A Joaquín Ramos, in memoriam

Caía aquel viernes de agosto que fue un infierno, con los termómetros lamieron los 40 grados y poco después del crepúsculo, con las primeras sombras de la noche ya presentes, paramos en Ciudad Rodrigo buscando la fresca, que tanto se agradece. Ciudad Rodrigo, más allá de ser una joya monumental, es un pueblo con magia; alegre y con una enorme afición taurina que tiene su escaparate en el Carnaval del Toro.

De allí es José Luis Ramos, uno de los toreros que más ha querido Salamanca, la ilusión de La Glorieta en unos años ochenteros que esa tierra buscaba un heredero para sentarlo en el trono vacío de sus grandes maestros. Y José Luis Ramos, que tenía un magnífico concepto estuvo cerca. Sin embargo la carrera empezó a truncarse entre una espada a la que no acabó de cogerle el sitio y diversos percances, para acabar arrinconarlo el esportón. Y nacer la añoranza ante ese exquisito torero de Ciudad Rodrigo que tanto ilusionó.

Desde el nacimiento artístico de José Luis Ramos enseguida se hizo presente su hermano Joaquín. Era su mozo de espadas, relaciones públicas y quien estaba pendiente de todos los detalles. Joaquín era un hombre que llegaba enseguida, gracias a su don para las relaciones públicas, su saber estar, su elegancia por los callejones y en los hoteles, su capacidad de trabajo.

Desde que José Luis Ramos quiso ser torero, su hermano Joaquín lo fue todo para él

Allá donde estaba a nadie pasaba inadvertido, convirtiéndose en una especie de revulsivo entre los mozos de espadas. Entonces, un buen día (creo que en un festival de Las Hermanitas celebrado en Salamanca), Martín Arranz, que apoderada a José Miguel Arroyo le propuso ser el mozo de espadas de quien también se anunciaba como Joselito y era la figura de esos días. Desde ese momento, a aquel Joaquín Ramos, que hasta entonces era la fiel sombra de su hermano José Luis entró en la élite del toreo. Fue un gran acierto de Joselito confiar en él para hacerse a su lado una figura que, además muy pronto se fue abriendo camino en otras especialidades. Primero en un magnífico veedor tras beber de las fuentes de grandes en ese gremio. Y la par empezó a mandar en los despachos, de lo que da fe que ha sido nada más y nada menos que apoderado de José Tomás, algo que define. Además de Talavante en el momento que lo sorprendió su muerte.

Cuadrilla de Joselito en sus años de figura, dos charros marcaban personalidad; el picador Juan Mari García y el mirobrigense Joaquín Ramos.

Soy muy amigo de José Luis, el hermano torero y a Joaquín, a quien traté en no muchas ocasiones, lo cierto es que las veces que lo encontré era afectuoso, con su rica conversación, su saber estar y pasión desbordada al mundo de los toros, donde era todo un personaje. Y una figura entre los veedores conociendo de memoria todas las reatas de las ganaderías, los sementales que mejor ligaban… O el mundo de los despachos, donde se ganó un sitio de los grandes.

Su muerte, en este 2020 para olvidar, fue una sorpresa, porque nadie pensaba que un hombre tan vitalista y a quien quedaba tanta existencia por delante, iba a dejar este vida tan joven, dejando huérfano de su talento al campo bravo español y a la propia Tauromaquia. Sin bastón al que agarrarse a su querido José Luis, quien siempre fue una debilidad. Sin un hermano mayor a José Miguel Arroyo y a José Tomás; con un enorme vacío a Talavante; sin confidente a Martín Arranz. Y en la pena por su ausencia a todos los taurinos.

Se ha marchado el gran Joaquín, aquel Quinito que de niño era tan inquieto mientras corría por la muralla de Ciudad Rodrigo  soñando con toros y toreros, hasta convertirse en el pilar fundamente de la carrera de su hermano José Luis, desde el momento que quiere ser torero. Y de allí pronto se hizo una figura. Vayan estas líneas como testimonio a tan gran personaje. A este mirobrigense a quien recordamos, de nuevo el otro día. Cuando ya en pleno crepúsculo y con las sombras de la noche ya presentes, paramos en Ciudad Rodrigo buscando la fresca.

 

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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