Adiós a tu alma soñadora, Pana

Pana, ya te fuiste envuelto en el manto de la grandeza para dejar herrado tu nombre junto al de las leyendas que murieron en la arena. El de los toreros que han escrito su historia con la letra roja de su sangre que escapaba a borbotones. Como te ocurría cuando algún toro te rompía la piel y mientras te suturaban decías: “Mi doctor, ¿podré matar el segundo?”. Ya formas parte de la historia que tu has rubricado con pasión y dominado por esa personalidad tan especial que hizo de ti un ser distinto. Porque podrías gustar o no, pero a nadie dejabas indiferente con tu alma soñadora.

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Y tú que eras recio y temperamental. Tú que has sido un rebelde –con causa- ya estás en esa eternidad rodeado de los toreros que te adelantaron en un camino del que nadie escapa y todos tenemos la fecha apuntada para hacerlo. Pero ese camino, al igual que un paseíllo vestido de luces, también es de grandeza y en el que seguro que, con tu temple y mano izquierda, ya habrás ido al encuentro del maestro Manolo Martínez, el que te retiraba de las ferias durante los muchos años que mandó en el toreo mexicano, para decirle que al final lograste tu sueño tras aquella despedida que transformaste en tu reaparición. Aquel histórico 7 de febrero de 2007 en la que casi la mayoría te descubrimos y para unos eras fantasía, para otros bisutería, pero realmente dentro de ti había un torero que quedaba por rubricar lo mejor de su vida artística. Fue la tarde que conmocionaste con el brindis de aquel toro de Garfias que dio la vuelta al mundo:

«Quiero brindar ese toro, mi último toro de mi vida de torero en esta plaza, a las damitas, damiselas, meretrices, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas; las de tacón dorado y pico colorado, las putas, las buñis; pues todas ellas mitigaron mi sed y saciaron mi hambre y me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, y acompañaron mi soledad. Que Dios las bendiga por haberme amado tanto. Va por ustedes».

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Impactaron tanto aquellas palabras que hasta el ‘mandón’, el ‘manito de oro’ –Manolo Martínez- allá donde esté ha acabado rendido a tu personalidad, la que tanto despreció en la época que te cerró todas las puertas y tenías que sobrevivir como buenamente podías, a veces incluso lejos de la ley protegido en las habitaciones de esas meretrices a la que agradeciste el cariño que te dieron cuando la sociedad te dejó orillado en las cunetas del olvido. Pero en aquel hombre inquieto e inteligente, que eras tú y no te dejabas llevar por las normas establecidas y menos por los abusos, realmente no había más que un torero con aromas de genio. Si, un torero que se pasaba horas leyendo la vida de Joselito, de Belmonte, de Gaona, de Armillita Chico y de todos los grandes maestros que en el mundo han sido. Y quien veneraba a aquel genio gitano trianero de ojos verdes apodado Cagancho que acabó en México un poco hastiado de su patria y harto de la leyenda de “como Cagancho en Almagro”. Si, porque pocos espadas tenían tu formación taurina. Que yo la comprobé.

Hoy todo es recuerdo y ahora te has ido porque un hombre libre como tu era incapaz de vivir entre tantos tubos y ni por asomo imaginas verte en tu casa de Apizaco atado a un cuerpo que se había convertido en tu propia jaula. Una jaula en la que jamás ibas a poder vivir en libertad con esas manos inertes ya no podían mecer el capote, ni tampoco volver a interpretar el toreo al natural. Y por tanto se había secado el pozo de la ilusión y ya no querías ver el azul del cielo, ni el verde de los árboles, porque solamente te enamoraban los colores de un coso taurino y las que trae la emoción de las embestidas de un toro. Porque ahora ya no eras ese Pana que deslumbró al mundo aquella tarde que, gracias a tantas cosas más allá de un brindis, transformó una despedida en la más bella de las reapariciones.

Hoy, en la agonía de la Feria de San Isidro, que tanto soñaste y en la que nunca perdiste la esperanza de confirmar tu alternativa te has ido. Y este día, en la que te lloran los aficionados, los cielos de Madrid están tristes y encapotados por tu marcha porque el corazón de El Pana ha dejado de latir para poder vivir en esa libertad que a nadie dejaba indiferente gracias a tu alma soñadora.

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Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

One thought on “Adiós a tu alma soñadora, Pana

  1. Gran artículo lleno de sentimiento y humanidad.Se ha ido un hombre libre y fiel a sí mismo.Hasta donde yo sé,no hizo mal a nadie.
    Quizas como dice una oración que se oye en ceremonias militares»…no quiso morir de otra manera»
    Saludos.

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