Paquirri, más allá de la leyenda

En el recién estrenado otoño de 1984 éramos unos adolescentes. Treinta y cinco años atrás cada nuevo amanecer te descubría cosas que daban paso a un mundo lleno de ilusiones. Bebías la vida a sorbos e, ingenuamente, no querías más que pasasen un tiempo más para ser grande. Sin embargo ya había ideas amarradas al sentimiento y desde mucho tiempo atrás la Fiesta era la pasión que guiaba tantas inquietudes. Las tardes de toros en la feria de Salamanca –ví por torear a Paquirri días antes de su tragedia cortando la oreja a un atanasio– eran un acontecimiento y como tal se le daba máxima categoría.

También la feria de Plasencia, San Pedro de Zamora, Santa Teresa en Ávila, San Mateo en Valladolid o alguna tarde de San Isidro quedaban apuntadas en el calendario viajero de esa época, ya lejana, cuando un torero sobre el resto gozaba de todas las preferencias: Julio Robles. Sí, por Robles en aquella época discutía con cualquiera. También por Antoñete y mira que los dos andaban tan picados después de aquel quite en Madrid tan glorioso para la Fiesta y que dejó infinidad de emociones.

En medio de aquel tiempo, también controvertido y con muy buenos toreros, no pasaba inadvertido Paquirri, quien más allá de ser un extraordinario profesional era un personaje altamente mediático. Sí, aquel Francisco Rivera, hijo de un modesto torerillo de la Andalucía pobre y que en el toro encontró la salida natural para abrazarse al éxito y a las comodidades. Quedaba su vida en papel couché tras matrimoniar con la guapa Carmina Ordóñez, la hija del maestro Antonio Ordóñez y padre de sus dos hijos toreros, Francisco y Cayetano. También la tormentosa separación y  posterior boda con Isabel Pantoja. Y mientras tanto dando la cara para defender su sitio de figura pendiente de que a los suyos no faltase nada y siendo un caballero respetado por quien lo trató, legado que permanece vivo treinta y cinco años más tarde.

Parecía que Paquirri era inmortal y no había vaca en los campos bravos que pariera toro para acabar con su vida. De aquel Paquirri, torero con una casta y un amor propio como  pocos. Además era un hombre que rompía las pantallas y prototipo del triunfador nacido en cuna humilde, reflejo tantas veces de los mitos de la Fiesta. Por eso, cuando aquella noche el telediario de las 21 horas de TVE anunciaba la gravedad del percance, toda España se estremeció, aunque nadie podría imaginar que minutos después fallecía al entrar al hospital militar de Córdoba, concretamente a las 21.40 tras una infernal viaje desde Pozoblanco. Sin embargo, la verdadera consternación llegó al comunicarse la noticia de su muerte; entonces un velo negro cubrió a la afición taurina y también a la sociedad española que no daba crédito a la noticia.

España perdía a uno de los reyes del toreo, que venía a caer en otra plaza de pueblo. Al igual que Joselito en Talavera; Sánchez Mejías en Manzanares; Manolete en Linares. Moría Paquirri y llegaba su leyenda, hoy viva más allá de lo que fue en los ruedos. Y eso que en la arenas fue un rival duro de batir sin arredrarse jamás ante los grandes toreros de los sesenta; ni con los vinieron después para que nadie le arrebatase su mando en la plaza. Porque ahí estuvo la verdadera razón de Paquirri gracias a la raza y amor propio de quien rompió moldes sociales y en aquel estrenado otoño de 1984, cuando aún éramos unos adolescentes, con su tragedia comprendimos la gran realidad de la vida.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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