Una tarde en las carreras

En la tarde del domingo, el calor era insoportable en Vega Terrón. Apenas se podía respirar y los turistas aliviaban los rigores en el bar del restaurante, donde buscaban las boquillas de aire acondicionado. Allí, casi todos se asomaban a las ventanas para presenciar –como si fuera una romería– el colorista espectáculo del campeonato del mundo de Motonaútica, algo así como la Fórmula-1 del agua. La prueba se celebraba en la vecina villa de Barca D’Alba, donde se congregaron miles de personas, entre curiosos, aficionados, patrocinadores y periodistas.

Allí era todo un espectáculo presenciar a las lanchas volar sobre el Duero en un improvisado circuito realizado con boyas y ver las virguerías de las embarcaciones al llegar a las curvas para sumar ventaja sobre los rivales.

En la competición, Portugal, por aquello de ser el país organizador, tenía derecho a participar con una embarcación ‘extra’. Y lo hizo un moto, pintada de amarillo que conducía un piloto llamado Rui Ribeiro, según ponía el fuselaje. Aunque lo cierto es que Rui Ribeiro se limitó a participar como buenamente pudo o lo dejaron, pues ni tan siquiera acabó la carrera. Todo aquello, al columnista le trajo el recuerdo del campeonato del Mundo de Fórmula-1, cuando se celebraba en el circuito madrileño del Jarama y a España, donde no había ningún piloto estrella, siempre dejaban que participaba Emilio de Villota, que fue uno de los primeros españoles que disfrutó de esas carreras ‘desde dentro’.

Mientras las motos daban vueltas y más vueltas pisando a fondo para ver quién corría más, al excesivo calor se unía la humedad del Duero, por lo que de vez en cuando había que acudir a la vieja fonda a comprar botellas de agua. Agua mineral de la sierra de Caramulo, que es un lujo, pero que en esta ocasión no servía más que como refrescante ducha, en un improvisado baño que era amenizado por un espacio musical que ofrecía Radio Juventud de Lisboa y que estaba dedicado al Festival de Cante de Las Minas de la Unión, que estos días se celebra en tierras de Murcia y donde el cineasta Carlos Saura, que había pregonado la actual edición, era entrevistado. Precisamente, Saura, que habla perfectamente en portugués tuvo un recuerdo para los cientos de mineros lusos que trabajaron en esas explotaciones y contribuyeron a hacer realidad un certamen que, desde hace tiempo, es cita obligada de los amantes del flamenco.

Enfrente del puerto de Barca (que hace varios años construyó Portugal ante la incapacidad española de no saber gestar el muelle de Vega Terrón) se encuentra –vacía, aunque bien cuidada– la casa del afamado poeta Guerra Junqueiro, donde recibió varias veces la visita de Unamuno.

En esa misma mansión, mucho después de la muerte del vate y cuando era propiedad de sus herederos, residió como casero un español de aspecto distinguido. Se trataba de un republicano español que se instaló en Barca tras permanecer varios años exiliado en Tarbes (Francia), donde huyó tras la Guerra. Precisamente, en la guerra fue ayudante de cámara del general Llano de la Encomienda. Luego, en Francia se casó con una maestra portuguesa, con quien marchó a su tierra, donde cada mañana, al abrir la ventana para ver el muelle de Vega Terrón, se quedaba contemplando el tren que iniciaba su recorrido camino de España.

Y es que viajar a Portugal siempre es una sorpresa que encuentra el viajero en su camino.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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