Ángel Rivas, la grandeza de un picador dinástico

A finales de la temporada 2008 se retiró del toreo el gran picador salmantino Ángel Rivas, cabeza además de una importante dinastía. En aquellos días, con motivo de su adiós, le hice una larga entrevista para hablar de toda su carrera. Hoy la vuelvo a publicar para aprender de este hombre, fiel ejemplo de la gran escuela de picadores que son las fincas de bravo del Campo Charro.

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Ángel Rivas se acaba de marchar del toreo. Y lo ha hecho en silencio y sin algarabía, con la misma sobriedad que presidió su vida. Hoy, con el castoreño colgado y descabalgado ya definitivamente de la profesión que le dio tanta gloria, Ángel analiza sus recuerdos en una cita que concretamos en la tarde del jueves en su querido pueblo de Aldehuela de la Bóveda. Allí sentados en un rincón del restaurante ‘La Vega de don Teo’ repasa sus recuerdos. Los recuerdos de toda una vida que lo auparon a lo más alto y sellaron para la posteridad el sello de un magnífico profesional.

Ángel, ¿no le da pena destocarse definitivamente el castoreño?

No, soy consciente de que mi momento llegó y en el toro hice todo lo que podía hacer. Me he marchado cuando debía hacerlo.

 ¿Cómo comenzó todo?

De chaval. Nosotros vivíamos en la finca Mozarvitos, propiedad del marqués de Albayda donde mi padre ejercía el cargo de mayoral. Por aquellos años además se celebraban muchas actividades, porque la finca estaba explotada para el turismo, el estilo de como hoy lo está Rodasviejas. Entonces, don Antonio, el dueño, siempre me animaba para que toreara y saliera a las becerras, porque él tenía mucha ilusión para que yo fuera torero.

¿Y siguió sus consejos?

Sí, pero a mí lo que me encantaban eran los caballos, por eso tenía claro que quería ser picador. Se esa forma, a los 15 años, comienzo a tentar las becerras en la finca, permaneciendo hasta que me marchó a la mili.

¿Dónde cumple con la Patria?

Me fui voluntario a Matacán, licenciándome a los 19 años. Al poco tiempo entré a trabajar en la finca San Fernando, en la casa de Antonio Pérez.

¿En labores de vaquero?

Sí, bueno y también hice las veces de mayoral, porque viajé con muchas corridas hasta que un buen día empezó a contemplar seriamente la posibilidad de convertirme en picador.

¿Cuándo se inicia como profesional?

Pocos años después en un festival celebrado en Guijuelo. Actué con José María Martín ‘El Salamanca’.

Y a partir de entonces, ¿cómo se desarrolla su carrera?

Sigo en la finca pero empiezo a torear con frecuencia. En ese tiempo formó parte de las cuadrillas de Rui Bento, José Luis Ramos, Aguilar Granada, el año que torea tanto de novillero, Andrés Caballero, Jaime Malaver y también, poco después, con matadores de toros de la tierra, casos de Juan José o Víctor Manuel, con quien me coloqué en su reaparición y, por cierto, tuve como compañero a Salvador Herrero, otro magnífico profesional. También permanecí otro año con Ortega Cano, pero entonces toreaba muy poco y como había escasas perspectivas me marché de su cuadrilla y luego, lo que son las cosas, a la temporada siguiente fue cuando rompió a figura del toreo. En esos años también por toreé varias veces con Julio Robles, sobre todo, en las ocasiones que toreaba corridas ‘mano a mano’. Cuando me llamaba Robles siempre coincidía que el peón que contrataba para lidiar en los ‘mano a mano’ era Curro de la Riva, un banderillero extraordinario, pero muy pintoresco.

¿Cuándo se hace su nombre habitual en las ferias?

En la temporada 1987 me llama Vicente Ruiz ‘El Soro’ y en su cuadrilla permanezco hasta 1991. A partir de entonces por las desgraciadas lesiones que sufre Vicente en sus rodillas debe verse obligado a dejar de torear.

 ¿Y entonces llega el reconocimiento?

Sí, pero siempre intentaba tener profesionalidad, aunque desde luego ya vas a las ferias en aquellas corridas de los banderilleros que gozaban de tanto cartel. También llegan los viajes a América y la consolidación, porque durante todos esos años estuvimos encuadrados en el grupo especial.

Tras la forzosa retirada de Vicente ‘El Soro’, ¿con quién encamina sus pasos?

Entonces me llama El Niño de la Capea con quien permanezco hasta su retirada definitiva en 1993.

Y con Pedro vive su época de oro, ¿no?

Si. Aparte de tratarse de un figurón del toreo, como persona Pedro es un fuera de serie, un hombre honesto, sin darse nunca importancia, a pesar de llegar tan alto y con el que desde el primer día congenié a la perfección. Con él también toreo en América y puedo comprobar con mis propios ojos, sin que nadie me lo diga, el cartel tan grande que gozaba en México, país al que viajé con él y para mi fue un momento, profesionalmente, inolvidable.

Se retira Pedro ‘Capea’ y su concurso es demandado por las figuras, ¿no?

Sí, enseguida me llama Julio Aparicio que estaba en un momento importantísimo con cartel y categoría. Con él comienzo en la temporada 1994 y tengo el privilegio de picar al toro ‘Manego’, de Alcurrucén, al que Julio Aparicio le corta las dos orejas en Madrid después de una faena memorable. Con Aparicio permanezco hasta la retirada de 1997, temporada que después completo con Javier Vázquez.

 Y en 1998 llega otro capítulo de su vida, ¿no?

Sí, porque paso a formar parte de la cuadrilla de Miguel Abellán con quien permanezco hasta el año 2003. Precisamente, es la más importante de Miguel y con él toreo en todas las ferias de España y América.

 En América, su presencia ha sido muy habitual, ¿no es así?

Sí, viajé en numerosas ocasiones y de aquellas plazas tengo magníficos recuerdos.

Y finalmente llega su vinculación con Pedro ‘El Capea’, el hijo del maestro Pedro, ¿cómo surge ese fichaje?

A Pedro, que es un muchacho encantador, lo conocía desde niño y cuando empezó a torear seguí su carrera y ya en un momento me apeteció mucho ir con él por el afecto que le tenía y lo que había significado su padre en mi vida profesional. Entonces hablamos y hasta ahora. Bueno hasta que decidí retirarme.

¿No le había dicho a nadie que se retiraba?

No, al matador hace unos meses le dije que iba a presentar la documentación para ver cómo quedaba la jubilación. Pero esa tarde únicamente sabía que era la última mi gente más cercana, los míos. A mí me gustó retirarme como fue mi vida, sin muchos ruidos y haciendo bien las cosas.

La verdad que ha seguido la doctrina al pie de la letra, ¿qué sintió al desvestirse?

Hombre fue distinto, al tratarse de la última corrida de la temporada te das menos cuenta de la realidad. Pero recuerdo que llamé al matador y se lo comuniqué.

¿No piensa que cuando llegue marzo se pueda arrepentir?

No, soy consciente y me gusta marcharme en un buen momento, con las fuerzas físicas suficientes para estar al máximo nivel. En el toreo lo importante es hacer las cosas con grandeza y marcharse antes de que te echen o tengas la impresión de que estás estorbando.

¿Se marcha con alguna pena del toreo?

No. Bueno, me hubiera encantado haber estar en la cuadrilla del Niño de la Capea en las temporadas previas a su retirada de 1988. Debió ser una delicia en esos años, los mejores de su carrera, arrollando siempre y en lo más alto.

Y ahora, qué hará, ¿partida y viajes del Imserso?

No. Hombre no me voy a aburrir. Tengo caballos y a su cuidado me voy a dedicar. Además también iré a la finca de Juan Luis Fraile, de quien soy amigo para ayudarle a embarcar, a los herraderos. Seguiré pendiente de la afición e iré a cuantos festejos pueda.

Si, porque usted no se pierde festejo alguno.

No prefiero verlo yo a que me lo cuenten. La Fiesta me encanta y desde que empieza el Bolsín, hasta la última novillada no me perderé ningún festejo.

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Recién retirado recibe un brindis de Pedro ‘El Capea’ en la plaza de Béjar.

 El apellido Rivas es un símbolo en la Salamanca ganadera. Amador, el padre de Ángel, fue el mayoral de Mozarvitos; además, su tío Fidel Rivas fue el popular y prestigioso mayoral de Atanasio Fernández. Junto a ellos tiene varios tíos y primos que desempeñan labores en ganaderías bravas. A ello se une que Ángel fue el primer picador de esa familia y cabeza visible de lo que una dinastía de magníficos profesionales, como su hermano Juan Luis -fallecido en 2010 dos años después de publicarse esta entrevista, que fue un grande y toreó con las figuras- su hijo Ángel o su sobrino Juan Luis –desaparecido en la flor de la vida a principios de 2011 cuando ya brillaba como excepción varilarguero-.

¿Qué le decía Amador, su padre, al comenzar a picar?

Fue remiso al principio, aunque la verdad siempre me animó.

 ¿Y su tío Fidel? (el histórico mayoral de Atanasio Fernández).

Es un hombre que ha sido de los más grandes y se ha sentido muy orgulloso de que su apellido estuviera en tal alto lugar. Siempre me dio muy buenos consejos.

¿Qué consejos le da a su hijo?

Que siempre siga siendo tan buena gente, un hombre normal y nunca sea conflictivo. Porque en esta vida lo difícil, desgraciadamente, es normal.

¿Cómo se debe picar bien a un toro?

Primero que te lo pongan en suerte, delantero para poder picar al estribo un poco detrás del morrillo, concretamente en el hoyo de las agujas.

¿Cuáles son los toros más difíciles de picar?

El toro manso que no se emplea. También los ‘atanasios’ que empujan hasta el final, sobre todo si ven que te pueden ganar la pelea se vienen arriba.

¿El toro de América o el de España?

Son muy distintos. El de América no tiene la agresividad del español. Además, allí es más pequeño el caballo de picar.

¿A qué achaca que la suerte de varas sea tan impopular?

A la poca fuerzas de los toros. Pero llevó escuchado lo mismo en los 30 años que he estado en el toreo. Cuando te llega un todo sin fuerzas no puedes hacer nada.

En sus inicios, ¿a qué picadores tuvo como espejo?

Me fijaba en todos, pero de Salamanca en mi época tuve como espejo a Aurelio y Juan Mari García, dos extraordinarios profesionales, como también lo han sido Salvador Herrero y su primo Juan Manuel Vicente, que además fue compañero mío en Mozarvitos, la finca donde trabajaba su padre.

¿Y forasteros?

También muchos como Alfonso Barroso, Salitas, Antonio Torres…

¿El toro más difícil para picar?

Muchos, pero por ejemplo el de Alcurrucén al que le cortó las dos orejas Aparicio en Madrid fue muy difícil de picar. También recuerdo otro de Javier Vázquez, una temporada que fui con él tras la retirada de Julio Aparicio que era tremendo, pues pesaba más de 700 kilos y parecía un tren.

¿Su momento más duro?

En 1995 cuando un toro me parte la cadera y estoy nuevo meses de baja. Por entonces, los médicos me dijeron que me olvidase de torear, aunque me recuperé y pude volver a la actividad.

Por último, en tal dilatada etapa profesional ha logrado muchos trofeos, ¿de cuáles se siente más orgulloso?

De todos porque significan un momento brillante y reconocido de tu carrera. He logrado ser premiado en muchas plazas como Salamanca, en varias ocasiones, Pamplona, Málaga y otras muchas menos conocidas, pero también importantes.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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