Archivo por meses: febrero 2020

Pinto, ¡la que nos has liado!

HACE UN AÑO QUE FALLECIÓ EL GRAN JOSE PINTO. HOY LO RECUERDO Y VUELVO A PUBLICAR EL ARTÍCULO QUE LE ESCRIBÍ ENTONCES

Hay días que nunca deberían de haber amanecido, querido José. Porque cuando recibes un hachazo así, de frente y en frío, quedas bloqueado de impotencia, hundido en un montón de preguntas que no tienen explicación. ¡Un tío como tu jamás podía morir! Te bebías la grandeza de la vida a sorbos y la disfrutabas a cada momento, sin dejar nada atrás y si era para hacer el bien llegabas el primero. ¡La que nos has liado! Diciendo a todo que adelante, más para los actos benéficos o de ayudar a la gente y es que realmente tu vida fue eso, solidaridad. Y siempre con esa sonrisa campechana, que fue otra de tus identidades.

Te habías ganado a todo un país y, especialmente, en tu tierra lograste poner tu nombre en lo alto del podio de admiración y de respeto desde que te convertiste en un gran embajador y a la par en ese escaparate que tanto necesitaba La Raya, la Socampana, el Campo Charro y ese rincón de la comarca de Ciudad Rodrigo que pusiste en el mapa al convertirte en un icono televisivo y ser admirado cada tarde por tantos millones de personas gracias a tu inmensa cultura y esa bonhomía que enamoró a España. Y fuiste un batallador si llegó el caso y ahí está tu implicación contra la especulación en tu ejemplar labor frente a esas minas de uranio que pretenden destrozar los campos de Retortillo para envenenar uno de los más hermosos rincones de la charrería. Ahí llegaste tu, avalado por tu fama de la tele y con la identidad de tu grandeza humana, sin perder tu verdad y señorío para dar otra lección de dignidad. Porque siempre estabas donde eras necesario y más en actos benéficos –Cruz Roja, lucha contra el cáncer…-, atendiendo a todo, regalando sonrisas antes de regresar a tu querido Castillas de Flores para seguir al frente de tu explotación ganadera.

Ayer nunca debió estar en los calendarios, amigo. Porque la noticia de tu muerte fue un mazazo cuando a primeras de la tarde, de viaje a Segovia para comer en ese templo gastronómico de Los Mellizos, en Carbonero el Mayor y disfrutar de una velada taurina al lado de los amigos del Espontáneo, en un alto del camino, al mirar el teléfono enseguida supe que algo ocurría al observar una treintena de llamadas perdidas, señal inequívoca que los números no cuadran y estás casi seguro que abre la puerta de las peores noticias.

– Ha muerto Jose Pinto de un infarto.

Desgraciadamente esa noticia se confirmó rápido, Y si, era tu, Pinto. El gran Jose -sin tilde-, el del inmenso corazón, con quien ya teníamos prevista la excursión de mañana a Ciudad Rodrigo para ir a escuchar tu pregón de Carnaval, junto a nuestro Antonio Risueño, seguros que sería una maravilla recuperando tus recuerdos y vivencias en esa joya de Miróbriga. Y antes darte un abrazo cuando fueras arropado por la Corporación Municipal desde la Plaza Mayor al Teatro Nuevo, escoltado por dos maceros, como si fueras un jefe de Estado, porque a fin de cuenta tu te has ganado a las gentes de tu tierra y has hecho más que cualquier político; todo por beneficiar al prójimo con el orgullo de haber nacido en ella, sin buscar nada a cambio. ¡Cuánto deben aprender de ti! Y ahora nos dejas huérfanos, al igual que queda esa preciosa capa de paño, con las vueltas de seda encarnadas, que ibas a estrenar mañana en el pregón y la habías encargado con tanta ilusión en una sastrería de Salamanca cuando la otra tarde fuiste con el gran Félix Rodríguez –el amigo que tantas copas nos sirvió en la discoteca Amayuelas hace ya tantos años- a tomarte las medidas.

 Casi no tengo palabras para decirte, porque contigo se va un gran amigo y un maestro de quien tanto apr endí. Solo sé una cosa y es que hay días que nunca deberían de haber amanecido, querido José.

¡Los cojones de la estación delante del toro! -dijo Joselito-

Tiempo de centenario de la muerte de Joselito, de quien fue el rey de los toreros. De quien hizo posible que la Fiesta haya seguido viva gracias a tantas innovaciones como llegaron de su mano en aquella llamada Edad de Oro donde, junto a Belmonte, se trazaron los cimientos del toreo moderno. Además, como genio que fue, Joselito protagonizó infinidad de anécdotas. Hoy os voy a contar una que se produjo en Valladolid cuando lo quiso desafiar el local Pacomio Peribáñez, torero muy respetado.

Pacomio Peribáñez fueel primer torero con nombradía que tuvo Valladolid, con estrella en los primeros años del siglo XX y muy querido por sus paisanos, aunque sin lograr llegar a ser figura por los sucesivos percances sufridos en los ruedos y también fuera de la plaza, entre ellos la muerte de su hermano Tomás, banderillero de su cuadrilla, en Colmenar Viejo. De novillero deja una inmensa huella que no mantiene en sus primeros años de matador –toma la alternativa en 1911-; sin embargo logra afianzarse en la temporada de 1916 y recuperar cartel, algo que le sirve para torear en Madrid, junto a Joselito ‘El Gallo’, en terna completada con Curro Posada, quienes lidian toros colmenareños de Vicente Martínez. El de Valladolid está bien y el triunfo le sirve para abrirse paso en diferentes plazas, aunque inexplicablemente queda excluido de la feria matea de su tierra, un ciclo donde Joselito, como es lógico dada su condición de máxima figura, es el gran protagonista.

Ese hecho provoca la indignación de Pacomio Peribáñez, quien se siente ultrajado por el ‘rey de los toreros’. Es tal su malestar que enterado de la llegada de Joselito –junto a su cuadrilla- en el expreso de Madrid acude a la Estación del Norte de la capital castellana para hacerle su particular ‘recibimiento’. Entonces las figuras se desplazaban en tren y, en las mismas estaciones, eran recibidos por una muchedumbre de aficionados. Más aún entonces, en la época de la enorme pasión entre Joselito y Belmonte, quienes habitualmente viajaban en el mismo compartimento, pero poco antes del destino se separaban para dirigirse cada cual a un extremo del tren. De esta manera al bajar mantenían esa imagen de rivalidad, porque de verlos juntos sus partidarios, quienes literalmente se pegaban por ellos, se hubieran llevado una enorme decepción.

Sin embargo las ideas de Pacomio en aquel momento eran otros y sobrepasando al gentío se adentra en los andenes para ir directamente en busca de José Gómez, del gran Joselito ‘El Gallo’, nada más divisar su terso moreno, su pelo negro y su apostura natural al descender del tren. Y una vez situado frente a él, sin mediar saludo, empieza a decirle que él era culpable de que no torease, que había medrado para que no estuviera en la feria de su tierra porque le ¡tenía miedo! José lo miró y sin decir palabra se marchó junto a su séquito de picadores, banderilleros, mozo de espada, ayuda… camino de la fonda.

Sin embargo la cara de la moneda cambia al día siguiente al tenerse constancia que no podría comparecer el compañero de cartel en la corrida del día veinticuatro, con toros del Duque de Tovar y la empresa opta por ofrecer la sustitución a Pacomio Peribáñez. De esta manera también frenaba los impulsos del diestro local, quien no dejaba de ir por los cafés donde se agrupaban los aficionados para mostrar su queja, ni ante los revisteros… La empresa previamente también pide opinión a Joselito, quien sin dudar dice que sí y acepta vérselas, otra tarde más en esa temporada, con el espada de Valladolid.

El día señalado y con gran ambiente José llega al patio de cuadrillas con antelación, algo habitual en él; poco después lo hace Pacomio –quien tiene en el grandioso Alfredo David a su peón de confianza-, quien enseguida fue a saludar a Joselito y a pedir perdón por las ofensas que le dedicó dos días atrás. Joselito de nuevo lo mira con seriedad y, sin mediar palabra, le da mano en gesto de torero. Comenzada la corrida, el de Gelves banderillea a sus tres toros, les hace variedad de quites, al igual que lo hace con los de su compañero y protagoniza una tarde pletórica, borrando al de Valladolid. Ya al final, con todo el público entregado a la magistral actuación del maestro y justo después de rodar su último ‘tovar’, le dice a Pacomio Peribáñez: “¡Aquí, delante del toro era donde tenían que haber estado los cojones de la estación!”.

 

Faustino Delgado ‘El Tino’, siempre en el toro

Faustino Delgado El Tino fue hijo de la pobreza, de las cartillas de racionamiento y de la hambruna. De una infancia muy difícil en medio de la postguerra que asolaba a España y donde apenas había alternativa para redimirse de tantos reveses. Entonces, siendo un chaval admira las cuadrillas de torerillos que pasan el invierno en el Campo Charro y, por esas fechas, a finales de agosto de 1947 queda sobrecogido al ver el impacto social que ha causado la muerte de Manolete. Y ya desde entonces no quiso otra cosa más que seguir los pasos de Manolete. Y los de Pepín Martín Vázquez después de cautivarse con aquella maravilla de película que fue Currito de la Cruz.

El Tino, junto a José Mari Martín ‘El Salamanca’, el día de la alternativa de este último

Con la afición en viva, la necesidad de ser alguien en la vida, ayuno de cualquier arte y con la única ayuda del valor, pero una enorme afición, se marcha a las capeas. Entonces, coincidiendo con la época esplendorosa que dos novilleros, Julio Aparicio y El Litri, tenían más fuera que nadie y eran los protagonistas de las ferias, él se echó el maco al hombros para intentar ser torero y emular las gestas. Eran tiempos de grandiosos toreros; de Pepe Luis, que aún seguía en activo, de Luis Miguel, de Antonio Ordóñez, de César Girón, de su paisano Emilio Jumillano, de Pedrés, de Rafael Ortega… a quienes admiraba y se fijaba en todos los detalles cuando los veía en la plaza o muchas veces durante el invierno, cuando los que no iban a América pasaban esos meses preparándose en las ganaderías de Salamanca.

En medio de aquel escenario, después de tomar parte en muchas capeas de Salamanca, Zamora –en una de ellas conoce a Valentina, su esposa-, Valladolid, Cáceres, Guadalajara… empieza a torear novilladas por diferentes pueblos para lograr pronto fama de torero entregado y valeroso. En esa etapa discurren varios años, alguna pena y bastantes estrecheces (hasta sufrió un ataque de lobos mientras bajaba andando por el puerto de Perales camino de una capea en Torrejoncillo), sin que llega la esperada oportunidad para lograr un triunfo que lo lance a las ferias de postín y, después de tanto esperar, decide retirarse, aunque nunca abandonó su afición al toro, ni su amistad con los toreros. Ni la pasión con aquello que estuviese vinculado a la Tauromaquia.

De novillero toreó mucho en las plazas catalanas, al igual que después de banderillero

Junto a su mujer, siempre tan trabajadora y pendiente de él, se buscan la vida para sacar adelante a su familia, porque ambos son unos luchadores. Y además con un espíritu emprendedor que les lleva a regentar una bien surtida carnicería, también un bar, el Casa Tino, en el centro de Salamanca, en la misma calle Toro, que se convirtió en centro de reunión de profesionales y donde se dejaban tantos recados mucho antes de la llegada de la telefonía móvil.

Sin embargo, el veneno del toro sigue vivo y un buen día, El Tino, a quien muchos llaman El Tino salmantino para diferenciarlo del alicantino que formó aquella inolvidable pareja con Pacorro, decide volver en la labor de banderillero. Era su mundo y pronto se acopló en la cuadrilla de su paisano, el rejoneador José Ignacio Sánchez (miembro de la familia ganadera de Trespalacios, hermano de Manolo Sánchez El Sonri –salmantino universal- y de Solita, esposa de Juan Mari Pérez-Tabernero), que entonces gozaba de nombre y se asomaba a carteles importantes. Más tarde también fue con el rejoneador burgalés Florencio Arandilla y por medio con muchos toreros emergentes. Además fue habitual en los festejos  celebrados en la provincia de Salamanca y provincias cercanas, junto a su actuación en las labores de director de lidia en infinidad de encierros y capeas de la provincia de Zamora, tan querida para él.

Poco después empieza a ayudar a un montón de novilleros y también a algún matador. Es por esos días cuando empieza a apoderar a José Martín El Salamanca, paisano suyo que pronto rompe en excelente novillero gracias a sus sobrias maneras a quien lleva a la alternativa, que se celebra un día de San Mateo de la feria charra de 1978, corrida en la El Tino fue apoderado y banderillero del toricantano. De forma inmediato vino el tiempo que apoderó a Ricardo Sánchez Marcos, el vitigudinense que atesoraba tan elegantes maneras dentro de una magnífica interpretación y a quien fue dirigió en una brillante etapa. A continuación vendrían más, entre ellos Arcadio Ferrán Curro Cruz, en sus tiempos de matador de toros o Jorge Manrique, Julio Campano…, porque El Tino era incansable.

Y más que nada un hombre que vivió por y para el toreo y ahora nos acaba de dejar, justo después de que el pasado viernes se reuniera con su cuadrilla de veteranos toreros de Salamanca para celebrar una de sus habituales comidas en el bar Enebro, del barrio de Garrido y Bermejo. Una comida donde ya un cansado El Tino volvió, con esa vozarrón ronca que lo caracterizaba, a recordar anécdotas de su vida en la que acabó siendo la definitiva despedida de su gente. Y de este mundo que para él era una infinita plaza de toros. DEP

 

 

 

 

El Cruce, la añoranza de un entrañable mesón taurino

Por tierras de La Fuente, al lado de la antigua carretera de Portugal, el viejo mesón El Cruce, que ha sido una de las casas de comidas más señoriales de la provincia, parece un barco atracado en la dársena de la crisis y el olvido, azotado por la incertidumbre y a merced de los vientos de la vida.

Desde hace dos años, con sus puertas cerradas y los fríos letreros de se vende, se alquila han ajado el brillo con el que logró tanta fama cuando desde hace más de un siglo, bajo el nombre de Parador de Elías (el nombre inicial antes de ser conocido como El Cruce, por razones obvias), se convirtió en una referencia hostelera provincial. Y desde entonces ha sido lugar de paso de gentes de la zona, quienes compartían barra con camioneros que iban a Portugal y hacían un alto en el camino, con turistas europeos (en la época que Europa estaba tan lejos), con viajeros que esperaban el coche de línea de Salamanca; con ferroviarios que iban a tomar un chato cuando finalizaban el turno. Y tantos otros entre los que tienen un puesto de honor los toreros.

Coincidiendo con el esplendor ganadero del Campo Charro la torería andante tuvo su lugar de referencia en El Cruce, por cuyas puertas, un día entró el ilustre maestro Juan Belmonte y con su estampa jorobada pisó ese lugar con ocasión de una visita a Villoria de Buenamadre. También Manolete lo hizo muchas veces al venir de Hernandinos a tentar a casa de Atanasio. Después llegaron mitos como Antonio Ordóñez o Luis Miguel,  sin olvidar a El Cordobés. Y junto a ellos, todos los grandes, sin faltar uno solo, con un apartado especial para las figuras de Salamanca y aquí Jumillano, El Viti, Paco Pallarés, Juan José y Julio Robles (quien además fue camarero de El Cruce) eran fieles clientes de esa casa.

Se amontonan los recuerdos El Cruce, lugar emblemático y unido a la vida del columnista más allá de los vínculos de vecindad. Porque ese rincón era un poco la prolongación de la casa. Y lo era en cualquiera de los bares en los que estaba dividido, los dos originales y con una decoración, acorde con el entorno, que rompió moldes. Ejemplo de ello era la cafetería con cierto sabor inglés o la taberna montaraz con el sello charro en sus paredes y una chimenea que era un primor, donde al calor de sus brasas se despertaron numerosas ilusiones, se cerraron infinidad de tratos y se hablaron de muchas confidencias.

Desde entonces queda una larga etapa de prestigio gracias a sus fogones, famosos en media Europa por la calidad de sus guisos, junto a una barra bien surtida, que siempre era atendida con cortesía y amistad. Porque era una referencia de calidad en la que durante más de tres décadas y hasta que se jubiló marcó señorío Abdón Montejo Nito, el mesonero torero que tenía tan buena mano izquierda para lidiar con todo el mundo y convertirse en un extraordinario profesional que logró hacer del Cruce un emblema hostelero de la charrería. Porque Nito (al jubilarse comenzó a hacer aguas ese negocio) sabía utilizar tan bien el temple que consiguió tanto reconocimiento detrás de la barra como en sus años mozos, cuando abandonó su Santis natal para convertirse en la promesa taurina de esta tierra.

Hace años, por falta de tacto de quienes imponen el progreso olvidándose de la tradición y han facilitado eso que ahora llaman la España Vaciada, desapareció el mesón La Rad. Después, sin cesar el goteo, ha ido ocurriendo lo mismo con la mayoría de los viejos establecimientos. Y otro ejemplo llegó hace dos años, cuando prácticamente quedó escrito el réquiem del Cruce, el viejo mesón de la carretera de Portugal que hace más de 100 años abrió sus puertas como Parador de Elías. El mismo que espera su final en medio de la impotencia, de la misma manera que se mira a un barco atracado en la dársena del olvido y a merced de los vientos de la vida.

Luz para la tarde taurina del Cueto

Y resucitada Las Ermita de los Remedios, hay que ir también a pos ese otro templo de historia taurina como es el santuario del Cueto, con su festival en esa preciosa plaza cuadrada donde toreó hasta Joselito ‘El Gallo’, un año que estaba retentando vacas viejas de Graciliano y precisamente hace ahora un siglo, a las pocas semanas de fallecer bajo las astas de ‘Bailaor’, de la Viuda de Ortega, Belmonte toreó su primer festejo público en esa plaza, tas la promesa hecha a la Virgen unos meses antes y al final, dado que la ocasión tuvo tientes históricos, ha quedado reflejada para la posteridad. Ocurrió que aquel año, el veintiséis de febrero sufre una grave cornada cuando tentaba una becerra en la finca de Padierno, propiedad de Argimiro Pérez Tabernero (al que asesinaron junto a su familia en Málaga al comenzar la Guerra). Curado por don Arcadio, el médico de Robliza de Cojos, al día siguiente marchó a Madrid en el tren para seguir la recuperación. Pero antes dejó hecha la promesa a la Virgen del Cueto, a la que tanto veneraba, de torear el inmediato festival si se recuperaba y no quedaban secuelas.

Así ocurre, aunque antes hubo un hecho que marca su vida: la muerte de Joselito en Talavera, que ocurre el 16 de mayo de 1920. La trágica desaparición de su gran rival y casi hermano lo sume en un estado de tristeza y dolor, pero no evita que comparezca ante el compromiso adquirido y exactamente el 13 de junio, que aquel año correspondía al Domingo de Pentecostés y por tanto fecha de la romería, torea el festival.

Su rostro triste y figura ausente quedó inmortalizado por las instantáneas del fotógrafo Eustaquio Almaraz. Vestido completamente con un traje corto negro, nada más bajar de la calesa que lo traslada desde la cercana casa de Gracialiano Pérez Tabernero, en Matilla de los Caños, recibe el pésame de los mayordomos, ganaderos y aficionados que podían acercarse a quien fue el coloso de los ruedos. Nada menos que Juan Belmonte, que mordido por el dolor toreó por primera vez tras la muerte de Joselito en la romería del Cueto. ¡Y en unas semanas hará un siglo!

 

La aventura charra en Tenerife, una verdadera novela

Salamanca atesora una pintoresca historia escrita por la tinta aventurera. Se trata del intento de reconquistar, taurinamente, las Islas Canarias, episodio protagonizado por un tropel torero de la tierra, que arribó a los territorios chicharreros con Eliseo Moro Giraldés y Marcial Villasante, como comandantes de aquel peculiar ‘ejército’. Giraldés y Marcial eran las cabezas visibles de una iniciativa tan pintoresca e ilusionante en los inicios como decepcionante en su final cuando, tras no cumplirse los objetivos, regresaron cabizbajos y con su corazón impregnado por el amargo sabor del fracaso.

Todo comenzó en el año 1971. Entonces Giraldés convenció a Marcial Villasante para organizar corridas de toros en Tenerife, aprovechando que Canarias era un territorio en el que apenas existían programaciones más allá de las dos capitales, razón por la cual, a su tenor,  la empresa tenían grandes posibilidades de triunfar. Por esos días, únicamente permanecía abierta la plaza de Santa Cruz de Tenerife, la misma en la que Victoriano Valencia cerraba su puerta de matador para abrir la de empresario y apoderado.

Victoriano, junto a Octavio Martínez Nacional -un pintoresco personaje que había sido matador de toros-, empresario de la plaza de Las Palmas, tuvieron sus manos el despertar la Fiesta en las islas, pero faltó promoción y acabaron cediendo para para poner a tiro a los políticos antitaurinos isleños la definitiva supresión de la Fiesta en el archipiélago.

Por entonces, alguien les sugirió la posibilidad de ofrecer corridas en aquel lugar y ambos se lanzaron a la aventura, reclutando para ello un particular ejército de hombres entusiastas que se aventuraban a la conquista de su particular Eldorado. En aquellos días, el empresario charro Paco Gil tenía una plaza portátil que había bautizado como La Salmantina y a la que ya apenas le daba uso. Se trataba de la plaza que había adquirido para el lanzamiento de Julio Robles y en la que toreó frecuentemente novilladas sin picadores en festejos que organizaba su apoderado y desde el debut con picadores de Julio Robles en Lérida, la plaza permanecía en esa capital catalana esperando la posibilidad de que alguien la adquiriese.

Sabedores de ello, Giraldés y Marcial deciden adquirirla a Paco Gil, quien le ofrece magníficas facilidades. Dado el primer paso, a una parte del ‘ejército’ se le encomienda viajar a Lérida a desmontar la plaza y posteriormente cargarla en camiones del transportista Campo, para trasladarla a Cádiz y desde allí, embarcarla a su destino insular. Los encargados de esas misiones ‘logísticas’ son El Gravao y Jerte, a quienes acompaña un peculiar y orondo personaje conocido como El Sera, que había sido mozo de espadas de Víctor Manuel Martín.

 

La misión se logra en tiempo y forma, porque entonces la ilusión abanderaba a este grupo que, cual conquistadores, tenían por delante las metas de un éxito empresarial y artístico que estaban seguros de conseguir en El Puerto de la Cruz. En ese lugar paradisiaco que durante todo el año alberga una numerosa población que acude a disfrutar de su temperatura, de su lago Martiánez, de sus playas y también de su soberbia infraestructura hotelera.

Sin embargo, nada más arribar, las autoridades del Puerto de la Cruz deciden que la plaza se enclave en La Orotava, cerca del lugar previsto inicialmente, idea que fue aceptada de buen gusto, al tratarse de una magnífica ubicación. Y allí, en un campo de fútbol, con un nombre de reminiscencias guanches –Quiquira–, se montó, solemne y gallarda, ‘La Salmantina’ dispuesta a ser la protagonista de una página taurina en Canarias.

Durante esos días el inquieto Marcial Villasante no dejaba de ir para acá y para allá, siempre pendiente de cualquier trámite. Y de que estuviera todo en orden. Marcial había llegado a Tenerife con anterioridad de que el barco Marqués de Pinilla arribase en los diques de San Cruz con el cargamento de la plaza en sus bodegas. Después, siempre a bordo de su 2 CV, que se llevó a Tenerife, aprovechaba para pegar carteles publicitarios de los espectáculos y junto a los miembros de su ‘ejército’ acudía a los hoteles a llevar propaganda. O a animar a los ‘guiris’ para que acudieran a las corridas. O si no instalaba en su Citroën un equipo de megafonía para ir por las playas anunciando el acontecimiento.

Mientras, por mar y aire, fue llegando la expedición torera que se unió a los pioneros El Gravao, Jerte y El Sera, junto al empresario Marcial. Se trataba de los matadores Víctor Manuel Martín y Flores Blázquez, los banderilleros Manolo Romero, Victoriano Lafuente, José Luis Barrero, Parrita de Triana, Curro de la Riva (los dos últimos radicados en Madrid), el picador José El Rubio. También el socio de Marcial, Eliseo Rubio Giraldés, quien entonces no tenía otro sueño que el de ser rico a cualquier precio.

Con todo listo y en orden para dar el pistoletazo de salida cerraron el primer cartel. Se trataba de un mano a mano entre Víctor Manuel Martín y Flores Blázquez, con quienes actuaría en las labores de sobresaliente un novillero que se llamaba Manuel Benítez. Precisamente dado que se denominaba igual que El Cordobés, ese apodo se puso en letras grandes como un anzuelo para que picara la gente.

En la primera función la plaza se llenó y todos se flotaban las manos ante el éxito. También se llenó quince días después cuando se anunciaron Marcelino Lebrero y su hermano El Bormujano, a quienes apoderaba el cura Lezama (años más tarde famoso por sus negocios de restauración). Después volvieron a actuar los matadores charros. Mientras, la iniciativa llegó a su final y todo salió perfecto. Además, el pintoresco personal del ‘ejército’ taurino charro se lo pasó en grande durante los días libres. Cuando no había toros, ni acudían a pegar carteles, o a acicalar la plaza.

Como anécdota de su paso por Canarias, la expedición recuerda, por ejemplo, que el tabaco rubio americano valía lo que un paquete de Celtas en la Península, es decir tres pesetas, mientras que el que se vendía en Salamanca y que llegaba de contrabando, por Andorra o Portugal, subía hasta las cincuenta pesetas. Lo mismo sucedía con el güisqui, cuyo precio de la copa, en Tenerife era de cuatro pesetas, es decir inferior a lo que entonces valía un chato en los bares de la Calleja, que era el lugar de moda para ir de vinos en la capital charra y solía ser de cinco pesetas. También hubo algún ligue y hasta un torero local guardó para siempre un trozo de su corazón para una chicharrera que lo hizo tan feliz durante su estancia en la isla. Y por contra, lo peor fue una terrible pelea entre dos peones provocada por quien no jugaba la partida de la vida con las cartas de la nobleza.

Se vislumbraba un gran futuro, por lo que los empresarios decidieron dejar la plaza para regresar en 1972 con nuevos proyectos. El primer paso estaba dado. Ahora llegaba lo más difícil, la consolidación. Además, Marcial había hecho grandes amistades en la isla, como la de un industrial llamado Pelayo, a quien siempre le guarda gratitud. Por eso razón decide ampliar el negocio y los meses antes de la partida compra gran cantidad de ganado para sacrificarlo en Sevilla y enviar las canales a Canarias, donde pensaba que gozarían de gran éxito debido a que, en las islas, la carne que se consumía llegaba congelada desde Argentina.

Comienza 1972 y se programa una nueva temporada canaria en la que repiten la mayoría de los expedicionarios, sabedores que ese año sería el suyo. El del triunfo. Entonces, hasta Víctor Manuel Martín se lleva su precioso coche, un ‘Austin Victoria’, a las islas. Y a los anteriores se les une un novillero llamado Amador Sánchez, hijo del mayoral de los Fraile, y Fidel San Justo. Allí pronto empiezan a torcerse las ilusiones, sobre todo cuando acuden a recepcionar los contenedores de carne y comprueban que llega podrida, por lo que no queda más remedio que tirarla al mar, con la amenaza de la ruina sobre sus cabezas.

Después, los problemas se agravan y la empresa se ve sometida a un férreo control gubernamental. Se le exigen nuevos corrales, enfermería, dependencias… También deben negociar con el empresario de Santa Cruz para alternar las fechas de los festejos. De tal forma que siguen la forma acordada, pero se sorprenden cuando se deja sin toros a Santa Cruz.

De nuevo, el Gobierno Civil cerca a los modestos empresarios, a quienes finalmente se le retira la posibilidad de ofrecer más toros, tras una decisión de la máxima autoridad en la isla. Se trata de un político que desde la sombra medró para acabar con la empresa Villasante- Giraldés y de paso con los sueños de la ‘troupe’ torera salmantina, que ve caer sus ilusiones por la sombra de la conspiración.

Victoriano Lafuente y José Luis Barrero, que poco antes se hizo banderillero, en su periplo taurino por tierras chicharreras

Después, con el año 1972 tocando a su final, Marcial fue despidiendo a toda la ‘troupe’ aventurera y, poco a poco, regresaron a sus puestos en las Península los aventureros. Unos en avión, otros en barco, pero todos poseídos por la enfermedad que más temen los toreros: La ‘caninez’.

De la vuelta quedan en el recuerdo de los protagonistas infinidad de anécdotas, como la de Víctor Manuel, que regresa en barco para traerse su coche. De entonces cuenta que compartió camarote como Jerte y El Gravao, sorprendiéndole que ambos no salieran para nada del reducido espacio, porque tenían –a decir de ellos– los bolsillos vacíos y él se encargó de que no le faltara de nada. Entonces, ya en la Península y de camino a Salamanca, el bolsillo de Víctor Manuel también se secó. Fue poco antes de llegar a Sevilla en el momento que su coche se queda sin gasolina y entonces, el matador, les dijo: “Señores, hasta aquí hemos llegado. Cada cual que se busque la vida”. En esos momentos, Víctor Manuel, creyó ver visiones al ver cómo los dos compañeros de travesía sacan un fajo de billetes y le dan dinero suficiente para llegar a casa.

Aún, en la bella localidad chicharrera de El Puerto de la Cruz y embargado por la tristeza de la derrota, Marcial liquida la sociedad. Mientras que los toros que quedan se lidiaron en la localidad lanzaroteña de Tías, en la que se programaron tres corridas con mucho éxito; otros se los vendió a Victoriano Valencia, en contra de Giraldés, su socio, pero entonces había que hacer ‘caja’ y los torean en la capital tinerfeña Jaime Ostos, el portugués Ricardo Chibanga y el rejoneador Curro Bedoya. De otros seis se hizo cargo Octavio Martínezel empresario de Las Palmas, mientras que los restantes los mató Chavalo a puerta cerrada.

Con el sabor de la derrota en la piel, únicamente quedan en la isla los caballos de picar, propiedad de Manuel Chopera y se los trajo Fidel San Justo a la Península. Fidel estaba tan ‘tieso’ que se clavó una punta y no tenía ni para pagarse la inyección del tétanos. Por último, como un viejo capitán derrotado, el último en abandonar el barco que se hundía fue Marcial, quien al día siguiente tomó un vuelo a Sevilla, con escala en El Aaiún, para ir a esperar los caballos a Cádiz y definitivamente dejar cerrada la página de una aventura que nació con toda la ilusión y acabó dominada por el fracaso de la decepción en tintes novelescos.

¡Que hagan una escuela de matadores!

En medio de esta época cuando el ‘sistema’ ha desbravado a una gran mayoría de la prensa para convertirlos en amanuenses de su interés y se consuma la pérdida de la figura del aficionado, otra cosa que se ha ido por el desagüe de la seriedad es la suerte suprema, siempre fundamental. Desde hace unos años todo vale y ya lo importante es que encarnar la espada, olvidándose que se debe ser por el hoyo de las agujas, tras hacer la suerte con el decoro que se debe, en lo que se llama los tres tiempos, o lo que es igual la preparación, fijación y ejecución.

Hoy vemos que ya no se diferencia entre estocada y estoconazo. Y se le da la misma importancia a una estocada en su sitio que a otra perdiendo la muleta, algo grave y que siempre restaba el triunfo. Lo triste es que estoconazos caídos, traseros… son premiados y nadie protesta. No hay más que ver las habituales polémicas de los últimos años tras faenas que quieren premiar con dos orejas tras estocada defectuosas y perdiendo la muleta. Y es que aunque se trate de una gran faena nunca debe llevar el doble premio cuando se falla con el acero.

De la manera que está el toreo será muy difícil que se vuelva a recuperar el esplendor de la suerte suprema. Será un milagro que se intente convencer a la gente de su verdad, sencillamente porque ya no hay aficionados y quien acude a las plazas, en su mayoría, se ha dejado llevar por la actual aureola de triunfalismo y no busca más que se corten alegremente las orejas. Olvidándose que un triunfo o una puerta grande es algo grandioso que lleva detrás una obra de mucho calado.

Hoy más que nunca el toreo necesita una escuela de matadores para que aprendan a matar con decoro y elegancia que necesita la suerte suprema. Que vean vídeos de Rafael Ortega, de Paco Camino, de Ostos, de Andrés Vázquez, de Uceda Leal… O de aquel modesto riojano llamado Antonio León, natural de Arnedo que mataba tan bien que los públicos no querían más que llegara ese momento para disfrutar de su interpretación.

Por eso hace falta que se recupere la grandeza de la estocada y frenar el desastre actual. Que alguien monte una escuela para enseñar a ejecutar con torería y pureza la suerte suprema, no como se hacen ahora que van a estrellarse contra el toro. Que venga alguien y los enseñe, que les hablen de Martín Agüero, el del pasodoble tan bonito de la plaza de Bilbao. Pero sobre todo que enseñen la verdad y grandeza de la suerte suprema antes de que se pierde definitivamente.

El festival: Grandeza en el toreo

El festival taurino siempre fue luz para la Fiesta. Esencia y  escuela de valores, además de un perfecto banderín de enganche para nuevos aficionados. En los baúles de su grandeza se guarda el colorido, el arte y el sentimiento que trae una tarde de toros, sin olvidar que se desempolva la añoranza gracias a la presencia en ellos de diestros retirados, quienes recrean su torería junto a jóvenes realidades y la promesa de un novillero. La historia de la Tauromaquia está llena de relevantes festivales que han escrito imborrables páginas protagonizadas por gloriosos maestros que tuvieron su particular canto del cisne en estos festejos, junto a jóvenes novilleros que salieron lanzados de ellos. E incluso en su frondoso anecdotario no faltan toreros de postín que se encontraban en el tendido y fueron invitados a torear vestidos de calle –Domingo Ortega, Paco Camino, Andrés Vázquez…-.

Me encanta ver anunciado un festival, más en esta época prolífica en sequía tras ir muriendo aquellos que dieron sentido a ciudades que programaban estos festejos al hilo de alguna causa solidaria. Son festejos especiales y sin la responsabilidad de una corrida de toros que tienen el colofón de un novillero en el mejor escaparate de su carrera. Y tantas veces ha servido para lanzarlos. Recuerdo que José Miguel Arroyo salió encumbrado del celebrado en Las Ventas a principio de 1986 a beneficio de las víctimas del Volcán Nevado del Ruiz. O a bote pronto en Salamanca, en el que celebrababa cada año a beneficio de las Hermanitas de los Pobres, en la edición de 1989 irrumpió José Ramón Martín con un sobrero que le regaló El Niño de la Capea ofreciendo tal dimensión que durante un tiempo se convirtió en la esperanza local. Casi dos décadas atrás el colombiano Jaime González ‘El Puno’ triunfó a la grande en otro celebrado en Las Ventas donde fue a sustituir a Puerta y aquel éxito la abrió las puertas de numerosas ferias, además de posibilitarle ser el primer colombiano en salir en hombros de la plaza madrileña.

De los festivales han resurgido infinidad de toreros que cambiaron la paz del retiro por la bella locura de volver a vestir de luces. Recuerdo a dos colosos, Luis Miguel Dominguín y Antonio Bienvenida, quienes en 1970 torearon vestidos de corto en Las Ventas a beneficios de los damnificados del terremoto de Perú y ofrecieron tal nivel que prendió la mecha para reaparecer, haciéndolo en la plaza que había promovido en Las Palmas de Gran Canaria el Marqués de La Florida.

Otro más reciente que reapareció tras un exitoso festival –escribo de memoria- fue Curro Vázquez tras enamorar a Valencia y a toda España –fue televisado por TVE- en el celebrado en homenaje a Vicente Ruiz ‘El Soro’ en junio de 1996. Curro llevaba dos años retirado y esa tarde el aroma de su arte recargó de ilusión sus depósitos toreros para volver en la siguiente temporada y rubricar el epílogo de una carrera que durante años discurrió entre luces y sombras, pero siempre con el sello de su arte.

Cuatro años antes, al finalizar la temporada de 1992, la plaza madrileña de Las Ventas acogió el festival homenaje a Julio Robles y esa tarde en medio de emociones y magnífico toreo el mexicano Miguel Espinosa ‘Armillita’ cuajó un novillo de manera sensacional. Fue otro con caso con connotaciones parecidas a las del Puno, porque esta faena le dio alas a Armillita para regresar de nuevo a los ruedos españoles y hacer campaña. Después, aunque de luces no estuvo a la altura de la expectación, nadie olvidó la grandeza de aquel triunfo dedicado a su amigo Julio Robles.

Ahora apenas se programan festivales al ser inviables por los cuantiosos gastos, olvidando su contribución en tantos momentos que han escrito su historia con la tinta de la gloria. Que eran los apropiados cada vez que los hombres del toro mostraban la cara solidaria para ayudar al necesitado tras un accidente de la naturaleza, al compañero en apuros, a la institución necesitada… Porque el toreo siempre fue una piña para ayudar a la sociedad. Y además en los festivales los viejos maestros desempolvaban los trastos de torear para deleitar con la grandeza de su arte. Por eso eran los mejores banderines de enganche para nuevos aficionados. Y además una auténtica oportunidad el novillero acartelado.