Julio Robles, 30 años de nostalgia

Cuando, a partir de 1990, se avecina un nuevo 13 de agosto desde las vísperas hurga el recuerdo al apasionado torero que más me marcó. A quien fue la gran ilusión infantil y juvenil. Ahora que llega la fecha redonda de los 30 años revolotea en mis adentros el recuerdo a Julio Robles, de quien disfruté apasionadamente durante sus años gloriosos y al que aplaudí en un montón de sus grandes faenas.  El recuerdo a uno de los toreros más completos que conocí y un referente para dedicarme al oficio de escribir de toros.

 

Gracias a Julio Robles pude disfrutar de una época en la que coinciden grandiosos toreros de distintas épocas, Manolo Vázquez Antoñete, Paquirri, Teruel, Curro Vázquez, Manzanares, El Niño de la Capea –tantas veces su pareja de baile en los ruedos-, Damáso González, Ortega Cano, Roberto Domínguez, José Antonio Campuzano o Manolo Cortés, un lujazo condenado al ostracismo de las corridas duras… sin olvidar a otros nombres que engrandecieron a esa época. Época donde  Julio Robles fue un pilar que crecía cada temporada y nadie adivinaba su techo artístico en virtud de sus extraordinarias condiciones.

Por eso estos días próximos al ferragosto prefiero escribir de Julio Robles que no de otras miserias que clavan sus garras sobre la Fiesta. De recrearme en mi época más feliz como aficionado y cuando marcaba las fechas de la agenda de acuerdo con las actuaciones del maestro. De ese Julio que siendo un chaval ya me tributó con su amistad, que siguió cada vez más intensa hasta su último suspiro. Era roblista y ejercí como tal, algo que entonces era y es un signo de distinción. Pero por medio aprendí en tertulias con viejos banderilleros y aficionados con los que compartí tantas horas unas lecciones que no vienen en el Cossío y tanto me han servido.

Por esa razón me emociono retroceder treinta años para recordar que tan día como hoy, la vida nos cambio.  Cuando aún paladeamos su último éxito en la vieja plaza de Gijón. Parece que fue ayer cuando hizo el paseíllo sobre las arenas del Bibio, siempre con su torería. Pero sobre todo parece mentira que esa fue la última que disfrutamos con su arte. ¡Quién iba a decir que aquel torerazo moría artísticamente al día siguiente!

Ahora que han transcurrido 30 años desde su última verónica, recuerdo con nostalgia y añoranza al gran Robles. Porque aquel 13 de agosto jamás debió haber amanecido. Aunque lo que nadie ha nublado son las sensaciones de la juventud, cuando vivía con tanta pasión la carrera del maestro charro.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de escribir en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril para un viaje sugerente y sugestivo, y una buena tertulia si puede ser regada con un tinto de Toro. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito veintisiete libros -dos aún sin publicar- y también he plantado árboles. De momento disfruto lo que puedo y me busco la vida en una profesión inmersa en época de cambios y azotada por los intereses y las nuevas tecnologías. Aunque esa es otra historia.

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