Purificación Mora, esposa, madre y abuela de toreros

Purificación Mora, que fue esposa, madre y abuela de toreros, siempre vivió alrededor del toro, debido a los negocios de su esposo, José Gutiérrez Mirabeleño, quien en su mocedad fue novillero de postín y más tarde se dedicó a los asuntos taurinos logrando nombre y prestigio en la faceta de empresario. En esa travesía organizó espectáculos a lo largo y ancho de la geografía nacional, junto a tierras de ultramar. A parte de esa gestión, Mirabeleño también hizo sus pinitos de ganadero y de apoderado.

Hacía solamente una semana que se habían cumplido diez años de la marcha a los ruedos celestiales de José Gutiérrez Mirabeleño, Pepe para todos, cuando el pasado domingo marchó a su encuentro su esposa, Purificación Mora. Han transcurrido ya muchos años desde que Pepe siendo una promesa del toreo conoce a Purificación y de aquel flechazo surge la fiel compañera. Y eso que los inicios no fueron fáciles al tratar de impedir la familia de ella que se casase con un torero, pero Purificación sabedora que aquel torero era una buena persona y el hombre de su vida marchó de casa para poner tierra al medio y demostrar a los suyos que su amor era sincero y auténtico. Sin fisuras y de verdad, como fue la existencia de esta mujer luchadora y ejemplar, madre de una larga familia que siempre mantuvo unida y que también vivió la dureza de ver perder a un hijo.

Una señora siempre pendiente de sus hijos, de sus pasos, de los estudios, sabiéndole impregnar también el espíritu de lucha; viendo además como en aquel ambiente alrededor del toreo pronto dos de ellos seguirían los pasos paternos. Primero Juanjo y más tarde Carlos. Andando el tiempo aquel Juanjo, de mirada bondadosa, como lo conocían y lo siguen haciendo los suyos acabaría rompiendo en torero de postín con el nombre de Juan Mora, en un autentico maestro y en el más puro de la última época del toreo.

Y ya desde entonces también le tocó asumir el papel de madre de torero. De ver tanta entrega en los entrenamientos para estar preparado, de disfrutar con los avances y peldaños que se sucedían en la particular escalera taurina, también de los sinsabores que tantas veces llegan y al final no son más que otro acicate de motivación para demostrar que la lucha de uno iba por el bien camino. Y ahí, Purificación Mora disfrutó de los días felices de los triunfos; también amargos con el dolor de la cornada y la incertidumbre que llega después, como aquella tarde lluviosa de Jaén con el toro de Barral que lo hirió de tanta gravedad.

 

                                    Con su marido, Pepe Mirabeleño, el día de la boda

Sin embargo, en esa balanza acabó volcada a los días inolvidables y un ejemplo se produjo a la caída de la tarde del domingo 28 de mayo de 1989. Esa tarde Juan toreaba en Barcelona y ella, que se encuentra en la finca El Encinar, situada en el término de la villa sevillana del Ronquillo, sale a la calle con inquietud al escuchar gritar a Pepe, su marido, quien viene corriendo y dando voces. Rápido observa que transmite felicidad y sale a su encuentro para participar de la emoción al ver que la algarabía se debe al rotundo éxito logrado por Juan Mora, quien había cortado cuatro orejas en Barcelona, en tiempos donde aún la Ciudad Condal tenían tanto peso en el toreo. Abrazados ambos vuelven a escuchar otra conexión del programa Tiempo de Juego, presentado por el inevitable Joaquín Prat, a través del transistor que llevó el padre, quien para matar los nervios se había dedicado a hacer unos arreglos en aquella finca de su propiedad.

 – La tarde ha tenido un claro protagonista en la figura de Juan Mora, que ha cortado cuatro orejas después de dar una inmensa lección de torear basada en el arte, en el empaque y la torería.

Si aquel domingo fue memorable no puede quedar en el tintero la otra tarde de la Feria de Otoño de 2010, la del dos de octubre, cuando protagoniza una página histórica en la plaza de Las Ventas. Una histórica lección de torería que hace temblar los cimientos del toreo y Purificación Mora, que está al tanto de todo, porque la corrida es televisada, se emociona ante el éxito de su hijo. Ella que sabía de su lucha, de su amor al toreo… de esa lecciones recibidas de Pepe Mirabeleño.

Y también mostraba su felicidad cuando Carlos Mora rompió como banderillero de postín y logro tantos triunfos en las mejores ferias con sus poderoso capote de brega o sus magníficos pares de banderillas durante los años que fue peón de confianza de su hermano. O estos últimos años cuando Juan Mora volvía a deleitar con alguna lección de su pureza y, además, en esa familia emergía su nieto Alejandro Mora con un aire y un arte digno de esa saga. Ese rubiales de Alejandro, a quien su abuelo Pepe dictó su última lección era otro orgullo de Purificación Mora al ver crecer un nuevo eslabón en la dinastía torero.

Con su marcha queda el recuerdo de una mujer que se ganó a todos por su bondad y valores; a quien fue la matriarca de una saga torera y de gente de bien.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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