Archivo por meses: octubre 2019

Las obleas de Fabián: distinción charra

Fabián Martín, el de las obleas de Cipérez, es otro icono de los empresarios salmantinos surgidos de la nada. Un ejemplo de quien ha sabido triunfar y alzarse a la senda de la prosperidad para superar los enrevesados caminos de la crisis, de la dureza y las zancadillas que surgen en el camino hasta ver su nombre en la lista de los triunfadores. En el teso del éxito y del florecimiento económico que ha sido capaz de crear alguien como él, fiel a su terruño, a su pueblo y a sus costumbres sencillas aliadas al espíritu emprendedor que le han hecho volar tan alto. Y convertirse en un símbolo de esta tierra tras abrir fronteras gracias a las delicias salidas de su fábrica de Cipérez.

Fabián ha logrado que su querido pueblo esté presente en medio mundo por la calidad de sus obleas, una referencia que observan con orgullo los salmantinos al descubrirlas en cualquier rincón de Barcelona, de Málaga, de La Coruña, de París, de Nueva York… Al igual que ocurre con el jamón de Guijuelo, las lentejas de La Armuña, las rosquillas de Ledesma… o cualquiera de los manjares gastronómicos de la charrería.

Hoy, las obleas de Cipérez son toda una referencia sin perder los orígenes propios de ese dulce típico de nuestra tierra, que Fabián fabrica de manera artesanal, con los mismos ingredientes de siempre. Al igual que el tío Teodoro, de Boadilla, quien logró tanto reconocimiento que numerosas personalidades paraban en ese pequeño pueblo para comprarlas. Uno de ellos el torero Antonio Bienvenida, quien en sus viajes a la Salamanca ganadera aprovechaba para comer en el Restaurante Vegallana y adquirir las nombradas obleas de Boadilla. También en los conventos, el lugar que vio nacer este dulce al tener su origen en las hostias de la comunión y de ahí pasó al consumo doméstico. Hoy, todavía en muchos centros religiosos las siguen fabricando, ejemplo de ello son las monjas del Zarzoso, convento situado en las faldas de la sierra, entre Tamames y El Cabaco. O en varios más de la capital, a los que acude la gente para pedir los exquisitos ‘mocos’, denominación de la parte sobrante de la oblea que queda fuera del molde y se quema en el fuego, regalada en la mayoría de los conventos, eso sí por la voluntad.

Pero a las obleas quien le ha sabido darle auge, actualizarlas y ponerlas de moda es Fabián Martín, un hombre necesario en el mundo rural y protagonista de una bella historia. Primero fue emigrante en Alemania y de allí, con las maletas cargadas de ilusión, regresó al pueblo para invertir en la cría de porcino y, tras una maña época en el sector, de nuevo convivir con los fantasmas de la ruina. Entonces, harto de pensar dónde estaría su prosperidad para sacar adelante a sus hijos, revolvió entre los recuerdos del viejo negocio familiar de las obleas que tanto fama dio a sus antepasados. Y de nuevo, con sus manos trabajadoras, tomó los moldes para hacer obleas, ya sin parar, actualizándose a los tiempos hasta conseguir que se convirtiera en dulce de los más exigentes paladares. Fue el triunfo de un hombre que faenaba de sol a sol y abierto a las últimas propuestas para crear una industria modelo en el Campo Charro.

Junto al reconocimiento por sus obleas, Fabián alzó su compromiso social y, durante un montón de años, fue el excelente  alcalde de Cipérez que  transformó la población para convertirla en un foco de riqueza que atrae cada día un montón de gente a sus industrias. Y es que gracias a personajes de la talla de Fabián Martín se abre las fronteras del progreso. Al igual que supo abrirlas para que medio mundo se enamorase de la exquisitez de sus obleas.

 

 

 

¡Aquel incidente de Franco en Aldehuela de Yeltes!

En estos días que proliferan los reportajes sobre la figura de Francisco Franco, el general ferrolano que después de casi cuarenta años de poder absoluto y mano férrea murió en su cama y todos los medios se han hecho eco de sus visitas a la provincia. Por Salamanca se ha recordado la determinante reunión para el inmediato futuro de España celebrada  en la finca los Campos del Hospicio, en tierras cercanas a Robliza de Cojos y Aldehuela del Bóveda, cedida por su propietario -el ganadero don Antonio Pérez- para aprovechar los llanos como improvisado aeródromo. Allí en ese lugar, en septiembre de 1936, al poco de comenzar la Guerra Civil, se celebró la junta de generales que encumbró a Franco a lo más alto con el beneplácito de su compañeros, únicamente los generales Cabanellas y Kindelán se opusieron y  de su rechazo quedaron aquellas palabras perdidas entre las encinas: “No sabéis qué habéis hecho dándole la jefatura del Estado a ‘Franquito’”. Unos años antes también había sido noticia por un grave accidente sufrido cerca de Calvarrasa de Abajo al venir con Carmen Polo, su esposa, a Salamanca, que resultó herida en un brazo y, trasladada al Gran Hotel, es atendida por don Filiberto Villalobos, quien gracias a esa intervención salva su vida en la Guerra Civil.

Después, ya con el volante del país en sus manos, fueron muchas las visitas a Salamanca. Las primeras en plena postuguerra, con Europa convertida en campo de batalla, a los encuentros ibéricos que mantuvo con Oliveira Salazar, el dictador portugués, en el Parador de Ciudad Rodrigo; después a inaugurar obras y ya, en pleno desarrollo, las centrales de Saucelle, Almendra o Aldeadávila, junto a otras ocasiones, todas ellas recordadas y referidas en cada momento que el personaje vuelve a la pomada de la actualidad, algo que se han empeñado en que sea cada poco tiempo cuando los gobernantes se atollan para resolver los problemas reales y deciden distraer a la gente mirando al pasado.

Sin embargo hay un hecho curioso ocurrida en esta provincia y relacionado con su persona en esta provincia que apenas nadie conoce. Se trata del incidente sufrido en mayo de 1914, en vísperas de comenzar la I Guerra Mundial, cuando apenas tiene 23 años y es capitán del Arma de Infantería, lejos aún de la relevancia que ostentaría años más tarde. Resulta que esa tarde, víspera de San Isidro, un globo cautivo, identificado como Neptuno, utilizado por el Ejército Español antes de la llegada de la Aviación y con base en Guadalajara, sorprende a los paisanos al volar por encima de los tejados de Aldehuela de Yeltes y prácticamente roza el pararrayos de su hermoso torreón,  construido a finales del siglo XIX siendol alcalde Gabriel García. Mientras, los aeronautas se asoman a la barquilla para hacer señales y anunciara voces que tienen problemas a bordo y en breve deben tomar tierra, situación que provoca un gran revuelo en la población. El globo sigue su ruta lentamente buscando un llano, mientras la gente corre tras su rastro y minutos más tarde debe soltar lastre para ganar altura y no estrellarse contra la llamada ladera del Cristo, que salva milagrosamente e inmediatamente impacta contra el suelo en la dehesa Pinilla, situada a varios kilómetros de Aldehuela de Yeltes y propiedad de Manuel Somoza.

No transcurriría mucho tiempo cuando procedente de Aldehuela de Yeltes llegan las primeras personas, unos andando y otros, los primeros, en caballería para socorrerlos. Allí, los tripulantes, que han resultado ilesos, desinflan el globo y lo embalan cuidadosamente antes de cargarlo en un carro que les fue ofrecido. Después la comitiva regresa al pueblo y van directamente al Ayuntamiento donde el secretario, don Isidoro Moro –que a la vez era corresponsal del diario El Adelanto y cubre la información del incidente- les ofrece su vivienda para descansar y reponer fuerzas, rechazando amablemente la invitación, porque de la barquilla del aparato habían recogido las viandas que llevaban y únicamente aceptan el café y unos cigarros-puros.

Entre los cinco militares que viajan en el globo dos son capitanes, uno don Salvador García de Pruneda, que lo gobernaba; el otro, don Francisco Franco Bahamonde, quien había logrado prestigio en sus destinos de África y ya lucía en su pechera, entre otras condecoraciones, la Medalla Militar Individual. Ambos, en atención a la hospitalidad recibida de las gentes de Aldehuela de Yeltes deciden entregar a don Fernando Corral, el alcalde, la cantidad de 200 pesetas, que este destina a la escuelas de los niños.

En medio del acontecimiento, con las gentes haciendo corro a los militares y la chiquillería observando con sorpresa, tras dar de nuevo las gracias a ese pueblo se despiden. Entonces la expedición marcha en el mismo carro que recogió el globo, en un servicio pagado por el Ayuntamiento de esa localidad, hasta la estación de ferrocarril de La Fuente de San Esteban. Lo hacen siguiendo el camino existente entonces -aún no se había construido la carretera, ni tampoco estaba abierto al tráfico el puente de piedra que salva el río Yeltes, aún en obras-, para dejar atrás El Cristo de la Laguna y más adelante Campo Cerrado, lugar donde pastaba la famosa ganadería de Bernabé Cobaleda. Ya en La Fuente de San Esteban tomaron el primer tren en dirección a Salamanca, donde acudieron al Regimiento La Victoria, para hacer noche, antes de continuar viaje a Madrid. Días más tarde, el capitán Francisco Franco, regresa a Melilla para seguir protagonizando las páginas heroicas de su carrera en esa cruel guerra colonial donde tantos inocentes muchachos se dejaron la vida lejos de esas novias que soñaban con el regreso.

Vaya este recuerdo a un incidente ocurrido en esta provincia y que ha pasado de largo en las páginas de la historia.

Cuando El Viti toreó en Boada

Santiago Martín ‘El Viti’ acabó la temporada de 1968 escribiendo con letras de oro una parte de la enorme página histórica que dejó en la Tauromaquia. Su última corrida fue una concurso celebrada en Salamanca, el seis de octubre,  donde alternó con José Luis Barrero y Víctor Manuel Martín, cortando cuatro orejas y dos rabos. Sus anteriores compromisos, celebrados en Córdoba, Guadalajara, dos en la feria de Valladolid, otra en la de Salamanca y Zamora, las había saldado con destacados triunfos, en medio de un año tan importante de su carrera. Tras el postrero éxito en esa corrida especial celebrada en La Glorieta colgó en el ropero los ternos de luces y antes de viajar a América, que ese año no lo haría hasta finales de diciembre para torear en Cali, disfrutó de jornadas de campo, de tentaderos -muchos de ellos con vacas de retienta-, de atender su finca y otras actividades propias, además de aprovechar para cumplir con algún compromiso en festivales.

Uno de ello se celebró en el pueblo de Boada y fue por la causa más curiosa que uno pueda imaginar, a beneficio de su cura párroco, don Joaquín Herrero Corral, para que pudiese tener una nueva dentadura, pues la natural se había caído, podrida por el abuso del azúcar y el tabacor. El Viti, como no podía ser menos, fue el gran atractivo de ese festival organizado por Rafael Yagüe, inolvidable personaje que fue novillero en su juventud y después mantuvo viva la pasión por la Fiesta. Yagüe, que era simpatiquísimo y muy querido por las gentes de la Fiesta, estaba casado con una hija del ganadero Amador Angoso, uno de los dueños de la finca Villoria de Buenamadre -que aunque se ‘apellide’ de Buenamadre, pertenece administrativamente al Cubo de don Sancho y sentimentalmente a Boada, por cercanía geográfica y, por tanto, de donde son parroquianos-. Amador Angoso fue ganadero de postín y dueño de una divisa que tras la separación familiar, en 1930, con su hermano Manuel, este acabaría vendiéndo a la familia vallisoletana Molero, pero su parte se mantuvo y aún hoy sus descendientes siguen con ella, aunque ya con otra sangre.

Rafael Yagüe, por razón de su matrimonio, frecuentaba la finca Villoria, donde además poseía una punta de ganado, fruto de la herencia de su esposa y a él le servía para satisfacer sus sueños. Además, como era un excelente relaciones públicas y hombre de magnífico trato, pronto se hizo amigo de don Joaquín, el sacerdote, un hombre bajito, de aspecto abotijado, semejante al cervantino Sancho y ataviado con vieja sotana preconciliar. Don Joaquín, que hizo una destacada obra social y gracias a sus gestiones el pueblo de Boada pudo ser definitivamente dueño de la finca La Zarza, que se parceló y de ella vivió mucha gente, era un hombre dicharachero y que frecuentaba el bar, donde gustaba ser invitado a una copa de coñac, mientras fumaba sin parar cigarros de la marca Celtas Cortos. Entonces, Rafael Yagüe, sabedor de las necesidades de don Joaquín y también para reconocer sus virtudes decidió que era el momento de hacer algo en su honor. Y entonces nada mejor que organizar un festival taurino que convertiría a Boada el centro de todos los caminos para los aficionados a la Fiesta.

Don Joaquín, en el centro de la fila superior, junto a un grupo de chavales de Boada a finales de la década de los sesenta.

De esa manera, Rafael Yagüe contrató, nada más y nada menos, que a la figura de Santiago Martín ‘El Viti’, algo que fue un acontecimiento, junto a Paco Pallarés, de la vecina villa de La Fuente de San Esteban y torero muy querido en la comarca, que unos años antes había protagonizado una impactante irrupción novilleril. Los dos diestros estoquearían reses del organizador, anunciadas en el cartel con el nombre de Yagüe Angoso. El resto de espadas sería un conjunto de conocidos ganaderos que a la vez eran aficionados prácticos y estaba integrado por el propio Rafael Yagüe, por Luis Garcigrande –a tenor de muchos el mejor aficionado práctico de su época-, por Alfonso Navalón –entonces en su momento de mayor prestigio periodístico-, por José González Villegas, por Javier Sánchez-Arjona, por Juan Carlos Martín Aparicio y por último Antonio Gallardo.

A la hora prevista los nueve intervinientes hicieron el paseíllo en una abarrotada plaza portátil instalada en las eras y resultó ser un festejo saldado con el éxito de los actuantes, junto a la felicidad de todo un pueblo por ver torear allí, nada menos, que a la figura de Santiago Martín ‘El Viti’. Fue una tarde redonda, de las que quedan vivas en los recuerdos y donde se alcanzó el principal objetivo, cumplir para que tuviera una dignidad aquel cura llamado don Joaquín Herrero y que tanto bien hizo por Boada en su larga etapa apostólica en esa localidad, logro conseguido gracias a la solidaridad del mundo de los toros. Desde entonces, cada tarde que televisaban alguna corrida desde mucho antes del inicio, don Joaquín marchaba al bar del señor Ambrosio Madruga  -‘Café y vino de Madruga’, que era el gancho y estaba escrito sobre la puerta en letras negras- y más si toreaba su admirado Santiago Martín ‘El Viti’. Entonces, con su inseparable cigarro de Celtas Corto y la copa de coñac siempre a mano, le jaleaba con olés y celebraba sus triunfos, quedándo por momentos pensativo para recordar en sus adentros esa tarde del Pilar de 1968 cuando El Viti toreó en Boada en su honor y constituyó un gran acontecimiento para todo el pueblo.

El Viti, al finalizar su actuación en este festival celebrado en honor del sacerdote.

La hombría de Miguel Ángel Perera

Brindo por los toreros y por esos ángeles de la guarda que son los cirujanos taurinos. Por sus lecciones de vida en la entrega al arte del toreo, un ejemplo para la sociedad. Brindo por el gran peón Mariano de la Viña, que a estas horas las noticias sobre su estado ya son más esperanzadoras y también las de Gonzalo Caballero, que de nuevo a vuelta a vivir el drama de una gravísima cornada. Y me descubro ante Miguel Ángel Perera por su enorme lección y hombría en la enfermería de Zaragoza. Y por todos los banderilleros y profesionales heridos en este sangriento final de temporadas. ¡Por ellos!

Ha sido duro este puente del Pilar, si ya el mundo taurino vivía con la congoja sobre el estado de ese valiente llamado Gonzalo Caballero, el bucle se rizó aún más en la tarde del domingo, en la puerta de la enfermería de Zaragoza cuando las noticias eran confusas y el fantasma de la muerte de Mariano de la Vila volaba entre los presentes, hombres curtidos y hechos se encomendaban a la Virgen del Pilar por la salvación del torero tan gravemente herido. Entre ellos, con la mirada perdida y apretando los puños Jocho II, quien en el estío de 1988, cuando aún soñaba con el oro y era novillero de postín, sufrió una horrorosa cornada en el pueblo de Sabiote, por tierras de Jaén, en la víspera que en la plaza de Almería cesase el grito ¡que viene Manili!, que hacía furor en esas fechas tras sufrir el de Cantillana, que disfrutaba del pastel de las ferias, una tremenda cornada por un Albayda que le abrió las entradas. Jocho II, entonces emparejado con Ponce en muchos carteles novilleriles, salvó la vida milagrosamente y acabó, años después encuadrado de lidiador en la cuadrilla de él de su amigo Ponce. Amigos que hoy rezan para que Mariano de la Viña, que ha regresado de la muerte, se recupere para la vida normal.

En esa enfermería de la plaza de Zaragoza, que en la tarde del domingo era el centro de todas las miradas, mientras se trataba de salvar la vida a Mariano de la Viña, con el doctor Val Carreres protagonizando otro histórico momento que engrandece su trayectoria, se produjo otro hecho digno de la mayor admiración y por quien hay que descubrirse. El protagonista es Miguel Ángel Perera, quien resultó herido grave por el sexto y lo primero que hizo al llegar a la enfermería y ser atendido por una parte del equipo médico fue decir que siguiesen todos con Mariano de la Viña para salvarlo; que él y sus heridas, tenía una pierna abierta en canal, podían esperar. Y aquí otra vez nos descubrimos ante este torerazo extremeño que engrandece con su capacidad y ennoblece, con hechos como el de Zaragoza, la Tauromaquia. Perera, que momentos antes había protagonizado uno de los momentos más impresionantes de la temporada al rastrillar la sangre de Mariano de la Viña, que teñía de rojo las arenas de Zaragoza, ha vuelto a poner en el tapete del toreo, su inmensa dimensión, su categoría de figurón y su infinita humanidad. Por hechos como el suyo hay que descubrirse, porque gestos como el de Perera son los que hacen del la Tauromaquia una fiesta única.

Y ahora que Zaragoza vuelve a estar en la pomada por otra grave cornada que devuelve a aquellos tiempos previos a la cubierta y cada final de temporada, por La Pilarica, en esa plaza eran habituales los tabacazos, de nuevo hay que volver a aplaudir a esta dinastía de la familia Val Carreres, ángeles protectores de los toreros y tantas vidas han saldado. Desde el patriarca Val Carreres, al actual, por medio queda una larguísima lista de toreros que le deben la vida, desde Antonio Bienvenida, Jaime Ostos (en 1962, un año antes de la gravísima de Tarazona, donde también fue salvado por el doctor Val Carreres), Miguel Márquez, Palomo Linares, Tomás Campuzano, Ortega Cano, Juan Ramos… más recientemente la brutal de Padilla.

Porque esta dinastía de los Val Carreres suma su nombre a la grandísima lista de cirujanos taurinos que han honrado tanto la profesión, ejemplo de Máximo García Padrós (fiel heredero de su padre, don Máximo García de la Torre, quien ser mutilado de Guerra no le impidió ser un colosal galeno), que estos días también es noticia por salvar la vida a Gonzalo Caballero, al igual que hizo antes con tantos toreros. Son nombres gloriosos de la cirugía taurina, pero sin olvidar a otros muchos que, en los más remotos rincones del país, son ángeles de los toreros y siempre están prestos y preparados para atajar las cornadas.

 

FOTO: Muriel Feiner

Se va El Cid. Adiós a un TORERO

Se va Manuel Jesús El Cid y es el adiós de un gran torero. De una de las izquierdas más puras y sandungueras de varias temporadas, de cuando ya talludo a base de cuajar tantos toros y firmas faenas memorables se hizo un sitio en los carteles de figuras y hasta vivió varios años de torero de postín, especialmente a partir de la memorable faena a aquel toro Guitarra, de Alcurrucén, que definitivamente lo hizo figura y eso que lo pinchó. Tiempos que se ganó ya para siempre el respeto del aficionado y ese puñado de páginas escritas por él, donde ahora recuerdo –escribo dejándome llevar por las vivencias- también otra enorme faena a otro toro de Alcurrucén la tarde de la confirmación de alternativa de Eduardo Gallo y donde el gran César Rincón, ya curado de una gravísima enfermedad, volvía a salir en hombros por esa puerta grande de Madrid llena de emotividad. O aquel día de los victorinos en Bilbao… entre una enorme baraja que han escrito un capítulo reciente en la historia del toreo.

De Manuel Jesús El Cid lo recuerdo cuando, ya pasado de años -en comparación a los muchachos que por entonces compartía terna-, se abría paso de novillero y disfrutaba de largas temporadas en Salamanca. En esas fechas lo apoderaba un pintoresco taurino andaluz conocido por El Gallo de Morón, de nombre José Maguilla y que había sido torero en su juventud, aunque no llegaría a tomar la alternativa. Ambos eran inseparables y hasta se decía ‘tanto monta, monta tanto El Gallo como El Cid’. Entonces se hizo una apuesta económica muy fuerte e instalaron su cuartel general en La Fuente de San Esteban. Eran tiempos donde apenas le abrían las puertas de las casas ganaderas y, en esos tiempos de novillero, se hizo una importante apuesta económica para poder tomar parte en festejos, además de matar muchos toros a puerta cerrada. Justo entonces, el taurino Pepe Güevero, un antiguo banderillero de La Fuente de San Esteban, se suma al equipo y es a quien encargan que compre toros para matar a puerta cerrada. Pepe, fallecido hace unos meses, se dirige a casa de Paco Galache y adquiere un importante número de reses que el muchacho del pueblo sevillano de Salteras estoquea en la plaza de tientas del Complejo El Quijote, de Vitigudino, donde se hace familiar su presencia y donde pronto Paco Galache, el viejo y genuino ganadero de Hernandinos, queda prendado de la capacidad y torería de ese muchacho, para convertirse en su primer gran embajador. Paco Galache, hombre prudente, de palabra justa y medida, de largos silencios y siempre con su timidez natural, pronto empezó a decir, “no me confundo mucho si digo que El Cid será un torero grande”.

Poco después debutó en Madrid y a nadie dejó inadvertido sumando muchos paseíllos en Las Ventas durante esa época y dejando claro que era un torero muy interesante. Y eso que estaba fuera del estereotipo del novillero del momento, ya entrado en años, pero eso no tuvo nada que ver para que El Cid entrase en el corazón de Madrid y, especialmente, el Tendido 7 ya lo adoptase para siempre, como si barruntase las grandes tardes que esperaban al sevillano. Aún así nada era fácil, porque entonces ya comenzó el runrún de sus grandes faenas, a la par que esa espada de hojalata que lo privó de volar más alto.

 Instalado en Madrid sus visitas el Campo Charro seguían siendo habituales y hasta hizo amistades para siempre, caso de José Antonio Zúñiga, el veterinario taurino de Villavieja de Yeltes, siempre a su lado y convertido en su más apasionado seguidor. Entonces ya comenzó a ser invitado a los tentaderos en la mayoría de las ganaderías, donde una de ellas –La del Pilar, de Moisés Fraile, pronto empezaría a escribir importantísimos capítulos en la vida profesional del diestro, porque fue con los toros del Pilar con los que ascendió al Olimpo de los grandes tras cuajar faenas para el recuerdo, bastante antes de que llegase otra destacada etapa con el hierro de Victorino Martín que escribió su cenit en la encerrona de Bilbao, que fue el cartel estrella de esa edición de las corridas generales donde estuvo verdaderamente solemne. Y figura consolidada, ya de mano de un dúo de sevillanos que lo apoderaron de forma ejemplar, Manolo Tornay y Santi Ellauri. Tiempos que cautivó a todos y también tantos ohh provocó con esa espada que tanto dinero y éxitos le restó. ¡Ay si El Cid hubiera sido un fino y acertado matador…!

Ahora se va. Dice adiós en Zaragoza y desde aquí me descubro ante este gran torero. Ante Manuel Jesús El Cid a quien conocí cuando llegó a Salamanca de la mano del Gallo de Morón y mató tantos toros en El Quijote de Vitigudino. Antes este torerazo de quien un día el viejo Paco Galache me insinuó “no me confundo mucho si digo que El Cid será un torero grande”. A él y con toda mi admiración arrojo mi gorrilla charra a sus pies. Porque se va un TORERO.

 

Bajo el recuerdo de Gabriel y Galán

En esta época entre dos estaciones y con el mes de octubre asomado al balcón de la vida, el sábado viajamos a la alta Extremadura para volver a pisar sobre el misterio de las calles de Granadilla. Sobre el hermoso pueblo expropiado tras la construcción del pantano de Gabriel y Galán y dejado a su suerte durante más de dos décadas, convirtiéndose en un lugar fantasma. Hasta que alborean los ochenta y alguien le quita la sábana del abandono al darse cuenta de a locura de dejar a la buena de Dios un lugar cargado de magia, con un castillo medieval precioso y fortificado por murallas. Por unas murallas tan hermosas que mientras se pasea por ellas para contemplar la inmensidad del embalse que queda a los pies, se tiene la impresión de encontrarse en Collioure, en la Cataluña francesa, otro lugar idílico y monumental, bañado por el Mediterráneo. El que vio morir a Antonio Machado, el poeta sevillano que cantó a Castilla, cuando angustiado de pena y sin fuerzas, expiró camino del exilio tras aquella locura de la Guerra Civil que ahora vuelve a sangrar por esa ley de Memoria Histórica escrita con la tinta del rencor y el odio.

Maravillado en las calles de Granadilla envueltas en magia, el reloj corre incesantemente y la demora no podía alargarse. Había que poner rumbo a Guijo de Granadilla para acudir al abrazo de la huella extremeña de José María Gabriel y Galán, el genial poeta de Frades de la Sierra que allí fijó su residencia tras contraer matrimonio. Antes, en el camino llama la atención que, en cada pueblo que atraviesa, encuentra un montón de referencias del vate. Cooperativas que llevan su nombre, el gigantesco embalse, parques, avenidas, plazas, centros culturales… con su recuerdo presente, algo que produce enorme felicidad al viajero, quien tantas veces se ha deleitado con la maravilla de sus poemas.

   Vestido de charro, en uno de sus viajes a Frades de la Sierra, para visitar a sus padres.

En El Guijo de Granadilla acude a la plaza principal tras informarle un lugareño que, en ella, se encuentra la casa museo, junto a un busto situado en el centro del ágora. En la casa, sobria y elegante, propia de un rico de pueblo, su condición tras casarse con una terrateniente del lugar, todo le llama la atención. Especialmente dos poyos de piedra berroqueña situados a ambos lados de la entrada que servían de descanso para meditar y alumbrar belleza con sus poemas cargados de amor. En su interior uno admira el legado expuesto con decenas de objetos personales, la mesa de trabajo… hasta que la abandona embargado por la emoción de caminar por la misma senda que lo hizo don José María.

                  La alcoba donde murió, tan joven y plenamente reconocido en todo el mundo.

Al salir sigue la senda que conduce al cementerio para visitar su tumba, algo que no resulta fácil descubrir, porque al traspasar la puerta nada recuerda la última morada de Gabriel y Galán. Al final, después de dar un montón de vueltas entre los viejos panteones se encuentra su tumba. Entonces se adueña el respeto y, con las manos entrelazadas, se recuerda la obra del más grande de los poetas que parió esta tierra, el que cantó con sus versos a la gente del campo charro y serranos, gañanes, vaquerillos y amas. A sus  tradiciones, a la propia Salamanca y a ese río Alagón que marca los pasos de sus existencia. Rodeado de la paz que trae el silencio, uno cierra los ojos para recordar sus versos en una vida rota prematuramente a los treinta y cinco años frente a la fría sepultura que guarda los restos del genio.

                     En el cementario del Guijo, en señal de respeto ante un genio de las letras.

Al final, antes de abandonar el lugar, como respeto y testimonio de la admiración que se siente hacia su figura, deposito sobre la ajada lápida unas quitameriendas silvestres que ya han brotado al lado del camposanto en este septiembre que asoma al balcón de la vida para anunciar la llegada del otoño. Era la señal de respeto y el tributo de admiración a un paisano que cantó como nadie a su querida tierra salmantina.

Un respeto para Paco Pallarés

Paco Pallarés fue un grandioso torero y dueño de una irrupción artística que, desde becerrista, lo convirtió en un fenómeno. Ese estatus lo mantuvo más tarde de novillero con caballos hasta su gloriosa alternativa celebrada en la inolvidable feria de 1965 y que ha sido el acontecimiento más sobresaliente vivido en La Glorieta de Salamanca en sus 125 años de historia. Aquel ciclo ferial que lo vio hacerse matador de toros y saldó con ocho orejas en dos tardes, jamás se olvidará y permanece entre los mejores recuerdos taurinos de esta tierra.

Alternativa de Pallarés, que recibió de manos de S. M. ‘El Viti’, con José Fuentes de testigo y toros de Paco Galache. Fue un acontecimiento histórico.

Pallarés fue, además, un símbolo de La Fuente de San Esteban, su pueblo natal y el primer gran torero surgido en esa localidad, el que abrió el camino a la brillantísima etapa que vendría años después. Él fue otro fruto de aquella Salamanca ganadera que tenía su cogollo en el pueblo de La Fuente y, cada invierno, atraía a las figuras a las ganaderías del Campo Charro para prepararse y, junto a ellos, imantados, una legión de torerillos deseosos de una oportunidad. En medio de aquel ambiente crece Paquito Pallarés admirando el mundo del toreo y queriendo formar parte de él desde muy niño.

La impactante llegada al torero de Paco Pallares, junto a su carisma y señorío, quedó grabada a fuego lento en el corazón de los aficionados y profesionales, pero muy especialmente de sus paisanos, quienes sentían adoración por él, por Paquito Pallarés, quien siempre tuvo en ellos los mejores embajadores de su arte. Antes y después de aquel gravísimo accidente que ya frenó definitivamente cualquier posibilidad de volver a recuperar su nombre en los carteles.

Su preciosa escultura en su lugar natural, donde permaneció hasta el pasado mes de enero y donde debe regresar (o a la anexa Plaza Mayor)

Fruto de ese cariño, de lo que significó y gracias a un detalle altruista del torero Andrés Sánchez –muy unido a él- que organizó un festival en La Glorieta con la finalidad de obtener fondos para que quedase perpetuado en el recuerdo el gran torero, se pudo fundir una preciosa escultura, que es una obra de arte y fue esculpida al alimón por Ignacio Villar y por Juan Díez, este último reconocido escultor de La Fuente, además de estar muy vinculado a Pallarés. Gracias a ellos ha sido posible que esa localidad tan taurina del Campo Charro contase con una  preciosa estatua que fue colocada en la Plaza del Mercado de su pueblo, en el lugar ideal, porque las grandes personalidades debe admirarse en los sitios más visibles. A partir de entonces, la escultura de Pallarés fue el símbolo lo más fotografiado de La Fuente, donde también llegaron muchos aficionados para reencontrarse con la leyenda de ese gran artista que hizo gala de la bonhomía y también infinidad de profesionales que auparon a Paquito Pallarés en un pedestal.

Desde enero permanece arrinconada en su solar, algo totalmente incomprensible cuando en primavera finalizaron las obras de la Plaza del Mercado.

En esa plaza del Mercado permaneció hasta hace casi un año cuando fue levantada para poder llevar a cabo unas obras de mejora y embellecimiento del lugar. Durante la obra fue llevada a un solar particular y allí permanece aún, ya muchos meses después de finalizar las obras (concluyeron en primavera). Desde entonces el bronce de Paco Pallarés no ha vuelto a su antigua ubicación, o a algún lugar cercano, que es donde debe estar quien ha sido un símbolo de La Fuente; un personaje tan querido y quien además representa simbólicamente el gran peso taurino histórico de esa localidad. Ese o la anexa Plaza Mayor son sus sitios, no una rotonda de las afueras, donde no pinta nada. Y es que, más allá de lo que representa Paco Pallarés, no se puede olvidar que ese pueblo está unido a la Tauromaquia, arte que tanto ha dado a la localidad y por la que es conocida en medio mundo. Por esas razones, el monumento que rinde perpetuo homenaje a Pallarés debe estar en un céntrico lugar, jamás alejado, ni escondido, como si fuera un jarrón chino o un zaleo que nadie sabe dónde ubicar.