Bilbao y su cambio de paso

Tras el tsunami llega la reconstrucción. Pasada la riada viene el momento de ponerse manos a la obra para trabajar y recuperar la normalidad. Sin buscar justificaciones, paños calientes o burladeros para aferrarse al cargo quien desde hace tiempo debía estar fuera de toda gestión. Ha llegado la hora de escribir un nuevo capítulo, taurinamente, en Bilbao; de tratar de enderezar su rombo perdido antes de que sea demasiado tarde. Sería tremendo que esa plaza se sumase a las de Barcelona, Palma, La Coruña, Vitoria… y en este instante siendo objetivos y con las campanas de su prestigio, que siempre fueron de bronce, ahora fundidas en latón está bastante más cerca de ellas que de su pasado esplendor.

Es el momento de tomar decisiones y tratar de atajar la problemática que se ha devorado la inmensa categoría que gozó esa plaza, donde los triunfos de Roca Rey y Diego Urdiales no salvan el gran fracaso de una feria que ha visto como en los últimos años la afición la daba la espalda, hasta que la recién finalizada feria ya ha superado las más negativas previsiones. A nadie escapa que el público de Bilbao ha dado la espalda a los toros, una Fiesta que allí ha escrito muchas de las más grandes páginas de su historia. Y digo público, no aficionados, porque está especia está en vías de extinción y, en gran parte, cuando acude a los tendidos de Vista Alegre es tan distante de aquel aficionado de Bilbao que marcaba diferencias. Y eso que estamos ante una de las pocas capitales que mantiene actividad durante todo el año, con sus entidades taurinas tan vivas. Ahí está el modélico Club Cocherito, presidido por el insigne Antonio Fernández Casado, grandioso aficionado y escritor taurino, que abre sus puertas todos los días y cada semana acoge un coloquio o evento para que la Fiesta siga viva todo el año. O el Club Taurino de Bilbao o la peña La Campera, sin olvidar otros de las vecinas poblaciones de Llodio, Orduña…

Ahora mismo la principal solución es pasar el escobón sobre la Junta Administrativa y ‘jubilar’ a toda la directivos. Especialmente a Javier Aresti, buen aficionado, habitual en todas las ferias, pero que sin embargo no supo tocar la tecla para que el corazón taurino de Bilbao siguiese latiendo al buscar más las élites que la base y enterrando la grandeza que guarda esa plaza en su historia con las novilladas. Y si Aresti debe irse antes que él debe hacerlo Juan Manuel Delgado, taurinamente siniestro y siempre tan amigo del protagonismo, de ser entrevistado, de ir por los callejones de las ferias, de estar bajo los focos… aunque todos sean conocedores de su enorme incapacidad. Y la prueba ahí está, nada es inventado, solamente decir que de brujo no se ganará la vida, porque en marzo prometía en la entrevista concedida a un medio que en la edición de 2018 las ‘corridas generales’ tendrían unos ¡2.000 o 3.000 abonos nuevos!

Y si a Delgado lo vuelvo loco el protagonismo no digamos nada a quien ahora mismo es otro cáncer de esa plaza, al presidente Matías González, quien si hubiera dejado el cargo hace media docena de años lo habría hecho a lo grande. Pero le pudo el ego, ser diana de la noticia y desde ahora, cuando paseé por la calle, siempre lo mirarán como otro culpable del desprestigio adueñado de Vista Alegre, de ser un chaquetero y de bajarse los pantalones. Directamente ha sido así.

Después, una vez que la nueva Junta Administrativa funcione, hace falta buscar a alguien de garantías que gestione la plaza en el nuevo paso. Y ahí está el futuro de Bilbao, en elegir bien o mal. Si confían del ‘sistema’ que solamente piensa en hacer caja de manera rápida y olvidar que existe futuro, esa plaza puede tener los días contados. Me refiero a Matilla, Casas, Valencia… Lo mismo que si llega una UTE formada por las grandes empresas –o sea el ‘sistema’-, algo semejante a lo ocurrido en su día en Málaga y que acabó siendo catastrófico. Ojalá aquí no caigan en ese error.

La nueva empresa que se haga cargo tiene ante sí varios dilemas. Una mantener el prestigio y al seriedad del toro de Bilbao, que ha sido la baza de esa plaza y la que históricamente ha dado categoría a las llamadas ‘corridas generales’. Otra, importantísima, bajar el precio de las localidades de manera drástica, porque esas cifras que lo convierten junto a Sevilla, Salamanca, Ronda, San Sebastián… en las más caras, no se puede pagar en todos los festejos. Y aquí llega otro dilema al costar lo mismo una corridas de figuras, que el cartel de una integrada por tres modestos, otro punto que necesita un cambio ya. Y es que las localidades tengan un precio razonable, porque eso ha sido otra de las causas de las deserción.

Y por otro lado, visto lo visto, hay que rebajar el número de festejos, al menos en los años venideros hasta ver qué ocurre y qué pide realmente esa plaza. Bilbao, que hasta hace una década era una feria de llenazo y reventa en muchos de sus carteles, ya no soporta una semana entera y es penoso ver dominado el graderío por ese azul que es el color de la ruina. De esa ruina que en esta última edición de la Aste Nagusia ha producido un auténtico tsumani y haya hay que ponerse manos a la obra de la reconstrucción. Porque perder Bilbao sería gravísimo para el futuro de una Fiesta herida.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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