¡Hasta siempre, Juan José! (por Antonio Risueño

ARTÍCULO ESCRITO POR ANTONIO RISUEÑO

Como el torero arrastra la muleta, tras de sí, en tardes de desgana, así arrastro la pluma para hacer justa memoria tuya, amigo Juanjo. En el momento de acción de gracias de la celebración de tus exequias, hice mención a nuestra amistad, que se inició coincidiendo con el inicio de mi tarea de cura de pueblos pequeños. Por eso dije y lo mantengo, que tu amistad fue para mí un regalo de ordenación.

Atrás quedaba más de una década de verte en los callejones y burladeros de plazas de toros, soltando sabiduría a borbotones para tus alumnos de la escuela. Más lejano me quedabas en los festivales del Sábado de Carnaval, sentando cátedra aunque se cayeran los tablaos de la plaza; y más lejos aún, trasponía en mi recuerdo la primera corrida de toros que vi en mi vida, en la que el fulgurante triunfo de Espartaco, no eclipsó tu presencia como torero hecho y derecho, frente a aquellos pavorosos e impresionantes toros del Conde de la Corte.

Fue a finales del siglo XX, cuando me acerqué a tu persona sin alamares, en multitud de encuentros, viajes, tentaderos, festejos en los pueblos, mil circunstancias que han cuajado más de veinte años de una fecunda y saludable amistad. Amistad de la que me siento gozoso, – orgulloso no es la palabra para hablar de cosas buenas-, porque siempre se metió por las roderas de la discreción y el respeto. Eras como los toros bravos con clase: tenías tus teclas, pero siempre vi cómo te rendías ante la muleta plana de la humilde verdad.

Tuve la suerte de disfrutar de tantos momentos cálidos en tu compañía, que daban profundidad y sentido – también verdad- a tu aparente timidez distante. Los difíciles trances de la vida crearon en ti callos y durezas, que vi ablandar en más de una ocasión, cuando otras personas, y no siempre de la profesión, eran atravesadas por la desgracia o el contratiempo.

Tuviste la suerte de ser regalado con la capacidad del apasionamiento, te ilusionaste muchísimas veces con tu trabajo, proyectado en la carrera de tus alumnos, de los que nunca fuiste profesor y siempre maestro; pues nunca les trasmitiste nada que no te creyeras.

Tu persona y recorrido vital no admitían calificaciones maniqueas de bueno/malo, Pués tu gran escala de grises tampoco se acomodaba a la cumplidora expresión: amigo de sus amigos. Tú, en persona con los inevitables defectos y las cualidades imprescindibles estabas ahí para tus amigos y los que no lo eran.

El último dia que te vi en vida, estabas a punto de subirte al tablado que mis tíos y primos de la finca de Palomar montan cada año en la parte alta izquierda de la Plaza Mayor de Ciudad Rodrigo, para ver el festival del martes de Carnaval. Tu discreción hacía que vieras los toros como uno más, previo pago de su importe y ellos me decían: “nos gusta que venga, pues nos asesora”. Confío que nos sigas asesorando desde la otra orilla.

Tus raíces, de las que nunca renunciaste, han sostenido la arboladura de vida hasta tu último aliento; fiel y cariñosamente sostenido y cuidado por tu hija Nadia como prolongación de tu vida. Ella, sobretodo, pero también tu familia y amigos haremos brotar en nuestras vidas  lo mejor de tu esencia desde el más grato de los recuerdos.

Ahora que te has ido, confío plenitud de vida para ti, de una vez y para siempre. Muchas gracias Juanjo,  por andar siempre por derecho.

 

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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