¡Los cojones de la estación delante del toro!

Tiempo otoñal, con el invierno asomando en los horizontes. Tarde de tertulia al calor de la chimenea para hablar intensamente de nuestra Fiesta y escarbar en el ayer para enriquecerse con tantas anécdotas como engrandecen la Tauromaquia.

Hoy recordaré a Pacomio Peribáñez, el primer torero de nombre que tuvo Valladolid, con estrella en los primeros años del siglo XX y muy querido por sus paisanos, aunque sin lograr llegar a ser figura por los sucesivos percances sufridos en los ruedos y también fuera de la plaza, entre ellos la muerte de su hermano Tomás, banderillero de su cuadrilla, en Colmenar Viejo. De novillero deja una inmensa huella que no mantiene en sus primeros años de matador –toma la alternativa en 1911-; sin embargo logra afianzarse en la temporada de 1916 y recuperar cartel, algo que le sirve para torear en Madrid, junto a Joselito ‘El Gallo’, en terna completada con Curro Posada, quienes lidian toros colmenareños de Vicente Martínez. El de Valladolid está bien y el triunfo le sirve para abrirse paso en diferentes plazas, aunque inexplicablemente queda excluido de la feria matea de su tierra, un ciclo donde Joselito, como es lógico dada su condición de máxima figura, es el gran protagonista.

Ese hecho provoca la indignación de Pacomio Peribáñez, quien se siente ultrajado por el ‘rey de los toreros’. Es tal su malestar que enterado de la llegada de Joselito –junto a su cuadrilla- en el expreso de Madrid acude a la Estación del Norte de la capital castellana para hacerle su particular ‘recibimiento’. Entonces las figuras se desplazaban en tren y, en las mismas estaciones, eran recibidos por una muchedumbre de aficionados. Más aún entonces, en la época de la enorme pasión entre Joselito y Belmonte, quienes habitualmente viajaban en el mismo compartimento, pero poco antes del destino se separaban para dirigirse cada cual a un extremo del tren. De esta manera al bajar mantenían esa imagen de rivalidad, porque de verlos juntos sus partidarios, quienes literalmente se pegaban por ellos, se hubieran llevado una enorme decepción.

Sin embargo las ideas de Pacomio en aquel momento eran otros y sobrepasando al gentío se adentra en los andenes para ir directamente en busca de José Gómez, del gran Joselito ‘El Gallo’, nada más divisar su terso moreno, su pelo negro y su apostura natural al descender del tren. Y una vez situado frente a él, sin mediar saludo, empieza a decirle que él era culpable de que no torease, que había medrado para que no estuviera en la feria de su tierra porque le ¡tenía miedo! José lo miró y sin decir palabra se marchó junto a su séquito de picadores, banderilleros, mozo de espada, ayuda… camino de la fonda.

Sin embargo la cara de la moneda cambia al día siguiente al tenerse constancia que no podría comparecer el compañero de cartel en la corrida del día veinticuatro, con toros del Duque de Tovar y la empresa opta por ofrecer la sustitución a Pacomio Peribáñez. De esta manera también frenaba los impulsos del diestro local, quien no dejaba de ir por los cafés donde se agrupaban los aficionados para mostrar su queja, ni ante los revisteros… La empresa previamente también pide opinión a Joselito, quien sin dudar dice que sí y acepta vérselas, otra tarde más en esa temporada, con el espada de Valladolid.

El día señalado y con gran ambiente José llega al patio de cuadrillas con antelación, algo habitual en él; poco después lo hace Pacomio –quien tiene en el grandioso Alfredo David a su peón de confianza-, quien enseguida fue a saludar a Joselito y a pedir perdón por las ofensas que le dedicó dos días atrás. Joselito de nuevo lo mira con seriedad y, sin mediar palabra, le da mano en gesto de torero. Comenzada la corrida, el de Gelves banderillea a sus tres toros, les hace variedad de quites, al igual que lo hace con los de su compañero y protagoniza una tarde pletórica, borrando al de Valladolid. Ya al final, con todo el público entregado a la magistral actuación del maestro y justo después de rodar su último ‘tovar’, le dice a Pacomio Peribáñez: “¡Aquí, delante del toro era donde tenían que haber estado los cojones de la estación!”.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

2 comentarios en “¡Los cojones de la estación delante del toro!

  1. Gracias Paco por la anécdota y el relato. Efectivamente Pacomio es el primer torero de Valladolid ” de nombre”, famoso, bien conocido. Pacomio Peribañez y Antón,hijo de don Hilario y doña Juana nació el 14 de mayo de 1883. Anterior a él es Francisco García Saavedra también torero vallisoletano nacido en 1873 diez años antes que abriera los ojos a la vida Pacomio. Y uno de los más antiguos es el riosecano Leopoldo Camaleño. De los dos primitivos, primitivos, tanto que se nos van a los inicios del arte de torear, para otra ocasión.
    Pacomio Peribáñez cuya placa rememorando los 50 años de alternativa está custodiada en la Plaza de su Valladolid en un paramento del acceso interior, fue hábil guarniciero hasta que la llamada de la ventura y el mugido de los toros ocuparon su vida por extenso.

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