Huérfanos del mechón más torero

Sin nada que lo frene el tiempo corre a la velocidad de la luz y hoy nos encontramos con el quinto aniversario desde que Antoñete se fue a torear con los ángeles de la eternidad y quedamos huérfanos de él. De su personalidad arrolladora recogida en ese mechón tan solemne que fue una de sus identidades, porque era el reflejo de su empaque y torería.

Fue una ventolera de aire fresco en su reaparición soñada de los 80 y entonces, junto a la también deslumbrante torería de Manolo Vázquez, cautivó a los chavales de esa época que llegábamos a la Fiesta para identificarnos ya para siempre con la Tauromaquia gracias al particular banderín de enganche que supuso su nueva irrupción en los ruedos.
EXPOTOR22.tif Producción ABC.

Fuí muy de Antoñete en los años mozos y aún en tiempos de aquella rivalidad con Julio Robles a cuenta de un quite en Madrid que separó amistosamente a los dos maestros durante una época, pero grandiosa para el toreo por la dimensión ofrecida por ambos colosos y supuso que quienes abarrotaban esa tarde Las Ventas la abandonasen toreando de salón. Porque entre Robles y Antoñete viví dos pasiones en esa época –sin olvidar a otros muchos toreros que me cautivaron, porque casi todos tienen algo para admirar-, cuya catarata de pureza sigue fresca y presente en los almacenes de mi memoria

Chenel fue uno de los toreros más grandes que vieron mis ojos, siempre con la verdad por delante en medio de naturalidad que desprendía su torería. El más madrileño de todos –sin olvidar a Vicente Pastor, Marcial, Luis Miguel, Julio Aparicio, Teruel… que hicieron siempre gala de su madrileñismo- y al que su ciudad natal no ha correspondido con la promesa hecha de cuerpo presente para distinguirlo con una calle cuando la merecía más que nadie. Como también su recuerdo, tan presente en la afición, debería perpetuarse en un bronce.

Sobre todo porque Antoñete fue la esencia de una época y el reflejo de la más pura torería personalizada en su mechón. Ese que nos dejó huérfanos hoy hace ya cinco años.

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Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

Un comentario en “Huérfanos del mechón más torero

  1. Un buen recuerdo, Paco, como siempre haces en homenaje a los que ya no están!! Si me lo permites, pondré estas palabras que Joaquín Sabina le dedicó en su día en forma de poema. “Esta tarde la sombra está que arde,
    esta tarde comulga el más ateo,
    esta tarde Antoñete (dios lo guarde)
    desempolva la momia del toreo.

    Esta tarde se plancha la muleta,
    esta tarde se guarda la distancia,
    esta tarde el mechón y la coleta
    importan porque tienen importancia.

    Esta tarde clarines rompehielos,
    esta tarde hacen puente las tormentas,
    esta tarde se atrasan los mundiales.

    Esta tarde se mojan los pañuelos,
    esta tarde, en su patio de las Ventas,
    descumple años Chenel por naturales.”

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