El mago Tolito

En los días azules de mi niñez frecuentaba La Fuente de San Esteban el mago Tolito, a quien al final de su vida, el genio de Joaquín Sabina le dedicó una preciosa balada. Tolito llamaba la atención, sobre todo en aquella época, gris todavía en la Salamanca rural, por su peculiar aspecto cansino después de bregar durante tantos años encerrado en el laberinto de la vida, con su inconfundible tos agüardientosa, la voz ajada y una melena a lo Rafael Alberti que le daba cierto aire de viejo poeta trovador.

Llegaba a comienzos del otoño, ya entrado octubre y permanecía una temporada en la que aprovechaba para actuar en los modestos escenarios de los pueblos del contorno. Aunque esperado, su regreso anual era un acontecimiento en el que durante sus estancias las horas muertas, muy numerosas para un artista como él, alejado de la fama, las mataba en el bar acompañando a su soledad con su inseparable chato de vino ante la mirada del paisanaje, quien observaban al viejo mago desde el teso de la admiración, porque en el fondo todos sabían que su piel guardaba a un genio al que nunca le llegó su primavera artística para florecer.

En la Fuente se establecía en la fonda del señor Luis y desde allí se marchaba de función por los pueblos de la zona, sin decir nunca nada a nadie y con la única compañía de sus maletas de cartón, su paloma y sus barajas para emprender el camino de la estación con tiempo suficiente para hacer una larga parada en casa de Fili y tomarse un montón de vinos hasta que llegaba el tren. Sus viajes solían ser a Villavieja o a Lumbrales a bordo del ferrobús de la entrañable línea del Duero. Otras veces lo hacía en el correo y se dirigía a Santis, a Martín del Río, a Aldehuela de la Bóveda. Sin embargo, para ir a Tamames, a Ledesma o a Vitigudino, donde no había tren, se buscaba la vida y casi siempre lo llevaban los transportistas del correo que acudían a por las sacas de la correspondencia a la estación y, poco antes, los había cautivado con algún juego de magia cuando sacaba las cartas del bolsillo de su ilusión.

Tolito era genial y mucho antes de que le cantara Sabina su balada ya formaba parte de esos personajes que nos cautivó en la infancia gracias a su humor natural cuando, a sugerencia de la chavalería, improvisaba una actuación en plena calle. Porque su felicidad era ver sonreír a los demás y ahorcar al diablo de las penas tan lejos de los cómicos actuales que únicamente actúan por dinero, para defender, cual mercenario chaquetero el color de quien los subvenciona. Y comenzaba con sus chistes y sus trucos de magia que, al igual que las parodias de Gila, aunque siempre fueran los mismos te escojonabas de la risa. Luego, cuando acababa siempre le decíamos “Tolito enséñanos el truco”. Y Tolito reía y con su voz ajada contestaba “no es truco es magia”.

Años después, cuando la parca ya comenzaba a coquetear con él, Tolito, el viejo trovador de la melena a lo Rafael Alberti, tuvo su momento de gloria cuando Joaquín Sabina, que iniciaba su leyenda de genio, le dedicó una hermosa balada recopilando su vida de caminante con las rosas de la fama manchadas por el polvo de los caminos. Y a raíz de aquello a Tolito le llegó un torrente de popularidad que hasta TVE le dedicó un magnífico reportaje de ‘Vivir cada día’ para mostrar la vida de aquel hombre que nunca vio brotar la primavera del éxito y cada mañana se levantaba con la ilusión de ahorcar al diablo de las penas. Entonces, cuando ya casi no podía con las llagas de su alma y el olvido de tantos años, todo el mundo se dio cuenta que Tolito era un artistazo, ya cuando su agenda ya no le quedaban hojas para apuntar nuevas fechas, ni comprendía porqué entonces era un genio cuando, como le cantó Sabina, pasó casi toda la vida marcada por la dureza y en la soledad de los humildes escenarios.

Esta mañana cuando en televisión volví a escuchar la bella balada, rememoré mis recuerdos del ayer, con aquel Tolito que frecuentaba La Fuente por los días dorados del otoño. Y desde allí organizaba sus particulares giras, entre chato y chato, antes de coger el añorado tren del Duero para ir a Lumbrales o Villavieja.

 

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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