El Cruce, emblema del Campo Charro

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Volver al mesón El Cruce es sentir el poso del Campo Charro en un rincón mágico y con leyenda. Es refugiarse en la raíz de esa tierra. En los misterios de su pasado y en la grandeza que la convirtió en mítica. Allí, en ese viejo mesón, hoy moderno restaurante, llamado El Cruce, en honor a su ubicación, enclavado junto a los encinares, en el que se escuchaba el turreo de los toros bravos, se guarda la esencia de la más pura charrería.

El Cruce es un rincón cargado de solera y torería adquirida a través de los tiempos. Un rincón con pedigrí y sello propio que desde finales del siglo XIX, cuando abre sus puertas, hasta la actualidad, ya superada una década y media del XXI, ha mantenido su esplendor. Y su hegemonía, sin perder la esencia que lo ha hecho grande y merecedor de una fama que se extiende por medio mundo.

Es un lugar que desprende glamour y solera. Tanta que si las paredes del Cruce hablasen se podría escribir un obra sobre el toreo que se convertiría en un bell sellers. Sus paredes son confidentes de miles de secretos, de motivaciones, de largas negociaciones entre apoderados y ganaderos, bromas entre profesionales, o de sembrar acontecimientos. Como Paco Camino una noche cenando con José Antonio Chopera y Gabriel Aguirre, el yerno de Atanasio Fernández, en cuya finca de Campo Cerrado pasaba unos días, decide allí dar el paso adelante para la encerrona en solitario de la corrida de la Beneficencia de 1970. Gesta que pasa a la historia del toreo gracias al triunfo contundente de Camino.

Si esas paredes hablasen se sabrían confidencias de Juan Belmonte en una de sus primeras venidas a Salamanca para a tentar a la finca de Angoso, en Villoria de Buenamadre y mientras esperaba el tren para marchar a Salamanca comió en El Cruce. O más tarde con nombres señeros de protagonistas, como fue el gitano Cagancho, el malogrado Manolo Granero, Victoriano de la Serna… junto a muchos más hasta llegar a Manolete, frecuente en esa casa. Manolete pasa varias veces por El Cruce y fue su punto de escala al ir de Villavieja a Campo Cerrado. O al marchar de Martín de Yeltes para San Fernando. Después, ya nadie destacado en el toreo queda sin visitar este asolerado y prestigioso restaurante. Por allí pasa Luis Miguel Dominguín, también su cuñado Antonio Ordóñez, al igual que los hermanos Girón o, sobre todo, Emilio ‘Jumillano’, fiel cliente. También fue habitual Julio Aparicio, quien pasaba temporadas en la cercana finca de Pedraza de Yeltes y buscaba un rato para ir a comer al Cruce. O con la llegada de los 60 y sus nombres míticos como Camino, El Cordobés y, especialmente, El Viti… frecuentaron esta prestigiosa casa de comidas, referencia en el mundo del toro. O más tarde gente de la talla de Paco Pallarés -siempre fiel a esa casa-, Curro Vázquez, José Fuentes, Manzanares, pero más que ninguno Julio Robles -quien además fue camarero del Cruce al despertar su vocación torera-.

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¡Cuánto me gustaría escuchar los secretos guardados en los silencios de esas paredes al llegar los taurinos y, antes de la llegada de la telefonía móvil, se tiraban del coche para alcanzar al teléfono y ponerse al día de la actualidad!

Son algunas anécdotas de las muchas que existen en ese lugar, guardián de tantas confidencias, secretos e ilusiones que brotaron un buen día al calor de su esplendor. Allí, entre la solera de su grandeza, o entre el calor humano de sus regidores. Ocurre ahora con Ángel y su familia, buena gente donde los haya. Ángel tras una vida que ve la luz en la vecina villa de Castraz y después de recorrer medio mundo, con larga estancia en Barcelona, desde hace tiempo ha encontrado la paz al frente de este emblemático establecimiento en el que ha sabido sujetar con arte las riendas de su historia, en el mismo que conviven las gentes de la zona con la torería andante que va y viene en invierno a tentar a Salamanca.

En El Cruce, que es un retazo de la historia del Campo Charro.

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José María Manzanares, Paco Pallares y Julio Robles, una terna en el cielo, junto en El Cruce. 

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El maestro Juan Mora, en una de sus visitas al Cruce en una tarde de campo invernal.

 

 

 

 

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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