Archivo por meses: agosto 2020

El trato de Maestro es algo muy serio

El Viti paseo Duele ver cómo se ha tirado por el desagüe la expresión de maestro y ahora se denomine así a cualquiera que se viste de luces rompiendo algo tan sagrado en la liturgia taurina. O un sello de garantía en la profesión y que nunca se debe perder entre quien ha hecho méritos para gozar de tal distinción, hoy perdida entre la confusión de vaivenes que asolan a la tenebrosa noche del toreo. ¡Qué daño están haciendo toreros fracasados o veteranos en labores de apoderados y orientado mal a muchachos a los que no saben explicarle la grandeza y verdad del toreo! ¡Qué daño histórico le hacen al sagrado arte de la Tauromaquia!

Para ser maestro no hace falta haber sido figura del toreo, ni tan siquiera torero de relumbrón. Maestro es quien enseña por sus formas e interpretación, deja escuela y la gente se fija en él, aunque de muchos ni se acuerde la gran masa. Por ejemplo hubo un torero gitano del pueblo de Camas llamado Salomón Vargas sin apenas relieve, aunque quedó el gusto y la torería de la que hacía gala. A Salomón -hermano de Gitanillo de Camas, tío del malogrado peón Ramón Soto Vargas y emparentado con el actual Oliva Soto- la gente lo llamaba ‘maestro’, pero además con reconocimiento, porque en sus honores está el de haber enseñado a torear de capa a dos toreros tan distintos y geniales como fueron Curro Romero y a Paco Camino. Después Camino ya se perfeccionó con Vicente Vega, hermano de Gitanillo de Triana, gloria del lance a la verónica.

Maestro fue Manolo Escudero, al que un cornalón quitó en el momento de irrumpir a figura. Pero tenía tal maestría con el capote del que todo el mundo quería imitar sus lances. Maestro del temple fue Dámaso González y otro Dámaso -Gómez-, que murió casi olvidado, fue otro maestro grande; como el maestro del toreo al natural ha sido Antoñete, mientras que del empaque y la prestancia lo tuvo en Antonio Ordóñez; maestro siempre fue Rafael Ortega, pero a la hora de matar nadie lo hizo como él. O la inteligencia de Luis Miguel. Y hubo más, antes y después. ¿Verdad, Pedrés? Porque Pedro Martínez fue la raíz de grandes toreros que vinieron después, Dámaso, Ojeda, Manili… Y es que claro que los hubo, pero estos son ejemplos de este artículo escrito desde la desazón que sentida con el abusivo uso de ese término.

Curro Vázquez y De la Rosa

Curro Vázquez y Juan Luis de la Rosa, en una tarde toros en Almería.

No hay nada más bonito que a un torero lo llamen ¡maestro! si de verdad y lo merece. ¡No la frivolidad actual! Le ocurre a Santiago Martín ‘El Viti’, relevancia torera y señor allá donde está que tiene la máximas consideraciones; o Andrés Vázquez, que dejó impronta de muchas cosas y ambos de torear siempre con la espada de verdad, que muy poquitos lo han hecho desde que Manolete trajo el fraude de la ayuda alegando una lesión en la mano. Como hace en esta época Juan Mora, torerazo que es el verdadero prototipo de lo que es un maestro en esta segunda década del siglo XX.

Maestro es Julio Robles, símbolo de una época. Robles fue uno de los diestros más completos y artistas de su época, cuyo legado sigue vivo, sellado a su personalidad y donde se siguen mirando tantos profesionales en el reflejo de sus aguas. O el Niño de la Capea, siempre con tanta ambición por llegar, por crecer y por ser cada día mejor torero, hasta poseer un dominio y un temple que fueron estandartes de una carrera que durante toda su trayectoria discurrió con el sello de figura.

Los maestros son muchos más si están apoyados por la leyenda más allá de su aportación. Como una faena cumbre de la que habla todo el mundo. Pero sobre todo aportar, haber amado la profesión, buscar los canales de verdad y la pureza, también ser consecuente con la responsabilidad. No creo que entre en un lugar Julio Aparicio -cuando lo digo a secas me refiero al padre- y nadie lo llame ¡maestro! cuando ha sido capaz de torear tan bien y con tanto poderío, incluso a su hijo del mismo nombre, que fue el exponente del pellizco, pero le faltó continuidad, aunque dejó para la posteridad una faena histórica en Madrid. La del toro ‘Cañego’ en San Isidro de 1994 donde brotó la inspiración para regalar una obra perfecta. En aquel San Isidro otro maestro, Curro Vázquez, dejó la impronta de su calidad en dos faenas para enmarcar, una a un Alcurrucén y otra a un Valdefresno.

Hoy llaman maestro a cualquier torero que se ha vestido de luces en un claro desdén a lo que es un orgullo de la Fiesta. Ser maestro es algo grande de verdad y desde luego un título íntimo tras haber marcado y dejado una huella en el más hermoso de todos los artes. En el de la Tauromaquia.

Paula (corto)

Perdón a tantas maestros que se me olvidan, que los hay y grandes. Pero esta columna está para denunciar que ahora llaman maestro a todo aquel que se viste de torero. Incluso hasta algunos que hicieron daño a la profesión hoy son distinguidos con el título de ¡maestro! en otro abuso que tiene gran parte de su culpa en los propios profesionales. Porque muchas veces tiran, con desdén, la gloria de la profesión al desagüe. Al no cuidarla y provocar la tienen la confusión de vaivenes que asolan a la tenebrosa noche del toreo.

 

Victoriano Posada, en el recuerdo

Seguimos llorando a los nuestros que se van. Aún con el dolor vivo por la reciente marcha de Juan José, esta noche nos ha dejado otro gran torero charro, Victoriano Posada, que ha fallecido en su casa de Guayaquil (Ecuador) a los 90 años de edad. Victoriano fue un caballero con mayúsculas que tanto honró la Tauromaquia como a su querida patria. Un hombre que siempre estuvo pendiente de su tierra y del toreo, de su amigos y compañeros, que era tan feliz volviendo cada año al abrazo de su querida Salamanca

Victoriano Posada uno de los grandes toreros salmantinos y pionero –tras su coetáneo Emilio Ortuño Jumillano– en gozar de reconocimiento lejos de esta tierra. Aunque Victoriano Posada no logró el lugar de relumbrón que debería alcanzar acorde con sus condiciones, si dejó en el toreo el regusto de su clase y el aroma de su personalidad, junto a la exquisitez de sus condiciones humanas, aireando la bandera del señorío en todos los caminos de su vida.

Nace en Salamanca el uno de abril de 1930 y siendo un niño lo sorprende la Guerra Civil, de la que siempre quedan perpetuados recuerdos en las despensas de la memoria. Superada la contienda aprende las primeras letras en la escuela, aunque pronto abandona los libros. En esos tiempos, marcados por tantas carencias, es necesario colaborar en la economía familiar y él lo hace colocándose, desde tierna edad, en un conocido bar americano situado en la calle Toro, de su ciudad natal, llamado El Corzo. El establecimiento es propiedad de antiguo ganadero Alfonso Coquilla y a la vez centro de reunión de los aficionados y profesionales, quienes se dan cita allí e improvisan tertulias para hablar de las últimas novedades existentes en el mundo del toreo.

Ese ambiente impregna al pequeño Victoriano y despierta en su interior un mundo de inquietudes a su alrededor para tratar de ser algún día uno más de ellos. De esos grandes toreros que llegan en el invierno a Salamanca para prepararse en sus ganaderías. Uno es Manolete, tan habitual en esa Salamanca de la postguerra; también Pepe Luis Vázquez, a quien tanto admira, al igual que a Pepín Martín Vázquez; sin olvidar a Domingo Ortega, con el que coincide varias veces en el campo y escucha con atención hablar de los recuerdos sobre la grave cornada sufrida años atrás en Salamanca. O Manolo Escudero, que lancea con el capote como el mismísimo Curro Puya. O el genio de Joaquín Rodríguez Cagancho, que también inverna en Salamanca y la gente se para por la calle para ver sus andares solemnes y su innata elegancia en sus paseos desde el Gran Hotel al Novelty -entonces llamado Café Nacional-, en las mismas fechas que la gente le hablaba con pasión del cartel gitano –compuesto por el propio Cagancho, Albaicín y Gitanillo de Triana- programado en varias plazas a raíz de un éxito en Vista Alegre.

La buena relación ganada por Victoriano con la gente del toro y también con el dueño del bar, Alfonso Coquilla, propicia que acuda en numerosas ocasiones al campo y tenga más fácil que otros capas poder torear, empezándose a curtirse en las fincas del Campo Charro destacando con prontitud sus buenas condiciones, junto a la planta que luce. Eso propicia que el catorce de octubre 1949 actúe en Alba de Tormes como sobresaliente de un festejo y sea la primera vez que vista un traje de luces, aunque al final no intervenga en la lidia. Ese hecho se vivió con tal emoción en su hogar que su madre cada tarde le hacía vestir el terno para que fueran las vecinas a verlo y observasen lo guapo que era. Una vez celebrado el festejo una de esas vecinas acudió a visitar a la madre –Flora Becerro, que era una gran aficionada- para decirle que acudió a Alba de Tormes y observó que Victoriano no actuó, respondiéndole la madre que tenía razón, pero lo más importante del festejo fue ver a su hijo hacer el paseíllo.

A partir de 1950 comienza a torear regularmente en novilladas y festivales ganándose el respeto de una afición que se ilusionó con el muchacho. Inmediatamente se fija en él Florentino Díaz Flores, un taurino abulense afincado en Salamanca, torero en su juventud y que por entonces hacía sus pinitos en labores de empresario y también apoderado. Florentino Díaz Flores –el señor Flores-, primero decide anunciarlo en los festejos programados en las plazas que regenta y en unas de ellas, la guipuzcoana de Villareal de Urruchea –actual Urretxu-, se da cuenta del talento del joven decidiendo apoderarlo. Fue el primer paso de una larga carrera en la que dirigió diferentes diestros, entre ellos el palentino Marcos de Celis, el valenciano Francisco Barrios El Turia y que tuvo su cenit en el apoderamiento de Santiago Martín ‘El Viti.

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Gustándose con una seria vaca de Manolo Sánchez-Cobaleda en Castillejo de Huebra

En manos del señor Flores se prepara para dar el salto con picadores en la plaza carabanchelera de Vista Alegre, regentada por Domingo Dominguín y sus hijos. La fecha es el ocho de junio de 1952 –comparte cartel con Paquiro y Pacorro- y logra un éxito tan importante que le supone repetir varias tardes más a ese escenario, manteniendo en todas el alto nivel del debut. El mismo que demuestra en otras plazas importante, ejemplo de La Monumental de Barcelona o su presentación en La Ventas con una novillada de Barcial saldada con un nuevo triunfo en su esportón. En esa ocasión la prensa escribe de él: “Como muletero cuando los bichos embisten por derecho es magnífico. Torea al natural de forma pausada y larga, algo que entusiasma al respetable, también sus adornos y sus pases de pecho son muy celebrados”. Una anécdota de esa jornada sucedió en el primer novillo al tirarse de espontáneo un colombiano llamado Andrés Cárdenas Sánchez, entonces estudiante de Filosofía y Letras en Madrid y más tarde destacado catedrático en su país.

Vuelve a Madrid el seis de agosto y la actuación se salda a lo grande tras cortar dos orejas y convertirse en la figura de los novilleros sumando en esa campaña cuarenta y dos paseíllos, la mayoría en ferias de postín. Pudo haber sumado más actuaciones, sin embargo sufre un frenazo debido a dos percances, uno el ocho de marzo en Calatayud y otro, este gravísimo, al ser cornado en Zaragoza por un utrero del hierro salmantino de Arturo Sánchez.

En 1953 torea sus últimas novilladas para tomar la alternativa el veintitrés de mayo en La Monumental de Barcelona, una plaza sabedora de su calidad, siendo padrinado por el venezolano César Girón y testificado por el albaceteño Juan Montero, dos toreros más tarde fallecidos trágicamente en América, lidiándose ganado de Alipio Pérez-Tabernero Sanchón. El toricantano –que se hace matador con Perruno, herrado con el número 19- está a la altura de las circunstancias, lo que le permite comenzar con buenas expectativas su etapa de matador; la misma que pronto, el veintiséis de septiembre, se ve frenada por una nueva cornada, ahora en el Coliseum Balear de Palma, cumplimentando esa campaña una veintena de corridas.

Con la última pata cortada en La Glorieta

La nueva temporada confirma en Madrid, en tarde sin suerte y la completa con veinticinco corridas sin llegar el éxito de clamor que avalaban sus condiciones. En octubre marcha a América para torear en cosos de Colombia y Ecuador, una tierra que a la larga ya será suya para siempre y logra éxitos en su más importantes plazas. Regresa para torear en España sumando solamente quince corridas de toros con notables triunfos en su tierra de Salamanca, donde goza de tanto afecto y admiración, cortando la última pata lograda en el coso de La Glorieta. De nuevo vuela a América y allí, en la feria de Quito, conoce a quien será su mujer, hija de un ministro ecuatoriano, decidiendo estableciéndose en Guayaquil para poner punto final a su etapa de matador de toros.

De Victoriano Posada quedó la huella de un torero de mucha clase que debió ser una figura y dejó su impronta como muletero excepcional. Gozó de muchas simpatías y en su tierra fue reconocido. Hombre generoso el ocho de septiembre de 1955 toreó junto a Emilio Ortuño Jumillano en La Peña de Francia una corrida organizada por el padre Constantino, prior del convento dominico y al finalizar el festejo, celebrado con la plaza portátil abarrotada, los dos toreros cedieron su capote de paseo a la Virgen y con ellos confeccionaron los mantos que luce en la actualidad.

Desde su casa de Guayaquil siempre estuvo al tanto de sus negocios, también de su pasión por la pintura –fue un excelente pintor- y vivió pendiente de lo que ocurre en la Fiesta, de las llamadas de su amigos de España y en especial si procedían de Salamanca, su querida tierra. A ella regresaba todos los años a primeros de agosto para permanecer hasta que los primeros fríos del Pilar lo devolvían a América.

Guayaquil 2014. Encuentro de dos charros ligrimos: Del Bosque y Posada.

En Guayaquil disfrutaba de felicidad al recibir la visita de algún paisano. Una de ellas la realizada por el Niño de la Capea, quien llegó acompañado de Dámaso González y disfrutaron de una jornada que han quedado enmarcadas entre sus mejores recuerdos. Más recientemente, en agosto de 2014, la Selección Española de Fútbol viajó a Guayaquil para disputar un partido contra Ecuador y Victoriano Posada acudió al encuentro de su paisano Vicente del Bosque para tributarle tanta admiración como le guardaba, mientras que a Del Bosque le ilusionó poder conocer a ese torero de quien tanto escuchó hablar en los años de su niñez. Aquel encuentro de dos charros quedó saldado por la admiración mutua entre dos personajes que, por las circunstancias de la vida, coincidían tan lejos de su tierra.

Hombre hogareño era padre de una larga familia, de hijos y nietos, a los que adoraba. Vaya para todo ellos nuestro pésame. Porque se ha ido un gran torero y Salamanca ha perdido a un charro universal.

 

 

 

 

 

 

 

El último servicio de don Ramón

Se deshoja agosto y recordando al Dúo Dinámico con su final del verano, un nuevo otoño abre las puertas a la vida. La estación de la melancolía y los poetas. Tiempos de vendimia, cuando maduran los membrillos y de empezar a escribir un nuevo cuaderno en los avatares de la vida. Un nuevo cuaderno en blanco y con muchas página de la vida por rellenar el que desde hoy le espera a Ramón Sánchez Miguel, inspector jefe de Cuerpo Nacional de Policía y presidente de la plaza de toros de Salamanca que este viernes cuelga el uniforme.

Se jubila y detrás queda una brillantísima página profesional que ha perdurado a lo largo de cuatro décadas. Cuarenta años desde que aquel muchacho del pueblo de Sancti Spíritus, cerca de Ciudad Rodrigo, que siempre destacó en los estudios y era hijo del señor Prisci el pintor, aprobó para la secreta, como se conocían a los inspectores del Cuerpo Nacional de la Policía antes de la unificación policial de 1986.

Mucho tiempo y una larga vida en diferentes destinos, entre ellos Bilbao en los años de plomo, cuando vio caer por las balas asesinas de ETA a varios compañeros y cada amanecer estaba lleno de interrogantes ante las amenazas de los extorsionadores del tiro en la nueva y la Goma-2. Allí se curtió en un excelente policía y le tocó ser protagonista, incluso, de momentos muy difíciles, como la riada de 1983 cuando en la recuperación de cadáveres él debía fracturarle los engarrotados dedos de las víctimas para tomar la huella digital y proceder a la identificación.

Aquel Ramón que en su niñez creció embelesado por la belleza del toro bravo criado en las fincas cercanas a su pueblo, en las que presenció tantos tentaderos y cada mañana veía salir de su casa a la leyenda del histórico ganadero llamado José Matías Bernardo ‘El Raboso’ pronto se hizo un gran aficionado a los toros. Y fue vitista, llegando a disfrutar plenamente con los últimos años del maestro de Vitigudino; también apasionado roblista, el torero paisano a quien tantas veces saludó y aplaudió tras triunfar sobre las arenas negras de Vista Alegre o las plazas del norte en las que Robles fue torero de culto. Y también se hizo capeísta, un ídolo en Bilba, a quien tanto admiró.

Entonces, tiempos aún de mozo galán, aferrado a las costumbres de su tierra, a los amigos y fiestas de los pueblos, cuando acumulaba días libres cogía su Seat Ronda para venirse a disfrutar a su arraigado Santis –modo del que denominan las gentes de la comarca a Sancti Spíritus, su pueblo-. Y entre sus paisanos era uno más, siempre dando ejemplo con esa serenidad y saber estar del que hizo gala. Aunque para la chavalería no pasaba inadvertido y nada más verlo, se hablaba con misterio de “ese ‘secreta’ que detiene a los terroristas de ETA”.

Años de Bilbao donde esperaba la llegada de septiembre para estar presente en la feria de Salamanca, donde tanto disfrutó sin pensar en su imaginación que un día iba a ser presidente de esa plaza. Pasa el tiempo, ya padre de familia, con media vida laboral cumplida tiene la oportunidad de venir a su tierra y no pierde la ocasión,  siendo destinado en la comisaría de la capital charra. En ella pronto deja impronta de su personalidad, de ser un magnífico policía y una gran persona, hasta que entra a formar parte del equipo policial de la plaza de toros. Y ahí, Ramón Sánchez Miguel, es amigo de todo el mundo, facilita cualquier información a quien le pregunta y ventila las ventanas, haciendo trasparente la labor de los equipos, antes herméticamente cerrada.

Transcurren varios años y en 2010 sube el palco tras la feliz decisión del Delegado Territorial de la Junta de que solamente haya un presidente tras las sombras provocadas en tiempos que en el palco se alternaban dos inquilinos, ambos con procederes tan distintos. Entonces, con Ramón llega la paz y se gana a todos por su talente y humanidad, sabiendo acatar con enorme decoro las criticas y buscando siempre la positividad y el bien de la afición. Y por tanto de la Tauromaquia.

Hoy, en este taurino día de San Agustín, ya cerca del melancólico otoño, cuando rememoramos al Dúo Dinámico con su final del verano, colgará definitivamente el uniforme y nacerá la leyenda de quien ha sido un magnífico policía. Porque don Ramón se va con el deber cumplido y la inmensa cosecha de un montón de amigos en este etapa donde abre de par en par el libro que le queda por escribir, aún con todas las páginas en blanco.

Larga vida y un placer habernos cruzado en los mismos caminos, donde siempre fue un SEÑOR.

Jumillano, 87 años de un torero y señor

El maestro Emilio Ortuño ‘Jumillano’ cumple hoy 87 años. Número redondo para quien brilló en la Fiesta durante la pasada década de los 50. Para la primera figura que surge en la provincia charra y dueño de una magnífica carrera, breve en el tiempo, pero colosal en calidad y éxitos por el grandioso torero.

De Emilio Ortuño ‘Jumillano’ ha quedado la huella de una carrera que discurrió siempre en el sitio de las figuras. Únicamente le bastaron cuatro años de alternativa para dejar escrita una página de oro. Desde su retirada hasta hoy han transcurrido sesenta años, pero aún mantiene su porte elegante y sus andares cargados de torería. De figura de los años cincuenta al irrumpir en los ruedos con una fuerza tremenda formando histórica pareja novilleril con Pedrés, quienes pusieron varias tardes Las Ventas boca abajo y el resto de plazas de España. Entonces, al grito de ‘que bien torea Jumillano’, a la Fiesta le trajo una frescura que caló muy hondo. Al igual que continuó calando desde que toma la alternativa en agosto de 1952 hasta su retiro, cuatro años más tarde, en una carrera corta, pero interesantísima y siempre en primera línea. Con el sello de figura y compartiendo carteles con Ordóñez, Aparicio, Litri, César Girón, Luis Miguel, Rafael Ortega

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Señor de los ruedos y de la calle, a tan brillante trayectoria le falta redondearla en su tierra salmantina, quien no ha acabado de reconocerlo. La deuda a su figura está ahí y se debe solventar para quien acaparó la admiración de sus paisanos. Y es el momento para que, institucionalmente, la capital y provincia charra reconozcan a su primera gran figura del toreo. Al maestro Jumillano, quien inicio el camino glorioso que él vivió antes que nadie al llevar el nombre de Salamanca con todo el orgullo por las plazas de España, Francia y América. De esa América en la que fue un ídolo, sobre todo México, en la que llegó a cortar dos rabos en la Monumental y aún se reverencia solamente con recordar su nombre y hasta goza del título de Huésped Distinguido de la Ciudad de México.

La biografía de Jumillano ha quedado escrita en un lugar puntero, siempre con el sello de su cuna salmantina. Por esa razón ahora toca devolver tanta gratitud a un charro universal, a un caballero que vivió con pasión su vida torera abrazado siempre al señorío.

UN ABRAZO, MAESTRO Y AMIGO

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A Joaquín Ramos, in memoriam

Caía aquel viernes de agosto que fue un infierno, con los termómetros lamieron los 40 grados y poco después del crepúsculo, con las primeras sombras de la noche ya presentes, paramos en Ciudad Rodrigo buscando la fresca, que tanto se agradece. Ciudad Rodrigo, más allá de ser una joya monumental, es un pueblo con magia; alegre y con una enorme afición taurina que tiene su escaparate en el Carnaval del Toro.

De allí es José Luis Ramos, uno de los toreros que más ha querido Salamanca, la ilusión de La Glorieta en unos años ochenteros que esa tierra buscaba un heredero para sentarlo en el trono vacío de sus grandes maestros. Y José Luis Ramos, que tenía un magnífico concepto estuvo cerca. Sin embargo la carrera empezó a truncarse entre una espada a la que no acabó de cogerle el sitio y diversos percances, para acabar arrinconarlo el esportón. Y nacer la añoranza ante ese exquisito torero de Ciudad Rodrigo que tanto ilusionó.

Desde el nacimiento artístico de José Luis Ramos enseguida se hizo presente su hermano Joaquín. Era su mozo de espadas, relaciones públicas y quien estaba pendiente de todos los detalles. Joaquín era un hombre que llegaba enseguida, gracias a su don para las relaciones públicas, su saber estar, su elegancia por los callejones y en los hoteles, su capacidad de trabajo.

Desde que José Luis Ramos quiso ser torero, su hermano Joaquín lo fue todo para él

Allá donde estaba a nadie pasaba inadvertido, convirtiéndose en una especie de revulsivo entre los mozos de espadas. Entonces, un buen día (creo que en un festival de Las Hermanitas celebrado en Salamanca), Martín Arranz, que apoderada a José Miguel Arroyo le propuso ser el mozo de espadas de quien también se anunciaba como Joselito y era la figura de esos días. Desde ese momento, a aquel Joaquín Ramos, que hasta entonces era la fiel sombra de su hermano José Luis entró en la élite del toreo. Fue un gran acierto de Joselito confiar en él para hacerse a su lado una figura que, además muy pronto se fue abriendo camino en otras especialidades. Primero en un magnífico veedor tras beber de las fuentes de grandes en ese gremio. Y la par empezó a mandar en los despachos, de lo que da fe que ha sido nada más y nada menos que apoderado de José Tomás, algo que define. Además de Talavante en el momento que lo sorprendió su muerte.

Cuadrilla de Joselito en sus años de figura, dos charros marcaban personalidad; el picador Juan Mari García y el mirobrigense Joaquín Ramos.

Soy muy amigo de José Luis, el hermano torero y a Joaquín, a quien traté en no muchas ocasiones, lo cierto es que las veces que lo encontré era afectuoso, con su rica conversación, su saber estar y pasión desbordada al mundo de los toros, donde era todo un personaje. Y una figura entre los veedores conociendo de memoria todas las reatas de las ganaderías, los sementales que mejor ligaban… O el mundo de los despachos, donde se ganó un sitio de los grandes.

Su muerte, en este 2020 para olvidar, fue una sorpresa, porque nadie pensaba que un hombre tan vitalista y a quien quedaba tanta existencia por delante, iba a dejar este vida tan joven, dejando huérfano de su talento al campo bravo español y a la propia Tauromaquia. Sin bastón al que agarrarse a su querido José Luis, quien siempre fue una debilidad. Sin un hermano mayor a José Miguel Arroyo y a José Tomás; con un enorme vacío a Talavante; sin confidente a Martín Arranz. Y en la pena por su ausencia a todos los taurinos.

Se ha marchado el gran Joaquín, aquel Quinito que de niño era tan inquieto mientras corría por la muralla de Ciudad Rodrigo  soñando con toros y toreros, hasta convertirse en el pilar fundamente de la carrera de su hermano José Luis, desde el momento que quiere ser torero. Y de allí pronto se hizo una figura. Vayan estas líneas como testimonio a tan gran personaje. A este mirobrigense a quien recordamos, de nuevo el otro día. Cuando ya en pleno crepúsculo y con las sombras de la noche ya presentes, paramos en Ciudad Rodrigo buscando la fresca.

 

Julio Robles, 30 años de nostalgia

Cuando, a partir de 1990, se avecina un nuevo 13 de agosto desde las vísperas hurga el recuerdo al apasionado torero que más me marcó. A quien fue la gran ilusión infantil y juvenil. Ahora que llega la fecha redonda de los 30 años revolotea en mis adentros el recuerdo a Julio Robles, de quien disfruté apasionadamente durante sus años gloriosos y al que aplaudí en un montón de sus grandes faenas.  El recuerdo a uno de los toreros más completos que conocí y un referente para dedicarme al oficio de escribir de toros.

 

Gracias a Julio Robles pude disfrutar de una época en la que coinciden grandiosos toreros de distintas épocas, Manolo Vázquez Antoñete, Paquirri, Teruel, Curro Vázquez, Manzanares, El Niño de la Capea –tantas veces su pareja de baile en los ruedos-, Damáso González, Ortega Cano, Roberto Domínguez, José Antonio Campuzano o Manolo Cortés, un lujazo condenado al ostracismo de las corridas duras… sin olvidar a otros nombres que engrandecieron a esa época. Época donde  Julio Robles fue un pilar que crecía cada temporada y nadie adivinaba su techo artístico en virtud de sus extraordinarias condiciones.

Por eso estos días próximos al ferragosto prefiero escribir de Julio Robles que no de otras miserias que clavan sus garras sobre la Fiesta. De recrearme en mi época más feliz como aficionado y cuando marcaba las fechas de la agenda de acuerdo con las actuaciones del maestro. De ese Julio que siendo un chaval ya me tributó con su amistad, que siguió cada vez más intensa hasta su último suspiro. Era roblista y ejercí como tal, algo que entonces era y es un signo de distinción. Pero por medio aprendí en tertulias con viejos banderilleros y aficionados con los que compartí tantas horas unas lecciones que no vienen en el Cossío y tanto me han servido.

Por esa razón me emociono retroceder treinta años para recordar que tan día como hoy, la vida nos cambio.  Cuando aún paladeamos su último éxito en la vieja plaza de Gijón. Parece que fue ayer cuando hizo el paseíllo sobre las arenas del Bibio, siempre con su torería. Pero sobre todo parece mentira que esa fue la última que disfrutamos con su arte. ¡Quién iba a decir que aquel torerazo moría artísticamente al día siguiente!

Ahora que han transcurrido 30 años desde su última verónica, recuerdo con nostalgia y añoranza al gran Robles. Porque aquel 13 de agosto jamás debió haber amanecido. Aunque lo que nadie ha nublado son las sensaciones de la juventud, cuando vivía con tanta pasión la carrera del maestro charro.

Otra matillada en Linares

La Fiesta, realmente, no necesita enemigos. Otra vez más se ha demostrado que los verdaderos enemigos están dentro, a la batuta del espectáculo. No ha habido más que ver que no se ha aprovechado el parón de la pandemia para reforzar sus estructuras, renovar la Fiesta y hacerla más acorde con esta época. Pero desgraciadamente la Fiesta sigue enclaustrada en el interés y el oscurantismo del ‘sistema’.

Van a lo suyo, con el único interés de llevarse calentito el dinero (cada vez menos, por sus malas gestiones y falta de visibilidad) dando de lado al aficionado, siendo la única actividad económica que patea a su cliente. Y lo peor es que la triste situación vivida no ha servido, porque a la hora de la verdad sigue ausente de luminosidad en los despachos y con demasiados intereses.

Ahora, la última ha sido la nueva matillada en Linares, con la programación de la Feria de San Agustín hecha únicamente bajo el interés de la Casa Matilla (falta únicamente su ganadería). Pero lo más triste es que además han ninguneado al torero local Curro Díaz, al exquisito artista de Linares lo privan de su feria esta Casa Matilla que no tiene más sentimientos que su cartera. Y le dan una patada a esa afición de Linares que ya está harta de ellos y de ese oscurantismo que mencionábamos antes.

Y es que no debemos buscar los enemigos fuera de la Fiesta, ni culpar a nadie. Porque primera hay que ver casa y ser conscientes que el verdadero problema está dentro. Ese si que está matando de verdad a la Tauromaquia. Como esta matillada de Linares contra ese gran artista llamado Curro Díaz.

 

 

¡Aquella faena de Andrés Vázquez a Baratero!

Mucho antes de la cruel pandemia, desde que Las Ventas está en las manos de Simón Casas y su Plaza1, cerró la mayoría de los domingos del verano para matar la gloriosa historia de aquellas ‘domingueras’. Esa triste y polémica decisión que  rompió infinidad de ilusiones surge este inolvidable recuerdo de la lidia de Baratero, el bravísimo toro de Victorino que dio el pistoletazo de salida a la fama de esa divisa y que, hoy hace cincuenta y un años, levantó la carrera de Andrés Vázquez al cuajar la mejor faena de su vida.

Si hay un toro, sobre los demás, que va unido para siempre a los nombres de Andrés Vázquez y de Victorino Martín -entonces en alianza con sus hermanos Adolfo y Venancio-  es el de Baratero, lidiado la tarde del diez de agosto de 1969 –hoy hace 51 años- y que pasó a la historia de Las Ventas como uno de los más bravos y en la biografía de Andrés Vázquez como un icono después de realizarle una faena perfecta. Una faena rubricada en diecinueve muletazos tras una espectacular suerte de varas, perpetuada en la retina de quienes tuvieron la dicha de presenciarla y donde, al final, tras una estocada en el hoyo de las agujas corta las dos orejas -le llegaron a pedir el rabo-, además de ser premiado Baratero con la vuelta al ruedo vivida en el reguero de la emoción que trajo su bravura. Pero su historia va mucho más allá.

Cuando Andrés Vázquez llega a Las Ventas para torear la corrida, su carrera había perdido brillo. Era la consecuencia de haber sufrido varias cornadas de gravedad. Sabedor que necesita un impulso decide aprovechar una sustitución que le ofrece la empresa de Madrid para ocupar el sitio de Antoñete. Esa tarde se anuncia la corrida propiedad de unos carniceros de Galapagar, casi desconocidos en el mundo del toro bravo, que han comprado en lotes la ganadería de Escudero Calvo -puro Albaserrada- y acababan de asentarse en Extremadura tras permanecer los años precedentes de renteros en La Nava de Yeltes, por tierras charras de Retortillo. Andrés, que había matado varias corridas de Escudero Calvo, sabe que puede embestir y cuando lo hace, trae la emoción a la plaza, algo que él siempre ha defendido como parte fundamental de la grandeza de la Fiesta.

– Lo de Victorino es como si te encuentras algo que te gusta en una chamarilería y al quitarle el polvo compruebas su valor. Con esta ganadería ocurría lo mismo al contar con una base muy buena y auténtica. Yo sabía lo que podría dar de sí.

Esa razón hace que la corrida sea muy especial para él, además de jugarse mucho en ella, por lo que se prepara a conciencia como si fuera el día más importante de su trayectoria, que de hecho acabó siéndolo. Va a torear con un buen amigo, del que siempre elogia su capacidad artística, el catalán Joaquín Bernardó, en cartel que cierra el  espada de Martín de Yeltes Aurelio García Higares y encabeza el rejoneador extremeño Moreno Pidal.

La corrida es un delirio y Andrés Vázquez, que ha cortado una oreja a su primero, recibe a Baratero con bellos lances a la verónica rematados con dos medias con el sello de su inspiración belmontina. Rápido ve que es un toro con mucha plaza, que va largo, que repite y tiene transmisión. Y así le indica a su picador, el dinástico José Cáneba El Rubio de Salamanca, quien realiza una magnífica suerte de varas en las cinco veces que se le arranca el toro, cada vez desde mayor distancia. La bravura, como también su codicia del toro, al igual que la brillantísima profesionalidad del legendario picador levantan a la gente de los tendidos, impactada ante ese monumento a la bravura y la casta. Nunca olvida El Rubio de Salamanca aquella tarde.

– Baratero llegaba como un torrente y romaneaba en el caballo, desde el primer puyazo se vio que era muy bravo. Era también el toro ideal para medir a un picador, porque Andrés cuando lo colocaba cada vez lo hacía de más lejos y al final ya lo dejaba en la misma boca de riego; mientras, la gente vivía el espectáculo de un acontecimiento grandioso. Me sentí muy afortunado de haber picado a ‘Baratero’, uno de los toros más importantes que he visto en las plazas durante más de cuarenta años dedicado a la profesión.

Andrés Vázquez, que dirigió toda la lidia quedaba admirado del arranque tan alegre del toro al caballo, lo que fue todo un espectáculo que hizo emocionar a todos cuantos protagonizaban la corrida. Después, al comenzar la faena de muleta, el matador sabe que tiene delante al toro de sus sueños. El que devuelva el esplendor de su nombre a los grandes carteles. El que quedará para siempre unido a su carrera y a la misma historia de la plaza de Las Ventas. Así lo apreció en cuando humilló tras citarlo con la muleta sobre la mano izquierda y surgieron naturales con la esencia de lo grandioso, impregnados por el aroma castellano del maestro. Fueron diecinueve muletazos, hondos y puros, antes de perfilarse para la suerte suprema y matarlo en el hoyo de las agujas. Al final de esa tarde, bajo la calima madrileña de agosto, la Fiesta había ganado a un torero que regresaba a los carteles de postín. Y Victorino Martín escribe la primera página de su impactante trayectoria en Las Ventas con la lidia de ese Baratero, el mismo que ya sella para la perpetuidad las carreras de Andrés Vázquez y de Victorino Martín.

– Aún sueño con ‘Baratero’ y me figuro que también lo hará su dueño, porque ese fue su auténtico despegue. Luego, en el inmediato San Isidro, me encerré en solitario con seis ejemplares del mismo hierro y corté otras dos orejas a ‘Violeto’, otro toro extraordinario. Desde ese instante con Victorino formé un dúo perfecto. Maté sus toros durante muchas temporadas y me dieron satisfacciones, fama, dinero; también una cornada, que fue en Salamanca en una corrida concurso que toreé con Paco Camino y con Juan José.

Vaya este recuerdo, en la fecha del cincuenta y un aniversario de la efemérides como homenaje a la grandeza veraniega que atesoró Las Ventas.

El picador José Cáneba ‘El Rubio’, Victorino Martín y Andrés Vázquez, protagonistas de la hitórica tarde, en una foto tomada en Villalpando.

 

Emilio de Justo, FIGURA DEL TOREO

El Martes Mayor, la ciudad de Plasencia, capital de la alta Extremadura,  había perdido el color de esta fecha tan esperada en su calendario. Del día que su comercio echa la casa por la ventana y sus calles se abarrotan. Ahora, con el Covid, todo era distinto y la soledad se adueñaba de sus calles. Únicamente las terrazas de la Plaza Mayor mantenían su habitual buen ambiente con aficionados que esperaban la hora del festejo. Porque la tarde, con cerca de cuarenta grados no invitaba a paseos.

Volvimos a Plasencia con la emoción de siempre. Porque aquella tierra se abraza a inolvidable recuerdos de la juventud y primeros años dedicados a la crítica taurina. En su coqueto coso de Las Golondrinas, que atesora tanta torería, disfrutamos actuaciones pletóricas de Julio Robles, cuando los caminos de nuestra afición tenían el destino los festejos que acartelaban al inolvidable torero. Y sobre esas arenas, Robles ofreció algunas de sus mejores faenas. Allí también empezamos a disfrutar con el arte y exquisitez de Juan Mora, quien acabaría en el pedestal de la admiración y en torero de culto a quien guardamos reverencia y devoción. Entonces, Plasencia tenía una feria de postín, con cuatro o cinco cartelazos de figuras que eran un imán económico para la hostelería y el comercio local. Después se fue dejando de lado y aquellas ferias y fiestas, taurinamente, casi desaparecieron durante una larga travesía por el desierto de la nada con carteles escasos de contenido.

A las 21 horas estaba anunciada la corrida y, de momento, fue una emoción volver a encontrar, tanto tiempo después, un magnífico ambiente en los alrededores con numerosos aficionados llegados desde Madrid, Salamanca, Sevilla, Toledo, Ávila… que no quisieron perderse la corrida en directo. Porque esa noche del Martes Mayor, Plasencia volvía a recuperar la grandeza de su mejor época, aunque también es cierto que, en ese cartel, echamos de menos al maestro Juan Mora, que hubiera sido un perfecto engranaje para esta noche tan taurina.

Con todo en marcha dio inicio un festejo donde enseguida comenzó a marcar diferencias el extremeño Emilio de Justo. El torero de Torrejoncillo, uno de los damnificados por este cruel virus que ha frenado la temporada (y a la par los traidores de Podemos han metido la tijera para lastrar más) hizo la noche suya desde el principio al final, Mientras, Enrique Ponce, que por las circunstancias que lo rodean, inicialmente, era el protagonista, volvió a ofrecer otra pobre imagen. Ponce fue la viva imagen de la decadencia al no ‘meterse’ ya con los toros, ni arriesgar, aunque lo tapa con sus elegantes formas y estética, pero ayuno de cualquier profundidad. Ahora mismo, Enrique Ponce está para retirarse, más aún con las vergüenzas al aire tras el repaso que le dio Emilio de Justo con su entrega, con su hondura y pureza, bajo la bandera del clasicismo del que hace gala.

De Justo fue el gran protagonista, pero más aún después del largo parón, toda la afición pudo ver su verdadera dimensión, el enorme techo artístico que está alcanzando este muchacho de la villa cacereña de Torrejoncillo que ayer dio un tremendo puñetazo en la mesa de la reivindicación. Ya lleva varios años apuntando alto y en cada corrida ascendía un nuevo peldaño en la escalera del toreo, ganándose mejores carteles y contratos. Sin dejar a nadie indiferente, porque él venía con las armas de la pureza y ese clasicismo que siempre otorga el sello de torero de aficionados a quien Dios concedió tan inmenso don. Emilio de Justo desde hace ya dos años goza de tal distinción.

Pero llegó ese triste pandemia que frenó la temporada y ha sido tan cruel para todos, más para Emilio de Justo que veía cómo se cerraban las puertas de la temporada definitiva para ser figura. Para recoger la cosecha, que se preveía abundante, después de haber cultivado tan bien la besana. Y de momento se cierran las plazas y los interrogantes llegan a todos. Sin embargo, Emilio, no desfallece, ni vivir de lastimas, dedicándose a entrenar, a estar preparado para cuando llegase la ocasión volver a ser ese torero tan esperando. Ese torero con tanta personalidad y sello propio, gracias a su estilo; a su elegancia con la capa (sus verónicas son un acontecimiento y sus chicuelinas a compás abierto un monumento). Y no digamos con la muleta, donde marca diferencia en su manera de citar, de dar el pecho al toro, de correr la mano con ese temple único y siempre con su entrega, para llegar al embroque corriendo la mano con tanta enjundia y despaciosidad. No digamos de ese naturales ralentizados, con los flecos de la muleta barriendo las arenas. O los remates de pecho, auténticas obras al arte del toreo. Y por último su entrega en la suerte suprema, ¡a triunfar o a morir!

Ahora, gracias a Emilio de Justo las campanas del toreo vuelven a dar tañidos de alegría, porque esa nueva normalidad ha ascendido definitivamente al olimpo de las figuras a este muchacho de Torrejoncillo que nació con el don del toreo. Y la noche del Martes Mayor, en Plasencia, gracias s su entrega, s su hondura y pureza, bajo la bandera del clasicismo del que hace gala, se ha ganado definitivamente el sello de FIGURA DEL TOREO