Archivo por meses: agosto 2019

La huella charra de Manolete

Se cumplen 72 años de la muerte en Linares de Manuel Rodríguez Sánchez. Del colosal Manolete, dueño de una personalidad extraordinaria. De quien tanto se ha escrito –es el torero del que más libros se han publicado-, de quien más se ha hablado, disertado en conferencias, mesas redondas… Sin embargo en ningún lugar se escribió o habló, o publicó, algo fundamental en su trayectoria como fueron sus habituales retiros invernales en el Campo Charro, lugar elegido para la búsqueda de su paz interior.

Durante la feria de Salamanca de 2017 tuve el honor de conferenciar en el precioso Casino de Salamanca sobre el paso del coloso por esa tierra, bajo el título La huella charra de Manolete. Ese día, gracias a don Alberto Estella Goytre –presidente de la institución-, glosé sobre las vivencias y anécdotas protagonizadas por Manolete durante los siete inviernos que se estableció en las fincas de Salamanca, tierra a la que se desplazaba cuando llegaban los fríos invernales tras la bajada del telón de la temporada.


Luciendo una capa charra que le regaló don Antonio Pérez y le confeccionó Celso García, el más afamado sastre salmantino 

Manolete escribió parte de la grandeza del Campos Charro, al igual que tantos otros toreros, fraguaron su arte al amparo de las ganaderías de esa tierra. Algunos de la importancia de Manuel Jiménez Chicuelo o Manolo Granero, aunque estos lo hicieron desde sus inicios, mientras que Manolete vino ya en sus tiempos de figura. Después llegarían infinidad de ellos, tanto que gran parte de las figuras guardan numerosos vínculos con Salamanca. En el caso del coloso de Manolete fue íntima su vinculación con Salamanca por el recuerdo de tantas cosas acaecidas durante los siete años que frecuentó sus campos, convirtiéndose su presencia fue habitual en las principales casas ganaderas de la provincia. Manolete viaja a Salamanca durante los inviernos comprendidos entre 1940 y 1945. También lo hace por dos veces en 1946, año que solamente torea en España la Beneficencia de Madrid y pasa parte del año en América. Por último, en la primavera de 1947, realiza sus últimos viajes al Campo Charro.

La primera persona de aquí –o instalada aquí- que conoce a Manolete y tiene relación con él es Isidro Ortuño Jumillano, padre de Emilio Ortuño Jumillano. Él hace posible su debut de novillero en La Glorieta en 1937, además de estar siempre muy unido a la futura figura y de frecuentar su casa de Martín de Yeltes –hechos referenciados en el correspondiente capítulo dedicado a Jumillano-.

Una familia muy identificada a él fue es la de Galache, en cuya casa solariega de la finca de Hernandinos –cercana a Villavieja de Yeltes- pasaba largas temporadas. Aquí la semilla de la amistad se siembra en el momento que José Flores Camará, el apoderado, llama a Paco Galache para decirle que van a venir a reseñar dos corridas y un festival, después de haber matado unos festejos y disfrutar con la calidad de esa divisa. A partir de entonces comenzó una amistad tan fraternal que, antes de empezar la temporada, disfrutaba de un tiempo en Hernandinos. Y a la par llegaron históricas corridas triunfando con estos toros que pastaban en Hernandinos, entre ellos un mano a mano con Domingo Ortega, en Toledo. O la inolvidable de Valencia donde cortaron hasta las patas en una apoteosis total.

Manolete, que era un hombre de costumbres sencillas, disfrutaba en el campo y en él era feliz aprovechando para cazar, tentar y tertuliar al calor de la chimenea, también como buen andaluz ningún día faltaba a la siesta. Después le encantaba coger la escopeta y salir al monte a ver si encontraba un bando de perdices. Se cuenta que el primer conejo lo cazó en Hernandinos y él mismo afirmaba que le había producido tanto emoción como torear.

Los tentaderos le gustaban que no fueran muy largos, ni con gente, por lo que casi nunca solía tentar más de tres vacas, al ser partidario de apurarlas hasta el final. Lo justificaba diciendo que, “la que es brava lo es hasta el último momento y a veces se le descubren los defectos cuando ya se le han dado más de cien pases”. En un tentadero lidió a la famosa vaca Trianera –de la rama Urcola-, que fue madre de varios sementales emblemáticos en la divisa de Galache. En la finca pasaba semanas enteras saliendo solamente para ir a misa a Villavieja de Yeltes, siempre acompañado de los hermanos Paco, Salustiano y Eusebia. Su presencia en Villavieja –pueblo que guarda toda la pureza de las tradiciones charras- era un acontecimiento y la chiquillería admiraba sorprendida a quien era el mayor ídolo social de la época. El desplazamiento se hacía en el vehículo de Manolete, que aparcaba en la preciosa Plaza Mayor, excepto las veces que la ribera venía crecida y debían atravesarla en un coche de caballos, que era propiedad -y aún conserva- la familia Moro, dueños de la fonda de Villavieja –uno de ellos es Antonio Moro Fondaco, novillero que rivalizó con El Viti en sus inicios-. La fonda de Villavieja la frecuentó en otras ocasiones para comer y reunirse con más ganaderos de la zona, caso de Manolo Santos Galache, Dionisio Rodríguez o Rogelio Miguel del Corral.

Comentado con Atanasio Fernández un tentadero, sentados ambos en el brocal del pozo de la casa de Campo Cerrado.

Los desplazamientos también los aprovechaba para hacerse calzado campero que se elaboraba con los magníficos curtidos de Villavieja de Yeltes y el afamado artesano zapatero, señor Pompeyo Cuadrado, los convertía en preciosos botos. También le hizo botos y botines de tafilete, el señor Ciqui, del pueblo de Carrascal de Obispo, otro nombre destacadísimo entre los grandes artesanos del cuero que dejaron impronta en la provincia de Salamanca.  Como anécdota señalar que la última vez que acudió a Hernandinos, en 1946, se celebró un tentadero en honor de la Duquesa de Alba, recién prometida con Luis Martínez de Irujo. Dado que ese año compareció una única vez en los ruedos, la Duquesa insistió en verlo torear y como solamente podía ser en el campo, invitada por la familia Galache se dirigió –junto a su prometido- a esta finca charra para disfrutar con su toreo.

Tras Jumillano y la familia Galache, su abanico social se fue extendiendo en la provincia y goza de amistad con los hermanos don Antonio Pérez y don Alipio Pérez-Tabernero Sanchón, cuyas fincas frecuenta y triunfa habitualmente con sus toros. Con don Antonio coincide que su hijo Juan Mari empieza a torear y entre ambos surgen las confidencias propias de mozos de la edad, junto a la rendida admiración del salmantino por el cordobés, con quien comparte numerosas jornadas de campo. También se verán en numerosos carteles, incluso fue testigo de su alternativa aquí en Salamanca, en la feria de 1942, del que hay una curiosa anécdota reflejada en la semblanza de Juan Mari Pérez-Tabernero.

Manolete era un hombre observador, inquieto y elegante en el vestir. De ello da fe que un buen día de invierno se prendó de las elegantes capas castellanas que lucía don Antonio y, más aún, su hermano don Alipio. Al transmitirle a don Antonio su gusto por esa prenda, éste lo acompañó hasta la sastrería de don Celso García, la más prestigiosa de Salamanca, situada en la calle Zamora. Allí se tomó las medidas de una capa y a los pocos días, al ir a buscarla y abonarla, el dueño le dijo que ya estaba pagada por don Antonio. Fue una capa que estrenó el once de diciembre de 1944, fecha que es homenajeado por la intelectualidad en el famoso Lhardy de Madrid, al que acudió luciendo esa preciosa prenda que tanto llamó la atención.

1946 es especial para él y solamente, torea en España la Beneficencia de Madrid celebrada en septiembre. Entonces pasa mucho tiempo en Fuentelaencina, el pueblo de Lupe Sino, lo que no impide que viaje varias veces a Salamanca, siempre en su precioso Buick azul, que trajo de América para preparar el gran acontecimiento de ese año. En una de las esas ocasiones, siendo Manolete y lo que su nombre suponía, no lo dejaron quedarse a dormir en la casa que estaba invitado, al venir acompañado de Lupe Sino y no estar casados. Entonces se estableció en el Gran Hotel de Salamanca, siendo la primera vez que dormía en ese establecimiento lejos de la feria de septiembre.

Ese mismo año, en agosto coincide en Bilbao con don Alipio Pérez-Tabernero Sanchón a quien le pide venir unos días a su casa porque lleva meses sin ver un pitón. Don Alipio, encantado, lo invita a venir a Matilla y allí permanece dos semanas. En uno de esos días se celebra en la ermita de la finca la misa por el alma de doña Pilar, la mujer de don Alipio, fallecida a la edad de treinta años y Manolete acompaña al patriarca junto a sus hijos, quienes comulgan en el oficio. El torero no lo hace y al finalizar se disculpa con el ganadero: “Perdóneme don Alipio por no ir a comulgar, pero sepa que convivo con una mujer sin estar casado y estoy en pecado mortal”.

Durante esa estancia, el propio don Alipio y sus hijos, se dan cuenta que cada tarde se desplaza al pueblo de Matilla de los Caños para ir a la centralita telefónica, algo que llama la atención al tener ellos su teléfono particular en la casa ganadera. A don Alipio, percatado, le indican que las conferencias son a una mujer y entonces se dirige al torero para decirle: “Manolo sé que vas a llamar a la central de Matilla y te quiero decir que tienes el teléfono de la casa para ti, para lo que quieras”. A lo que el torero le dijo: “Es que entienda mi situación, don Alipio, no quiero molestar”.  Este fue otro hecho más que daba fe de su prudencia.

Acartelado con el salmantino Juan Mari Pérez-Tabernero y el sevillano Pepe Luis Vázquez

También fue asiduo en Campo Cerrado, en la casa de Atanasio Fernández, con quien intimó tanto. Allí, en la preciosa casa de esa finca estuvo la ultima vez que vino en Salamanca. Fue en 1947. Aquel año llegó de América en febrero y hasta junio que comenzó la campaña, la última y de final trágico, el mes de mayo lo vive en Campo Cerrado, donde le encantaba ir con el propio Atanasio y con el mayoral, el inolvidable Domiciano Pombo Domi a ver los toros a caballo. Tienta de manera habitual, aunque aquí por la cercanía de la finca con Martín de Yeltes, Cabrillas o La Fuente de San Esteban, se extiende la voz y, a diferencia de aquellos de soledad que tanto le gustaban, son frecuentados por la infinidad de curiosos que se desplazan a verlo. Y aprovechaban para admirar su impresionante vehículo, aquel que al llegar a algún lugar lo primero que decía era ponerlo al servicio de quien lo necesitase. Tras su marcha en la casa de Atanasio Fernández, donde también compartió momentos con don Manuel Arranz, excelente e inolvidable ganadero, que es otro amigo de Manolete, quedó la habitación tal cual la dejó y así ordenó el propio ganadero que nadie la tocase.

En esa lista tampoco podemos olvidar a más gente. A leyendas ganaderas vinculadas a Manolete. Es el caso de los Sánchez Rico, don Ángel Sánchez y Sánchez o a aquel salmantino universal llamado Manuel Sánchez Cobaleda, todos cercanos a él. De igual modo en esta lista aparece don Vicente Charro, quien crío numerosos toros que le facilitaron el éxito. A Llen, la finca de don Vicente, acudió en varias ocasiones y, una tarde después del tentadero, mientras comentaban cómo fue el desarrollo de la tienta, el grandioso torero se comió, él solito, una bandeja de obleas entre la sorpresa de los asistentes. Hasta entonces no conocía ese exquisito dulce tan salmantino y, a partir de ese momento, cuando venía a Salamanca era obsequiado con ellos y procuraba acopiar unas docenas para llevarlos a su casa de Córdoba.

La vida sigue y llega Linares y su feria de San Agustín que nunca debió estar en los calendarios. ¡Ay Linares! Para matar una de Miura, con Luis Miguel Dominguin, que tanto apretaba y su amigo Gitanillo de Triana, para abrir cartel. Entonces ya se manifiestan sus ojeras, fruto del cansancio y él no deja de pregonar su deseo de que llegue octubre para buscar la paz. Ese octubre que nunca llegó para Manolete. Esa noche, España, se acostó con la inquietud de la grave cornada inferida a Manolete por el toro Islero, tras escuchar la noticia en Radio Nacional y a la mañana siguiente se levantó con la trágica noticia de su muerte. Por la tarde, al llegar los primeros periódicos vespertinos anunciando su muerte, la gente hacía colas en los kioscos. Salamanca sintió aquella muerte como algo propio y, a las pocas fechas, se celebró una misa en su memoria en la iglesia del Carmen, de la calle Zamora, quedando numerosa gente sin poder acceder al abarrotado templo. También las ermitas ubicadas en las fincas ganaderas de Matilla de los Caños, Llen o la pequeña iglesia de Campo Cerrado acogieron celebraciones religiosas a su memoria.

España, sobrecogida por el drama de su ídolo, también vivió la otra cara de la moneda en la infinidad de muchachos que despertara n su vocación taurina al son de esta muerte que aupó a los altares de la mitología al protagonista.

¡Porque había muerto Manolete!

Conferencia celebrada en el Casino de Salamanca con motivo del centenario de su nacimiento

Adiós al señor Víctor, que hizo gala de la bonhomía

Del señor Víctor siempre recordaremos la bonhomía y hospitalidad que hizo gala, junto a la simpatía que regaló a quien se acercó a él durante su longeva existencia, porque era una de esas personas que contribuía a realzar su lugar de residencia. Lo recuerdo detrás de la barra del comercio grande de la Plaza, el de Francisco García, el llamado señor Quico y que más tarde pasó a manos de su hijo Modesto, ya con el nombre de Sucesor de Francisco García. Allí durante 50 años fue la persona de confianza, desde que cada mañana abría la trapa hasta que la cerraba al final de la tarde, siempre con exquisito trato a quien se acercó para consultar algo, recomendando al detalle la más adaptado a la necesidad del cliente, virtudes que le hicieron ser un hombre tan respetado y  llegó a contar con la amistad de tantísima gente. Conocía hasta el más mínimo detalle del sector de ferretería, hasta el número de piezas de una correspondiente medida en un determinado peso. También en las mañana de los domingos por las calles de La Fuente, después de regresar del huerto –cultivaba los mejores tomates del contorno- y casi siempre rodeado de algún familiar o la cuadrilla de amigos para hablar de la vida con el respeto que se supo ganar dando una vuelta por los bares fieles a la sana costumbre de tomar unos vinos.

                          Junto a su hijo Juan Carlos, en una foto reciente

Aficionado a los toros disfrutó plenamente de la Fiesta y supo admirar el arte de Pepe Luis Vázquez, el de Manolete -a quien además vio torear en varios ocasiones en Campo Cerrado-, de Antonio Ordóñez, de su amigo Jumillano, de los hermanos César y Curro Girón, tan habituales en el Campo Charro y a quienes trató con frecuencia, a Julio Aparicio y por encima de todos a Santiago Martín El Viti siendo un apasionado vitista y rendido admirador de la figura de El Viti, el maestro de la vecina villa de Vitigidino. Y más aún, el interés por la Tauromaquia aumentó a raíz de la magnífica baraja surgida en La Fuente de San Esteban, gracias a Paco Pallarés, Juan José y Julio Robles. Y hasta se ilusionó en los albores de los setenta cuando su hijo José Dani quiso ser torero y durante un par de años fue habitual en carteles de la provincia, porque para él sus hijos fueron la debilidad, siendo un gran padre y abuelo, pendiente de los detalles para tratar de allanar el camino de la vida, con el consejo justo y oportuno.

                           Cuando entrenaba al equipo de La Fuente en tarde triunfo

Si fue un distinguido aficionado a los toros, nunca quedó atrás la pasión por el fútbol, donde incluso fue el entrenador del equipo local en un tiempo que fue la referencia deportiva en esa comarca. Después estuvo muy arraigada su pasión a los colores blanquinegros de la Unión Deportiva Salamanca, de la que recordar históricas alineaciones de los años de la postguerra… con la leyenda de Pruden, junto a Joven, Nano, Dámaso… O tiempo más tarde fue rendido admirador de Abilio, para muchos el mejor jugador nacido a la vera del Tormes, hasta vivir momentos de máxima felicidad como la noche primavera de 1974 que, ante el Betis, el histórico gol de Sánchez Barrios aúpa a la UDS por primera vez a la máxima categoría y la ciudad sueña despierta ante la conquista de un hito hasta entonces inimaginable. Sin embargo, en su corazón también guardó una inmensa admiración por el Barcelona a raíz de la llegada de Kubala al conjunto culé y que ya nunca abandonaría. Porque el señor Víctor era fiel a sus ideas, siempre progresista y que todo el mundo pudiera vivir, al orgullo de la familia, al trabajo donde sumó medio siglo siendo un operario ejemplar. Pero por encima de todo a la propia existencia, dejando tallada su humanidad con la bonhomía y señorío que supo impregnar en todos sus pasos.

 

¿Quién ha vaciado Bilbao?

El Bilbao taurino, sumido en tiempos de confusión, añora su viejo esplendor. Aquellas tardes de la nueva Vista Alegre, que durante muchos años fue la plaza más moderna y con aficionados que la abarrotaban llegados de toda España y Francia, junta a  la sabia y exigente afición local. La Aste Nagusia, tras Madrid y Sevilla era el ciclo de mayor relumbrón, todo ello bajo los patrones de la seriedad, porque un triunfo en Bilbao volvía a dar sitio y credibilidad. Que pregunten a Ponce que, en las llamadas corridas generales de 1991, allí logró el éxito que ya lo lanzó a las ferias convirtiéndolo, además, en el rey de Bilbao tras cuajar a aquel Naranjito de Torrestrella. O tres años antes, en 1988, cuando Manili, en la eclosión que vivió tras sus éxitos de Madrid y era recibido en todas las plazas al grito de ¡Qué viene Manili! sufre una gravísima cornada en Almería que le obliga a cortar la temporada. Entonces, ante ese panorama, el gran empresario que fue Manolo Chopera y además un gran aficionado, echa mano in extremis de Tomás Campuzano cuando ya había perdido su sitio en las ferias. Y aquel día, Tomás formó tan alboroto en la corrida de Miura que más allá de las tres orejas y siendo ya a últimos de temporada, le abrieron la puerta de todas las ferias. ¡Era un triunfo de Bilbao! Aunque el dulce sabor del éxito duró poco, porque en  Salamanca, un toro de Guardiola Fantoni le hirió de gravedad al seccionarle la safena cuando el de Gerena vivió sus mejores días.

Y no digamos de aquel esplendor que gozaba cuando la plaza daba tantas novilladas económicas y con picadores durante la temporada. De allí salió lanzado El Niño de la Capea tras ganar la Oreja de Oro en las festejos de promoción y ya para siempre fue torero de culto a la vera del Nervión. O por entonces el cartelazo que gozaron Manzanares y Galloso, sin olvidar al querido y añorado siempre Julio Robles, quien tanto se hizo aplaudir de novillero en esas arenas negras. Incluso de matador, donde ya el mismo año de su alternativa se alzó triunfador.

Uno se deja por la tinta de la emoción recordando ese Bilbao con su feria de postín. Con sus coloquios en los hoteles Carltón o el Ercilla, de ese zamorano que es Agustín Martínez Bueno y tanto bueno ha hecho por la prosperidad de esa tierra desde sus negocios hoteleros; también en peñas, caso del Cocherito, el Club Taurino, La Campera y otras más, junto a los locales donde los aficionados departían sobre el festejo de esa tarde, todos abarrotados y con un ambiente envidiable dentro del saber estar de la gente vizcaína, siempre tan acogedora. En aquellas tiempos, hasta hace una década, en las corridas generales era casi un milagro conseguir una entrada en los festejos de postín. Había que ir a la reventa, donde todos los reventas especializados e instalaban en el Botxo porque era un ciclo de relumbrón. Entonces la plaza se llenaba y en sus tendidos de sol y gradas altas se sentaban los aficionados llegados de todos esos pueblos de la margen izquierda de la ría, con miles y miles de emigrantes castellanos, extremeños, manchegos, andaluces… que conformaban la afición de Baracaldo, Portugalete, Santurce, Sestao, Basauri, Galdácano, Arrigorriaga…, sin olvidar localidades del interior,  Llodio, Durango…

Sin embargo, en medio del buen momento, la llamada Junta Administrativa fue encareciendo las localidades de la plaza, hasta alcanzar los precios prohibitivos de la actualidad y que han convertido en Vista Alegre en una de las plazas más caras de España. Esa situación provocó que muchos aficionados comenzasen a desertar, sin que nadie pusiera remedio, porque era evidente que la Junta Administrativa hacía la feria pensando en las gentes ricas de Neguri o Las Arenas. Jamás en aquellos aficionados de la parte izquierda que tanto bueno hicieron. Además, a ello se sumaba que existían numerosas empresas que adquirían decenas de abonos para tener una atención con clientes o proveedores y olvidaron esa tradición, cambiándolas por invitaciones al flamante estadio de San Mamés.

Y un año y otro el aforo del público descendía hasta alcanzar la UCI en los dos últimos, mientras que en el actual el problema ya es de cuidados paliativos. Ni echándose a soñar una podía imaginar que un cartel de Ponce y Urdiales no cubriese más que un escaso tercio de los azulones tendidos; o en el momento de escribir este artículo con tres de las llamadas figuras, El Juli, Ferrera y Manzanares, no hayan interesado más que a media plaza en lo que es un fracaso en toda regla.

Hace tiempo que Matías González, que gozó de prestigio en el palco en sus primeros años, se convirtió en un personaje nefasto y anclado al cargo.

Ahora todo el mundo busca culpables, precisamente en esta página desde hace tiempo se viene denunciando la situación de Bilbao con la finalidad de dar un volantazo para estudiar los problemas y ponerle remedio. Pero claro, nadie era capaz de bajar del burro y menos los tres grandes culpables de la hecatombe que supone perder una feria de tanto tronío. Tres personajes que son el millonario Javier Aresti, el sindicalista socialmente ascendido Juan Manuel Delgado -tan adicto a salir en los medios-, junto al perpetuo presidente Matías González, quien destacó en los primeros años, pero se han aferrado al cargo sin dejar sitio a gente nueva y con muchos errores en cada ciclo.

Esos tres personajes son en parte los culpables de grave crisis que atraviesa esa plaza desde hace una década. Los tres han ido a los suyo, la notoriedad del cargo, como se refleja su presencia en tantos callejones, sin ser capaces de adecuar Vista Alegre a la necesidad de los tiempos. Y por su culpa, el prestigio de Bilbao se ha ido ría abajo.

Arriba, Juan Manuel Delgaldo y sobre estas líneas Javier Aresti, dos grandes culpables de la situación crítica de Bilbao.

Y de Javier Castaño, ¿qué?

Sorprende que avanzada la temporada apenas se hable de Javier Castaño más allá de su triunfo en San Fermín. Llama la atención que no acaben de echarle de cuentas a quien es un gran torero y tantas alegrías ha dado a la afición en las diferentes etapas de su carrera, especialmente en esa última que fue capaz de resurgir cual Ave Fénix de sus propias cenizas para vivir el capítulo más interesante de su vida profesional. Ahí, Javier sorprendió como un torero distinto con el temple que traen los años, la paz interior de hacerlo todo a su debido tiempo y no con las prisas que se buscan los triunfos primerizos.

Además de dejar que su gente de plata se distinguiera, siempre tuvo especial atención en mimar a los toros, sin atosigarlo, para lucirlos en la suerte de varas y en la faena de muleta. Y ahí surgió el mejor Castaño, pleno de torería, con saber añejo en una interpretación que fue todo un descubrimiento para llegar al alma de los mejores aficionados y gozar siempre con el respeto de los profesionales. Se paseó por las ferias y dejó un ramillete de magníficas faenas, porque fue –junto con El Fundi- el mejor torero de ese encasillamiento de las llamadas ‘duras’ -que para uno son de la dignidad- y además hasta dejó escrita una gesta para el recuerdo en su encerrona de Nîmes con toros de Miura, un acontecimiento que saldó con su salida por la Puerta de los Cónsules, muchos éxitos e infinidad de jugosos contratos.

Sin embargo, a Javier Castaño, estas tres últimas temporadas no han acabado de darle el sitio merecido, el de seguir acartelado en las ferias cuando atraviesa su mejor momento y es un torero de aficionados. De los que no se pueden perder y siempre hay que disfrutarlos. No olvido ahora una faena que protagonizó en Salamanca frente a un Pedraza de Yeltes donde casi nadie se enteró la que fue una de las faenas más puras y de mayor hondura de ese ciclo ferial, rematadas con una serie de doblones por abajo que fueron dignos de inspirar a pintores. Porque eso fue caviar en estos tiempos donde abunda la monotonía de la manoletina. Y triste también que pasó inadvertida hasta para los jurados, que hasta confundieron el trato al distinguirlo con la estocada de la feria, cuando el galardón que debió ir a sus manos era el del sabor torero. El de la torería.

Ahora, cada mañana sigue entrenando con la misma ilusión que si estuviera llena de contratos su agenda y ojalá alguien se acordase de este torerazo tan injustamente postergado de los carteles. De este Javier Castaño que merece mucho más recorrido.

 

¡Que no agüen a Pablo Aguado!

Pablo Aguado abrió en Sevilla el cofre de la torería y durante semanas no se hablo de otra cosa más que de ese suceso que llegó tras dos faenas, más la primera, llenas de torería y primor a una noble corrida de Jandilla. Aquella tarde noche todos nos felicitábamos ante aquel nuevo coloso que irrumpía y era la mayor ilusión de muchos años. En aquel Currito de la Cruz del siglo XXI, que apuntaba con sus maneras desde hacía tiempo, ejemplo de Fallas donde dejó el sello de su torería en otro sensacional trasteo. Pero faltaba el escaparate, la lanzadera y esa llegó en el mejor sitio que podía esperar, en Sevilla, en su feria y en días de farolillos. Y además poco más tarde lo refrendó –aunque sin espada- en San Isidro, donde la afición madrileña se puso en pie ante aquella faena realizada a un Montalvo plena de cadencia. De seda y de oro.

Los éxitos directamente lo auparon a la élite, le abrieron de par las puertas de las ferias, de la admiración y del orgullo ante un torero genial, prototipo del que la Fiesta necesitaba, porque trae el sello del gusto,  el aroma, la cadencia y de la exquisitez sevillana. Y desde entonces no faltó en ninguna feria, ni corrida postinera e inclusos algunas de medio pelo. Del banquillo, donde se pulió un torero glorioso al no parar. A sumar y sumar, a hacer caja, hasta que el torero pronto empezó a mostrar signos evidentes de cansancio, de estar atorado y ya esa genialidad que nos despertó del letargo permanecía dormida en el esportón de la glorias. Porque ante tal cantidad de corridas, el diestro empezó ya solamente a dejar ‘detalles’, ‘esencias’  y ‘parajes aislados’, sin volver a regalar otra vez la grandeza de su arte, únicamente en Colombinas abrió otra vez el cofre de su torería, pero nada más. Porque la eclosión de Pablo Aguado debería amortizarse con 20 o como mucho 25 corridas de postín; jamás en base a buscar la calidad, en no parar,  algo traducido en que además ha perdido la frescura y la sorpresa del impacto para los públicos, con lo que necesariamente sus emolumentos han tenido que descender de manera muy notable.

Ahora acaba de sufrir un percance en Gijón y lo normal es que esté unos días parado, porque lo necesita y además a un artista de ese corte hay que medirlo y buscar en los contratos la calidad. No sumar fechas todos los días, porque ahí se ha visto que han acabado atorándolo y aguándolo… Es una pena que por intentar ver el hoy y nunca el mañana se carguen a un artista genial que es capaz de enamorar cuando destapa de par en par el cofre de su torería. Porque este muchacho sevillano, con el grado de ADE e hijo de quien fuera hermano Mayor de la Hermandad del Rocío de Triana –algo que en Sevilla es lo mismo que ser ministro- es para disfrutarlo muchos años, para deleitar su arte y no que por querer hacer caja rápido –tras sumar y sumar- se carguen a quien ha sido la mayor ilusión de los últimos años.

López Chaves, al servicio de la grandeza de la Fiesta

Había expectación en Vitigudino, porque ver los victorinos siempre es un aliciente, además también se acartelaba López Chaves en esta nueva etapa de su carrera donde ha resurgido como un torero nuevo, importantísimo y con el poso de la veteranía; el resto también sumaba de cara al aficionado, especialmente el albaceteño Rubén Pinar, otro torero recuperado, mientras que Leonardo Hernández, el elegantes rejoneador, era el perfecto complemento para los muchos amantes que el arte de Marialba tiene en La Gudina y comarca.

Sin embargo hubo algo que sobró e indignó a los aficionados. Se trató de la presentación de los toros, indigna a todas luces para ser lidiados en una corrida de toros -¡que es algo muy serio!-, con cuernas indecorosas, donde había bizcos, acucharados, cornicorto, cornivuelto…, además de presencia muy desigual. Alguien dirá es que era Vititgudino y qué más queremos, pues no, cuando se anuncia un espectáculo taurino, sea donde sea, hay que tener unos mínimos de rigor. Y es que un ganadero del prestigio de Victorino Martín no puede lidiar por lidiar, porque toros como los de ayer siempre se sacan para festivales o se matan a puerta cerrada. Jamás en un espectáculo donde la gente paga un alto precio por la entrada. Fue la nota gris de la tarde y más viniendo de una leyenda, de quien ha engrandecido el campo bravo, de quien siempre buscó la emoción y jamás debe manchar con la tinta de la decepción su glorioso nombre, santo y seña de la bravura.

 

Y en esa paraje se salvó el buen fondo que tuvieron, además de tener al público a favor. Un público deseoso de aplaudir y de pedir orejas, peticiones que eran atendidas de manera muy generosa desde el palco. Pero dentro de la nefasta presencia y del triunfalismo hubo una feliz laguna de torería que la protagonizó López Chaves, un torero al que ahora da gusto ver en la plaza, con la seguridad y el sentido del temple, de los terrenos y las distancias.  Un torero que es el digno heredero del José Pedro Prados El Fundi y que engrandece los carteles. Muy bien en su primero donde inició la faena sobre la diestra con buen son y luego con la izquierda hubo temple y ligazón, mando y mucho oficio. La pena que no lo matase. Sin embargo lo mejor llegó en su segundo, donde vimos al López Chaves contundente y torero, seguro de sí mismo y sabiéndolo transmitir en esos momentos donde se vive con el aroma del poso. A ese segundo de su lote, de nombre Alevoso, que tuvo muy buen son, el de Ledesma lo recibió con diez verónicas como diez soles, abrochado con una torerísima media, después hubo otro quite con solera. Luego, ya con le muleta, llegó una particular sinfonía donde los acordes tocaban las notas de un torero grande que llegó a todo el mundo y supo hurgar, porque cuando alguien vive el momento de Domingo López Chaves es para disfrutarlo. Y para servir a la grandeza de la Fiesta.

Arrojo y entrega fue la tarjeta de visita de Rubén Pinar, un magnífica profesional; sus dos faenas fueron diferentes, más profunda en su primero y más enrazada la de su segundo y que cerró plaza, frente a un toro que no humillaba y protestaba en el engaño. Pero el albaceteño no se amilanó y tuvo claro que iba a salir en hombros.

La corrida tuvo el complemento de Leonardo Hernández, quien a nadie decepcionó. Frente a su primero, muy parado no pudo hacer más que acabar con él con profesionalidad. Pero fue en el segundo, un monteviejo muy noble y repetidor incansable a las cabalgadura, donde se lució a dos pistas, en quiebros, en banderillas y hasta mató perfecto. Por lo que se ganó los máximos trofeos –algo exagerados-, porque hizo disfrutar al personal montado sobre Calimocho, Titán

Y ya cuando se sol se ocultaba sobre los horizontes de la hermosa Lusitania, la terna salía en hombros, la mayoría felices de disfrutar de ese torerazo llamado López Chaves, que está al servicio de la grandeza de la Fiesta y decepcionados porque Victorino Martín no puede ensuciar su nombre con esos toros.

……………………….FICHA DEL FESTEJO……………………………..

Ganadería: Se lidiaron dos toros de Monteviejo, para rejones, el primero soso y muy parado, mientras que el segundo, de nombre Crujidor tuvo una gran calidad y fue premiado con la vuelta al ruedo. Y cuatro de Victorino Martín para lidia ordinaria, dispares de presencia y en general con buen fondo y nobleza; destaco el quinto, de nombre Alevoso, que fue premiado con la vuelta e incluso se le pidió el indulto.

Leonardo Hernández: Silencio y dos orejas y rabo

Domingo López Chaves: Ovación con saludos y dos orejas y rabo.

Rubén Pinar: Oreja y Oreja.

La plaza registró media entrada en tarde de mucho calor.

FOTOS: MIGUEL CORRAL (ARRIBES AL DIA)

La última ‘matillada’

La pasada edición de la Feria de Valladolid tuvo un nombre por encima del resto. El de Emilio de Justo, triunfador del ciclo tras una brillantísima actuación frente a la corrida del Pilar, con el añadido de ser televisada y que además sirvió para que el extremeño reivindicase su puesto de figura, el mismo que ratificó días más tarde al salir en hombros en la Feria de Otoño. Para quienes lo vivimos jamás se olvida el aroma de su toreo, el poso, le elegancia en los cites y el embroque, bajo el aura de la torería y pureza de este diestro de Torrejoncillo, uno los grandes alicientes de la Fiesta actual; el que hace un año abrió de par en par el esportón de su arte en el coso del Paseo de Zorrilla de la vieja ciudad castellana para cuajar dos bellísimas faenas, la segunda de ellas aún más redonda y coronada con un magnífico volapié.

Ahora, Emilio de Justo, en el vaivén de esta temporada de 2019 marcada por las lesiones y las faenas para el recuerdo, debe vencer además las numerosas trabas y zancadillas que le tienden desde los altos despachos que manejan los hilos del toreo, donde no se reconocen los éxitos, ni existe humanidad, únicamente intereses para hacer más grande las cuenta de los poderosos, a la par que siguen echando de las plazas al aficionado. Y es que la injusticia contra Emilio de Justo en Valladolid es intolerable, solamente por pedir lo que suyo tras su enorme triunfo.  Pero como pueden imaginar todo esto no es otra cosa que una nueva artimaña de la Casa Matilla. O lo que es igual, otra matillada.

 

 

Roberto Piles, la cara oscura en Las Ventas

Sigue la temporada taurina que, estos días del ferragosto, alcanza su esplendor, donde por cierto unos de los nombres del año es el de Curro Díaz, de quien sin embargo muy pocos se están dando cuenta de la enorme grandeza que atesora el de Linares. Sin olvidar a Emilio de Justo, torerazo a quien las élites no acaban de darle el sitio merecido. También un Ángel Téllez que estuvo fenomenal en Azpeitia, con una interpretación muy seria y sin concesiones que debe auparlo a las ferias. También la realidad de Paco Ureña y su pureza al servicio del arte del toreo, al igual que la naturalidad de Pablo Aguado, aunque haya tantos tratando de echarle la zancadilla y el calle los rumores al destapar el baúl de su inmensa torería, como ocurrió días pasados en Huelva. Y es que este tipo de toreros, ejemplo de Pablo Aguado, no son orejas, son de momentos, de aroma, de personalidad. Porque a fin de cuantas el toreo es un arte y como tal debe primar la calidad, jamás la cantidad y la estadística, que eso es para el fútbol y los goles.

Sin embargo, en este sábado agosteño que todo el mundo se felicita por la vuelta de los toros a Palma, isla que allá por los años sesenta acogía más de veinte corridas cada temporada, hay un hecho que me produce una inmensa tristeza. Se trata de la gestión de Las Ventas, independientemente que al final la feria de San Isidro fuera un éxito, que continúa con muchos frentes abiertos y demasiadas cojeras por esa Plaza1 que sigue haciendo aguas y con ella deja a la deriva el futuro de la Fiesta en la capital.

Casi tres años después desde que el ‘experimento’ de Simón Casas aterrizase en Madrid hay una cosa clara. Y es que la Comunidad de Madrid debe buscar ya la gestión directa con la figura de un gerente asalariado que esté al frente de un equipo de profesionales para que esa plaza siga siendo el gran referente de la temporada. No se es recibo que lleve ya dos veranos con sus puertas cerradas los domingos y por tanto privando de oportunidades a los toreros que necesitan un impulso en su carrera. No olvidemos que de esas corridas de los domingo veraniegos atesoraron una enorme solera y de ellas salieron nombres que fueron destacados toreros. A bote pronto, Paco Ojeda, Ortega Cano y José Luis Palomar tuvieron su pasaporte para las ferias gracias a los éxitos logrados en los domingo de verano durante los primeros años de los 80.

Sin embargo, Plaza1, la actual empresa, ha dado carpetazo cerrando puertas a la necesaria renovación de la Fiesta y colaborando para el actual sota, caballo y rey de siempre los mismos. También privando a Madrid de espectáculos taurinos los domingo de verano, aunque lo más triste de todo es que los colectivos de aficionados, asociaciones profesionales, prensa… hayan callado y hasta ahora no hayan dicho una palabra. Y es que esas corridas no se pueden perder, además entendemos que son deficitarias, pero sus pérdidas deben compensarse con los números tan azules de San Isidro y Otoño.

Roberto Piles recibe la alternativa de manos de Luis Miguel, en Barcelona, con Palomo Linares de testigo. Entonces los ayudó la familia Dominguín.

Mientras tanto, el ajetreo diario no para en los despachos de la plaza madrileña, ahora para cerrar las fechas de Otoño, ese ciclo con tantos encantos que acoge Las Ventas durante las fechas que maduran los membrillos. Y aquí vuelve a salir otra gotera de esta Plaza1 por sus formas con los modestos, con su mal obrar y formas tan pocos elegantes con las que trata el viejo matador francés Roberto Piles a los toreros y novilleros que le piden una oportunidad. Sin tacto, ni clase, con ademanes impropios se dirige a profesionales que luchan en el toreo por buscar su sitio en la vida. Y lo hace quien a finales de los sesenta llegó a España ayudado por los Dominguín y encontró todo tipo de facilidades hasta que él mismo las derrochó. Este Piles, hombre de confianza de Simón Casas ahora es el malo de la película en la empresa, el verdugo que toca ejecutar a quien puede molestar; porque Casas, de quien todo el mundo sabe que no es más que un vendehúmos y ahora vive de la rentas de San Isidro, únicamente habla con las figuras. Mientras tanto la cara amable de esa empresa y quien hace gala de la educación y el saber estar es Rafael García Garrido, de Nautalia, el socio de Simón en su aventura madrileña. Ese Garrido que es la cara amable de la empresa, como José Solís era la sonrisa del régimen en el franquismo.

Y no es uno, ni dos… son muchos los toreros que han encontrado el desprecio y las malas formas en el trato de Roberto Piles y por ahí no se debe pasar. Porque la educación y el buen trato debe primar, aunque claro, estando de órdenes de Simón Casas todo es posible.

 

Purificación Mora, esposa, madre y abuela de toreros

Purificación Mora, que fue esposa, madre y abuela de toreros, siempre vivió alrededor del toro, debido a los negocios de su esposo, José Gutiérrez Mirabeleño, quien en su mocedad fue novillero de postín y más tarde se dedicó a los asuntos taurinos logrando nombre y prestigio en la faceta de empresario. En esa travesía organizó espectáculos a lo largo y ancho de la geografía nacional, junto a tierras de ultramar. A parte de esa gestión, Mirabeleño también hizo sus pinitos de ganadero y de apoderado.

Hacía solamente una semana que se habían cumplido diez años de la marcha a los ruedos celestiales de José Gutiérrez Mirabeleño, Pepe para todos, cuando el pasado domingo marchó a su encuentro su esposa, Purificación Mora. Han transcurrido ya muchos años desde que Pepe siendo una promesa del toreo conoce a Purificación y de aquel flechazo surge la fiel compañera. Y eso que los inicios no fueron fáciles al tratar de impedir la familia de ella que se casase con un torero, pero Purificación sabedora que aquel torero era una buena persona y el hombre de su vida marchó de casa para poner tierra al medio y demostrar a los suyos que su amor era sincero y auténtico. Sin fisuras y de verdad, como fue la existencia de esta mujer luchadora y ejemplar, madre de una larga familia que siempre mantuvo unida y que también vivió la dureza de ver perder a un hijo.

Una señora siempre pendiente de sus hijos, de sus pasos, de los estudios, sabiéndole impregnar también el espíritu de lucha; viendo además como en aquel ambiente alrededor del toreo pronto dos de ellos seguirían los pasos paternos. Primero Juanjo y más tarde Carlos. Andando el tiempo aquel Juanjo, de mirada bondadosa, como lo conocían y lo siguen haciendo los suyos acabaría rompiendo en torero de postín con el nombre de Juan Mora, en un autentico maestro y en el más puro de la última época del toreo.

Y ya desde entonces también le tocó asumir el papel de madre de torero. De ver tanta entrega en los entrenamientos para estar preparado, de disfrutar con los avances y peldaños que se sucedían en la particular escalera taurina, también de los sinsabores que tantas veces llegan y al final no son más que otro acicate de motivación para demostrar que la lucha de uno iba por el bien camino. Y ahí, Purificación Mora disfrutó de los días felices de los triunfos; también amargos con el dolor de la cornada y la incertidumbre que llega después, como aquella tarde lluviosa de Jaén con el toro de Barral que lo hirió de tanta gravedad.

 

                                    Con su marido, Pepe Mirabeleño, el día de la boda

Sin embargo, en esa balanza acabó volcada a los días inolvidables y un ejemplo se produjo a la caída de la tarde del domingo 28 de mayo de 1989. Esa tarde Juan toreaba en Barcelona y ella, que se encuentra en la finca El Encinar, situada en el término de la villa sevillana del Ronquillo, sale a la calle con inquietud al escuchar gritar a Pepe, su marido, quien viene corriendo y dando voces. Rápido observa que transmite felicidad y sale a su encuentro para participar de la emoción al ver que la algarabía se debe al rotundo éxito logrado por Juan Mora, quien había cortado cuatro orejas en Barcelona, en tiempos donde aún la Ciudad Condal tenían tanto peso en el toreo. Abrazados ambos vuelven a escuchar otra conexión del programa Tiempo de Juego, presentado por el inevitable Joaquín Prat, a través del transistor que llevó el padre, quien para matar los nervios se había dedicado a hacer unos arreglos en aquella finca de su propiedad.

 – La tarde ha tenido un claro protagonista en la figura de Juan Mora, que ha cortado cuatro orejas después de dar una inmensa lección de torear basada en el arte, en el empaque y la torería.

Si aquel domingo fue memorable no puede quedar en el tintero la otra tarde de la Feria de Otoño de 2010, la del dos de octubre, cuando protagoniza una página histórica en la plaza de Las Ventas. Una histórica lección de torería que hace temblar los cimientos del toreo y Purificación Mora, que está al tanto de todo, porque la corrida es televisada, se emociona ante el éxito de su hijo. Ella que sabía de su lucha, de su amor al toreo… de esa lecciones recibidas de Pepe Mirabeleño.

Y también mostraba su felicidad cuando Carlos Mora rompió como banderillero de postín y logro tantos triunfos en las mejores ferias con sus poderoso capote de brega o sus magníficos pares de banderillas durante los años que fue peón de confianza de su hermano. O estos últimos años cuando Juan Mora volvía a deleitar con alguna lección de su pureza y, además, en esa familia emergía su nieto Alejandro Mora con un aire y un arte digno de esa saga. Ese rubiales de Alejandro, a quien su abuelo Pepe dictó su última lección era otro orgullo de Purificación Mora al ver crecer un nuevo eslabón en la dinastía torero.

Con su marcha queda el recuerdo de una mujer que se ganó a todos por su bondad y valores; a quien fue la matriarca de una saga torera y de gente de bien.

 

David Cadavid, de los Andes venezonalos al Campo Charro

Es otro de esos muchachos que un buen día cargaron su esportón de sueños e ilusiones para buscar el triunfo en los caminos del toro. Dejó atrás su Venezuela natal y miles de kilómetros por medio para recabar en Salamanca con la única meta de regresar algún día como lo hicieron los triunfadores. A la inversa de aquellos extremeños que, cinco siglos atrás, españolizaron esas tierras. Pero él para hacerlo como César Girón o su hermano Curro, quienes abandonaron la venezolana Maracay para alcanzar camino de la gloria en los caminos del toro.

David Cadavid ya lleva tiempo en España persiguiendo, en principio, el objetivo de ser torero en la escuela taurina de Madrid. Desde entonces ha dado mil vueltas, ha estado en las capeas, trabajado en el campo y en una larga época fue habitual en las tierras de Jaén, por Madrid; también por Guadalajara o incluso Extremadura, hasta que un día cayó por Salamanca. En tiempo de invierno y época de tentaderos llegó al Puerto de San Lorenzo, la finca de Lorenzo Fraile y ahí cambió la cruz de su moneda al encontrar calor y afecto, junto a esa ayuda tan necesaria para un novillero que era el dueño del cielo y la tierra. Porque su esportón solamente estaba lleno de lleno de ilusiones y este año, poco a poco, empieza a ver como se cumplen las primeras al comenzar a ascender en los primeros peldaños de la larga escalera del torero tras verse anunciado en una decena de novilladas. Y en tener casi firme la posibilidad de presentarse en Las Ventas.

Ahora vive en La Fuente de San Esteban, en el corazón de la Salamanca ganadera, tan lejos de su querida San Cristóbal, en los andes venezolanos, la hermosa ciudad que hasta hace dos décadas tuvo una feria de postín en su gigantesca plaza y todas las figuras trataban de tener un sitio en unos carteles de postín, donde tuvieron más calor que nadie tres españoles, Antoñete, El Niño de la Capea y Tomás Campuzano. Y esos orígenes nunca los olvida, especialmente cuando allá por febrero llega la feria de San Cristóbal y él e encuentra a miles de kilómetros,  en las capeas del Carnaval de Ciudad Rodrigo. Pero allá afloran los recuerdos, aunque hoy sea un ciclo ferial tan devaluado, al igual que el país, por culpa de la dictadura chavista y su heredero Nicolás Maduro, que ha arruinado miserablemente uno de las naciones más ricas del mundo, que sobrevive entre la hambruna y las carencias. Pero más allá de la cruel dictadora hay vida y grandeza con un pasado de lujo; por eso, a David Cadavid le encanta que le hablen de la Venezuela del Diamante Negro, de César Faraco, del gran César Girón y su hermano Curro, cabezas de una prolífica dinastía que tanto pisó por las mismas calles de La Fuente de San Esteban donde hoy vive David, de Adolfo Rojas, de Morenito de Maracay… o Manolo Vanegas, que también se vino a Salamanca para ser torero y aquí ahora lucha para volver a ser dueño de sus pasos.

Vaya mi respeto y admiración para este muchacho, alto como un chico ribereño y alegre como un cascabel,  que ha encontrado calor y afecto en El Puerto de San Lorenzo donde el patriarca Lorenzo Fraile siempre le abrió las puertas de su casa y ya ve cómo luce su nombre en muchos carteles. Todo mi afecto para quien dejó una vida tan lejos para ser torero y, además, redimir a los suyos delas privaciones del pueblo venezolano. Y mientras sigue ascendiendo la escalera del toreo, no olviden su nombre –DAVID CADAVID- y si lo ven anunciado disfruten de la calidad de su toreo.