El ejemplo de Juventud Taurina

La gran sorpresa de esta feria charra, a falta de su clausura -con el postre ecuestre del viernes- ha sido ver en La Glorieta a casi mil chavales cada tarde. De muchachos que antes les era imposible asistir a la plaza, ahora, y gracias a ese abono joven que ha sido un éxito, han visto sus puertas abiertas, porque de otra forma, con los prohibitivos precios existentes en Salamanca, sería impensable.

Es un vivero de nueva afición que se antojaba necesario para Salamanca, tan necesitada de un aire fresco. De gente que viniera atrás dispuesta a ser la infantería que, desde primera línea de fuego en la trinchera de le reivindicación, defendiese el honor del toro bravo y la verdad de esta Fiesta, tan apaleada y masacrada. Porque la gran sorpresa es que no ha sido una juventud contemplativa, que acude al tendido dejándose llevar por el colorido o contagiándose de aplausos fáciles. Ni mucho menos y ahí vimos su ejemplaridad al pitar al palco cuando don Ramón se liaba a regalar orejas a lo loco. O en el exagerado indulto del toro de Montalvo –que no era más que de vuelta al ruedo-, donde fue el sector de la plaza que más se indignó. O en muchos momentos cuando salían toros indecorosos y ellos lo recibían con la justa pitada que merecían. Al igual que aplaudir detalles que pasaban inadvertidos para el público bullanguero y esos chavales le daban le categoría que merecían.

Brindo por ellos, porque me han recordado en muchas ocasiones a aquel tendido ‘5’ de Salamanca, que durante años era el más inquieto, el más protestón, el que liaba broncas al ver salir a toros afeitados o cuando se concedían orejas de saldo a las figuras. El testigo de aquel ‘5’, que pronto desapareció y trajo largos años de sequía, ha sido tomado por estos muchachos de la Juventud Taurina, un feliz descubrimiento de esta feria. Porque en ellos está el vivero del mañana.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de colaborar en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto de Toro me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

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