Archivo por meses: abril 2020

Te sueño y te siento, ¡mi Salamanca!

Quiero volver a verte, a acariciarte con mi mirada mientras paseo tus calles. Impregnarme de ti, de tu alto soto de torres que también enamoró a Miguel de Unamuno, aquel sabio bilbaíno que ya para siempre quiso vivir a tu lado, entre tu belleza y la sabiduría que regalas desde hace más de ocho siglos gracias a tu Viejo Estudio, faro cultural de España y América.

Siento ya el momento de volver a respirar tus aires para abrazarte con emoción y perderme entre la magia de tu Plaza Mayor, de cautivarme de nuevo en tu ágora, el más artístico del mundo. De sentarme a ver pasar la vida desde el Novelty y saludar a don Gonzalo Torrente Ballester, con sus gozos y sombras, quien desde este rincón disfrutó tantos momentos de la vida, siempre con su fiel cigarrillo y el vermú de Reus. Desde allí a Los Escudos, a la casa de Arcadio a degustar un plato de jamón, el exquisito manjar de nuestra tierra, regado por un buen tinto antes de perderse en el embrujo del Barrio Antiguo.

En el Corrillo, la plazuela que despide a la Plaza Mayor, invita al recuerdo de Adares, quien tantas veces observó cada detalle con su mirada bondadosa, los andares jorobados y una larga barba blanca que delataba la sabiduría de aquel humilde poeta cantor de la paz, para adentrarnos en la calle Menéndez y al final, ligeramente a la izquierda, sentir el impulso del corazón ante la aparición de La Casa de Las Conchas y enfrente, cual vigilante celosa de tanta guapura, las dos torres de La Clerecía. Es la Salamanca que regala lo maravillosa que puede ser y que hay que descubrirla, paso a paso, con la misma lentitud que se besa a la mujer soñada. 

Por esas calles, con el inmenso legado de su historia, en cualquier momento sientes la impresión de darte de bruces con don Miguel de Unamuno o a aquel Fray Luis con su decíamos ayer, para volver a detenerte ante el tesoro de la fachada plateresca de la Universidad y explicarle a algún despistado turista dónde está la rana. Pronto volveremos a ver el Patio de Escuelas abarrotado de turistas deseosos de sentir una ciudad única, que ha escrito tantas páginas en el libro de la historia, bajo la grandeza de su monumentalidad. Y a caminar por Libreros al encuentro de las Catedrales y emocionarnos ante rincones que inspiraron a tantos genios de las letras, antes de acariciar simbólicamente la Torre de la Catedral Nueva, con envidia a Ángel El Mariquelo por mimar esas piedras que desde ese privilegiado mirador, guardián del Tormes, antes de llegar a la ciudad y al despedirse de ella; de los encinares del Campo Charro con su autovía que une a la hermana Portugal, de las llanuras de La Armuña. Y al otro lado, los fondos salpicados por esas sierras que esconden tantos tesoros e invitan a disfrutarlas. Porque ese escenario también se puede disfrutar desde la joya de Ieronimus para tener la sensación que Salamanca es una ciudad que acaricia el cielo de la belleza.

Te sueño y te siento, mi querida Salamanca. Deseo volver a encontrarte con la misma pasión que lo haría el soldado que regresa, tanto tiempo después, al encuentro de su amada; e invitar a los peregrinos que, fascinador, te atraviesan su corazón por el viejo camino que lleva al encuentro del Jubileo en Compostela. Porque esta lacra del Covid nos ha distanciado, pero nunca separado de ese lugar para vivir y soñar, para maravillarse. Toda tú eres una postal para disfrutarla en un marco de cristal. Y esos tesoros gastronómicos con el aperitivo de una tapa de jeta a La Viga, unas sardinas en La Fresa junto a la amenidad de José Ángel; un pincho de barbada al Berysa, de champiñón en Las Cubas antes de ir a comer Casa Paca, santuario de la gastronomía que da la bienvenida con el abrazo amigo de Germán. 

Desde allí de nuevo a la Plaza Mayor, porque a cualquier hora y sin maquillar te regala lo mejor, para ennoblecerse en paz, con los soles primaverales iluminantes del rostro, en una distendida tertulia dentro de una ambiente cosmopolita. Y desde la Plaza cualquier rincón te vuelve a obsequiar con la grandeza de esa Salamanca, escrito gracias al legado de sus grandes hombres, al igual que el de sus piedras. Esa Salamanca que nunca muere y, con el paso de los años, muchas veces se mantiene con esos entre visillos, el título de la obra que lanzó a la fama a Carmen Martín Gaite tras esa infancia y juventud inspirada en su casa de Los Bandos. Y muy cerca, en la plaza del Liceo, el último charro universal, Vicente del Bosque, esculpido en bronce, para rememorar a quien hizo feliz a nuestra España en un momento tan necesitado de alegrías. Ese Vicente, ha sido un espejo y ahora, esta sociedad, ya pide otro Del Bosque ante la época tan dura que se avecina.

Es Salamanca, la ciudad más bonita de España, hermosa y sobria como los encinares de su Campo Charro y ya espera para volver a abrir, orgullosa, las puertas de su tesoro; la que se emociona al añorar los olés tributados a Santiago Martín El Viti, señor de los ruedos; a aquel Pedrito de Chamberí anunciado como El Niño de la Capea y fue un grandioso torero y al llorado Julio Robles, que tantas veces hizo vibrar a sus paisanos con su arte.  

Ahora quiero volverte a verte, a acariciarte lentamente con mi mirada mientras paseo tus calles, porque te sueño y te siento, ¡mi Salamanca!

La huella salmantina de Joselito

La celebración del año Joselito se ahoga en las enfangadas aguas del Covid-19. Las numerosas ponencias, conferencias, ciclos programados alrededor del torero más grande tendrán que esperar para conocer nuevos detalles de  la vida de un genio. Del más grande. De José Gómez Ortega, quien compartió la llamada Edad de Oro del toreo con Juan Belmonte, que hace más de un siglo dividió a España entre gallistas y belmontistas y ambos siguen en la pomada. A Joselito, a José, a Gallito, revolucionario del toreo, innovador de la Fiesta con la promoción de Monumentales y su influencia en las ganaderías, este 2020, taurinamente, volvía a estar herrado con su nombre en el centenario de su trágica muerte en Talavera de la Reina tras ser corneado por Bailaor, de la Viuda de Ortega. 

Fue en Talavera, el dieciséis de mayo de 1920, al día siguiente de una actuación triste en Madrid, compartida con Juan Belmonte y su cuñado Sánchez Ignacio, a la que llegaron con el público tan encrespado recibió al grito de ¡ladrones, estafadores! Esa situación, provoca que el mismo José le dijese a su compañero, Oye, Juan. Hace tiempo que quería comentártelo. La gente está mal con nosotros y va a llegar un día que no podamos ni salir al ruedo. Lo mejor es que dejemos de torear en Madrid una temporada larga. Que vengan otros toreros y a lo mejor así podemos volver en mejores condiciones en un tiempo. 

La tarde de Talavera, con antelación, la tenía comprometida en Madrid y días antes desistió de ir, para hacerle además un favor a Gregorio Corrochano, el más relevante crítico, tras un tiempo de tiranteces. Además, en el momento que la afición madrileña supo que no iría, a pesar de la promesa de anunciar que volvería más veces a esa plaza para limar las rencillas, provoca tan tremendo malestar que, incluso esa tarde del quince, al abandonar la plaza, dicen que una gitana la gritó desde el tendido, que mañana te maté un toro en Talavera.

Se muerte fue una conmoción para España, Francia, Porugal y América, porque en Talavera un toro había matado a Joselito. A aquel Joselito, a quien Paco Aguado, el gran periodista madrileño, le dedicó el magistral libro El Rey de los Toreros, la obra cumbre para entender y saber quién fue el genio de Gelves y del que en pocas semanas se espera una nueva reedición.

La conmoción -y grande- también lo fue para aquella Salamanca ganadera que había cimentado su futuro gracias a los consejos de José, quien aconsejó siempre en la elección. Es el ejemplo de Jabato, el semental que hizo la ganadería de Paco Coquilla y fue tentado a campo por el propio José; incluso la llegada de Contreras a varias divisas del Campo Charro fue por consejo de Joselito, ejemplo de Juan Terrones.

El de Gelves frecuenta en varias ocasiones el Campo Charro para gozar de la amistad de varios ganaderos. Tan íntima fue la mantenida con don Alipio Pérez-Tabernero Sanchón que siempre tenía dos caballos en la finca de Matilla para poder practicar el acoso y derribo, algo que le fascinaba y allí llevó a cabo en numerosas ocasiones. Gracias a su vinculación con don Alipio toreó dos veces el festival de la romería del Cueto, porque en esos años los protagonistas era las figuras que hibernaban en las fincas del contorno, ejemplo del mencionado don Alipio y su hermano, el famoso don Graciliano. Durante sus compromisos en la feria salmantina de septiembre, José se desplaza cada mañana hasta Matilla –con los rudimentarios medios de la época y debiendo hacer una parte del trayecto a lomos de caballería- para tentar, haciéndolo en numerosas ocasiones con vacas de retienta. También frecuentó otras ganaderías de la tierra, la de Juan Terrores, la de Angoso o la de Lorenzo Rodríguez, a quien siempre pedía vacas de retienta. En esta última casa especialmente en septiembre de 1918, año que no toreo en La Glorieta y sí lo hace en la vecina Zamora. Durante sus estancias invernales en el campo de Salamanca reside en las fincas, aprovechando su pasión al toro y al caballo, sin desplazarse jamás a la capital.

En la capital lo hace las veces que fue vino a torear, siempre rodeado de máxima expectación y tan dividida la afición entre gallistas y belmontistas que hasta los propios partidarios se pegaban a tortazo limpio –entonces era habitual- para defender los intereses de su admirado. En aquella época, hasta los mejores y acaudalados aficionados de la provincia se desplazaban a Salamanca para no perderse el acontecimiento, llenándose fondas, cosas de comidas… para regresar en el tren. Porque la Compañía de los Ferrocarriles del Oeste de España –una de las antecesoras de Renfe– fletaba servicios, llamados por la  gente el tren de los toros, a Zamora, Medina del Campo, Peñaranda y Ciudad Rodrigo. En esta tierra, junto a su equipo, se incorporaba un ayuda que había querido ser torero y andaba establecido por Ciudad Rodrigo, Arturo Peirea García, que era marmolista tuerto y después, hasta muy mayor fue habitual en las capeas.

El coloso de Gelves debuta en Salamanca de matador de toros el trece de septiembre de 1913, con una corrida de Carreros, que alterna con Machaquito y Vicente Pastor. No comparece en 1914, mientras que al siguiente hizo tres paseíllos, enfrentándose a las ganaderías de Moreno Santamaría, Contreras y Angoso. Otros tres fueron en 1916, con reses de Saltillo, en esta ocasión en solitario, con la Glorieta vibrando ante la magistral lección que regaló; las siguientes fueron de Miura y Alipio Pérez-Tabernero. De nuevo firma tres en 1918, frente a toros de Veragua, Alipio Pérez-Tabernero y, al igual que al año anterior, de Miura. No comparecen 1918 y si lo hace en la vecina Zamora, siendo muchos los salmantinos que acuden a verlo en el tren especial fletado, situación que indigna a la empresa de La Glorieta. Dos tardes firma en 1919, una con reses de Santa Coloma y otra de Carmen de Federico, dándose la circunstancia que el último toro del segundo día y a la postre en la plaza de Salamanca, lo brinda a su íntimo amigo Alipio Pérez-Tabernero Sánchez. Nadie imaginaba que aquel grandioso torero iba a caer justo ocho meses después sobre las astas de aquel  Bailaor, de la viuda de Ortega.

Aquella tarde en Talavera caía el coloso de Gelves, el rey de los toreros y nacía la leyenda del más grande.

El autor del reportaje en el precioso monumento realizado por Mariano Benlliure para acoger los restos de Joselito en el cementerio sevillano de San Fernando

 

 

Rui Bento, taurino ejemplar y caballero

En estos tiempos de dureza e incertidumbre marcados con ese Covid-19 que ha puesto barreras a los caminos de la vida, sirve también para alzar la bandera de la admiración a personas brillantes. Vaya este artículo de respeto a un magnífico taurino y una persona íntegra. A Rui Bento Vasques, quien siempre caminó con tanta caballerosidad y respeto por las sendas de la vida. 

En la Plaza Mayor de Salamanca, ciudad en la que residía, durante sus años de torero

A Rui lo vimos torear tantas tardes y alcanzar un lugar destacado como novillero que desembocó en una lujosa alternativa en Badajoz. Entonces, cuando se avecinaba un tiempo fructífero para crecer como torero, llegó una tremenda cornada en la francesa Orthez que paró en seco su trayectoria al seccionarle el nervio ciático. Y Rui, con tremendas agallas y una fuerza de voluntad a prueba de acero en medio de grandes dolores, además de no volver a tener la misma movilidad de antes, logró volver a vestir el traje de luces, a dar buenas tardes y sentir ese toreo que soñaba.

Era el heredero de aquel José Falcón, de quien fue discípulo espiritual y tanto se inspiró, porque hasta su llegada a Salamanca, a principios de la década de los 80, lo hizo respaldado por quienes había sido la gente cercana y de confianza del malogrado diestro portugués. Aún recuerdo una novillada celebrada en Ciudad Rodrigo, un Martes Mayor coincidente con el 11 de agosto, la fecha trágica de la muerte de Falcón en Barcelona. Entonces, un emocionado Rui Bento al brindar el primer novillo a su memoria, hizo que aflorasen las lágrimas en Adolfo Lafuente, en Simón Carreño, en Vicente de la Calle… peón de confianza, apoderado y mozo de espadas ante el recuerdo desaparecido diestro de Vila Franca de Xira, al igual que ocurría con Antonio de Jesús –también banderillero de Falcón en la tarde trágica de Barcelona-, presente en un tendido. 

Rui Bento es guardián de parte de la última historia taurina de Portugal. Él y la gente afín que fue a su lado y capitaneaba Antonio Viçoso, un hombre tan íntegro e ilusionado con el joven torero del que acabaría siendo su yerno. Sirva también este artículo de particular homenaje de admiración a Antonio Viçoso, gran señor que supo vivir con tanta pasión por el mundo taurino y también fue un brillantísimo empresario que supo crear tanta riqueza en su tierra. Un señor todo generosidad, buena persona y extraordinario taurino, a quien le gustaba contar episodios que dejaron tal huella en su persona que ni los vientos del tiempo fueron capaz de erosionar. Uno, la histórica presentación de Curro Romero en la plaza Campo Pequeño, donde enloqueció a ese público de tao manera que fue llevado en hombros hasta el mismísimo hotel, situado a más de dos kilómetros de la plaza y Antonio, entonces un chavalín, era de los que iban en el grupo jaleando a aquel torero de Camas que había conquistado el corazón de Portugal.

 

Temporada de 1982. Campo Pequeno, en el debut de Rui en esa plaza

Rui, un día colgó el vestido de luces con una página escrita con la honestidad, la entrega y la pasión, para dedicar a los negocios taurinos. A las labores de empresario y apoderado. En la nueva faceta pronto vuelve a destacar con la brillantez de su gestión, el buen hacer con los toreros y la motivación que fue capaz de inculcar para convertirlo en uno de los taurinos más reputados. Y la nueva etapa, en 2006 se le ofrece la oportunidad de gerenciar la renovada Campo Pequeño, un particular templo que lo vio debutar en 1982 y, a partir de entonces, protagoniza destacados capítulos de su vida profesional. Esa plaza, tan ligada a él era la niña de sus ojos y a su gestión se entregó logrando de nuevo que ese coso alcanzase de nuevo prestigio internacional, además de ser la catedral del toreo a caballo. Ahora, gracias a Rui Bento, al igual que ocurrió en la época de Manolo dos Santos, de nuevo todas las grandes figuras volvieron a Portugal para disfrutar de ese monumental coso que ha sido uno de los lujos del toreo.

Junto a Rui Bento en un festival taurino en Campo Pequeno. Octubre de 1997

Ahora, con el cambio de propiedad de Campo Pequeño y el incierto futuro taurino que se avecina en esa histórica plaza, Rui ha dejado esa gestión y lo ha hecho por la puerta grande. En lo más alto y desde la perspectiva de haber sido un extraordinario gerente que supo devolver a Lisboa el prestigio que envolvía a esas noches mágicas de los jueves.  Ahora a Rui le queda por delante un amplio recorrido, porque la Fiesta necesita de gente como él, con talento y visión de futuro. Y por encima de todo que sepa caminar con tanta caballerosidad y respeto por las sendas de la vida.

 

¡Aquella gesta de Andrés Vázquez!

Andrés Vázquez escribe las páginas más gloriosas de su carrera en la plaza madrileña de Las Ventas, gracias a esos triunfos, tan emotivos y rotundos, alcanzados en las pasadas décadas de los 60 y 70. El pasado verano se cumplió medio siglo desde su gesta al toro Baratero, de Victorino Martín, un éxito que aúpa de nuevo la carrera del diestro a las ferias, tras un año olvidado de las grandes empresas y lanza a la primera línea a la divisa de Victorino Martín, ya como la preferida del público de Madrid. Los victorinos, gracias a la casta y emoción de los viejos albaserradas, que hasta poco antes habían sido propiedad de la familia Escudero Calvo e estaban sentenciados al matadero, hasta que aquel carnicero y tratante de Galapagar, listo como el hambre, llamado Victorino Martín –junto a sus hermanos Adolfo y Venancio- lo rescata para hacer una de las obras ganaderas más importantes del pasado siglo.

Baratero deja escrito su nombre en la historia de la plaza de Las Ventas como uno de los más bravos que han pisado sus arenas y en la biografía de Andrés Vázquez se convierto en un icono después de realizarle una faena perfecta. Una faena rubricada en diecinueve muletazos tras una espectacular suerte de varas a cargo de José Cáneba El Rubio de Salamanca. Al final, tras una estocada en el hoyo de las agujas le corta las dos orejas y hasta le piden con fuerza el rabo. Baratero fue premiado con la vuelta al ruedo, vivida en el reguero de la emoción que trajo su bravura. Pero su historia va mucho más allá.

Antes de aquel domingo agosteño de 1969, Andrés Vázquez ha matado varias corridas de Escudero Calvo, por lo que en el momento que le ofrece la empresa ir a ese cartel, para sustituir a Antoñete, sabe que puede embestir al tener muy base y además, cuando lo hace, trae la emoción a la plaza, algo que él siempre ha defendido como parte fundamental de la grandeza de la Fiesta. Y triunfa tan a lo grande que regresa a las ferias y al año siguiente, la empresa de Madrid con gran visión confía tan plenamente en él y en el boom de Victorino que le ofrece la oportunidad de torear una corrida en solitario de ese hierro a celebrarse el primer domingo de mayo, como entremés de San Isidro.

Esa tarde, el de Villalpando logra un importantísimo triunfo y desoreja el sexro de la tarde de nombre Pajarero, además de dejar presenta la pureza de su interpretación en el resto del encierro hasta lograr el entusiasmo total del público que lo sacó en volandas por la puerta grande tras haber vivido un acontecimiento. Fue la quinta de su carrera y a ese festejo acudió por primera vez a una plaza, el diestro Agapito García Serranito, recién recibida el alta tras la gravísima lesión sufrida el anterior verano en Benidorm y a quien Andrés brinda su segundo toro. Después en el quinto agasaja el ganadero y el sexto a uno de sus picadores, Raimundo Rodríguez.

Justo medio y medio después, el veinte de junio llega la sexta puerta grande, en la corrida a beneficio de la Asociación Benéfica de Socorros Mutuos. En esta ocasión se lidian reses de Alonso Moreno de la Cova, en un mano a mano entre los castellanos Andrés Vázquez y Andrés Hernando, abriendo cartel el rejoneador José Manuel Lupi, para cortar el de Villalpando las dos orejas de su segundo.

 

 

¡Es descabello político a la Fiesta!

El Covid-19 ha dejado al aire las entretelas de la Fiesta. Desde hace años se venía denunciando que, la Tauromaquia se mojaba bajo su paraguas. Todo por culpa de una sistema empresarial muy bueno para el interés de su propia cartera, pero malo para quien no lo cobijaba, desde público, toreros más modestos, ganaderos, novilladas… Ignoraron la realidad y demandas, mientras faltaba fomento general, con una estructura dedicada a la protección del grupo de figuras que defendían su conveniencia. Los demás a malvivir, en una lucha donde casi nunca se encontraba una batalla para salir triunfante y diese moral para buscar la victoria. 

La propia Tauromaquia fue incapaz de dar un puñetazo a la mesa de la reivindicación, ni de poner medios cuando ya venían las cosas mal rodadas. No se protestó, ni se hizo escuchar en los tiempos que el gobierno de Rodríguez Zapatero miró para otro lado y la Tauromaquia era asaltada desde independentismos afines. Antes, unas cuantas figuras desfilado por despachos ministeriales para hacerse oír en algo más semejante a Pasarela Cibeles que una reivindicación. Como era obvio apenas le hicieron caso al ver que buscaban reforzar su situación más que la defensa del colectivo representado, teóricamente, por ellos. En esa época de ZP es cuando de verdad se atacó desde las alturas y los frentes antis aprovecharon para armarse; aunque también es cierto que, en el anterior gobierno de José María Aznar, tampoco se hizo nada; ni el posterior de Mariano Rajoy se comprometió, ni escuchó al sector, aunque al menos no ponía cristales en su camino.

Ahora, con el bipartito de La Moncloa es cuando de verdad ha llegado el juicio final, el que podían haber evitado si hace alrededor de quince o veinte años, en el momento que las cosas empezaban a ir a peor se hubieran trazado los comienzos del futuro. Sin embargo nadie hizo nada al ver  a un público que comenzaba a desertar ante la falta de encastes, o la falta de rivalidad de unas figuras adictas al monoencaste y hasta a dominar todo el mercando, incluso el del pequeñas localidades que siempre fue para otros toreros necesitados de dar el salto e interesantes; sumado al agravante de comenzar a venderse el triunfalismo, uno de los peores males del toreo en los últimos años. Con la llegada del triunfalismo ya no interesaba el toro, ni la torería, ni el pellizco, ni el poder, ni el aroma… solamente todo se basaba en la salida final en hombros, en una enorme torpeza de planteamientos avalada por el llamado sistema que ha hundido a la Tauromaquia.

Hoy, con el actual Gobierno atado por Podemos, un partido claramente antitaurino y desde sus distintas vertientes ha proclamado su intención de acabar con la Tauromaquia, las cosas se ponen feas. Esta nueva izquierda radical, ignorante de la historia y encantada de perturbar el orden social, desconoce que el toreo siempre estuvo muy cercano a partidos de esa ideología. Incluso, en los difíciles tiempos de la clandestinidad venidos con la dictadura franquista, a sus homónimos del Partido Comunista les llegó bastante dinero a través de Domingo y Pepe Dominguín, comunistas ambos y hermanos de la gloriosa leyenda de Luis Miguel Dominguín, quien cazaba con Franco. E ignoran que el cineasta comunista Juan Antonio Bardém fue un excelente aficionado; lo mismo que su compañero Luis Buñuel, pendiente siempre del toreo en su exilio mexicano. Al igual que el genial Rafael Alberti –diputado en el PCE en las Constituyentes-, quien hasta una tarde se vistió de banderillero en Pontevedra para salir en la cuadrilla de su amigo Ignacio Sánchez Mejías. O el universal Pablo Picasso, habitual en las barreras de las plazas francesas. Y tantos otros, por no recordar relevantes figuras mundiales de las artes. Pero esto los de Podemos lo desconocen e ignoran. Lo suyo es perturbar y destruir.

Y con esta lacra del Covid-19 que tanto daño ha traído y ha vuelto a vestir de luto a España, los socios del Gobierno han aprovechado para demonizar la Fiesta y tratan de estrangularla. De asfixiarla. Lo demuestran con el abandono mostrado al mundo ganadero, donde cada día se sacrifican decenas de toros en los mataderos al no poder lidiarse; a los miembros de las cuadrillas, hoy trabajadores totalmente desamparados, a las empresas auxiliares que existen alrededor de la Tauromaquia -transportes, sastres, cuadras de caballo…-. Sin olvidar, con tristeza, que si hay un recuerdo para la Tauromaquia no es más que para desestabilizar, ejemplo de esa ley absurda para aquellos cosos que abran acojan un espectador cada nueve metros cuadrados.

Mientras pasan los día y no llegan soluciones, ojalá el personal taurino se fije en otros colectivos y la forma de defenderse ante medidas tan perjudiciales que se les plantean. Sin ir más lejos, ahí tienen el sector hostelero, ahora mismo plantado en pie de guerra para tratar de salvarse de la ruina que ha sido condenado por el Gobierno de Madrid. Porque siempre es un buen espejo para mirarse quien es reivindicativo y sabe defender su pan, o lucha para ello. Y en ese espejo debe mirarse el toreo, arte que ya lleva muchos años en su una situación extremadamente conformista y en parte hoy se está pagando por culpa del sistema que lo ha regido, al llegar una situación inesperada y los ha sorprendido viviendo del legado de su grandeza y de unas rentas que ya tenían demasiados números rojos. Y es que ahora, ante el amenazante descabello de Podemos ha llegado el momento de defenderse para coser las entretelas de la Fiesta.

PD. Me fastidia que el vendehúmos y oportunista de Simón Casas, uno de quienes contribuyeron a la caída libre del espectáculo, del que solamente apostó por figuras, por el torito a modo del monoencaste, ninguneó a modestos, olvidó las novilladas, fomentó el triunfaismo y encareció las entradas, ahora quiera ir de salvador. Y con su verborrea y palabrería diga que hace falta una restructuración, cuando él se negó, porque con aquella Fiesta que se destruía, él seguía llenando sus bolsillos. 

El ‘día del toro’, en Buenamadre

El Campo Charro siempre reservaba para hoy, tradición charra del Lunes de Aguas, la celebración de su romería más tradicional -junto a Cabrera, El Cueto…-, la más querida y enraizada entre sus gentes. La que honra a la Virgen de los Remedios en la ermita del mismo nombre, situada en el término de Buenamadre, muy cerca del río Huebra y en medio de un privilegiado teso sobre el que se domina parte de la llanada charra.

La romería tiene -en esta ocasión tenía por el confinamiento del Covid 19-  su día grande, el de los tiros largos, en la jornada de hoy, el Lunes de Aguas, aunque los nativos de la comarca, le supieron dar un toque de distinción y, desde épocas añejas, en esos pueblos se conoce como el día del toro, gracias a un festejo taurino que, hasta hace muy pocos años, se celebraba en su preciosa plaza de toros. Y también este año se iba a recuperar y ahora deberá esperar mejor ocasión.

En la ermita comienzan los actos religiosos en la tarde del domingo con la llegada de cientos de romeros, muchos los cuales cumplen el ritual de velar durante toda la noche en la ermita para agradecer promesas o hacer algún voto, al gozar la Virgen de los Remedios  de tanto fervor en el Campo Charro. Después, tras los actos religiosos disfruta de una hermosa fiesta, arraigada y que convoca a miles de personas llegadas de toda la provincia.

Juan José fue un clásico de este festival. En esta foto en tarde de triunfo.

Ahora, tras esta obligada interrupción, el próximo año volverá a recuperar su grandeza con los valores que la definen de su aspecto tradicional y sabor añejo. Porque a la misa y procesión mañanera seguía la comida; después, al finalizar, con la panza llena de hornazo y vino, llegaba la hora del típico festival taurino en el escenario una de las plazas más bonitas y asoleradas de la charrería. La misma que iba a volver a abrir sus puertas y ojalá alguien, o la propia cofradía, tramiten la documentación para que sea declarada Bien de Interés Cultural y con ello poder hacer una integra restauración.

La plaza, es un coso de piedra berroqueña que ha visto actuar a lo más granado del toreo, desde Jumillano, El Viti, Camino, Antonio Bienvenida, Pallarés, El Niño de la Capea, Robles, El Yiyo…, hasta muchos más que allí escribieron páginas de oro en su biografía,  ejemplo de los venezolanos hermanos César y Curro Girón, quienes actuaron por primera vez en España en ese coso. César, pocas después más tarde sería uno de los ídolos de la Tauromaquia.

Uno de los últimos festejos realizados, en concreto el penúltimo.

Por eso, esta tarde, desde la añoranza de esta romería tan charra de Buenamadre, la más tradicional de nuestra tierra -junto al Cueto y Cabrera- cargaremos fuerza para el año venidero.

 

 

 

 

Los experimentos con gaseosa

Desconcertado me quedé al leer la información sobre el nuevo ensayo que preparan, en las locuras de su laboratorio, los muchachos de la plataforma televisiva Movistar para continuar en su alegato de seguir retransmitiendo corridas de toros. Resulta que Movistar, ante la ruina que se le avecina, quiere salvar los muebles de su interés -y de esa manera seguir haciendo caja con sus abonados- organizando festejos para septiembre a ¡puerta cerrada! ¡Temple y normalidad! Pisen la tierra y dejen de experimentar con gaseosa, señores. Ahora mismo la Turomaquia no está para sus jueguecitos y si para que, a la vuelta de la normalidad, se hagan las cosas bien y olviden tantas tropelías de los últimos años.

Desde hace años venimos denunciando en esta página que el toreo se sujetaba en una débil estructura y, de venir mal dadas, no soportaría demasiados vaivenes. Aquello que aparentaba ser un gran barco, realmente no era más que un velero que no saldría adelante si en plena navegación lo sorprende un temporal. Y desgraciadamente, una vez más, llevábamos razón.

La Fiesta lleva unos años bajo estructuras impropias para un espectáculo de su categoría. Unos pocos tiburones se quedaron con ese océano y allí no volvió a navegar nadie más que ellos. Lo devoraron todo, las ferias las convirtieron en un intercambio de cromos de su interés y hasta ningunearon a un sector que debía mandar y sin embargo, desde hace años, ha sido incapaz de imponer su ley, el de los ganaderos. Y más que a nadie, en ese egoísmo, no cuidaron al cliente, al aficionado.

Dieron de lado a quien mantiene la Tauromaquia, el aficionado, que jamás contó para nada y hasta fue una especie de apestado para las elites. Del aficionado solamente interesó que pasase por taquilla y no diese guerra. A las élites empresariales y de figuras le molestaba enormemente que, en su derecho protestase. Igual que el periodista crítico contra sus abusos o el toreo ligth, mientras buscaban una Fiesta de miel, de aplausos y lisonjas, matando a la gallina de los huevos de oro. Entonces los poquitos nos mojábamos denunciando esos atropellos nos llamaban destructores y enemigos de la Tauromaquia. ¡Y hasta nos llevaron el juzgado!

Estaba claro que esa estructura creada únicamente para servir a las grandes figuras y carente de cualquier cimentación se vendría abajo ante algún huracán -más si es todo un tsunami, como la pandemia de dolor que padecemos-, que si no ponen remedio ya puede dejar a la Fiesta para la mulillas. Era absolutamente intolerable que el pastel se lo repartieran una figuras, pocas, junto al gran sector empresarial, ya reducidos a muy pocos, pero con tremenda fuerza -apoderaban figuras, manejaban plazas, manipulaban ganaderías…- después de haberse comido al resto, quienes se vieron obligados a irse. Mataron la segunda línea del toreo, donde siempre hubo un grupo de destacados diestros que, desde esa posición buscaban el sitio a le élite y todo aquellos que no era barrer para la acera de su interés.

Ha sido una inmensa pena ver la Fiesta en manos tan poco brillantes como las que ha estado y me refiero al sistema empresarial. Un sistema tan escaso de talento, sin capacidad de plantar las líneas del futuro, de ningunear el débil… y ahora, cuando llegan mal, dadas es incapaz de flotar. Junto al sistema empresarial se suman las figuras que, en la mayoría de los casos, únicamente han actuado pensando en su cartera, abusando del toro chico y exigiendo el billete grande, muchas veces en plazas que apenas superaban la media entrada, pero avalados por una prensa servicial que, esos pobres aforos los justificaban. Una prensa que veía sangrar su histórica dignidad, especialmente con las corridas televisadas de los últimos años a través la plataforma Movistar, para cuyos comentaristas era malos aficionados quienes protestaban o exigían; se debería de echar del palco a presidentes serios, un bajonazo se daba por bueno al grito de “ha matado muy bien”, sin buscar otra cosa más que el triunfalismo. 

Hoy, esa plataforma Movistar, que de unos años para acá no miró por la defensa del toreo, quiere seguir haciendo caja y para que no se den de baja los abonados planea un navajazo traidor a la grandeza de la Fiesta con la programación de corridas a puerta cerrada. Ya está bien de manipular y distorsionar la realidad, de hacer comulgar con ruedas de molino, de manipular la verdad, cuando ahora saltan con la tremenda desfatachez de pretender salvar muebles con una Fiesta descafeinada, sin color y sin sabor. A ¡puerta vacía!, sin la grandeza que trae ese olé espontáneo que surge desde un tendido. Solamente con unos cuantos chupones en el callejón. Dignidad y respeto a la grandeza de la Tauromaquia.

Alegarán que lo hacen en defensa del momento crítico que atraviesan los ganaderos. Bien, se agradece que oculten su verdad intentando salvar otros gremio, pero aquí quien debe salvarse son ellos al exigir medidas y ayudas a la Administración; lo mismo que deben hacer subalternos y toreros. Ellos están en su derecho y son quieren deben negociar. No se puede jugar con el prestigio de la corrida a cualquier precio y menos en estos tiempos convulsos donde una parte del actual Gobierno anda con tantas ganas –y así lo ha dicho y lo demuestra- de sacar la hoz y darle con el martillo para ahogarla por asfixia. 

El festejo taurino, en el momento que se pueda y se haya acabado con esta lacra, debe volver con su pujanza y el colorido que encierra una tarde de toros, con los tendidos rebosantes de un público que es la misma postal de España. Vamos, no veo yo a Joselito y a Belmonte toreando a puerta cerrada cuando la gripe de 1918; porque aquellos, especialmente José, además de ser grandes toreros miraban por la grandeza de la Fiesta. Mientras que ahora solo le interesa llevárselo. O a mangonear su interés, como ocurre con la plataforma Movistar.

Mi solidaridad con las gentes del campo bravo

Vaya este artículo escrito al filo de este lluvioso mediodía del Jueves Santo para honrar los hombres del campo bravo. A ganaderos, mayorales y vaqueros, miembros de sector que navega contracorriente y cada amanecer se convierte en un nuevo mundo lleno de reveses e interrogantes, después de haberse acostado con el pensamiento puesto en la amenaza de la ruina. Ahora, que cada día del campo debía ser un acontecimiento con veedores a reseñar corridas, con tentaderos… y sin embargo la incertidumbre se ha adueñado de un gremio que ya no mira al cielo para ver si llueve y brota la  ansiada primavera que alivie la cartera y de un respiro a su economía. 

Hoy, con los campos convertidos en un jardín y todos los bajos de las fincas rebosantes de flores silvestres, cuando los primeros calores logran que los toros empiezan a cambiar el pelo de invierno, llega una cruz para un sector que siempre ha debido luchar contra tantos vientos adversos. Porque el mundo ganadero hace tiempo cedió el remo de la barca del toreo, cuando con ese remo deben navegar ellos, que son quienes deben mandar en la Fiesta. 

Han pasado las primeras ferias con el silencio de las plazas vacías y en el campo habita la soledad, en medio a una sociedad asustada al ver cada mañana el número de muertos y nuevos positivos por una pandemia que, una vez superada –ojalá sea pronto-, dará paso a otra sociedad. Mientras, lejos de la alegría de una tarde de toros y la emoción que supone ver arrancarse de largo a un toro, ahora pasean cansinos por los campos, mientras el ganadero -desesperado- mira la camada, sin saber realmente qué traerá el futuro, porque esos toros lejos de la lidia apenas carecen de valor alguno en los mercados. Y junto a ellos, mayorales y vaqueros, quienes madrugan una nueva jornada sin saber tampoco dónde está la luz que anuncie la salida del túnel de este caos, al ver perder las ilusiones de poder ver en una plaza esos toros que han visto crecer, conocen toda su reata y esperaban su lidia sabedores que iban a dar una nueva satisfacción al esplendor e la ganadería.

                                                  La belleza y colorido de una tarde de toros

No hay nada más triste para un ganadero de bravo que enviar sus toros al matadero y desde hace varias semanas muchos han sido sacrificados para aliviar las economías de este sector que se ha quedado sin ingresos. Es como el pintor que se ve obligado a quemar sus obras de arte. 

Hoy, desde el respeto a un situación crítico alzo la bandera de mi solidaridad a este sector que debe remar de la barca del toreo y ahora se acuesta cada noche con el pensamiento puesto en la amenaza de la ruina.

Vicente de la Calle, el adiós a un luchador del toro

Otro día de luto en el toreo; de luto para todos los profesionales, porque esta madrugado ha emprendido el camino de la eternidad el conocido taurino charro Vicente de la Calle, víctima de ese cruel Covib19 que azota y golpea globalmente a esta sociedad. Con él se marcha un luchador, un hombre que recorrió casi todos los caminos del toro, siempre con dignidad para sacar adelante a su familia.

Vicente de la Calle fue siempre un luchador. Una persona que no tuvo día ni noche después de ser chófer, mozo de espadas, representante, repartidor de publicidad, hasta empresario y también apoderado. En todas las facetas ha sido un hombre fiel y trabajador, de palabra y que siempre estaba en el lugar sabiéndose ganar el respeto y la consideración. Durante muchos años estuvo en la casa de los Choperitas, de Javier y de José Antonio Martínez Uranga, de quien fue chófer, secretario, hombre de confianza; al igual que también fue conductor del Niño de la Capea antes de que llegase Ángel Carita, porque El Niño de la Capea era apoderado por los Choperitas, a quien desplazó a cientos de plazas durante varios años cuando las carreteras españolas eran tan diferentes a las actuales.

Punto especial fue la época de mozo de espadas de José Falcón, aquel valiente portugués al que mató un toro de Hoyo de la Gitana en Barcelona y para Vicente fue el día más difícil al ver cómo aquel torero, a quien quería como si fuera un hermano, se fue de la vida tras sufrir una trágica cornada. Esa noche le tocó amortajarlo, con los ojos llenos de lágrimas y la emoción viva. Su presencia al lado de Falcón lo ató para siempre con Portugal, país del que fue una especie de simbólico cónsul por toda España y Francia, porque Vicente ha sido y es el mas portugués de todos los españoles, siguiendo vinculado después con otros muchos diestros de Portugal, ejemplo de Rui Bento, siendo uno de quienes lo trajo a España, o de Víctor Mendes, de quien su hijo Juanvi fue mozo de espadas. Y amigo de todos, desde los viejos Diamantino Vizeu, Manolo dos Santos, Amadeo dos Anjos, Mario Coelho, Ricardo Chibanga o el más joven Pedrito de Portugal, aún en activo.

Vicente de la Calle junto a José Falcón, a quien una noche le tocó amortajar

A Vicente lo recuerdo de siempre, de mucho antes que en los caminos de la vida nos hiciéramos tan amigos -además de la amistad que siempre me ha unido a sus hijos Juanvi y Álvaro-. Siempre llamaba cuando había que dar una noticia o contarte una confidencia, porque él lo sabía todo. Lo recuerdo con sus andares lentos, parsimoniosos, su barba de tres días y su inseparable faria, ligeramente encorvado, callado y socarrón. En el más lejano rincón que acudieras allí estaba él o llegaba al momento de empezar el paseíllo, ya fuera el último pueblo del abulense valle del terror, por la infinita Extremadura, en la sierra de Madrid, por Sahagún, Paredes de Nava, Valencia de San Juan… daba igual que allí siempre aparecía Vicente en su coche. O en aquella furgoneta con matrícula de Ávila que tuvo durante tanto tiempo y le compró a Luis Miguel Campano, cuando se hizo banderillero.

Toda la vida de Vicente ha sido el toro. Lo vivió en su casa desde niño cuando se hermano Julián se convirtió en una ilusión novilleril de la ciudad anunciándose con el apodo de Carnicerito de Salamanca. O su hermano Fani, tan taurino él que hasta le dio las espadas a Paco Pallarés. Y hasta a Julio Robles en las primeras novilladas que toreó de la mano de su maestro Pallarés. Y en aquella casa donde había que ponerse enseguida a trabajar, porque eran años muy difíciles, pronto decidió Vicente que el toreo era el camino de su vida. Y eso que de chaval era un magnífico jugador de fútbol que a buen seguro, de seguir, hubiera llegado a la Unión, a la que cada domingo aplaudía en el Calvario y después en el Helmántico,  siendo una auténtica enciclopedia de la UDS. Ya sea de los tiempos de Miguel el lechero, a  los de D’Alessandro; de Abilio a Pauleta, pasando por Lobo Diarte; de Rezza a César Brito. Y siempre Alves, el particular Messi que tuvo nuestra Unión. De esa sabe más que casi nadie, porque Vicente no perdió ningún partido en invierno, cuando la temporada bajaba su telón y las plazas cerraban. Y aunque las plazas cerraban él no paraba, porque iba a ver corridas al campo, a echarle una mano al Puerto de San Lorenzo a su amigo Lorenzo Fraile, a resolver trámites al Gobierno Civil… y por las mañanas al Plus Ultra, la cafetería más taurina de Salamanca, para estar atento a todo lo que ocurría.

Con su hijo Álvaro, en el patio de la plaza de toros de La Glorieta

Después, cuando llegaba marzo y anunciaban las ferias de Castellón o Valencia se ponía al volante de algún coche de aquellos de cuadrillas, tan largos y negros, de lo que asomaba el botijo en la baca y no paraba hasta que finalizaba El Pilar. Y atravesaba España, de Almería a Calahorra; de Bilbao a Málaga; de Valencia a Pontevedra; o de Barcelona marchaba a Portugal porque su matador actuaba en Lisboa y en cada lugar dejaba un montón de amigos.

Hoy, impregnado de tristeza, vaya desde aquí este adiós a Vicente de la Calle, a un taurino  tan luchador y siempre amigo que se ha marchado a los 81 años de vida. Y mi pésame a sus hijos Juanvi, otro hombre de bandera y a Álvaro, de quien disfruté con una de las faenas más inteligentes y puras que he visto en los últimos años en una corrida épica de La Quinta en Gijón, donde mató un toro actuando de sobresaliente, porque Antonio Ferrera y Javier Castaño estaban siendo intervenidos en la enfermería.

Con mi admiración y gratitud por tantos momentos vividos, feliz viaje a la eternidad y que la tierra te sea leve, amigo Vicente. DEP.

 

El Helmántico: 50 años de recuerdos y felicidad

Nuestro Helmántico, estandarte deportivo de la ciudad de Salamanca alcanza los 50 años. Ya medio siglo desde que el vetusto campo del Calvario cerró su puertas para abrir las de un moderno estadio admirado por todo el mundo del fútbol. Tiempos del vielo Pedraza, del capitán Huerta, del sensacional Pollo, de José Manuel, de Fermín, de Calero… entrenados por Casimiro Benavente, que era el técnico en aquel tiempo de mudanza. De entonces hasta hoy ha transcurrido mucha vida y ese recinto que ha sido un orgullo de la ciudad se nos hace mayor y hace tiempo que dejó de ser un mozo; aunque mantiene la coquetería y glamour, con la belleza de la madurez que lo convirtieron en una cancha futbolística tan bonita y singular, pese a las zozobras de momentos tan duros que llegaron a raíz de la desaparición de la Unión y aún continúan. 

El Helmántico fue un símbolo de fútbol español en los tres últimos decenios del pasado siglo, especialmente coincidiendo con los años que la Unión –la querida y entrañable UDS a la que seguimos guardando luto en nuestro corazón de aficionados- se tuteó con los grandes en Primera División. Y allí, sobre ese magnífico tapete, envidiado por todos los equipos que visitaban el Helmántico, admiramos a los grandes jugadores que coleccionábamos en los cromos de Panini y eran los ídolos de la época. Primero los nuestros, con el fabuloso Joao Alves, el genio portugués de los guantes negros que puso al futbol charro en el escaparate mundial en unos años que todos los chavales jugábamos con guantes negros para emular al ídolo; los argentinos D’Alessandro y Rezza; tiempos de Sánchez Barrios, en un altar tras el gol de leyenda al Betis que convirtió a Salamanca en una fiesta y nos llevó al olimpo de los grandes, a la clase de Robi, a Lanchas, a Corominas, a Enrique, a Pepe, a Pedraza, a Martínez, a Juanjo, al magnífico Lobo Diarte, a Ángel, a Huerta, a Rial, a Ameijenda, a Báez, a Bustillo, a Tomé, a Pita, a Ito, a Pérez… y los que fueron llegando para contribuir a la grandeza del equipo y escribir páginas históricas sobre el césped del Helmántico.

Y junto a nuestros dioses era como un sueño ver en directo a las leyendas del Madrid con nuestro admirado paisano Vicente del Bosque, junto a los Santillana, Juanito, Pirri, Breitner, Sielike, Jensen, Camacho, el negrito Cunninghan contra aquella Unión que jamás se rendía. O al Barcelona de Cruyff, con su aureola de ser el mejor jugador del mundo, rodeado de Neeskens, Rexach, Asensi, Migueli, Carrasco… y la mayoría de las veces salían vapuleados con una nueva derrota en el Helmántico. O el Atlético de Madrid post Luis, en los denominados tiempos del Pupas, con Leivinha, Ayala, Pereira, Rubén Cano, Irureta… El Valencia de Kempes, Rep, Tendillo… El Español de Solsona o Marañón. La maravillosa Unión Deportiva Las Palmas que lideraba el maestro Germán Dévora, con Brindisi, Morete, Castellanos, el portero Carnevalli… Y la inolvidable Real de Arconada, Zamora, Satrustegui, López Ufarte, Alonso, Gajate (procedente de Hinojosa de Duero); de entonces recuerdo un partido que se encontraba en empate a uno y a falta de unos minutos para el final el técnico Ormaetxea realizó un cambio para reforzar la defensa y sacó a López Ufarte, a quien todo el estado tributó una ovación de gala cuando marchaba para el vestuario. ¡Aquella era la enorme afición charra!

El aquel precioso estadio y bajo el grito de ¡Hala Unión! fuimos creciendo y haciéndonos mayores. Eran tardes de fútbol con el olor a Faria que impregnaba el graderío y copas de Soberano que servían sin parar los bares del interior durante el descanso para matar los fríos del invierno. Era mágico aquel ambiente que nos cautivó y hoy miramos atrás con el orgullo y la felicidad de haber crecido teniendo al equipo de tu tierra en la élite y con un maravilloso campo que cada dos semanas se llenaba de aficionados, junto a otros muchos venidos de diferentes puntos del país y daban un toque tan colorista a la ciudad llenando hoteles y restaurantes. De entonces lo peor eran los partidos contra el vecino Valladolid que acababan convertidos en un choque de insultos entre las dos aficiones y los ecos se extendían los siguientes partidos al grito de “pucelano el que no vote” o “ese árbitro pucelano es”.

En esos tiempos de la infancia y adolescencia era lo máximo poder disfrutar de la Primera División en directo cada quince días, porque cada partido era un acontecimiento. Y hubo momento que jamás olvidaremos y han quedado grabados para siempre en las despensas de nuestros recuerdos. Uno de ellos un partido contra el Barcelona cuando España vivía con la zozobra del secuestro de Quini y aquel día, con la Unión casi descendida a Segunda tras siete años en la máxima categoría ganó al Barça gracias a un sensacional Ito que se marcó un partidazo y por esas fechas fue traspasado al Real Madrid con aureola de estrella; de aquel día jamás olvido la enorme ovación que recibió aquel gran señor, icono del seny catalán, que fue Nicolás Cassaus al atravesar el campo, completamente emocionado, camino del palco. Y aquel partido fue el canto del cisne de una leyenda blaugrana, del gran Charlie Rexach, quien a final de temporada se retiró y esa tarde salió el segundo tiempo marcándose un partidazo y llevando continuamente el peligro a la portería que defendía Antonio (ese día titular) para intentar fructificar el triunfo blaugrana. Esa noche, Helenio Herrera, el entrenador del Barça al ser entrevistado por José María García manifestaba que ese partido se debía repetir por no estar sicológicamente preparados los jugadores debido al momento de incertidumbre que vivían por el secuestro de su compañero.

Esa misma temporada del descenso, dos jornadas más tarde llega la visita del Real Madrid en una tarde sabatina de primavera con el Helmántico abarrotado. Comenzó marcando la Unión, con gol de Ito –que ya era propiedad del Madrid tras un cuantioso traspaso para la época- y pronto empató Juanito, quien marcó otros dos goles más para alzarse con un cómodo triunfo aquel Madrid que acabaría ganando la Liga en un partido donde en los primeros compases, el meta García Remón –que vivía entonces un gran momento deportivo- sufre una gravísima lesión al atajar un balón en la portería del fondo norte y propicia el debut del joven Agustín. Muchos años después, García Remón, siempre aireando la bandera de la caballerosidad, fue entrenador del Salamanca y cuando lo entrevistaban gustaba de posar en esa portería del fondo norte, donde un día vio cómo se truncaba su mejor momento deportivo. 

 Después llegaron ascensos, descensos, interminables etapas en la 2B y otro buen día la ciudad recuperó la Primera División; ahora con los Pauleta, César Brito, Sito, Taira, Barbará, Vellisca, Quique Martín, Torrecilla…volvimos a soñar con épicos triunfos como el 4-3 al Barcelona, el 5-4 al Atlético de Madrid, el 6-0 al Valencia… en esa casa de la felicidad que es el Estadio Helmántico y ahora cumple 50 años. Un siglo de gloria y grandeza al servicio de Salamanca y del fútbol.