Antonio Prieto y el tren

 

En distintas ocasiones referí el recuerdo nostálgico a las estrellas del ciclismo que acudían al balneario de Retortillo para referir una anécdota sobre el particular estilo de Miguel Induráin jugando a la pelota a mano. Entonces era una promesa que esperaba un tropezón de Perico Delgado para tener su oportunidad.

Perico Delgado, siempre con esa cara de niño bueno, además de ser un ciclista habitual en las concentraciones del balneario, estaba tan prendado de ese rincón charro que en ocasiones animó a sus amigos para que acudieran a disfrutar de la belleza, así como de las propiedades de sus aguas. A uno de los que convenció fue a su paisano Antonio Prieto, que entonces era la máxima gloria del atletismo español en el campo a través, para que tomase el camino del balneario de Retortillo, al ser el lugar ideal para encontrar el punto óptimo ante la llegada de las competiciones.

De esa forma, otro de los ilustres deportistas que acudieron al balneario fue Antonio Prieto, un segoviano chicato y rubiales que se daba un aire a Tomás Zori, aquel humorista madrileño que formó histórica collera con nuestro paisano Fernando Santos en el arte de hacer reír. Prieto, que llamaba mucho la atención por su diminuto físico, también dejó impronta de su humanidad en la comarca. Sobre todo porque estaba todo el día entrenando y como era muy escaso de chichas, por su aspecto parecía una pluma. Por eso, algunas veces, sobre todo las tardes frías cuando arreaba con fuerza el cierzo y atravesaba corriendo algún pueblo del contorno, la gente le decía: “Chicato, métete una piedra en el bolso, que lo mismo te lleva la ventolera”.

Como el columnista tiene su corazón y su espíritu reivindicativo con la línea del Duero, por cuya reapertura va a seguir luchando hasta el final, le produce especial satisfacción recordar otra historia de este menudo atleta. Fue la que tuvo como escenario un tramo del mítico trazado férreo, donde el segoviano trazó un circuito muy pintoresco para sus entrenamientos. Consistía en ir desde balneario hasta el pueblo de Retortillo y desde allí coger la carretera de Boada, donde al llegar al paso a nivel que existe al lado de la estación tomaba la senda que salía a la derecha e iba paralela a la vía. De esa forma alcanzaba la estación de la Fuente de San Esteban, recorrido que frecuentó hasta que un buen día, al azar, descubrió en el mismo trazado otro más hermoso, aunque con peligroso, por si saltaba alguna esquirla, pero sobre todo con mucha dosis de aventura. Consistía en llegar a la vía justo al paso del tren y después correr por la senda a escasos metros del último vagón, así hasta que aguantaba y se perdían de vista.

Para ello contaba con facilidades que allanaban su espíritu atleta, porque en los seis kilómetros que separan las estaciones de Boada y de la Fuente como proliferaban los pasos a nivel y en tiempos de labor había mucho tránsito de tractores, el tren debía extremar la precaución para evitar un accidente, pues la gente del campo siempre ha sido muy fiada. Por otro lado, como la vía estaba ya muy mala, de lo que mucha culpa tuvo el salmantino Salvador Sánchez Terán, cuando era ministro de Transportes y Comunicaciones, en tiempos de UCD, que la privó de una importante inyección económica destinada a la reparación (lo que puso en bandeja a Enrique Barón, el ministro socialista, poder firmar su cierre en lo que fue un atentado al arte ferroviario), el atleta podía aguantar el ritmo del mercante, que como en las películas del oeste, pero sin caballos, nunca superaba los 40 kilómetros por hora, por lo que raras veces lo perdía de vista y casi siempre entraba en agujas escoltando los últimos servicios del mercante que llegaba de La Fregeneda.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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