¡Que no agüen a Pablo Aguado!

Pablo Aguado abrió en Sevilla el cofre de la torería y durante semanas no se hablo de otra cosa más que de ese suceso que llegó tras dos faenas, más la primera, llenas de torería y primor a una noble corrida de Jandilla. Aquella tarde noche todos nos felicitábamos ante aquel nuevo coloso que irrumpía y era la mayor ilusión de muchos años. En aquel Currito de la Cruz del siglo XXI, que apuntaba con sus maneras desde hacía tiempo, ejemplo de Fallas donde dejó el sello de su torería en otro sensacional trasteo. Pero faltaba el escaparate, la lanzadera y esa llegó en el mejor sitio que podía esperar, en Sevilla, en su feria y en días de farolillos. Y además poco más tarde lo refrendó –aunque sin espada- en San Isidro, donde la afición madrileña se puso en pie ante aquella faena realizada a un Montalvo plena de cadencia. De seda y de oro.

Los éxitos directamente lo auparon a la élite, le abrieron de par las puertas de las ferias, de la admiración y del orgullo ante un torero genial, prototipo del que la Fiesta necesitaba, porque trae el sello del gusto,  el aroma, la cadencia y de la exquisitez sevillana. Y desde entonces no faltó en ninguna feria, ni corrida postinera e inclusos algunas de medio pelo. Del banquillo, donde se pulió un torero glorioso al no parar. A sumar y sumar, a hacer caja, hasta que el torero pronto empezó a mostrar signos evidentes de cansancio, de estar atorado y ya esa genialidad que nos despertó del letargo permanecía dormida en el esportón de la glorias. Porque ante tal cantidad de corridas, el diestro empezó ya solamente a dejar ‘detalles’, ‘esencias’  y ‘parajes aislados’, sin volver a regalar otra vez la grandeza de su arte, únicamente en Colombinas abrió otra vez el cofre de su torería, pero nada más. Porque la eclosión de Pablo Aguado debería amortizarse con 20 o como mucho 25 corridas de postín; jamás en base a buscar la calidad, en no parar,  algo traducido en que además ha perdido la frescura y la sorpresa del impacto para los públicos, con lo que necesariamente sus emolumentos han tenido que descender de manera muy notable.

Ahora acaba de sufrir un percance en Gijón y lo normal es que esté unos días parado, porque lo necesita y además a un artista de ese corte hay que medirlo y buscar en los contratos la calidad. No sumar fechas todos los días, porque ahí se ha visto que han acabado atorándolo y aguándolo… Es una pena que por intentar ver el hoy y nunca el mañana se carguen a un artista genial que es capaz de enamorar cuando destapa de par en par el cofre de su torería. Porque este muchacho sevillano, con el grado de ADE e hijo de quien fuera hermano Mayor de la Hermandad del Rocío de Triana –algo que en Sevilla es lo mismo que ser ministro- es para disfrutarlo muchos años, para deleitar su arte y no que por querer hacer caja rápido –tras sumar y sumar- se carguen a quien ha sido la mayor ilusión de los últimos años.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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