Quito: Otro atropello al toreo

Impresionante aspecto de la plaza de Quito en la feria de 2011, el años de su adiós.

La noticia sobre el derribo del coso de Iñaquito, en Quito, surgió hace unos días y apenas tuvo la repercusión que debía entre los aficionados. Y eso que, finalizada la temporada española, junto a Lima, era la primera gran feria del invierno americano. Un ciclo con rumbo al que no faltaban las grandes figuras desde que en 1960 la inaugurase Luis Miguel -gran promotor de ese coso-, junto a Pepe Cáceres y Manolo Segura, hasta que fue guillotinada por las nuevas políticas de orden social-comunista derivadas del odio a España, guillotinaron en ese mencionado 2011

Pocas aficiones regalaban tanta pasión como la de Quito. A su feria en honor del Jesús del Gran Poder acudían encantados los toreros para disfrutar del ciclo que acogía el gigantesco coso de Iñaquito -que casi lamen los aviones con su panza en las maniobras de aterrizaje y despegue del cercano aeropuerto-. La magnífica ciudad de Quito, inmensa, cosmopolita, acogedora… hasta el año 2011 abría de par en par con un abrazo de hospitalidad a la gran familia taurina que, cada año, en los últimos días de noviembre se instalaba en esa ciudad única, la que en un mismo día ve discurrir las cuatro estaciones. Quito era grandeza alrededor de una feria de tronío hasta que la mataron. Y desde entonces, la añoranza se adueña de quienes disfrutaron de esos días en las corridas que debían celebrarse al mediodía bajo un intenso sol previo a las tormentas de la tarde.

Dos toreros de Salamanca allá fueron aupados al pedestal de la máxima admiración; uno Santiago Martín El Viti, quien toreó 21 tardes en Iñaquito con el triunfo de aliado; 19 veces. 19 veces lo hizo El Niño de la Capea, quien también gozó del culto entre esa afición. Muchas menos ocasiones toreó Julio Robles y la mayoría en sus primeros años de matador, dejando escrito su nombre en el olímpo de los triunfadores en 1979, al cortar cuatro orejas y ganar el trofeo el triunfador y el de la mejor faena.

Quito y El Viti siempre fue un binomio durante la trayectoria profesional del maestro de Vitigudino. Allí alcanzó su último gran éxito en la Feria de 1978 (además en año antes incluso en una misma corrida fue torero y ganadero, al lidiarse sus reses). En su postrera edición ferial fue anunciado con una corrida de Torrestrella (cartel compartido con Gabriel de la Casa –que indultó un toro- y Palomo Linares) y la segunda, con tres orejas en su esportón, de Salvador Gavira, de nuevo con Palomo Linares en un cartel que cerró el ecuatoriano Fabián Mena. Pues bien, ese 1979 Quito tuvo un nombre, el de SANTIAGO MARTÍN EL VITI, que enraizó para siempre en el corazón de Quito, mientras que la gente literalmente se pegaba para poder estar en la plaza y admirar a aquel coloso que al año siguiente iba a decir adiós y ya se vislumbraba su retiro profesional.

Aquel año, era tal la pasión que en la primera corrida, el público pidió con mucha fuerza las orejas, negándose el presidente a conceder el premio. El Viti dio la vuelta al ruedo entre clamores y tras finalizar regresó al callejón, mientras al público entusiasmado no dejaba de gritar ¡Viti-Viti-Viti…! Ya en el ruedo el segundo toro, cuya lidia y muerte correspondía a Palomo Linares, durante todo el primer tercio, la entusiasta afición quiteña seguía emocionada recordando la gran faena del maestro de Vitigudino, sin cesar los gritos de ¡Viti-Viti-Viti! a su persona, alargados durante parte del trasteo de muleta del torero de Linares -quien también gozó del culto en esa afición-.

En Quito se guardan los mejores recuerdos de El Viti, de su señorío, de su saber estar en la plaza, de su personalidad o de su temple colosal que tuvo en su muleta. Porque dejó escrito su nombre en Quito con letras de oro. 

Y allí, en Quito, donde los Dominguín escribieron uno de los capítulos más destacados de su legado empresarial, la Fiesta vivió una de sus mejores épocas. Fue también el lugar donde Manolo Cerezo, un vaquero del pueblo charro de Martín de Yeltes, del que he escrito en varias ocasiones por la enorme historia que tiene, emigró tras una compra de ganado realizada por un indiano a Atanasio Fernández para acabar siendo un personaje de máxima relevancia en la vida quiteña, al igual que su mujer Avelina Hernández, hasta el punto que la plaza de Cayambe lleva el nombre de ella. Manolo Cerezo, también y durante muchos años, brilló como picador al ser demandado por las más destacadas figuras en sus comparecencias en Quito gracias a sus profesionalidad y buen oficio. 

Hoy escribo estas líneas con la tinta de la nostalgia. Justo cuando la grandeza de Quito está condenada a llevársela los vientos del olvido desde el momento que Iñaquito ya sea escombros. La tristeza que ha traído el anuncio de su derribo debería haber tenido una reacción y en todas las plazas del mundo colgarse pendones negros. Pero en este mundo olvidadizo, del pronto y en la mano desgraciadamente pocos recuerdan tanta grandeza. 

Hasta siempre, maravillosa plaza de Iñaquito.

Acerca de Paco Cañamero

En tres décadas largas juntando letras llevo recorrido mucho camino, pero barrunto que lo mejor está por venir. En El Adelanto me enseñaron el oficio; en Tribuna de Salamanca lo puse en práctica y me dejaron opinar y hasta mandar, pero esto último no me gustaba. En ese tiempo aprendí todo lo bueno que sé de esta profesión y todo lo malo. He entrevistado a cientos y cientos de personajes de la más variopinta condición. En ABC escribí obituarios y me asomé a la ventana de El País, además de colaborar en otros medios -en Aplausos casi dos décadas- y disertar en conferencias por toda España y Francia. Pendiente siempre de la actualidad, me gustan los toros y el fútbol, enamorado del ferrocarril y si estoy a gusto en una buena tertulia regada con un tinto de Toro me olvido del móvil. Soy enemigo del ego y de los trepas. Llevo escrito treinta y nueve libros y también he plantado árboles. Un mal día le puse los cuernos a mi profesión para entrar en política y fue el mayor error de todos los cometidos en mi vida, al encontrar un mundo de traiciones, puñaladas por la espalda y falsedades que acabó convertido en un infierno hasta el punto que casi me cuesta la vida. Aunque esa es otra historia.

Un comentario en “Quito: Otro atropello al toreo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *