Pinto, ¡la que nos has liado!

Hay días que nunca deberían de haber amanecido, querido José. Porque cuando recibes un hachazo así, de frente y en frío, quedas bloqueado de impotencia, hundido en un montón de preguntas que no tienen explicación. ¡Un tío como tu jamás podía morir! Te bebías la grandeza de la vida a sorbos y la disfrutabas a cada momento, sin dejar nada atrás y si era para hacer el bien llegabas el primero. ¡La que nos has liado! Diciendo a todo que adelante, más para los actos benéficos o de ayudar a la gente y es que realmente tu vida fue eso, solidaridad. Y siempre con esa sonrisa campechana, que fue otra de tus identidades.

Te habías ganado a todo un país y, especialmente, en tu tierra lograste poner tu nombre en lo alto del podio de admiración y de respeto desde que te convertiste en un gran embajador y a la par en ese escaparate que tanto necesitaba La Raya, la Socampana, el Campo Charro y ese rincón de la comarca de Ciudad Rodrigo que pusiste en el mapa al convertirte en un icono televisivo y ser admirado cada tarde por tantos millones de personas gracias a tu inmensa cultura y esa bonhomía que enamoró a España. Y fuiste un batallador si llegó el caso y ahí está tu implicación contra la especulación en tu ejemplar labor frente a esas minas de uranio que pretenden destrozar los campos de Retortillo para envenenar uno de los más hermosos rincones de la charrería. Ahí llegaste tu, avalado por tu fama de la tele y con la identidad de tu grandeza humana, sin perder tu verdad y señorío para dar otra lección de dignidad. Porque siempre estabas donde eras necesario y más en actos benéficos –Cruz Roja, lucha contra el cáncer…-, atendiendo a todo, regalando sonrisas antes de regresar a tu querido Castillas de Flores para seguir al frente de tu explotación ganadera.

Ayer nunca debió estar en los calendarios, amigo. Porque la noticia de tu muerte fue un mazazo cuando a primeras de la tarde, de viaje a Segovia para comer en ese templo gastronómico de Los Mellizos, en Carbonero el Mayor y disfrutar de una velada taurina al lado de los amigos del Espontáneo, en un alto del camino, al mirar el teléfono enseguida supe que algo ocurría al observar una treintena de llamadas perdidas, señal inequívoca que los números no cuadran y estás casi seguro que abre la puerta de las peores noticias.

– Ha muerto Jose Pinto de un infarto.

Desgraciadamente esa noticia se confirmó rápido, Y si, era tu, Pinto. El gran Jose -sin tilde-, el del inmenso corazón, con quien ya teníamos prevista la excursión de mañana a Ciudad Rodrigo para ir a escuchar tu pregón de Carnaval, junto a nuestro Antonio Risueño, seguros que sería una maravilla recuperando tus recuerdos y vivencias en esa joya de Miróbriga. Y antes darte un abrazo cuando fueras arropado por la Corporación Municipal desde la Plaza Mayor al Teatro Nuevo, escoltado por dos maceros, como si fueras un jefe de Estado, porque a fin de cuenta tu te has ganado a las gentes de tu tierra y has hecho más que cualquier político; todo por beneficiar al prójimo con el orgullo de haber nacido en ella, sin buscar nada a cambio. ¡Cuánto deben aprender de ti! Y ahora nos dejas huérfanos, al igual que queda esa preciosa capa de paño, con las vueltas de seda encarnadas, que ibas a estrenar mañana en el pregón y la habías encargado con tanta ilusión en una sastrería de Salamanca cuando la otra tarde fuiste con el gran Félix Rodríguez –el amigo que tantas copas nos sirvió en la discoteca Amayuelas hace ya tantos años- a tomarte las medidas.

 Casi no tengo palabras para decirte, porque contigo se va un gran amigo y un maestro de quien tanto apr endí. Solo sé una cosa y es que hay días que nunca deberían de haber amanecido, querido José.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

2 comentarios en “Pinto, ¡la que nos has liado!

  1. La Salamanca Universitaria también tenía otros embajadores únicos por la grandeza de su sencillez: El Viti, Del Bosque, Pinto… ¡Qué magníficos ejemplos de nuestra tierra!

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