David Cadavid, de los Andes venezonalos al Campo Charro

Es otro de esos muchachos que un buen día cargaron su esportón de sueños e ilusiones para buscar el triunfo en los caminos del toro. Dejó atrás su Venezuela natal y miles de kilómetros por medio para recabar en Salamanca con la única meta de regresar algún día como lo hicieron los triunfadores. A la inversa de aquellos extremeños que, cinco siglos atrás, españolizaron esas tierras. Pero él para hacerlo como César Girón o su hermano Curro, quienes abandonaron la venezolana Maracay para alcanzar camino de la gloria en los caminos del toro.

David Cadavid ya lleva tiempo en España persiguiendo, en principio, el objetivo de ser torero en la escuela taurina de Madrid. Desde entonces ha dado mil vueltas, ha estado en las capeas, trabajado en el campo y en una larga época fue habitual en las tierras de Jaén, por Madrid; también por Guadalajara o incluso Extremadura, hasta que un día cayó por Salamanca. En tiempo de invierno y época de tentaderos llegó al Puerto de San Lorenzo, la finca de Lorenzo Fraile y ahí cambió la cruz de su moneda al encontrar calor y afecto, junto a esa ayuda tan necesaria para un novillero que era el dueño del cielo y la tierra. Porque su esportón solamente estaba lleno de lleno de ilusiones y este año, poco a poco, empieza a ver como se cumplen las primeras al comenzar a ascender en los primeros peldaños de la larga escalera del torero tras verse anunciado en una decena de novilladas. Y en tener casi firme la posibilidad de presentarse en Las Ventas.

Ahora vive en La Fuente de San Esteban, en el corazón de la Salamanca ganadera, tan lejos de su querida San Cristóbal, en los andes venezolanos, la hermosa ciudad que hasta hace dos décadas tuvo una feria de postín en su gigantesca plaza y todas las figuras trataban de tener un sitio en unos carteles de postín, donde tuvieron más calor que nadie tres españoles, Antoñete, El Niño de la Capea y Tomás Campuzano. Y esos orígenes nunca los olvida, especialmente cuando allá por febrero llega la feria de San Cristóbal y él e encuentra a miles de kilómetros,  en las capeas del Carnaval de Ciudad Rodrigo. Pero allá afloran los recuerdos, aunque hoy sea un ciclo ferial tan devaluado, al igual que el país, por culpa de la dictadura chavista y su heredero Nicolás Maduro, que ha arruinado miserablemente uno de las naciones más ricas del mundo, que sobrevive entre la hambruna y las carencias. Pero más allá de la cruel dictadora hay vida y grandeza con un pasado de lujo; por eso, a David Cadavid le encanta que le hablen de la Venezuela del Diamante Negro, de César Faraco, del gran César Girón y su hermano Curro, cabezas de una prolífica dinastía que tanto pisó por las mismas calles de La Fuente de San Esteban donde hoy vive David, de Adolfo Rojas, de Morenito de Maracay… o Manolo Vanegas, que también se vino a Salamanca para ser torero y aquí ahora lucha para volver a ser dueño de sus pasos.

Vaya mi respeto y admiración para este muchacho, alto como un chico ribereño y alegre como un cascabel,  que ha encontrado calor y afecto en El Puerto de San Lorenzo donde el patriarca Lorenzo Fraile siempre le abrió las puertas de su casa y ya ve cómo luce su nombre en muchos carteles. Todo mi afecto para quien dejó una vida tan lejos para ser torero y, además, redimir a los suyos delas privaciones del pueblo venezolano. Y mientras sigue ascendiendo la escalera del toreo, no olviden su nombre –DAVID CADAVID- y si lo ven anunciado disfruten de la calidad de su toreo.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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