
Vivimos tiempos convulsos. Rotos, con la crispación adueñada en una calle polarizada y una sociedad que únicamente piensa en los extremos, hasta el punto de politizar todo para llevarlo a unos extremos que únicamente despiertan el odio. Y es que esa tensión ya comienza a estar muy presente en las plazas de toros con un público harto de ver a un jeta abrazado, como una lapa, al poder y sus lacayos de la paguita dispuestos, si llega el caso, a matar por él.
Ya decía Ortega y Gasset que quien quiera conocer el estado real de una nación no debe más que asomarse a una plaza de toros. Y ahora, en estos tiempos felices, de disfrutar con Morante de la Puebla, uno de los toreros de más grandes y con quien es el dueño de la mayor expresión del arte, sin olvidar a Roca Rey, adicto al no hay billetes; a un genio de la verónica llamado Juan Ortega, a la inmensa capacidad de Emilio de Justo, a Boja Jiménez; a Jiménez Fortes y la gran novedad de Víctor Hernández… que piden paso en los grandes carteles…, a artistas de la dimensión de Curro Díaz y Uceda Leal, junto a otros muchos que protagonizan páginas destacadas en la Tauromaquia, sobra protagonismo en el tendido.
Sobran voces que quieren hacerse escuchar. Voces de provocación que deben ser erradicadas de la Tauromaquia, un mundo donde caben todas las corrientes y tendencias normales. Un arte que no es de nadie, a pesar de que últimamente se lo quieren apoderar desde una determinada ideología, aprovechando que el sanchismo le ha dado la espalda. Fue el mismo Pedro Sánchez una vez que entró en ‘¡Sálvame! para declararse antitaurino y después sus socios l siguieron el juego, junto a tanto ‘conmilitón’ como habita a su lado. Desde el esperpéntico Puente, que en sus tiempos de alcalde de Valladolid tanto zancadilleó el toreo “un arte irrelevante”, como ha manifestado en alguna ocasión. Y por cierto en lo más alto el canalla del ministro de Cultura, quien no necesita que se le dedique una línea, él solo se ha retratado. Al igual que aquella alcaldesa socialista de Gijón que prohibió los toros y tantos otros en este sanchismo que se ha adueñado de las históricas siglas del PSOE. ah y también, junto a una larga lista, el hijo de Carbonerito, el ministro putero…
Tanto desprecio y zancadillas a un arte que es un símbolo de España, tanta mentira desde el Gobierno de Madrid, tanto despropósito y ninguneo… al final tiene su respuesta en los espacios públicos, en los espectáculos, en la modernidad de las redes sociales… En la espontaneidad de una sociedad harta que se ve impotente ante las dudas que despierta una alternativa fiable para devolver la normalidad perdida al país.
En medio de ese cacao, en las plazas, resurge con fuerza esa frase de Ortega y Gasset donde se aprecia esa crispación. Sin embargo, aquí no están midiendo las cosas. Me refiero a los gritos que surgen en los tendidos, donde al final no están más que dando razones a la otra parte, al enemigo. Un ejemplo surge en el momento que un torero se perfila para matar; entonces, en vez de guardar el respeto y silencio que merece la concentración para la suerte suprema, se escuche al baboso de turno: “Piensa que es Pedro Sánchez”. Y aquí claramente al final no se hace otra cosa que darle argumentos a la otra parte en su demagogia de desprestigiar e insultar a quienes acuden a los festejos. Lo mismo ocurre con tanto ¡Viva España!, un grito que, a cargo de voces etílicas, su sucede una y otra vez. A España hay que respetarla, nunca intentar adueñarse de ella en una determinada ideología, porque al final no acaba más que buscando más confrontación. Porque todo ello es fruto de vivir tiempos convulsos, socialmente rotos y con la crispación adueñada de la calle.
