Rubén de Dios, un torero con alma de poeta

Siempre vivió abrazado a la torería. Sintiendo con pasión todos sus latidos impregnados de pasión, en sus andares, en su conversación… porque Rubén de Dios marcaba con torería cada paso de su vida.

Con él se va un torero, un hombre que abandonó en plena mocedad su casa natal de San Morales para cumplir sus sueños y, durante años, recorrió cientos de capeas de Castilla, Madrid o Guadalajara donde compartió vivencias con algunos chavales que tiempo después serían grandes toreros –Dámaso González, Miguel Márquez, Pedrín Benjumea…- y otros que se quedaron en el camino o, más tarde, fueron compañeros suyos en las filas de plata – José Luis Gran Romito, Isidoro Prado, Raúl Velasco…-. Con el tiempo, tras torear un centenar de novilladas y festivales, de presentarse en la carabanchelera Vista Alegre y ver pasar los trenes que lo llevaran a la alternativa, Rubén, toma la sabia decisión de hacerse banderillero. Y ahí encontró su pan, su porvenir, su vida, la felicidad y el camino deseado en la senda de su existencia. Desde entonces completó más de mil paseíllos y estuvo a las órdenes de numerosos toreros, desde maestros de la talla de Andrés Vázquez –con quien bregó en su última etapa-, sin olvidar a Frascuelo, Lucio Sandín, Jorge Manrique, Luguillano o Chiquilín, completando varios años en la época que, junto a Finito, se convirtió en la nueva ilusión de Córdoba. Y por medio infinidad de tardes en el verano venteño, donde su nombre fue habitual en las casi siempre duras corridas de la canícula madrileña.

Fue torero por vocación en esos tiempos que tantos chavales buscaron ahí el camino de la prosperidad social tras el boom de Manuel Benítez El Cordobés y aquella película Aprendiendo a morir. Pero más allá del torero había un hombre muy culto, autodidacta y hecho a sí mismo tras leer cuanto cayó en sus manos y escuchar las sabias lecciones de los mayores. Por esa razón, Rubén de Dios, acabó siendo uno de los hombres de mayor cultura taurina, un personaje con quien daba gusto hablar y escuchar; alguien que extendía sus palos a la poesía y era un espectáculo escucharlo recitar Tres banderilleros en el redondel de Gabriela Ortega, que sencillamente lo bordaba, o A las cinco de la tarde, de Lorca. Lejos del toreo con El embargo, de Gabriel y Galán, hacia emocionar a sus amigos, porque a Rubén, que era un hombre tan honrado, le salía de su alma generosa y justa. Entre sus lecturas –a lo largo de los años había conseguido tener una impresionante biblioteca- igual tocaba el palo de los clásicos que se devoraba las modernas novelas de Pérez Reverte. Y con su inquietud por aprender, por sentirse torero era un hombre que le gustaba conocer mundo, disfrutar del invierno taurino mexicano o en la temporada europea encontrarlo sentado en el tendido de la más insospechada plaza, desde grandes ferias a lugares menores, pero donde sabía ver y apreciar la esencia de su Fiesta.

Tuve la suerte de ser su amigo, de contar con su confidencialidad, de compartir infinidad de momentos juntos, de disfrutar a su lado de la buena gastronomía –otra de sus debilidades, siendo famosos sus cocidos taurinos de su casa de San Morales rodeado de buenos amigos-. Potra parte jamás faltó a coloquio mío, conferencia, presentaciones…, no solo en Salamanca, sino que acudía a Zamora, Valladolid, Ávila, Madrid y en cada libro que presenté –ya fuera de toros, de fútbol, novela…-. En las plazas nos buscábamos y fueron cientos los festejos que presencié a su lado, comentando pormenores de la lidia y escuchando su sabia palabra con la devoción de un alumno. Porque en Rubén de Dios había un hombre claro, sincero, sin dobleces… Un torero abrazado a la cultura, con alma de poetam, a quien tantos vamo a echar de menos y que se nos fue en pleno Carnaval.

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

4 comentarios en “Rubén de Dios, un torero con alma de poeta

  1. Ruben de Dios, con Dios Ruben, vengan unas risas de aquellos viejos tiempos de Manrique, Rui Vento, Julio Norte, algun vinito en el Plus, venga hombre, te fuistes pero no de mi corazón y aquellos que te conocimos. Va por ustedes. y de esta manera se da por hecho que a Dios le gustan los toros y te ha llamado para verte torear ahi en el Cielo.

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