Aquella mañana de diciembre

Aquella mañana de diciembre, es mi nueva obra y muy diferente al resto, que llega a estas alturas, ya superado el medio siglo. O sea más de la mitad de una vida donde hemos dedicado, en una trayectoria zigzagueante, más de tres décadas al mundo de la comunicación. De ahí quedan otra treintena de libros de diversas temáticas, desde novela al ensayo, la biografía… que me han dado tantas alegrías, estar al lado de personajes inolvidables y de vivir experiencias únicas.

Sin embargo, uno era consciente desde hace años que había una espina pendiente. Se trataba de escribir sobre el accidente que dejó al Campo Charro cubierto de un enorme reguero de sangre y de luto. Estaba ahí y aunque para la mayoría era un asunto demasiado tabú e incluso no estaba bien visto recordarlo, resguardándose en un silencio que fue el particular burladero para liberarse de tanto dolor. Pero fue en vísperas de la pasada Navidad, a raíz de un artículo publicado en esta misma web (https://www.glorietadigital.es/2018/12/19/la-navidad-mas-triste-del-campo-charro/) cuando prendió la llama.

 

A partir de entonces comenzó a tomar forma este libro que nunca quise haber escrito, sencillamente porque jamás debió suceder la tragedia de Muñoz. Pero la historia es la historia, algo que nunca se puede olvidar y está ahí, herrada en el sentimiento de esta tierra tras vivir la jornada más dura en aquella mañana de cuarenta años atrás. Con esos alumnos que fallecieron y los que sobrevivieron compartí aulas, juegos en el recreo y vivencias en aquel Colegio Público Comarcal Nuestra Señora de los Remedios, de La Fuente de San Esteban. Y de aquel día quedaron en la memoria un montón de vivencias, frescas en el recuerdo, por el dramatismo que las envolvía.

Por esos motivos era consciente que antes o después debía escribir esta obra. Una, porque ese accidente marcó nuestra infancia y también estuvo ya para siempre presente en la vida. Otra, por deber a mi querido Campo Charro y especialmente a las víctimas, junto a los supervivientes, familiares, amigos y profesores. También a esas gentes anónimas que esa mañana, soleada y fría de invierno, protagonizaron una heroica lección de solidaridad evacuando a los heridos con toda rapidez en sus vehículos y de esa forma  salvar tantas vidas. ¡Cuánta grandeza en esas personas! ¡Qué infinita humanidad! Es también la gratitud a los diferentes colectivos que se volcaron desde el primer momento, sanitarios de la zona, Cruz Roja, Guardia Civil, Policía Nacional… en una labor marcada por la sensibilidad.

Esas razones hacen que este sea un libro rubricado con la tinta del sentimiento. El más difícil, el que más me ha costado escribir  e incluso me hizo pasar por momentos muy espinosos al volver a caminar sobre la senda de tanto dolor. Volver a entrar en el túnel de una tragedia, hablar con los protagonistas y recordar tanta dureza fue un verdadera prueba de fuego, especialmente cuando la obra avanzaba y fueron muy empinadas las cuestas para salir adelante, con tantas pesadillas que incluso pensé ponerme en tratamiento psicológico. La emoción me embargaba al revivir las vivencias de las criaturas que pagaron el alto tributo de su vida, niños inocentes y que jamás vamos a olvidar, de ahí que este libro sea un perpetuo homenaje a ellos. Y por cierto si alguien busca amarillismo o morbo directamente debe olvidarse de él, porque impera el respeto. Desde la primera letra hasta el punto final la obra está definida por el respeto. No he tratado más que, con el corazón, devolver las andanzas de quienes se fueron y cuento las ilusiones que tenían y de sus gentes.

Y como de bien nacidos es ser agradecidos no quiero olvidar a un pilar fundamental para hacer que esta obra sea una realidad. Se trata de Jaime Royo-Villanova y Payá, gobernador civil en Salamanca en 1978 y que le tocó de llenó el accidente. Desde el primer momento se hizo presente en Muñoz, estuvo ya para siempre al lado de esas víctimas, de los familiares y luchó por su bienestar sin descanso. Don Jaime, una de esas que encuentras de vez en cuando en los caminos de la vida y son un regalo, era el ideal, el mejor colaborador en esta travesía y quien deja el legado de un prólogo de lujo, que nos emocionó tanto y son las palabras más bonitas que definen el accidente de Muñoz. Y es que para escribir así, como lo hace don Jaime, primero hay que ser una gran persona.

La presentación será el miércoles, 10 de abril, a partir de las 20 horas en el Casino de Salamanca –Palacio de Figueroa-, pudiendo asistir todo aquel que lo deseé para conocer, a través de Aquella mañana de diciembre, un poco más aquel suceso que dejó herrado de dolor a nuestra tierra.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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