El Viti toreó en Boada en su honor y constituyó un gran acontecimiento para todo el pueblo.

 

El Viti, al finalizar su actuación en este festival celebrado en honor del sacerdote.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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