Se va El Cid. Adiós a un TORERO

Se va Manuel Jesús El Cid y es el adiós de un gran torero. De una de las izquierdas más puras y sandungueras de varias temporadas, de cuando ya talludo a base de cuajar tantos toros y firmas faenas memorables se hizo un sitio en los carteles de figuras y hasta vivió varios años de torero de postín, especialmente a partir de la memorable faena a aquel toro Guitarra, de Alcurrucén, que definitivamente lo hizo figura y eso que lo pinchó. Tiempos que se ganó ya para siempre el respeto del aficionado y ese puñado de páginas escritas por él, donde ahora recuerdo –escribo dejándome llevar por las vivencias- también otra enorme faena a otro toro de Alcurrucén la tarde de la confirmación de alternativa de Eduardo Gallo y donde el gran César Rincón, ya curado de una gravísima enfermedad, volvía a salir en hombros por esa puerta grande de Madrid llena de emotividad. O aquel día de los victorinos en Bilbao… entre una enorme baraja que han escrito un capítulo reciente en la historia del toreo.

De Manuel Jesús El Cid lo recuerdo cuando, ya pasado de años -en comparación a los muchachos que por entonces compartía terna-, se abría paso de novillero y disfrutaba de largas temporadas en Salamanca. En esas fechas lo apoderaba un pintoresco taurino andaluz conocido por El Gallo de Morón, de nombre José Maguilla y que había sido torero en su juventud, aunque no llegaría a tomar la alternativa. Ambos eran inseparables y hasta se decía ‘tanto monta, monta tanto El Gallo como El Cid’. Entonces se hizo una apuesta económica muy fuerte e instalaron su cuartel general en La Fuente de San Esteban. Eran tiempos donde apenas le abrían las puertas de las casas ganaderas y, en esos tiempos de novillero, se hizo una importante apuesta económica para poder tomar parte en festejos, además de matar muchos toros a puerta cerrada. Justo entonces, el taurino Pepe Güevero, un antiguo banderillero de La Fuente de San Esteban, se suma al equipo y es a quien encargan que compre toros para matar a puerta cerrada. Pepe, fallecido hace unos meses, se dirige a casa de Paco Galache y adquiere un importante número de reses que el muchacho del pueblo sevillano de Salteras estoquea en la plaza de tientas del Complejo El Quijote, de Vitigudino, donde se hace familiar su presencia y donde pronto Paco Galache, el viejo y genuino ganadero de Hernandinos, queda prendado de la capacidad y torería de ese muchacho, para convertirse en su primer gran embajador. Paco Galache, hombre prudente, de palabra justa y medida, de largos silencios y siempre con su timidez natural, pronto empezó a decir, “no me confundo mucho si digo que El Cid será un torero grande”.

Poco después debutó en Madrid y a nadie dejó inadvertido sumando muchos paseíllos en Las Ventas durante esa época y dejando claro que era un torero muy interesante. Y eso que estaba fuera del estereotipo del novillero del momento, ya entrado en años, pero eso no tuvo nada que ver para que El Cid entrase en el corazón de Madrid y, especialmente, el Tendido 7 ya lo adoptase para siempre, como si barruntase las grandes tardes que esperaban al sevillano. Aún así nada era fácil, porque entonces ya comenzó el runrún de sus grandes faenas, a la par que esa espada de hojalata que lo privó de volar más alto.

 Instalado en Madrid sus visitas el Campo Charro seguían siendo habituales y hasta hizo amistades para siempre, caso de José Antonio Zúñiga, el veterinario taurino de Villavieja de Yeltes, siempre a su lado y convertido en su más apasionado seguidor. Entonces ya comenzó a ser invitado a los tentaderos en la mayoría de las ganaderías, donde una de ellas –La del Pilar, de Moisés Fraile, pronto empezaría a escribir importantísimos capítulos en la vida profesional del diestro, porque fue con los toros del Pilar con los que ascendió al Olimpo de los grandes tras cuajar faenas para el recuerdo, bastante antes de que llegase otra destacada etapa con el hierro de Victorino Martín que escribió su cenit en la encerrona de Bilbao, que fue el cartel estrella de esa edición de las corridas generales donde estuvo verdaderamente solemne. Y figura consolidada, ya de mano de un dúo de sevillanos que lo apoderaron de forma ejemplar, Manolo Tornay y Santi Ellauri. Tiempos que cautivó a todos y también tantos ohh provocó con esa espada que tanto dinero y éxitos le restó. ¡Ay si El Cid hubiera sido un fino y acertado matador…!

Ahora se va. Dice adiós en Zaragoza y desde aquí me descubro ante este gran torero. Ante Manuel Jesús El Cid a quien conocí cuando llegó a Salamanca de la mano del Gallo de Morón y mató tantos toros en El Quijote de Vitigudino. Antes este torerazo de quien un día el viejo Paco Galache me insinuó “no me confundo mucho si digo que El Cid será un torero grande”. A él y con toda mi admiración arrojo mi gorrilla charra a sus pies. Porque se va un TORERO.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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