Archivo por meses: febrero 2015

Una tarde en las carreras

En la tarde del domingo, el calor era insoportable en Vega Terrón. Apenas se podía respirar y los turistas aliviaban los rigores en el bar del restaurante, donde buscaban las boquillas de aire acondicionado. Allí, casi todos se asomaban a las ventanas para presenciar –como si fuera una romería– el colorista espectáculo del campeonato del mundo de Motonaútica, algo así como la Fórmula-1 del agua. La prueba se celebraba en la vecina villa de Barca D’Alba, donde se congregaron miles de personas, entre curiosos, aficionados, patrocinadores y periodistas.

Allí era todo un espectáculo presenciar a las lanchas volar sobre el Duero en un improvisado circuito realizado con boyas y ver las virguerías de las embarcaciones al llegar a las curvas para sumar ventaja sobre los rivales.

En la competición, Portugal, por aquello de ser el país organizador, tenía derecho a participar con una embarcación ‘extra’. Y lo hizo un moto, pintada de amarillo que conducía un piloto llamado Rui Ribeiro, según ponía el fuselaje. Aunque lo cierto es que Rui Ribeiro se limitó a participar como buenamente pudo o lo dejaron, pues ni tan siquiera acabó la carrera. Todo aquello, al columnista le trajo el recuerdo del campeonato del Mundo de Fórmula-1, cuando se celebraba en el circuito madrileño del Jarama y a España, donde no había ningún piloto estrella, siempre dejaban que participaba Emilio de Villota, que fue uno de los primeros españoles que disfrutó de esas carreras ‘desde dentro’.

Mientras las motos daban vueltas y más vueltas pisando a fondo para ver quién corría más, al excesivo calor se unía la humedad del Duero, por lo que de vez en cuando había que acudir a la vieja fonda a comprar botellas de agua. Agua mineral de la sierra de Caramulo, que es un lujo, pero que en esta ocasión no servía más que como refrescante ducha, en un improvisado baño que era amenizado por un espacio musical que ofrecía Radio Juventud de Lisboa y que estaba dedicado al Festival de Cante de Las Minas de la Unión, que estos días se celebra en tierras de Murcia y donde el cineasta Carlos Saura, que había pregonado la actual edición, era entrevistado. Precisamente, Saura, que habla perfectamente en portugués tuvo un recuerdo para los cientos de mineros lusos que trabajaron en esas explotaciones y contribuyeron a hacer realidad un certamen que, desde hace tiempo, es cita obligada de los amantes del flamenco.

Enfrente del puerto de Barca (que hace varios años construyó Portugal ante la incapacidad española de no saber gestar el muelle de Vega Terrón) se encuentra –vacía, aunque bien cuidada– la casa del afamado poeta Guerra Junqueiro, donde recibió varias veces la visita de Unamuno.

En esa misma mansión, mucho después de la muerte del vate y cuando era propiedad de sus herederos, residió como casero un español de aspecto distinguido. Se trataba de un republicano español que se instaló en Barca tras permanecer varios años exiliado en Tarbes (Francia), donde huyó tras la Guerra. Precisamente, en la guerra fue ayudante de cámara del general Llano de la Encomienda. Luego, en Francia se casó con una maestra portuguesa, con quien marchó a su tierra, donde cada mañana, al abrir la ventana para ver el muelle de Vega Terrón, se quedaba contemplando el tren que iniciaba su recorrido camino de España.

Y es que viajar a Portugal siempre es una sorpresa que encuentra el viajero en su camino.

Isa, la Macina

No sé si conocen la historia de la vitigudinense Isa de la Cruz, una brava mujer, perteneciente a una conocida familia apodadada Los Macines y que pasó a la historia por ser la primera dama de esta provincia en dedicarse al oficio de camionera, todo un acontecimiento en la Salamanca de los 50.

Cuentan que Isa ‘la Macina’ era un mujer tan trabajadora que nunca llevaba reloj y mucho antes de que llegaran los tacógrafos para limitar las horas de la conducción, ella se conocía, como las encalladas palmas de su manos, todas las carreteras de la provincia que transitaba al volante de su Chevrolet. Porque bastante antes de salir el sol se levantaba para acondicionar el camión y después se echaba a la calle e iba a las minas ‘Feli’, que tenía en el paraje de Valicobo, muy cerca de Vega Terrón, en el término de La Fregeneda Higinio Severino y desde allí, cuando cargaba se dirigía a la que poseía en Barruecopardo, en los años de la eclosión del wólfram.

O después, por las tardes, a la estación de ferrocarril de La Fuente de San Esteban, el lugar donde llegaba la mayoría del género que suministraba al comercio mejor surtido de La Gudina, el de Tomás González, al que ella realizaba casi todos los portes.

O a Lumbrales, a cargar material para las obras de los saltos cuando lo transportaban hasta allí en el tren de Barca D’Alba y para tenerlo todo ordenado, Iberduero acondicionó en el lugar unos muelles que aún existen. Precisamente, en el mismo lugar donde hace años, Sixto Miguel del Corral y Antonio Bartol, tienen ese lujo de delicias gastronómicas que es el restaurante El Apartadero. Allí Isa de la Cuesta,  de Los Macines, cargaba y después emprendía el camino al salto de Saucelle, un lugar en el que, si se terciaba, sacaba a relucir su casta charra, sobre todo cuando encontraba a algún inútil y entonces la llevaban los demonios. Tanto que se tiene constancia de coger a un hombre por la pechera y delante de sus compañeros tumbarlo de un puñetazo si la ocasión lo propiciaba por haberse mofado de su sexo.

Por eso, en Vitigudino y en la Ribera hay una página humana que tuvo como protagonista a esta brava mujer, tan trabajadora que no tenía día ni noche y cautivó por su particular profesión en la pasada década de los 50, cuando verla conducir su Chevrolet era todo un acontecimiento.

Lo llamaban Juanito ‘ginebra’

Juan Díaz ’Juanito’ recaló en la Unión Deportiva Salamanca a finales de los 70 en la época que llegaron varios jugadores del Barcelona, con el sello de su calidad, pero sin acabar de triunfar sobre el césped del Camp Nou. Fue el caso del contundente Corominas, del entregado Manolo Tomé, del elegante Martínez, del fino Pérez, del sorprendente Albadalejo y del técnico Amarillo. De aquí ficharon a un magnífico central de barbas llamado Juanjo, quien al poco recaló en el Atlético de Madrid, colores con los que acabó triunfando.

Todos dejaron huella en la mejor Unión, la que tuteó a todos los grandes de la máxima categoría bajo la sabia batuta de García Traid. Fue la Unión de la añoranza donde el delantero tiñerfeño Juanito dejó impronta de su calidad como extremo a la antigua usanza. De los que corría la banda y dejaba sentados a los defensas con su exquisito regate y su preciso toque de balón, siempre al encuentro de la portería rival y buscando al ariete para dejarle al balón en los pies o en la misma cabeza y que solo tuviera que rematar a la red. Ese era Juanito, hoy llorado por su muerte, quien además fue autor de muchos goles, incluso algunos históricos para la leyenda de nuestra querida Unión.

Tras despuntar en el Tenerife de su tierra fichó por el Barcelona de Cruyff, de Neeskens, de Rexach, de Asensi, de Migueli…, en el que estuvo a punto de triunfar, pero a la par que se aclimató al equipo lo hizo también a la calidez de las noches barcelonesas y en las salas el Paralelo y las discotecas de la Gran Vía se hizo famosa, muchas veces hasta las primeras claras, la presencia de este brillantísimo jugador que lo apodaron, inicialmente, como ‘el vieja’. Después como ‘Cantinflas’ por el gran parecido que tenía con el genial cómico mexicano, pero éste último mote como le hacía poca gracia optó por dejarle crecer el pelo a lo afro y un bigotón, muy a la moda de la época, para despistar. Sin embargo la fama de noctámbulo le ganó el fenomenal jugador y acabó en el Hércules, donde tampoco triunfó y de ahí se vino al Salamanca, cuando la Unión tenía un talento especial para fichar jugadores, que ya nadie quería y aquí acabaron convertidos en leyenda.

Fue el gran Juanito, el canario que protagonizó inolvidables tardes en el Hemántico y en todos los campos de España vestido de blanquinegro, querido siempre por la grada y aplaudidas todas sus acciones, porque era un jugador que siempre caía bien a la afición. Artista del balón y futbolista elegante que pudo haber sido una de las grandes figuras de sus época, en Salamanca también se enamoró de las noches, aunque eso no fuera obstáculo para dejar de rendir, aunque pronto la chasca charruna lo bautizó como Juanito ‘ginebra’ y ya con ese remoquete fue conocido en esta tierra de la que un día se marchó para regresar a su Tenerife del alma a poner punto y final a su brillante carrera deportiva. Pero siempre quedo la huella de hombre simpático, bromista y con un corazón de oro.

Desde entonces, en cada tertulia de aficionados añorantes de la mejor Unión siempre se recuerda al gran Juanito, con su clase y talento, corriendo como un gamo la banda del Helmántico en tardes que contribuyó a escribir la historia más hermosa de ese club.